El Eco de la cordillera - Capítulo 25
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25: Primer y único amor 25: Primer y único amor Dion Yi acariciaba el pecho del general, estaban acostados sobre el edredón luego de yacer juntos casi toda la tarde.
—Leone de Cartalia me visitó ayer, es bella, como su prima.
Supongo que los rumores donde decían que no era nada agraciada eran exageraciones.
Se parece bastante a su hermano mayor.
—Lo sé —besó la frente de Dion Yi—.
Lástima que aún no haya fecha para nuestro matrimonio.
—Me pondré celosa si lo mencionas así —hizo un puchero—, además el rey no dio su consentimiento.
Lee Hoon Ka sonrió de soslayo —Es cuestión de tiempo para que abandone este mundo.
Luego podré hacer lo que desee.
—Si te casas no me visitarás más —dijo besándolo en los labios.
—Incluso si cargas un hijo en tu vientre —la acercó a su cuerpo y tocó su feminidad provocando que la mujer se estremeciera— ten por seguro que será mío sin importar que seas esposa de ese mocoso o cualquier otro hombre.
Dion Yi soltó un gemido bajo ante el tacto del general.
Iba a corresponder la caricia cuando un sirviente llamó en la puerta de la habitación.
—Señor, el vizconde Enzo Rinaldi lo espera.
El general gruñó por lo bajo.
La necedad de los Rinaldi lo sofocaba en demasía.
Se vistió de mal modo y salió a su oficina, el hombre rubio lo esperaba dentro.
El vizconde de Rinaldi camuflaba su corpulenta identidad con la capucha de una capa negra y gruesa que descendía al menos un metro y sesenta centímetros desde sus hombros.
Al general le enojaba a creces la insistencia del hombre de usar un maldito broche con el sol naciente grabado, no bastaba ya con su figura exageradamente visible, si no que anunciaba su procedencia mostrando su escudo familiar.
—Vizconde.
Me toma desprevenido, no esperaba su llegada a estas horas de la noche.
—General —lo escoció hostil—.
Mi señor desea saber por qué su solicitud no ha sido cumplida —escupió sin rodeos.
Lee Hoon Ka se sentó frente a su escritorio bajo.
Alzó la mano a un sirviente que le sirvió una copa —¿Vino de granada?
—ofreció.
—Sus trucos ya los conozco —recriminó el vizconde—.
Mejor responda a la pregunta o informaré a mi señor del incumplimiento de su parte.
—Su “Señor” sabe perfectamente que detesto las presiones.
—Mi señor —se acercó amenazante— gusta del acato exacto en todas sus ordenes —golpeó una columna de madera en la pared.
El general bufó con rabia contenida en sus pulmones.
Ni el vizconde ni nadie poseía derecho a exigirle resultados.
Al parecer sus colegas no entendían que estaban todos en la misma línea.
—Del rey ya me estoy encargando como habíamos acordado.
En dos días inicia la temporada de caza, eliminaré primero de los tres descendientes en esta ocasión —arrastró la lengua—.
Sé lo que hago.
Mientras Min Har esté rondando no puedo atacar directamente.
Una risa seca salió de la garganta del vizconde —No olvide con quién está involucrado —dijo antes de atravesar la puerta de la oficina y dejar la conversación en una vana advertencia.
Cuando el silencio cubrió el espacio, el general rompió la copa entre sus manos.
—Leone de Cartalia no será un cadáver —presionó los puños impulsando a la sangre salir de las incisiones en la palma de su mano—.
Ella tiene algo que darme antes.
…
El gran corredor del jardín personal de la princesa estaba cubierto de pétalos de jazmines lilas que se apartaban de las enredaderas que rodeaban los gruesos pilares.
Uno de los tantos pétalos casi hace a Leone deslizar, su padre caminaba a grandes zancadas tomándola a ella de la muñeca, por lo que la adolescente de doce años tenía que correr para no caer en el intento de igualar el paso de su progenitor.
Al llegar a la entrada del jardín, el archiduque envió a uno de los sirvientes por su carruaje.
—Te dije que no vinieras, pero no me hiciste caso —recriminó molesto—.
Si tuvieras la delicadeza de obedecerme, habrías evitado todo esto.
—Padre le juro que no tengo la culpa.
Helena derramó el té sobre su vestido adrede —presionaba con fuerza el pulgar contra el anular, casi desgastaba la tela de los guantes.
El archiduque la observó con una expresión hostil, estaba claramente enojado.
—Entra al coche, Marco te llevará a la mansión —dijo cuando el vehículo arribó.
—Padre por favor créame, yo no he sido la responsable.
—Ya vete, y la próxima vez que te de una orden, espero sea obedecida.
Leone hizo una mueca tratando de resistir el llanto.
No encontraba lo malo en querer ser parte de una fiesta de té en el palacio, recibió una invitación, ella también quería convivir con otras doncellas de su edad.
Casi nunca la invitaban, y cuándo lo hacían, Helena aprovechaba la oportunidad para molestarle, por si fuera poco, nadie creía su inocencia, ni siquiera su propio padre.
—Todos los sirvientes dijeron que la “señorita Leone” lo había hecho; las invitadas de tu prima Helena testificaron que la “señorita” de la cuál ni siquiera recordaban el nombre había derramado el té —la voz del archiduque se tornaba pacíficamente tensa, era típico de él cuando guardaba rabia.
—Pero yo no lo hice.
—No me importa si lo hiciste o no —elevó el tono—.
Aprende a defender tu dignidad ¿Qué tan mala reputación tienes que ni siquiera se dirigen a ti correctamente ?
Eres la Gran duquesa de Cartalia, heredarás también el ducado de Montefiore, y además una princesa por ser mi hija, no eres “señorita” eres “Excelencia”.
Mínimo haz respetar esos títulos que llevas en la sangre —la subió al carruaje casi de un empujón—.
No me deshonres más.
Despertó, ambos párpados pesaban cruelmente, las rizadas pestañas se enredaban unas con otras resultando en una ligera incomodidad.
¿Cuánto había dormido?
Al parecer lo suficiente para recordar eventos de hace casi una década.
Se alzó de la cama y observó el reloj en la pared, eran aproximadamente las cuatro de la tarde.
Había dormido todo el día.
Tomó un baño, el agua de la pileta aún estaba tibia, seguro Hanae la preparó antes.
Se arregló por si sola con un vestido simple, evitó observarse al espejo, dejó su cabello suelto para no encontrarse en la necesidad de ver su reflejo a la hora de peinarse.
Se colocó los guantes hasta la muñeca.
Usaba guantes todos los días desde hacía mucho tiempo, no importaba la ocasión o el día, nunca traía las manos desnudas.
Pero ese día un par de guantes no parecían ser suficientes, a pesar de que el contacto de la tela contra sus manos le brindaba seguridad, quería usar un abrigo que cubriera sus brazos enteros.
En su lugar, eligió una chalina para cubrirse un poco el rostro.
Llamó a la puerta, Hanae se encontraba fuera, usualmente Helio se ausentaba en las tardes.
—Su excelencia, que bueno que ya despertó, estaba muy preocupada por usted.
La señorita Kyun dijo que no había nada de que preocuparse porque solo dormía, pero durmió más de doce horas, me asusté.
El señor Helio incluso sugirió llamar a un médico.
Leone alzó una ceja ¿Helio preocupado?
Muy extraño.
Rio un poco ante la ironía —Manda a llamar al médico, pero a Bin Suho por favor.
—Si señora.
—Que el médico venga de inmediato.
—¿Se siente muy mal?
—Necesito pedirle analgésicos, la cabeza me duele un poco.
—Puedo traerle analgésicos —insistió Hanae para no dejarla sola, la señorita Kyun no se encontraba en el palacio—, además no ha comido nada.
—Prefiero que el médico los recete.
Ve por él, no te preocupes, esperaré aquí y luego comeré lo que prepares.
Hanae salió a toda prisa de los aposentos.
Se dirigió hacia la salida del anexo del invierno, que era el anexo donde Leone se hospedaba, al pasar frente al anexo de la noche tropezó con alguien debido a la rapidez de su caminar.
—Disculpe —dijo reverenciándose asustada, el señor Galen era un noble, tuvo miedo de su reacción.
—No es problema —dijo Galen.
Eran tan alto que el choque de la sirvienta ni siquiera le hizo cosquillas—.
¿Hay alguna emergencia?
Veo que avanza con mucha prisa, si no tiene cuidado puede provocar un accidente.
—Lo lamento mucho mi señor —dijo sin alzar el rostro—.
Su excelencia Leone me envió por el joven médico de la ciudad.
Galen alzó la ceja —la princesa ¿Está enferma?
Hanae se dio cuenta de que cometió una indiscreción e inmediatamente se puso nerviosa —En lo absoluto, una consulta nada más —sonrió algo nerviosa—.
Con su permiso —se retiró casi corriendo.
Galen alzó una ceja incrédulo —Leone de Cartalia enferma —Entró al anexo de la noche y se dirigió a la habitación del segundo príncipe—.
Las ganancias fueron entregadas, el sesenta porciento al orfanato y el otro cuarenta porciento a su tesoro personal —informó a su entrada.
—Bien —Hyaker respondió sin apartar la vista de un libro.
—“Muchas gracias Galen” —habló con sarcasmo.
—Te pago por lo que haces.
—Uy, tu humor desde ayer es terrible ¿Acaso su majestad de nuevo mencionó lo del matrimonio?
—El segundo príncipe lo ignoró—.
Si no quieres conversar, supongo que me ahorraré comentar lo que me acabo de enterar sobre Leone de Cartalia —Hyaker giró sus ojos hacia Galen sin mover su cuerpo en lo absoluto—.
Veo que eso si te interesa —se burló.
—Si no vas a abrir la boca, lárgate de aquí.
—Está bien, sin agresividad —se sentó—.
Una de las sirvientas de su anexo iba corriendo a buscar un médico.
—¿Está enferma?
—Aunque el otro día se veía un poco indispuesta e incluso sufrió un mareo, el día anterior se veía lo suficiente sana como para alzarle la voz incluso siendo una falta de respeto.
—La sirvienta dijo que no, se refirió a ello como una “consulta”.
—¿Y qué es lo relevante?
—Si la princesa de Ílios no está enferma, significa que en realidad su intención es encontrarse con el médico.
Digo, ayer por la mañana también vino a verla.
Hyaker devolvió la vista al libro.
Si Leone tenía un amante o treinta, no le importaba en lo absoluto, mientras no le perjudicara directamente no tenía porque prestarle atención.
—¿Qué?
¿No harás nada?
—No es mi asunto.
—Pensé que tú y ella —movió las manos para ayudarse a hablar—ya sabes, se entendían.
Hyaker bufó —Preferiría ser un eunuco —dijo entre dientes—.
Ya lárgate de aquí, me desconcentras.
—Que ambiente laboral tan desagradable —dijo saliendo por la puerta del jardín.
Hyaker se quedó tratando de leer.
Galen era insoportable ¿De dónde sacó esa estúpida idea de que él se “entendía” con Leone de Cartalia?
Incluso le provocó un dolor de cabeza.
No le interesaba en lo más mínimo nada relacionado a ella, incluso si estaba metiendo al médico para algo más que una “enfermedad”, era problema de ella y nada más.
Le pidió distancia, y él estaba totalmente dispuesto a cumplirlo.
…
Leone bajó la colina para llegar al internado, habló con Suho antes en el palacio.
Le informó que esa noche se encontrarían con An Chae, en los próximos días tendrían que viajar al norte de Lunhae para la temporada de caza, estaría fuera de Selinia un tiempo y prefería terminar con eso de una vez.
No pudo evitar mirar a los alrededores, deseaba con todas sus fuerzas que Hyaker estuviera ahí, amaría verlo solo de lejos, pero no, eso ya no era posible, fue por decisión de ella y nadie más.
Mientras bajaba la colina pensaba seriamente en la dificultad de sacar a An Chae del internado.
El plan era simple, distraer a todos mientras An Chae salía por la puerta de atrás y hablaba con Suho unos minutos.
No parecía una tarea complicada dado que la señora Hwa Young siempre estaba en su oficina, Nari acostaba a las niñas más jóvenes, y los dos guardias de la entrada no podían acceder a la institución.
Debido al protocolo actuaban como estatuas, solamente podían dejar su puesto fuera de la puerta en caso de una emergencia.
Al llegar al pie de la colina, Suho ya estaba ahí.
—Eres muy puntual, eso me agrada —sonrió Leone bajo la chalina.
—Así es —la reparó curioso—.
Excelencia disculpe la pregunta pero ¿Se siente con fiebre?
—¿Hablas del chal?
Suho asintió.
—Lo traje por si llovía de nuevo, ya sabe ayer cayó una fuerte lluvia —se excusó—.
Por favor vamos, trataré de acabar la lectura nocturna antes para que tengas suficiente tiempo de hablar con ella.
Se dirigieron al internado, Suho se ocultó cerca de la puerta trasera de la tapia y Leone entró al sitio.
El día anterior ya le había explicado a Nuwang y An Chae como lograrían el encuentro.
Cuando el momento se dio, An Chae salió silenciosamente de la biblioteca, se escabulló en la oscuridad hasta salir por la parte donde Suho se ocultaba.
La falta de luz no le permitía ver con claridad, se asustó un poco —Suho —lo llamó en un susurro—.
¿Suho estás aquí?
—Estoy aquí —el joven médico salió de su escondite y se acercó con rapidez a donde se encontraba la chica, no pudo evitar sonreír al verla—.
An Chae.
—Suho —dibujó una expresión de emoción y sin contenerse le dio un abrazo—.
¿Cómo estás?
—Estoy bien ahora —le acarició el rostro con el dorso de su mano—.
An Chae estás hermosa.
La chica se ruborizó y casi en un susurro agradeció el cumplido —Gracias por aceptar ayudar a Leone, ella es alguien a quien le tengo aprecio.
—Sabes que haría lo que fuera por ti.
Acepté este trabajo porque el dinero me ayudará a ser más reconocido, lo suficiente para poder acercarme con un poco más de libertad.
—Yo…
Yo desearía que mis padres no fueran tan duros —bajó la mirada avergonzada.
—Tus padres tienen razón en querer darte lo mejor —su voz amenazaba con romperse—.
An Chae quizás yo nunca sea lo mejor para ti —le acarició con delicadeza, como si la joven fuese de aire—.
Pero trabajaré día y noche si con eso consigo al menos verte de lejos y te prometo que llevaré a Leone de Cartalia yo mismo hacia el otro lado del mundo solo para hacerte feliz.
An Chae sintió que una extraña energía se derrochaba en su interior.
Suho era su primer y único amor.
El prometido que ella se eligió y con quien había jurado huir si sus padres no lo aceptaban.
Lo amaba y eso nadie jamás podría quitárselo.
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