El Eco de la cordillera - Capítulo 27
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
27: Fauces rayadas 27: Fauces rayadas La competencia de caza daría comienzo exactamente al medio día.
Todos se dirigieron a los establos para prepararse adecuadamente.
La sorpresa de los invitados ante los acontecimientos anteriores se derramó en rumores y cuchicheos.
No había una sola persona que no comentara nada acerca de lo sucedido.
—Fueron momentos bochornosos ¿Cómo los príncipes se atreven a faltar así a la tradición?
—mencionaba un noble de avanzada edad mientras sus sirvientes ajustaban la montura—.
Su majestad debe estar avergonzado.
—Esa extranjera tuvo la osadía de recriminar a la sobrina del gran general Lee —agregaba otro.
Los hombres más jóvenes parecían hacer caso omiso a los comentarios de los mayores, mantenían el foco de sus propias opiniones en otra dirección.
—Lo que a mí realmente me sorprende es Leone de Cartalia.
Se decía que era una bastarda maleducada y poco agraciada, incluso loca.
Pero, definitivamente quién esparció el rumor mentía.
—Su rostro parece tallado con porcelana blanca —enunció un reconocido sohyung dentro de Selinia—.
Esa mujer es bella.
—Escuché que aún no está prometida —comentó alguien más—.Pero viéndola es imposible que no exista una serie de propuestas de matrimonio.
Los pasos imponentes del segundo príncipe acallaron el espacio.
Todos se reverenciaron, él no se dignó en mirarlos.
La mayoría de esos tipos mantenían animadas conversaciones sobre la “gran duquesa”, esperaba que su desempeño fuera igual de bueno a la hora de exterminar la plaga de tigres en la región.
¿Por qué Leone de Cartalia les resultaba tan relevante?
No era la primera vez que un ílios estaba en el país por motivos diplomáticos.
El padre de Damien de Brambilla visitó el reino en el pasado, cuando contrajo matrimonio con una noble lunhayena.
El problema era Leone en sí, con su presencia llamaba la atención; su apariencia extraña no podía pasar desapercibida, sobre todo si siempre vestía ropas de colores claros.
Era como si manipulara el entorno para acaparar el paisaje en general.
Por eso atraía idiotas, pensó malgenioso.
Si todos ellos conocieran cómo era ella en verdad, estaba seguro de que nadie seguiría pensando lo mismo.
Leone no era un “ángel” era una loca con la habilidad de arrastrar a otros a sus delirios.
—Si tus ojos lanzaran flechas habrías matado a todos en el sitio —se burló Galen a sus espaldas, mientras hacía los últimos ajustes a la montura.
—Si mis ojos lanzaran flechas ya tendrías un par en la frente —contraatacó.
Hizo un ademán para que un sirviente le acercara el caballo mientras revisaba el estado de su espada.
—Ella y el médico se vieron al pie de la colina por la noche ese día —dijo Galen con toda intención de fastidiarlo—.
No creas que la seguí ni nada por el estilo —se excusó de inmediato—, lo vi por mera casualidad mientras transitaba la ruta oculta.
Hyaker apretó los labios en una línea perfecta y envainó la espada estruendosamente.
—No me interesa —musitó pedante—.
Que preparen las flechas de punta ancha —ordenó a otro sirviente.
—Vas por tigres entonces.
—A eso hemos venido.
—Alteza, a usted le gusta cazar solo, y aunque yo permanezca en un radio considerable, esta zona no es apta para la caza en solitario.
—Te lo advierto desde ya Galen —lo miró amenazante—.
No pienso ir en grupo, y si no vas a trabajar como lo hemos hecho en años anteriores entonces tampoco te quedes en el radio considerable.
Galen suspiró cansado, no quería ser cena de tigres pero tampoco podía dejarlo solo, así que silenciosamente aceptó su papel como escolta y finalmente asintió.
Subieron cada uno a sus caballos, los sirvientes se encargaron de brindarles las armas solicitadas y todos continuaron hacia el claro frente a la carpa del rey.
Había numerosos soldados escoltando a los nobles participantes.
Kairos y Min Jiak iban respaldados por al menos diez soldados cada uno.
El rey se extrañó al ver que Hyaker solamente iba acompañado por Galen, así que le ordenó en secreto al shokan que su guardia personal les siguiera a una distancia adecuada.
A las doce del medio día en punto, el rey dio orden de inicio.
Todos los concursantes se posicionaron a esperar la señal de salida.
Hyaker buscó con la mirada a Leone, pero ni ella, ni Helio, ni la dama de compañía a quién ofreció su caza estaban presentes.
El rey dio orden de salida y los caballos iniciaron el trote.
Hyaker se internó a toda velocidad en la parte noreste del bosque.
Galen trataba de seguirle el paso, y aunque él y Hyaker estaban al mismo nivel en equitación, el tipo había arrancado con tanta velocidad que a penas podía verle a lo lejos.
Galen fue consciente de como a tan solo metros de él, dos soldados de la guardia del rey le seguían fielmente.
El plan de Hyaker de cazar solo se había desboronado mucho antes de la señal de salida.
Hyaker notó cuando el shokan daba instrucciones silenciosas a soldados de la guardia de su padre.
Conocía al rey, no iba a dejarle tranquilo, aunque ni siquiera era la primera vez que él y Galen participaban solos en la competencia de caza.
Corría a la velocidad más rápida que su caballo permitía.
Pudo escuchar la presencia de tres caballos a gran velocidad siguiendo su pista.
Era molesto, desde hacía un rato se sentía irritado, y ver que su padre estaba entrometiéndose en su desempeño durante la competencia le enojaba todavía más.
Arribó a una zona donde ni siquiera podía percibirse el cielo debido a la altura y frondosidad de los árboles, un enorme pino tenía una terrible posición angular, un mínimo empujón y caería por completo obstaculizando el paso.
Era el lugar perfecto para eliminar totalmente su rastro, había un barranco y al final de este cruzaba un río del cuál tranquilamente un ciervo tomaba agua.
Todo estaba en completa calma, no se escuchaba ni el sonido de los insectos, alguien estaba al asecho.
Hyaker inhaló pausado, un leve crujido en las hojas sobre la tierra bastaron para que sacara una flecha de punta ancha, y en cuestión de dos segundos la apuntara hacia las fauces rayadas que hambrientas saltaron sobre él.
El caballo retrocedió por instinto y el príncipe aprovechó la distancia para clavar la flecha en el ojo de la bestia.
El animal cayó al suelo confundido y sufriente.
Hyaker corrió en dirección al pino desfalleciente y con su espada terminó de cortar el tronco haciendo que las hojas y las ramas cayeran sobre el tigre que luchaba contra la flecha en uno de sus ojos.
Tomó las riendas e inició a cabalgar de nuevo a gran velocidad.
Bufó, no había logrado darle de lleno en la frente.
Si el animal no caía instantáneamente no podía considerarlo una victoria.
Su enojo se incrementó y corrió en dirección del fuerte viento que daba inicio a una llovizna grosera.
La lluvia no era fuerte, pero el agua caía pesada y las gotas se le clavaban en el rostro como piedras finas.
—Un poco más a la izquierda y sería mío —gruñó—.
Ese tigre tenía suficiente peso y tamaño para ser el mejor ejemplar cazado de la competencia.
Mucho mejor que cualquiera que pudiera ser ofrecido —bramó exhalando con dificultad debido al viento y la brisa.
El caballo marchaba con tal presteza que cada vez la lluvia dolía más.
Hyaker se internó en la altura del bosque donde probablemente nadie se atrevería a cazar por la dificultad del camino.
Estaba concentrado en encontrarse completamente solo, en un instante un desgarre sonó fuerte, el paisaje dio un giro completo, algo se le clavó en la pierna derecha, una superficie sólida chocó contra su frente, y todo se volvió negro.
…
La falda del vestido se volvía malditamente pesada, Leone nunca había corrido tanto en su vida, no miraba hacia atrás pero escuchaba que el hombre la seguía sin detenerse, cada vez estaba más cerca.
No podía volver al campamento porque si volvía sobre sus pasos sería atrapada.
Se estaba internando cada vez más en el bosque, y aunque perdiera de vista a su perseguidor no sabría como regresar, el sitio parecía un laberinto que se cerraba a medida que avanzaba.
Transpiraba con fuerza, la brisa iniciaba a caer sobre ella complicando cada vez más la tarea de cargar la falda en sus brazos.
Unos metros atrás se había desprendido de su sombrero que fue arrancado de ella por el fuerte viento.
No podía más, a su cabeza llegaban una y mil posibilidades ¿Quién era ese hombre?
¿A qué jinete intentaba perjudicar?
¿Qué le pasaría si se detenía?
¿Le haría daño?
¿Podría negociar con él?
Por más que trataba de buscar una solución, no lograba pensar en nada.
Sus piernas se estaban cansando, la lluvia se volvía más fuerte y el suelo bajo sus pies era más duro de transitar.
La resignación llegó en el momento en que su camino se vio impedido por un árbol caído.
A su derecha había un barranco, saltarlo no era una opción, solo había un río lleno de piedras abajo, la tierra húmeda impedía que se deslizara con cuidado.
Si caía moriría.
No había nada que hacer.
Se quedó sin más observando el final de su vida.
Se resignó con un suspiro, escuchó al hombre detenerse justo a su espalda.
—Corre muy rápido para tener piernas cortas.
Leone bajó la mirada hacia sus pies ¿Así iba acabar todo?
¿Tanto esfuerzo, dolor y paciencia por nada?
Sus ojos enfocaron rastros de sangre que se confundían con la humedad de la lluvia.
—No quiero morir así —musitó.
Sin pensarlo dos veces corrió hacia el tronco a tratar de escalarlo.
—¿A dónde vas?
—gritó el hombre tomándola de la falda.
Leone se sostuvo con todas sus fuerzas de las ramas del pino y se impulsaba con sus dos piernas.
Pateó al hombre en el rostro con el tacón de la bota logrando que la soltara mínimamente.
—Maldita —gritó agarrándola del tobillo.
No se soltó de las ramas y luchó por seguir subiendo, pero la fuerza del hombre era mayor, estaba logrando que sus guantes húmedos resbalaran de la madera virgen.
Sin importarle nada se agarró de una rama astillada, la tela y las puntas se incrustaron en su piel dándole mayor soporte, dolía como el infierno, pero no se iba a soltar.
Un estruendoso peso se abalanzó contra el hombre que la halaba.
Un enorme tigre cubierto de sangre y con una flecha en su ojo había casi arrancado de un mordisco la pierna del hombre.
Leone se quedó casi paralizada, pero al verse libre, subió al tronco y observó la grotesca escena.
La bestia arrancó la pierna del tipo que gritaba desgarradoramente, en un reflejo, el hombre agarró la flecha en el ojo de la bestia y presionó hasta adentro haciendo que el animal expulsara un terrorífico alarido y llenara todo el rostro de su presa que permanecía en el suelo de sangre espesa.
A pesar del dolor, el animal se dirigió al abdomen del hombre, nuevamente este trató de oponerse moviendo la flecha de adentro hacia afuera.
En una lucha de ambos, el tigre arrastró al hombre hacia la orilla del barranco y descendieron con violencia.
Leone reaccionó, no tuvo valor de asomarse a ver lo que ocurría, sonido de truenos dificultaban su aguda audición.
Despertó su cuerpo y con la fuerza que le quedaba escaló el grueso tronco hasta llegar a la cima y descender lo más eficiente que pudo hacia el otro lado.
Una resistencia que no sabía existía dentro de ella floreció.
Corrió como nunca, sin mirar atrás.
Tuvo suerte esa ocasión, pero si otro tigre aparecía frente a ella no habría otro milagro que le ayudara a escapar.
Estaba cansada, resbaló en un montón de flechas tiradas sobre el suelo, al caer, casi una la hiere en el abdomen.
Se reincorporó con violencia, flechas de punta gruesa estaban esparcidas sobre el suelo, también observó las huellas de cascos.
Examinó su alrededor a ver si encontraba algo más.
Su corazón se detuvo y el aire de sus pulmones desapareció al reconocer a Hyaker desplomado unos pasos frente a ella.
—Ave María mater Dei —dijo con voz trémula.
Se levantó casi gateando hasta llegar a él.
Hyaker estaba tirado, su cabeza estaba sobre una superficie rocosa, tenía una leve incisión en alguna parte de su cráneo, podía ver cierta sangre fluir hasta su cuello.
Su pierna derecha, parecía rota, estaba sobre una roca algo puntuda, y aunque Leone no veía sangre en exceso, puso discernir una mancha oscura en el pantalón del hanyū.
—Hyaker, despierta —susurró nerviosa.
Apoyó la cabeza sobre su pecho y se tranquilizó al escuchar sus latidos estables, aún así, eso no garantizaba nada, estaba totalmente inconsciente.
La lluvia se estaba convirtiendo poco a poco en una tormenta.
Había peligro de depredadores en la zona, necesitaba esconderlo en algún lugar seguro y luego ir por ayuda.
—Ya vuelvo —besó su frente.
Caminó siguiendo el sonido de lo que parecía ser agua.
Solo un poco más adelante había una enorme cascada que finalizaba en una laguna y se dividía en riachuelos, tal y como el que vio antes.
Sin embargo, no había ni un lugar seguro en el cuál Leone pudiera esconderse con Hyaker.
Los relámpagos iluminaron cada vez más fuerte el bosque.
Con el borde del ojo Leone enfocó una profundidad detrás de las cortinas de la cascada ¿Sería posible una grieta?
Se acercó a confirmarlo.
Detrás de la cascada había un camino de rocas algo planas que iniciaban al borde de la laguna, podían transitarse con cuidado.
Se asomó y sonrió al ver que una cueva algo grande se escondía a espaldas de la caída de agua.
Lanzó un par de piedras para verificar si había algún animal, pero no recibió señales.
Corrió de nuevo hacia Hyaker.
Le quitó la funda en su espalda y con ayuda de la espada la cortó dejándola como un enorme trozo de cuero que ató a su cintura como una especie de silla e inició a arrastrarlo de los brazos, para que la funda cumpliera función de trineo.
La humedad de la tierra casi convertida en barro facilitó la tarea, y cuando llegó a las rocas, fue acostándolo poco a poco de roca en roca para lastimarlo lo menos posible.
Hyaker reaccionó a un mal movimiento de Leone con un quejido, pero esto lejos de preocuparla le alegró, significaba que podía recuperar la conciencia.
Una vez dentro de la gruta, Leone arrancó toda la parte superior de la falda de su vestido e hizo una especie de almohada.
Le revisó la cabeza pero la incisión ya no sangraba.
Se dirigió a su pierna.
Trató de quitarle la bota pero se detuvo en el proceso, no quería tener que invadir su privacidad.
Titubeó un rato, al final se la quitó, necesitaba verificar si estaba bien.
Retiró la media y encontró su tobillo con una herida, no tan profunda, pero que goteaba levemente.
La zona estaba inflamada, probablemente un esguince o una fractura.
Le colocó de nuevo la media y con otro trozo de tela del vestido la envolvió fuertemente junto a una rama para que funcionara como férula.
Luego reunió las ramas y hojas secas dentro de la cueva, rompió el encaje de sus mangas que se conservaba un poco seco y con ayuda de dos piedras logró una chispa que terminó en fuego.
—Y Kyun se quejaba de mi vestido —refunfuñó.
Acercó a Hyaker un poco a la fogata, tomó la espada y salió a buscar ramas en la cercanías, al volver las dejó secar junto al fuego, las usaría como leña más adelante.
El cielo oscurecía cada vez más y la tormenta no cedía, pronto iba a anochecer.
—No te preocupes —dijo acariciándole la frente—.
Prometo que sobrevivirás.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com