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El Eco de la cordillera - Capítulo 29

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  3. Capítulo 29 - 29 Lobo plateado
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29: Lobo plateado 29: Lobo plateado —No te preocupes.

—No me preocupa.

—Prometo que sobrevivirás.

—No quiero —Presionaba la herida del abdomen con fuerza, sus palmas eran tan pequeñas que no lograban detener el sangrado—.¿Por qué no me hablas?

Quiero escuchar tu voz—la figura de su madre iniciaba a convertirse en polvo seco y escurridizo—No quiero que te vayas —gritó con el polvo entre sus dedos—.

¡No me dejes!

¡No me dejes!

—dejó de escuchar su propia voz—.

¡Por favor regresa!

—¡NO ME DEJES!

—gritó suspendiéndose de golpe.

—Pero yo sigo aquí —dijo Leone justo a su lado.

Al escucharla Hyaker volvió en sí.

Un aturdimiento punzante le hizo derrumbarse de nuevo sobre lo que parecía una improvisada almohada.

—No te levantes de golpe —sugirió la chica acomodando levemente la tela bajo su cabeza—.

Es peligroso.

Hyaker barrió con la vista su entorno.

Se encontraban en una especie de cueva con una superficie rocosa, húmeda y lisa en su mayoría.

Había algunos charcos sobre el suelo y ciertas goteras desde el techo que se mezclaban con ciertas rocas brillantes.

El enorme rugido del eco de la cascada inundaba el sitio de una atmósfera extraña, sobre todo porque de vez en cuando, la oscuridad del exterior era opacada por luces exageradamente fuertes que se colaban por la puerta de agua.

En el centro del lugar y justo a su izquierda, una fogata le brindaba calor, y a la derecha un par de ojos negros le escrutaban febrilmente.

—¿Qué estamos haciendo aquí?

—cuestionó en medio de un quejido, el dolor que sintió en su cabeza no se comparaba al de la pierna—.

¿Tú hiciste esto?

—señaló con el mentón el vendaje.

—Sí —respondió Leone alejándose para irse a sentar al otro lado del fuego—.

Lo encontré en el bosque herido.

Inició una tormenta y no me quedó otra opción que traerle hasta aquí.

Las imágenes de lo que ocurrió antes de perder la conciencia chocaron en la frente de Hyaker como una cachetada en seco.

No entendía que había fallado.

No recordaba que el caballo resbalara, más bien, el fue el que se cayó, lo cuál era aún más extraño considerando que jamás en su vida le ocurrió algo como eso.

Dirigió su vista a Leone, estaba totalmente desaliñada, podía ver sus piernas hasta las rodillas por la falta de tela en la parte de abajo del vestido, tela que le servía de almohada y cubría parte de su cuerpo en una especie de sábana.

Algo era un hecho, ella lo había salvado.

—¿Cómo se siente?

—le preguntó sin mirarlo—.

Tiene un golpe en la cabeza y una herida en la pierna.

Su cabeza dejó de sangrar poco después pero la pierna pareció inflamarse.

No soy médico pero creo que posiblemente es una fractura.

—El dolor de la pierna es más fuerte que el de la cabeza —confirmó.

—Entiendo.

Un silencio incómodo se ubicó entre ellos, acababan de transcurrir alrededor de cuatro horas desde que llegaron a la cueva.

Leone sabía perfectamente que Hyaker sentiría hambre en la noche, además, la leña no duraría para siempre, las pocas ramas que recogió en los alrededores se estaban acabando, no tenía otra opción que salir en busca de alguna fruta comestible y más madera para avivar el fuego.

Se levantó de su sitio y se asomó por la cascada, la lluvia había cesado un poco, pero los truenos continuaban igual de fuertes.

—Ya vuelvo —dijo girándose levemente para recoger el trozo de cuero que sirvió de funda y trineo.

—Has dicho que hay una tormenta afuera, es peligroso que salgas al bosque sola —advirtió.

—Ya casi no tenemos leña y no estoy dispuesta a soportar frío —declaró saliendo por la cascada.

Hyaker maldijo por lo bajo —Maldita loca —presionó sus labios en una línea.

Se reincorporó, el dolor en la pierna le revolvió los nervios, era imposible pararse por si solo.

Inició a arrastrarse en dirección a una de las paredes de la gruta, pero lo único que consiguió fue desarmar la férula que a Leone tanto le había costado colocar.

—¿Por qué me arrastras a tus problemas?

—vociferaba molesto—.

¿No te das cuenta de lo mucho que me complicas todo?

—siguió arrastrándose con lentitud, cada centímetro avanzado le hacía cuestionarse si en realidad la “gran duquesa” no merecía una visita al cielo, pero ni siquiera terminaba de pensar la respuesta cuando su cuerpo de nuevo trataba de llegar a la pared.

El trayecto se hizo eterno, sudor frío se resbalaba por su frente.

Un rato después logró alcanzar su objetivo, utilizó las irregularidades para escalar y estabilizarse, el equilibrio no era una de sus debilidades, solo necesitaba usar su espada como bastón y entonces…

La desgraciada espada estaba casi a seis metros de distancia al otro lado de la fogata.

Golpeó la partición natural con tanta fuerza que se desestabilizó, y como la ofuscación en su cabeza todavía estaba presente no pudo reaccionar y cayó sonoramente al suelo lastimándose la pierna en el proceso.

Un gruñido hizo eco en la gruta similar al rugido de doscientos tigres —Maldita Leone —decía con el rostro totalmente rojo.

Inició a arrastrarse hacia la espada, cuando lo consiguió, renovó el trayecto hacia la pared.

Tardó mucho tiempo en volver a alcanzar el punto de inicio, nuevamente se paró en la medida de sus posibilidades.

Estaba totalmente agotado, jadeaba del cansancio, pero logró al fin acomodarse la espada a modo de bastón.

Sonrió a modo de victoria.

—¿Qué está haciendo?

—preguntó Leone presionando el entrecejo.

Había regresado tan tranquila como si tal y hubiera estado de paseo por un jardín.

En su brazo derecho cargaba cierta cantidad de madera y en la izquierda lo que parecía ser algo envuelto en el cuero.

Hyaker relampagueó los ojos furioso, su rostro se volvió sombrío y casi le lanzaba la espada a Leone en la frente.

—¿Estás…

—perdió el equilibrio.

Leone soltó la leña y corrió hacia él, con el brazo derecho trató de sostenerlo y resbalaron juntos al suelo, quedando Leone abajo y Hyaker apoyando los brazos en el piso para no dejar caer por completo su peso sobre ella.

Sus rostros estaban a centímetros de distancia, Hyaker observaba con ímpetu el rostro de Leone.

Ella estaba totalmente roja, sus labios oscilaban entre rosa y purpura por haber estado tanto tiempo fuera, las pestañas húmedas se juntaban unas con otras y los lunares esparcidos por toda su cara bailaban de un lado a otro.

—¿No tienes frí— Un chillido diminuto se escuchó en el espacio entre Hyaker y Leone, algo se movía de la improvisada bolsa de cuero que la chica aún conservaba en sus brazos.

Una pequeña nariz se asomó del interior del cuero y gruñó con más fuerza esta vez.

Hyaker se apartó arrugando el entrecejo y observando como un cachorro de lobo gris aparecía e iniciaba a mordisquear a Leone en un guante.

—Lo encontré casi cayendo al río, evidentemente no podía dejarlo solo.

Hyaker forzó un surco naso geniano en señal de incredulidad —¿Eres consciente de que la manada puede venir en su búsqueda?

—No lo creo —musitó acariciando al cachorro—.

Todos estaban muertos.

El príncipe guardó silencio, Leone le ayudó a volver hasta la almohada al lado de la fogata y nuevamente le acomodó el vendaje.

La herida no se había abierto, pero Hyaker se mordió el labio inferior al sentir la leve presión que ejercía la férula.

La chica sacó de la funda de cuero un montón de peras, uvas y moras, le aseguró a Hyaker que eran comestibles, Helena las cultivaba en su invernadero, también le ofreció agua en la funda de la daga que secretamente guardaba atada a la parte superior de una de sus piernas, la misma daga con la que amenazó a Hyaker en el bosque del palacio semanas atrás.

…

—¿Qué nombre te daré?

—la hija del archiduque apretaba ligeramente las orejas del cachorro—.

Tiene que ser un nombre digno de la realeza de Ílios —sonrió—.

En occidente hay tantos nombres magníficos, pero no puedo elegir uno al azar y ya, es decir, tiene que ser digno del lobo de la gran duquesa Doña Leone Asteria Hemerides Montefiore de Cartalia e Ílios…

¿Un nombre en el lenguaje de los ángeles quizás?

La noche había caído, la tormenta en el exterior se intensificaba a medida que las horas pasaban.

Hyaker trataba de dormir, el punzante dolor de cabeza le agotaba en demasía, pero el parloteo de Leone con el lobo no se lo permitían.

Ya había bufado un par de veces en señal de incomodidad pero fue ignorado.

—“Doña Leone” —masculló molesto.

—¿Disculpe?

—La audición de Leone era excelente, aún con todo el sonido de la cascada y los rayos era capaz de escuchar el caminar de un grillo.

Hyaker rodó los ojos.

—¿Su alteza mencionó algo?

—insistió.

—Nada importante, su alteza real puede seguir eligiendo el nombre de su perro.

—No es “su alteza real” —corrigió—, es “su excelencia”.

Presionó sus sienes con impaciencia —Tienes título de princesa.

—Pero no soy su “alteza real”, ese honorífico es dirigido únicamente a la hermana del rey, en Ílios ni siquiera soy nombrada “su alteza” mi título es “excelencia”.

—¿Incluso en un momento como este insistes en el uso adecuado de honoríficos?

—Trato de no faltarle el respeto.

—No tomaste eso en cuenta antes.

—Lamento eso —susurró dándole la espalda.

—Solo llámame por mi nombre.

Leone recogió aire con nerviosismo, no quería llegar a un mínimo de confianza que alimentara su enamoramiento, había tenido suficiente con la caída de antes ¿Por qué él ignoraba la posición que ella había elegido tomar?

Era como si todos sus intentos por alejarse de él fueran frustrados, incluso esa ridícula situación en que se encontraban era totalmente absurda.

—No es correcto.

—No es como que nos relacionemos en el futuro.

Al menos en este momento, no deseo que te comportes como una desconocida.

Accedió con un asentimiento de cabeza, pero cortó la conversación para no tener que pronunciar su bendito nombre tan fácilmente.

Alrededor de una hora más tarde Hyaker se quedó aparentemente dormido, Leone notó como los párpados del príncipe cedían ante la extenuación.

Por más cansada que estaba ella no lograba dormir, el principal motivo era la presencia de Hyaker, pero lo otro que rondaba su mente era la relación evidente entre lo que presenció en los establos y el accidente del príncipe.

En el momento que encontró a Hyaker inconsciente supo que la montura perjudicada era la suya.

Era tan obvio que le aterraba entender que alguien iba tras su vida.

Los hechos se explicaban solos, un príncipe cuya montura se rompe en la parte más sensible cae en medio de una zona completamente plagado de tigres.

Si el príncipe que cabalga en un terreno accidentado no muere durante la caída, al menos se hace el suficiente daño como para no poder huir del ataque de un depredador.

El crimen era casi perfecto, lo único que no estaba premeditado era su inoportuna presencia, y si no hubiera tenido tanta suerte, ni ella ni Hyaker estarían vivos en ese momento.

Se sentó abrazando sus rodillas, ocultando su rostro entre sus brazos ¿Estaría el asesinato del ílios relacionado con esa situación?

De ser así, el culpable no podía estar bajo las ordenes del rey ¿Por qué motivo el rey mataría a su propio hijo?

La otra opción es que alguno de sus hermanos quisiera deshacerse de él, pero, aunque no tenía como refutarlo, esa idea le parecía absurda; el príncipe heredero tenía el trono más que asegurado, estuvo investigando y el segundo príncipe incluso se negaba a gobernar una región, así que una riña por el trono era improbable.

Respecto al tercer príncipe ¿Sería capaz de matar a su hermano para quedar segundo en la línea de sucesión?

No tenía la respuesta, pero le resultaba ilógico.

Fuera de conspiraciones supuestas dentro de la familia real ¿Quién más tendría un motivo para matar a Hyaker?

Presionó la punta de su nariz fría, eso le ayudó a recordar algo básico, Hyaker salía por las noches, y al parecer era una actividad discreta, porque utilizaba la salida secreta, además, el día que colapsó por la alergia le pidió específicamente buscar a Galen ¿Estaría Hyaker metido en algún asunto turbio?

Existía la posibilidad, el día que la rescató del borracho, él se encontraba justo en ese barrio donde abundaban las casas de apuestas y pabellones de cortesanas.

Un pensamiento intrusivo la invadió ¿Y si estaba en ese lugar para ver a una mujer?

¿Sería el accidente el resultado del resentimiento de otro hombre enamorado de la misma cortesana?

Un desagrado amargo saboreó sus labios, con su apariencia y posición Hyaker podía tener a la mujer que él deseara y eso causaría odio en más de uno.

Incluso en ella.

La cabeza inició a darle vueltas y vueltas, el piso se ponía más duro cada que no conseguía dar respuesta a sus propios cuestionamientos, eran muchas suposiciones y un solo peligro real.

El cachorro que dormía a su lado inició a removerse ansioso, soltaba pequeños gemidos, probablemente tenía frío, y aunque dormía al lado de la fogata el calor que anhelaba no era otro que el de su madre.

Leone se compadeció del animalito, comprendía mejor que nadie ese sentimiento, desde que dejó Cartalia, era lo único que la acompañaba.

—No llores —susurró cargándolo entre sus brazos—.

Yo estoy aquí.

Poco a poco el lobito se quedaba en silencio y se acurrucaba en sus brazos.

—Eres lo opuesto a mí —dijo acariciándole el pelaje—.

Tu cabello parece de plata y tus ojos diamantes.

A diferencia de mí, a ti nadie podría rechazarte, porque eres todo un color diáfano que heredaste de tu familia.

“Arráncate la cara, deja de avergonzar a tu padre”.

—Aunque fueras todo carbón, igual estarías aquí en mis brazos —sonrió lejana—.

Si yo tuviera el cabello gris ¿Habría diferencia?

—Serías igual de extraña —respondió Hyaker sin girar el rostro.

Trató de dormirse pero no lo consiguió.

—Extraña —murmuró escrutando la fogata sin moverse—, quizás hubiera sido normal.

Hyaker achicó su afilada mirada —¿El color de cabello define cómo eres por dentro?

—El color de los ojos lo hace —susurró una verdad maldita.

Su vida completa estuvo definida por eso, por el color de sus ojos, por tenerlos pegados al rostro; si tan solo hubiera nacido sin ellos las cosas serían diferentes, sería un fenómeno justificado.

Hyaker alzó una ceja.

Según tenía entendido todos los miembros de la dinastía Hemerides poseían un peculiar color de ojos verde esmeralda que se heredaba a todos sus descendientes desde hace siglos atrás.

Leone tenía los ojos negros.

—¿Qué tiene de malo tener los ojos oscuros?

—cuestionó—.

En Lunhae casi todos tenemos los ojos oscuros.

—Pero no son negros.

Hizo un gesto sardónico —Corrijo ¿Qué tiene de malo tener los ojos negros?

—preguntó recostándose a una roca cercana, sus músculos estaban entumidos por permanecer acostado.

Leone dudó en responder, Hyaker la miraba inescrutable, parecía genuinamente interesado.

Exhaló pausada —Si una mujer que tiene los ojos azules se casa con un hombre cuyos ojos son verdes y tienen una hija con los ojos negros ¿Qué crees que pensará todo el mundo?

Hyaker guardó silencio, sabía qué responder, pero no estaba en la libertad de hacerlo.

—Dilo —animó—, que probablemente esa niña no es hija de alguno de los dos.

—Quizás la niña lo heredó de algún ancestro.

—No es mi caso —encogió los hombros—, nadie en mi familia ha tenido los ojos negros en doscientos años de registro.

Mi madre es mitad ílios mitad isfrid, en su familia solo han existido pelirrojos y castaños, todos con ojos azules nadie con ojos negros.

En la familia de mi padre no es diferente.

Desde el inicio de la dinastía Hemerides los niños han nacido con los ojos verdes.

Incluso el color de mi cabello es una anomalía, mi hermano y mi padre lo tienen muy oscuro, pero el mío, hasta en la luz solar, sigue viéndose más negro que la noche —El nudo que raspaba su garganta era un viejo conocido que la visitaba a menudo desde hacía mucho tiempo, era compañero de esos recuerdos y esposo de sus heridas—.

¿Sabes qué es lo más gracioso?

—rio por lo bajo—.

Mi rostro es una copia del de mi padre y los lunares que lo adornan, puedes encontrarlos ubicados exactamente igual en mi madre, pero…

aún así…

eso a nadie le importó.

El segundo príncipe mordió ligeramente su labio inferior, sentir lástima por ella era raro, incómodo.

Durante unos minutos nadie dijo nada, Leone tomó el silencio del segundo príncipe ante su historia como insinuación de que nada relacionado con ella le resultaba relevante, o quizás él solo, no sabía que decir.

La chica se acomodó en el frío y duro suelo dando calor al cachorro, estaba molida hasta los huesos, trataría de dormir para buscar una solución el siguiente día.

Estaba casi segura de que Hyaker estaba siendo buscado, pero el sitio era un punto ciego.

El codo le dolía por sostener su cabeza, y las costillas luchaban por imaginar una suave cama bajo ellas; un maldito frío se colaba por sus medias rotas y las pequeñas heridas que dejaron las astillas del pino que la salvó horas atrás ardían horriblemente.

Cerró los ojos con resentimiento, talvez si dormía podía transportarse a un mundo diferente, uno en el que se dedicara es escribir su vida como cuento y no a vivirla.

—No tiene que dolerte quien eres o como te ves —murmuró sin mirarla—.

Ruégate tu propio perdón, es el único que importa.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Shuu_0705 ¡Hola!

Ya casi llegamos a la mitad de la historia.

Muchas gracias por acompañarme hasta aquí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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