El Eco de la cordillera - Capítulo 4
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4: El aroma a hierro del fardo 4: El aroma a hierro del fardo —¡Leone!
¿Dónde estás?
¡Leone!
—pudo escuchar la lejana voz de Kyun llegando a sus oídos, pero se veía opacada por el tacto del pasto sollozante que acariciaba las plantas de sus pies y la brisa que tapaba sus oídos, mientras sus ojos se negaban a pestañear.
El sonido de la voz se intensificó, arrancándola del trance que le provocaba la belleza imponente del segundo príncipe.
El nerviosismo que había retenido se manifestó, logrando que sus pies iniciaran a correr lejos de ahí; sentía la necesidad de alejarse, tanta que se oponía a las ramas que agarraban la tela del vestido y lo rompían en tirones desiguales.
El olor a lluvia le atacaba los brazos y las punzadas en su estómago escalaron hasta su pecho.
Entre más se alejaba, más quería girarse a ver si él todavía permanecía en su sitio, pero no lo hizo; de lo contrario, se quedaría congelada nuevamente.
Llegó agitada hacia la puerta que unía su habitación con el jardín.
—¿Dónde estabas?
—preguntó Kyun a sus espaldas—.
Por un momento en serio pensé que habías escapado —Leone se sentó en el borde del balcón bajo—.
Estás toda mojada y…
—ahogó una expresión de desagrado—.
Has arruinado toda la falda del vestido —inmediatamente puso una toalla sobre ella.
—Esa idea me agrada —dijo luego de recuperar el aliento.
—¿Romper vestidos?
—También escapar —bromeó débilmente.
—Te matarían si huyes, estarías rompiendo un tratado que involucra una guerra.
—Lo haré bien.
Kyun fingió una carcajada que parecía más un regaño —te crees muy graciosa —reprendió—.
¿En qué parte del jardín estabas?
—Creo que me alejé lo suficiente como para llegar al hábitat de animales salvajes.
—¿Viste a algún tigre?
Son muy comunes en la zona —Leone guardó silencio, haciendo que Kyun se sobresaltara—.
¿Lo viste?
Leone, eso es muy peligroso si tú— —Ya cálmate —interrumpió, colocando sus palmas a la altura de los hombros y doblando las muñecas dos veces—.
Sí, llegué al bosque, pero el único peligro ahí era el segundo príncipe, si es que puede considerarse así.
Kyun arrugó la nariz—.
¿Qué estaba haciendo él allá?
—No lo sé.
—¿Te dijo alguna cosa?
—No —recordó la extraña sensación en su abdomen—.
Pero no supe cómo actuar, si quedarme o alejarme; al final él pareció no tomarle importancia a mi presencia, así que me fui.
—Su semblante es rígido.
—Seguramente es con nosotras, es decir, somos ílios.
—No lo sé —levantó los hombros—.
Se dice que su madre murió cuando era un niño, quizás eso haya influido.
Aunque, bueno, poco se habla de él; de los tres príncipes, en general solo se habla del príncipe heredero.
—No todos son Bastien y sus extravagantes festejos —recordó cómo su primo hacía de una sencilla cena un evento del que se hablaba desde el continente de Laban Na en el sur hasta el reino de Isfrid en el norte.
—Eso es verdad —asintió—.
¿Deseas que te ayude a cambiarte?
—Lo haré sola —dijo levantándose.
Se giró hacia el jardín y observó que nuevamente una suave lluvia iniciaba a golpear la hierba.
Luego de que Kyun salió de la habitación, cerró la puerta corrediza y caminó en dirección al enorme espejo dentro del cuarto de baño que había viajado desde la mansión una semana antes.
Su reflejo era un desastre; debido a la brisa, su piel estaba completamente mojada, lo que ocasionó que toda la tela del vestido se adhiriera a esta; la falda estaba terrible, cierta parte de la tela decorada en la parte de abajo se había rasgado; había perdido suficiente tela como para hacer un vestido nuevo; manchas de césped estaban también sobre el fustán.
Se rio internamente; su tía Suhee daría un grito al cielo si la viese en ese estado.
Polvo inexistente se arremolinó en su garganta, recordándole cuánto extrañaba a su madre y a su hermano.
Se cambió de ropa y se acurrucó en la cama.
Perdió sus ojos en un punto fijo, en un espacio no abrazado por la luz de luna que se filtraba por todas partes; si tuviera menos sensibilidad física, casi juraría que todo era una pesadilla, pero el algodón de las sábanas que daban comezón en las pantorrillas la devolvían a la realidad.
Su rostro se ahogó entre la almohada mientras sentía el tiempo inmortalizarse, hasta que el cansancio le hizo perder el conocimiento y se quedó dormida.
…
Al día siguiente, Kyun ingresó a la habitación muy temprano; Leone ya estaba despierta y con la puerta que dirigía hacia el jardín abierta.
Como de costumbre, Kyun preparó el baño con pétalos de cereza y esencias de clavel.
Una vez Leone salió, la dama de compañía peinó su cabello y luego realizó la cuantiosa rutina para mantener su melena sedosa.
La melena que, al ser cortada, provocó una depresión que dejó a Leone encerrada en la torre abandonada del palacio real en Griseordenti durante un par de días.
La vistió con un vestido de tela ligera; las mangas abullonadas enmarcaban sus hombros como si el viento mismo las sostuviera.
Pequeñas flores rosadas se esparcían sobre la tela como pétalos caídos, y un lazo de organza ceñía su cintura.
Sus pies fueron cubiertos por un par de medias y unas botas blancas de tacón cuadrado muy bajo; un par de guantes cubrían sus manos hasta la muñeca y combinaban a la perfección con el vestido.
Le hizo un maquillaje simple: un poco de polvo para bajar el rosa de sus mejillas y un ungüento natural para hidratar sus labios.
Con esto, Kyun conseguía siempre que Leone se viese como pieza fabricada de porcelana.
Cuando hubo terminado, Kyun abandonó la habitación para buscar el desayuno de Leone, lo de todos los días: café con frutas y pan, de preferencia dulce.
Al llegar a la cocina del palacio, todos la observaron con cierto desprecio, el mismo desprecio que habían mostrado la noche anterior cuando fue a buscar el té.
—Buenos días —saludó.
Simplemente recibió una tímida reverencia de un par de sirvientes de edad avanzada, un eunuco y la cocinera a cargo—.
La señorita Leone desea tomar su desayuno —los sirvientes se miraron entre ellos e ignoraron lo que Kyun había dicho—.
¿Disculpen?
¿Alguien podría atender mi petición?
Del mismo modo en que lo hicieron el día anterior, un eunuco se acercó a ella y en voz baja le dijo: —Tenemos órdenes de no enviar alimentos a la señorita Leone hasta la hora del almuerzo; solamente podemos proporcionarle té de jazmín.
—¿Espera que se sustente solo a base de té de jazmín?
Es ridículo, su salud podría verse afectada.
—Lo siento, señorita, no podemos desobedecer.
—¿Quién ha dado la orden?
Los sirvientes se vieron entre ellos mientras dudaban en responder o no, pero luego de una pausa la cocinera respondió: —La señora Are Jin.
—¿Quién?
—La jefa de los sirvientes, se encarga de todo aquí; seguramente se presentará ante su señora muy pronto, por favor presente la queja en ese momento.
Kyun se quedó callada y tomó la bandeja con el té.
Mientras abandonaba la cocina con rabia, casi se tropieza con alguien que se atravesó en su camino.
La copa de porcelana cayó al suelo y rápidamente se agachó a levantarla; lo que menos quería era ocasionar más problemas o seguramente les negarían el agua.
—¿Estás bien?
—le dijo la persona contra la que había impactado—.
Por favor, no toques eso, es peligroso.
Kyun se giró hacia la voz y la sorpresa llegó en calor a su rostro; era el príncipe más joven quien se dirigía a ella con una tímida sonrisa.
De inmediato se levantó y se reverenció.
—Alteza, espero me dispense por mi error.
—No te disculpes —rio Kairos—, está todo bien —chasqueó sus dedos a un sirviente e inmediatamente este se acercó a limpiar el piso—.
Discúlpame tú a mí, he arruinado tu desayuno —dirigió su mirada hacia la tetera rota—.
Bueno, el té.
—Desayuno es correcto.
—¿Cómo?
¿Vas a desayunar una taza de té?
—le sonrió.
—Es para la gran duquesa.
—No, no, no debería tomar solamente eso; el desayuno es el alimento más importante —dijo mientras se giraba a entrar a la cocina—.
Por favor, sígueme.
Entró a la cocina mientras todos se reverenciaban.
Kairos se acercó a la mesa donde descansaban los diversos postres y platillos que los sirvientes iniciaban a organizar para distribuir entre los nobles del palacio.
—Señora Da Jeong, por favor prepare una bandeja con muchos dulces de arroz, jugo de naranja y frutas para la señorita —se giró hacia Kyun, quien observaba sorprendida todo—.
Disculpa, no tengo el placer de conocer tu nombre.
—Kyun, alteza, mi nombre es Kyun Sera Concordia.
Kairos le sonrió y extendió su mano derecha —mi nombre es Kairos, pero mis allegados me llaman Kai; siéntete en la libertad de hacerlo.
Kyun, un poco nerviosa por la confianza que el príncipe le estaba otorgando, le brindó la mano con un poco de timidez y confusión; eso no era común en Lunhae.
Kairos depositó un tierno y delicado beso en el dorso de su muñeca, haciendo que todos los presentes en la cocina colocaran su boca en forma de o y murmuraran entre ellos.
Kyun sintió que el rubor invadía su rostro, así que rápidamente alejó su mano.
—Gracias, su alteza, pero no creo sea lo adecuado.
—No te preocupes, nadie en este palacio, a excepción de mi padre, puede refutar o alegar contra una petición mía; verás, soy el consentido —le guiñó el ojo—.
¿No es así, señora Da Jeong?
Todavía no entiendo por qué la bandeja con las cosas que le pedí no está lista.
La jefa de la cocina se limitó a hablar con voz muy suave —señor, la señora Are Jin nos dijo— —No sé qué le haya dicho la señora Are Jin, pero no creo tenga más autoridad que yo —interrumpió a la mujer—, así que, por favor, haga lo que le dije —se giró hacia la puerta de la cocina; mirando a Kyun, se despidió con un asentimiento de cabeza, dejándola confundida y ruborizada hasta la frente.
…
Leone esperaba sentada viendo las decoraciones de la pared con párpados cansinos; Kyun estaba tardando un poco.
Se sentía ofuscada si se encontraba sola; irónico, en Cartalia era todo lo contrario: podía permanecer encerrada por semanas y estaría feliz de no ser molestada, pero aquí era diferente.
En el momento en que pisó ese lugar, una tela negra gruesa se cernió sobre su cabeza; no podía sentir luz ni respirar aire puro.
En toda la noche solo pudo dormir alrededor de una hora; se despertaba en cuanto lograba conciliar el sueño.
Su cuerpo no se adaptaba a la cama, al clima, a nada.
Había cansancio, le dolía la garganta y los labios iniciaban a secarse; no tenía ánimos siquiera de servirse un poco de agua de la jarra colocada en la mesa.
A lo lejos escuchó pájaros trinar, giró con dificultad su rostro hacia la puerta exterior y el hermoso jardín lleno de flores con múltiples colores de la nada fue cubierto con la misma tela negra que le envolvía la cabeza.
Un reloj que viajó en el carruaje de su equipaje indicaba con un sonoro compás que el día apenas estaba iniciando, el primer día de muchos que faltaban hasta que pudiera morir, porque no sabía si la capacidad de huir residía en ella.
El tic tac en medio del silencio de la habitación, el canto de las aves en el jardín, el sonido carrasposo del roce de las cortinas empujadas por el viento, su endeble respiración, todo era una tortura; la sensación de existir en ese lugar era como si le metieran agujas en los oídos e hicieran presión hacia el interior de su cráneo.
No aguantaba.
Abrió la puerta dirigida al interior del palacio e inició a desplazarse por la jaula; recorrió un pasillo, luego dos, tres.
Cuando llegó al cuarto, su paciencia se agotó por culpa de las escrutadoras miradas de los sirvientes; entonces caminó un quinto pasillo, ya dentro del edificio principal, donde extrañamente el flujo del personal era menor.
Avanzó hasta uno sexto, séptimo, pero ya estaba agotada; cada trecho era de al menos diez metros.
Aun así, no se detuvo hasta encontrar alguno que le devolviera a los pasillos centrales; sabía bien que estaba en una zona abandonada, un anexo solitario.
Aunque el piso y las paredes estaban perfectamente limpios, no se encontró a ningún ser humano desde que salió del sexto pasillo.
Sentía que se había alejado demasiado; lo mejor era volver o, bueno, avanzaría hasta el décimo pasillo.
Estaba algo oscuro, pero quizás porque culminaba en un punto de retorno.
Uno, dos, tres pasos; frenó en seco.
Aroma a hierro invadió sus fosas nasales levemente.
Leone, cuyos sentidos del olfato, oído y vista eran agudos, se paralizó al respirar profundamente; lo que a sus pulmones llegaba no era nada más que la fragancia de la sangre.
Mucha sangre estaba escapando de las venas de alguien, y no de un animal; la sangre de los humanos y animales no tenían el mismo aroma, lo descubrió en un desafortunado suceso de su pasado.
A sus oídos llegó el suave sonido de unas pisadas provenientes de la curva en L que conectaba con el otro pasaje; el ruido de los zapatos se intensificaba, al igual que el desagradable olor.
Temió; lo que sea que hubiera ocurrido en ese lugar no le incumbía en lo absoluto, pero estaba muy segura de que no era nada bueno: la sangre jamás es predecesora de una buena noticia.
Con el miedo latente en la boca del estómago, revisó en todos los lugares disponibles del pasillo; la mayoría eran puertas cerradas bajo llave, a excepción de una.
Haciendo el menor ruido posible, la abrió y se metió dentro, dejando la puerta con una abertura mínima; así observaría lo que pasaba en el exterior.
Los pasos se detuvieron a unos metros de la habitación donde Leone se ocultaba.
La ausencia de ventanas otorgaba una oscuridad casi total; aun así, Leone alcanzó a ver que se trataba de un hombre alto.
Estaba de espaldas y usaba una capa gruesa que le cubría el cabello; sobre su hombro cargaba un fardo envuelto en lo que parecía ser una alfombra de lino con espesas manchas de color rojo que descendían en gruesas gotas, ensuciándole la ropa y dejando un desastre sobre el suelo.
El hombre llevaba a una persona muerta o gravemente herida con él.
Leone se tapó la boca para ocultar el sonido de terror que escapó de su garganta; si se descubría que era testigo, acabaría igual o peor que quien derramaba todo su líquido carmesí.
El hombre dejó caer el bulto sin cuidado y levantó una cortina que se encontraba en la pared al final del pasillo; detrás descubrió una especie de puerta de piedra que abrió con agilidad.
Levantó de nuevo el cadáver y dirigió la cabeza hacia la dirección en la que había venido; fue entonces que Leone se dio cuenta de que en el sitio había alguien más que observaba todo, además de ella: el asesino no era uno, eran dos.
—Volveré —habló en Ílios el hombre que cargaba el cuerpo.
No recibió respuesta y se ocultó detrás de la extraña puerta, dejando un enorme rastro de sangre.
Leone contuvo la respiración y levantó la mirada hacia el cielo en señal de auxilio.
Qué diablos estaba pasando, ¿en Ílios?
El hombre hablaba en Ílios.
La presencia del segundo individuo se acercó hasta el charco de sangre, pero Leone se alejó de la abertura de la puerta y recostó silenciosamente su espalda contra la pared.
No quería ver de quién se trataba; era lo mejor para ella.
Escuchó entonces cómo caminaban al lado de la habitación en la que se encontraba oculta y con paso firme se alejaban del lugar, justo por el mismo camino que ella había recorrido minutos atrás.
Tenía que salir de ahí.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Shuu_0705 Holaaaa, gracias por leerme, trataré de publicar un cap diariamente.
Nuevamente gracias por elegir mi historia, espero sea de tu agrado, un abrazo ♥️♥️♥️.
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