El Eco de la cordillera - Capítulo 35
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35: La gemela benévola de Ater 35: La gemela benévola de Ater Leone siguió al shokan hasta el enorme quiosco donde el rey casualmente ofrecía los desayunos a los que Leone había dejado de asistir.
El verano se había apoderado del sitio, los cerezos que en un principio llenaban de rosa el lago y alrededores ahora se encontraban verdes, con rojos y brillantes frutos colgando de las ramas.
Atravesaron el puente sin barandas.
Helio tuvo que permanecer en la orilla gracias a que Lupus Argentus inició a gruñir un par de insectos en los arbustos cercanos.
—Realmente es una bendición verla —sonrió el rey parándose de su sitio.
—Su majestad —Leone se reverenció como se hacía dentro de Lunhae, girando su torso casi a noventa grados exactos—.
No soy digna de tanto respeto.
—Claro que lo es.
Por favor siéntese —señaló un espacio justo a su lado.
Leone obedeció y se sentó sobre la espesa nube de tul rosado pálido que llevaba por vestido sin siquiera sentir el guardainfantes.
—La he citado aquí porque deseo agradecer personalmente lo que ha hecho por Hyaker.
—Su majestad no necesita agradecer nada.
Hacer todo para salvar al príncipe era lo mínimo —Eres una jovencita muy valiente.
El archiduque Leonardo Hemerides Esposito crio a una joven admirable.
El estómago de Leone se revolvió al escuchar el nombre de su padre.
Hombre al que resentía y quería en partes iguales.
Sonrió disimulando la fatiga —Conoce muy bien el nombre de mi padre.
—Por supuesto.
Tuve el honor de escuchar sobre él muchas veces atrás.
Nos conocimos en una ocasión, hace casi treinta años, en el baile por la conmemoración de la paz —El rey entrecerró los ojos—.
Usted es físicamente muy parecida a él —Leone destacó una amarga expresión ante el inocente comentario—, pero su hermano es igual a cuando él y el fallecido rey Giuliano eran jóvenes.
—Así dicen muchos —Leone recordó las pinturas de su padre y su tío en juventud colgadas en las paredes del palacio de Griseonderti.
Literalmente eran pinturas de Liam.
—El príncipe Giuliano y el príncipe Leonardo.
Gemelos idénticos.
Cuándo los conocí parecían el reflejo del otro.
—Aparentemente —exhaló jugueteando con el anillo bajo su guante.
—¿Aparentemente?
—Mi padre y mi tío eran casi completamente idénticos, a excepción de dos cosas.
Sus voces y la marca del rey.
El rey sonrió levemente —Supongo que sus voces juntas son algo que olvidé gracias al paso del tiempo, pero desconocía acerca de algo llamado “La marca del rey”.
Leone disolvió su vista en el tul de su falda.
Recordaba muy bien la voz de su tío, una tonalidad metódica, arrogante y portentosa; en comparación a la de su padre, que era firme y serena, la diferencia era clara.
Era como escuchar hablar a Bastien y Liam.
Totalmente opuestos.
—La marca del rey —su garganta se secó—.
Todos los primogénitos en Ílios nacen con un lunar, una mancha roja en el centro de la espalda.
Mi tío y mi padre nacieron idénticos, pero el rey Giuliano poseía la marca que lo sentó en el trono.
—Es decir que los ojos verde esmeralda no son lo único que representa a la monarquía Hemerides —sonrió—.
La historia de Ílios no deja de sorprenderme —sirvió una copa de un té negro y oscuro—.
Por favor —extendió la copa.
Leone, olfateó el té, su aroma era exquisito y dulce.
—Té de Isalindr —explicó el rey—.
Un regalo de Isfrid.
—¿Isalindr?
La gemela benévola de la flor de Ater.
La flor de Ater.
Leone recordó claramente como Helena tuvo una erupción en la muñeca al plantarla por error en su invernadero.
Una flor altamente venenosa que crecía en los picos más bajos de la cordillera del Eco.
—¿Esta flor tiene una gemela malvada?
—bromeó el rey.
Leone se rio tímidamente —Sí, pero esa deja estragos en quien la toca.
—La primera vez que probé el té de pétalos de Isalindr fue gracias a mi esposa.
Ella pasó toda su infancia en Isfrid —su voz se tornó nostálgica.
Rápidamente aclaró su garganta—.
¿Ha visitado ese reino alguna vez?
—Por supuesto, mi madre la archiduquesa Regina Montefiore Skovgaard es mitad isfrid.
—¿Skovgaard?
—achicó la mirada el rey—.
¿Es pariente del marqués Harald Skovgaard?.
—Él era mi bisabuelo materno.
—Entonces el marqués Erik Montefiore Skovgaard es— —Mi tío.
—El mundo es realmente pequeño.
Conocí al marqués en el baile de máscaras que se celebra anual en el palacio de Krone.
Leone sonrió tratando de recordar a su tío al que no veía desde hace más de diez años.
Dio un sorbo a la copa de té y sus papilas gustativas bailaron dentro de sus labios.
Su expresión cambió a una de absoluta satisfacción.
—¿Amargo?
—preguntó el rey—.
Solía sentirlo suave.
Con el paso del tiempo el sabor se distorsionó.
—En lo absoluto —respondió Leone relamiendo sus labios—.
Es dulce.
El rey arrugó un poco la nariz —Hasta donde sé, esta flor es todo menos dulce.
—¿De verdad?
—preguntó Leone confundida ¿Podría ser que sus papilas gustativas le mentían?
—Supongo que lo percibimos de maneras diferentes según nuestra condición de vida.
—Su majestad —El shokan ingresó con un pergamino—.
Ha llegado esto de manera urgente.
Es de parte del yeonbok Jae Woon.
El rey tomó el pergamino y se dispuso a leer.
Luego de un momento resopló algo aburrido —Eldfálkar ha robado las arcas reales que viajaban desde el norte.
—Se habían calmado desde hace un tiempo —mencionó el shokan.
—Estaban ocupados conquistando las islas rebeldes del sur.
Supongo que el éxito les ha dado la confianza de volver a robar en tierra.
Leone permaneció muda un momento, no sabía si era correcto escuchar dicha conversación.
—No tenga miedo señorita Leone —el rey le sonrió—.
Eldfálkar jamás ha pisado Selinia.
Se dedican a robar en los puntos fronterizos o el mar.
—Claro —susurró Leone.
A duras penas y sabía que Eldfálkar era una banda de ladrones lo suficientemente grande como para robar en tres países simultáneamente.
Argen cruzó el puente corriendo hasta llegar a la mesa de Leone y morder levemente la tela de la falda.
Helio se apresuró pero fue incapaz de acceder al sitio.
—Qué encantador —sonrió el rey—.
Ya veo porqué Hyaker solicitó que te quedaras con él.
Leone abrió los ojos y parpadeó un par de veces.
Su corazón se aceleró como viento en vendaval.
Y el sabor del té endulzó incluso sus amargos recuerdos.
—¿Aún no hay noticias de Cartalia?
—Se desenlazaba los anchos rizos negros frente al tocador—.
Envié el cuadro hace bastantes días, lo suficiente como para recibir respuestas.
—Me temo que no —Kyun bordaba una bonita funda—.
Deberías acostumbrarte, recuerda que Liam es el presidente del parlamento, tiene muchas ocupaciones.
Además, es un simple cuadro.
—Si claro —enredó sus dedos en un bucle—.
¿Dónde está la peineta plateada?
Este vestido tiene brocados justo en ese tono —dijo observando la tela de su atuendo.
—¿Cuál de todas?
—La de los diamantes rosa por supuesto.
—Alhajero del tercer cajón.
Leone rebuscó hasta sacar la peineta y recoger su melena en un peinado desestresado pero elegante —Por cierto Kyun, en pocos días se llevará a cabo el baile en conmemoración de la paz, el rey me lo dijo cuando lo acompañé a tomar el té.
Necesito que selecciones diez de los vestidos más bellos, si quiero ser la más hermosa del baile debo elegir cuidadosamente cada parte de mi atuendo.
Kyun levantó la vista del bordado —Suenas tres veces más vanidosa.
Leone mostró una inalterable sonrisa.
Desde que escuchó lo que Hyaker hizo por ella, su humor estaba en las nubes —Decidí no dejarme opacar por Helena.
Tú siempre has dicho que soy hermosa.
Esta vez quiero que Helena vea que incluso calva estaré viva para arruinarle el día —la sonrisa se tornó algo macabra.
—Pensé que habías superado el trauma del cabello.
—Podré superar más no olvidar.
—Señora, la señorita Jin Ah espera el acceso —anunció Helio en la puerta.
Últimamente la habitación de Leone estaba muy llena, Hanae, Kyun, Jin Ah, Helio y ahora también Argen.
—Hazla pasar.
Jin Ah accedió un poco ojerosa al lugar.
—¿Estás bien?
Luces algo…
bueno, muy cansada —preguntó Leone levantándose del tocador.
—Estoy bien, gracias por preguntar.
Me siento un poco cansada después de la muerte de la señorita Choi.
Ese mismo día falleció la hija mayor de la familia Hwang.
Tuve que ir a mostrar mis condolencias también.
—¿Dos chicas a la vez?
En realidad es lamentable —dijo Kyun deteniendo su bordado.
—Lo sé —respondió Jin Ah apesarada—.
Ambas murieron de un modo extraño.
Un desmayo certero del cuál no despertaron.
Luego de un par de horas dejaron de respirar, las puntas de sus dedos se volvieron negras como si tal y hubiesen inyectado tinta en su piel —Leone y Kyun abrieron los ojos de par en par ante la sorpresa—.
Los médicos aún investigan.
Lo peor de todo es que ambas eran candidatas a princesa heredera.
—¿Cómo?
¿El príncipe heredero aún no tiene una prometida?
—preguntó Leone.
—Los eruditos no han elegido a la joven adecuada.
—¿El príncipe no elige a su esposa?
—se desconcertó Kyun.
—No, el príncipe heredero no.
Los otros pueden considerarlo, pero —tragó amargo—, en este caso, los tres príncipes tienen matrimonios concertados.
Leone parpadeó en sorpresa —Es…
Terrible.
—Lo es.
Por cierto Leone —dijo con timidez—.
Estos días probablemente me ausente un poco, mi padre ha hecho llamar a los mejores médicos del reino para asegurarse de que no hay nada malo con mi salud.
Además, es época del festival de la Luna de Verano, la ciudad estará terriblemente alborotada.
—Entiendo.
Nosotros usaremos estos días para finiquitar detalles del baile en conmemoración de la paz ¿Asistirá?
—Si mi padre lo considera adecuado lo haré.
Hanae entró en la habitación —Mi señora, el médico Bin Suho está aquí para verla.
—¿Médico?
—Preguntaron Kyun y Jin Ah al unísono.
—Le he pedido un chequeo de rutina.
Por favor pídele que pase.
Bin Suho accedió bajo la juiciosa mirada de Helio —Su excelencia —saludó con una reverencia.
—Por favor déjennos a solas.
Kyun arrugó las cejas sin entender que hacía Leone con el médico y por qué no le había dicho nada.
Por otra parte Jin Ah salió seguida de Helio, que con sospecha prefirió quedarse muy cerca de la puerta en el exterior del pasillo.
—¿Cómo estás?
—saludó Leone al despedir a Kyun con una expresión de advertencia—.
¿Te apetece tomar algo?
—Gracias pero, tengo prisa —miró a todos lados antes de hablar—.
Estoy aquí para decirte que un capitán está dispuesto a hacer un trato a cambio de una buena suma.
—¿De verdad?
—La esperanza cubrió todo su rostro.
—Sí, estará en Selinia por poco tiempo, la condición que ha puesto es cerrar el trato personalmente.
Nos espera mañana en un pabellón de flores, al anochecer.
—Perfecto ¿Estás seguro de que él asistirá?
—Pagué para que estuviese ahí.
—Me encanta.
Entonces nos vemos mañana ¿En el mismo lugar de la última vez?
Bin Suho asintió.
Se despidió y abandonó los aposentos de Leone tan rápido como llegó.
Kyun accedió inmediatamente.
—¿Por qué ha venido a buscarte ese médico?
—Es novio de An Chae.
Una de las chicas del internado.
—¿Qué?
—Vino a pedirme de favor que le envíe un mensaje —Mintió.
Si todo salía bien, su escape de Lunhae estaba dando el primer paso.
Pronto estaría lejos de ese palacio y todo el caos que lo envolvía.
…
El salón de la mansión archiducal de Cartalia estaba increíblemente iluminado.
Los cristales de los ventanales en el tercer piso dejaban ver como el otoño creaba remolinos suaves con hojas naranjas y maduras.
El aroma a chocolate caliente invadía la estancia.
Leone respiraba hondo cada que se llevaba la taza a sus labios.
Estaba sentada sobre una cálida alfombra, a su alrededor habían al menos cinco ejemplares diferentes de antologías de monstruos legendarios.
—El dragón negro se encuentra presente en la mitología occidental.
Casi todos los países registran una leyenda donde está presente —escribió una nota en un cuaderno lleno de apuntes sobre distintos temas.
Desde filosofía, hasta principios del ajedrez.
Escuchó ruidos en la entrada de la mansión, se levantó hasta observar el carruaje de su padre arribar desde la entrada principal.
Tío Gyeol y el mayordomo se acercaron a recibirlo.
Hacía ya seis meses desde la última vez que estuvo en Cartalia.
Su padre bajó del carruaje, traía la vestimenta impecable a pesar de haber estado en un campamento sin las comodidades propias que un noble requería.
Parado en su lugar el archiduque direccionó sus ojos verdes hacia la ventana desde la que Leone observaba el panorama.
La chica exhaló quebrantada, lo que se aproximaba no sería nada sencillo de sobrellevar.
Volvió al centro del salón, nuevamente se dejó caer sobre la alfombra.
Se quedó mirando las paredes claras.
Los decorados en relieve de ángeles similares a los del vaticano iniciaban a verse sumamente cuantiosos.
El piso, casi idéntico a un tablero de ajedrez, nubló su vista fatigándola.
Observó el reloj de la pared, el tiempo corría demasiado lento, tomó uno de los libros e inició a hojearlo.
La puerta del salón se abrió.
Las botas militares anunciaron la presencia del archiduque.
—Bienvenido a casa —habló Leone sin despegar la vista del libro.
—Gracias —articuló el archiduque avanzando hasta quedar solo a unos metros de su hija—.
¿Qué estás leyendo?
Leone sonrió con sorna y giró el rostro resentido hacia su padre.
Sus ojos negros estaban abiertos y brillantes.
Observó como a espaldas de su padre Liam ingresaba al salón, y a su lado, su madre, que había logrado deshacerse del bastón unos días atrás.
—¿De verdad te interesa saberlo?
—Quiero entenderte —la expresión de su padre bailaba cercana a la decepción—.
El por qué te empeñas en desobedecer lo que ordené tres veces antes.
Leone apartó la mirada e inició a juguetear con su anillo —De nada sirve que realice un debut en sociedad.
Todos dentro de este reino me desprecian.
—Tienes demasiado ego para creer que la sociedad te recuerda lo suficiente.
Leone probó sus mejillas agridulces.
Ojalá y lo que el archiduque estuviese diciendo, fuera cierto.
Llevaba tres años sin asomar la nariz en público.
Tres años desde que los duros señalamientos de Helena dejaron de estar acompañados de las voces de los nobles.
—Yo los recuerdo a ellos.
—¿Cómo crees que se siente un padre, al ver que su única hija no es capaz de defender su dignidad?
—suspiró picante—.
Dejé de insistirte un comportamiento adecuado porque estaba harto de corregir tus irregularidades.
Pero tú, ya no eres una niña.
Tu debut debió haberse llevado a cabo hacía ya casi dos años, y sigues aquí —extendió los brazos irónico—, encerrada, vistiendo las joyas más caras y llenando la mansión de libros.
—¿Me estás sacando en cara cada una de mis cosas?
—dijo censurándolo—.
¿Cosas que nunca pedí?
¿Cosas que te corresponde darme por haberme forzado a existir?
—No me hables en ese tono —escupió reteniendo la ira.
—No estoy hablando en ningún tono.
Mejor dime ¿Debo pagar incluso mi estancia en esta alfombra?
El archiduque presionó los dedos de su puño unos contra otros.
—Leonardo por favor —susurró Regina a espaldas del archiduque.
—Deberías agradecer —moduló la voz—.
Agradecer cada cosa que tu madre y yo te hemos brindado.
Hay niños en esa maldita frontera, que día a día mueren de hambre, mientras que tú estás aquí sentada usando las telas más caras y negándote a seguir tu camino como mi hija que eres —Se aclaró la garganta en un resoplido—.
Tu tarea, tu maldita tarea, es simplemente asistir a un baile frente a los nobles del reino.
Leone se mordió los labios y se paró dejando caer estruendosamente el pesado libro que descansaba en sus piernas —Yo no tengo culpa del hambre de esos niños, y no creo que asistir a ese ridículo baile vaya a eliminar los conflictos con Lunhae.
—Vas a debutar en sociedad aunque tenga que llevarte atada a Griseonderti.
—Primero muerta.
El archiduque abrió con fuerza los orificios de su nariz.
El olor al chocolate iniciaba a hostigarlo —Una razón.
Dámela.
Explícame por qué te rehúsas tanto.
Leone frunció los labios en una línea y asintió decepcionada, sus ojos iniciaron a empañarse —Pensé que no hacía falta recordarte esa razón.
No una vez Leone lloró frente a su padre rogándole detuviera ese maldito rumor donde exponía que era una bastarda.
Desde los doce años le pidió de rodillas les dijera a todos que ella si era su hija; que no estaba loca; que no la habían recogido de la basura; que ella también merecía respeto y cariño, pero fue inútil.
Por más que Leone era excluida incluso de su propia familia paterna, el archiduque no había movido ni un solo dedo, ni para defenderla, ni para consolarla.
—Te hacen falta muchas razones.
Leone pateó con fuerza todos los libros, agarró un jarrón que descansaba en una mesa cercana y lo rompió contra la pared.
—¡Leone ya basta!
—gritó Liam.
—No me digas nada —musitó en una frase ahogada—.
Y tú —señaló a su padre—.
Mejor tú explícame por qué jamás me has querido; dime por qué no conozco uno solo de tus abrazos; por qué se me recriminan errores por los que Liam fue felicitado; por qué jamás me defendiste cuándo insinuaban que era una maldita recogida.
—Cierra la boca —El archiduque apretó los puños en busca de autocontrol.
—¡No!
Estoy harta de fingir que no me duele, de pretender que solo eres distante porque estás ocupado.
Maldita sea.
Siempre has sido igual.
Desde que tengo memoria me has odiado.
—Leone no digas eso —susurró su madre entre lágrimas.
—¡No mamá!
Tengo derecho a entender por qué mi padre, el hombre que me engendró, nunca me ha visto con amor.
Dímelo de una vez —sus gritos aumentaron—.
¡¿Acaso es verdad que no soy tu hija?!
¡¿Los desgraciados rumores son ciertos?!
—¡¿Cómo te atreves a cuestionarme?!
—gritó el archiduque dejando salir la rabia que se había acumulado desde el inicio de la conversación.
—¡Me atrevo porque no estoy dispuesta a soportar ni un solo reclamo más de un hombre que no es nada mío!
¡Estos horrendos ojos son la prueba!
—Se tocó con amargura el rostro.
El archiduque alzó el brazo en un arrebato dispuesto a impactarlo contra Leone.
—¡¿Ahora vas a pegarle?!
—gritó Liam deteniendo la mano de su padre—.
Lo siento papá, pero eso no voy a permitirlo.
El archiduque apretó los párpados en busca de claridad, soltó su muñeca del agarre de Liam y con su brazo libre se proporcionó él mismo un agarre nada delicado—.
Qué estoy haciendo —balbuceó.
Un sonido seco alertó a todos, la archiduquesa había caído desmayada en el suelo.
—¡Regina!
—Leonardo se aproximó a ella tomándola entre sus brazos—.
Regina por favor despierta —tocó suavemente sus mejillas—.
¡Suhee!
—gritó.
—¡Mamá!
—Liam se acercó hasta ella.
Colocó sus dedos sobre su muñeca izquierda—.
Su pulso es débil.
Iré a buscar al médico —salió de prisa del salón.
Suhee, que permanecía en el pasillo junto a Gyeol y Kyun accedió de inmediato a la estancia—.
¡Por Dios!
¡Mi señora!
—Prepara la habitación —ordenó el archiduque algo ansioso.
Alzó a la archiduquesa entre sus brazos y avanzó hacia la puerta.
Antes de salir, se giró hacia Leone que se encontraba congelada—.
Ten por seguro Leone, si a tu madre le pasa algo, será totalmente tu culpa.
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