El Eco de la cordillera - Capítulo 36
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36: Elixir de perfume 36: Elixir de perfume Leone corrió a sus aposentos sin mirar atrás.
Su respiración se entrecortaba con el llanto que salía sin reparo desde el fondo de su garganta.
Cerró la puerta de un golpe y se arrodilló frente a un crucifijo.
Envolvió sus manos en un rosario e inició a musitar al cielo: —Quaeso, Deus meus, adiuva me, ne me deseras.
Maria, Dei Mater, respice me cum benignitate, roga sanctissimum Filium tuum ut mihi ex sua bonitate largiatur —El llanto casi la ahoga, tosió con fuerza mientras la sal de las lágrimas le secaba los labios—.
Dios mío Santo ayúdame.
—¡Leone!
—exclamó Kyun desde el exterior—.
Leone por favor abre la puerta —golpeó la madera con desesperación.
—Lárgate Kyun, quiero estar sola.
—¡Leone por favor déjame entrar!
—¡Vete!
Se arrastró hasta su cama y colocó la cabeza sobre el suave colchón.
El llanto, a pesar de ser menos escandaloso, no disminuía, al contrario, se tornaba cada vez más crudo.
Todo el dolor que le generó sacar al exterior las palabras que traía atoradas en su garganta desde su niñez la estaba matando.
Ni siquiera le dolía lo que su padre le dijo, ni que hubiera intentado golpearla; le quemaba haber escuchado de su propia boca que su padre no era su padre.
—Estoy cansada.
Su mirada borrosa enfocó un hermoso perfume que jamás usó, en el estante alto del tocador.
Estaba caído y goteando su delicioso aroma sobre una jarra de agua fresca en uno de los estantes inferiores.
—Siempre hay algo mejor al despertar —Se acercó a la jarra de cristal.
El perfume no había alterado su color, tampoco su olor, pero seguramente sí el sabor.
De su escritorio tomó un frasco de amoniaco que usaba para limpiar anillos y dejó caer todo el líquido en el agua.
Se sirvió un vaso y nuevamente colocó la jarra en su lugar inicial, donde el perfume goteaba.
Abrió los ventanales, el aire frío movía románticamente las cortinas blancas.
El sol iniciaba a ocultarse en las serranías lejanas de San Sebastián de Montefiore.
El entorno era gris y celeste.
Se devolvió al tocador para verse en el espejo.
Estaba impecable, como una pintura elaborada con precisión, las mejillas sonrosadas y la nariz ligeramente inflamada le daban aspecto de jovialidad.
Le dio asco, sentía asco de sí misma.
Estaba sucia, el agua no sería capaz de limpiar toda la mugre.
—Tengo fe en que hay algo mejor al despertar —masculló—.
Tengo fe de que nací para algo bueno —Sin respirar se tomó el agua llena de químicos invisibles.
De inmediato su estómago lo rechazó provocando náuseas.
Se fue hacia una palangana de plata y vomitó.
Con una toalla se limpió el rostro y volvió a pasos indecisos hasta su cama.
La cabeza inició a darle vueltas.
—Leone ya déjame entrar.
Me preocupas —La voz de Kyun estaba pañosa.
De la nada los ojos de Leone iniciaron a chispear.
Sintió sus rodillas fallar y sus sentidos dormirse.
—Voy a entrar, aunque tenga que usar las llaves —la voz de Kyun se escuchaba cada vez más lejos—.
¡Leone!
¿Leone?
—Todo rastro de vista, oído y olfato se esfumó.
Un abismo negro la abrazaba.
En sus alucinaciones escuchó la voz desesperada de su padre: —Leone por favor reacciona —Sus brazos grandes y cálidos la abrazaban en medio de temblores—.
Mi vida, por favor despierta —El aroma a almizcle del archiduque era lo único que le hacía saber que no había muerto por completo—.
Leone, por favor no hagas esto —La voz del archiduque sonaba tan desbaratada que bajo ninguna circunstancia podía ser real.
El otro mundo se estaba acercando a ella.
Todo negro y oscuro, hasta que el amanecer le devolvió la vida con el primer rayo de sol.
Leone despertó con el rostro mojado y el pecho resentido.
Había soñado con el día en qué decidió abandonar todo por completo.
Presionó su pecho, el recuerdo era tan vívido que el sabor de los químicos todavía se albergaba en su paladar.
Todo lo recordaba con claridad, a excepción del final.
Nunca pudo confirmar si el miedo de su padre fue producto de su mente o una extraña realidad.
No le preguntó a Kyun, descubrir que era parte de un deseo arraigado por falta de amor le dolería más que su estómago luego de sobrevivir al envenenamiento.
Era muy temprano, lo supo al ver las manecillas del reloj.
Argen dormía plácidamente en sus pies.
Leone sonrió acariciándolo, el lobo sería lo único que llevaría consigo de Lunhae.
El asunto entre Kyun y Kairos se le había salido de las manos.
Se tomó muy a la ligera la idea de juntarlos.
Fue una idiota al creer que todo sería como en cuento de hadas, gracias a su irresponsabilidad había generado un problema enorme que involucraba a la hurraca de Dion Yi.
Su ímpetu por asistir al baile en conmemoración de la paz no era únicamente para opacar a Helena.
Quería ver a Liam, si no respondía sus cartas al menos hablaría con él en persona.
Estiró su cuerpo con recelo.
Asistir al baile significaba convivir con la nobleza de Ílios, la idea no era muy agradable.
—Supongo que haré un pequeño sacrificio —Liam sería su salvación, le ayudaría a devolver a Kyun a Ílios antes de que Kairos actuara guiado por algún loco impulso y su prometida quisiese cobrar venganza.
El lobo alzó la cabeza medio gruñendo—.
¡Ave, bonum mane!
—saludó a Argen que la vio de mal modo y se volteó para seguir durmiendo—.
Eres realmente maleducado.
Igual a Hyaker —bufó descoyuntada—.
¿Qué haré con ese condenado?
No puedo irme sin asegurarme de que estará bien.
Si le digo lo que ocurrió sin pruebas no va a creerme —sonó las uñas perfectamente limadas en la madera del bastidor—.
Si pudiera demostrar aunque sea mínimamente que alguien atentó contra su vida, el tipo al menos sería más cuidadoso.
Se levantó siguiendo las partículas de polvo que flotaban en los rayos de sol que se filtraban por las transparencias de las paredes.
Avanzó descalza hasta sentarse frente a su tocador, pero sus manos iniciaron a temblar descontroladamente.
El espejo se volvió un martillo que destrozaba los huesos más sensibles de sus manos.
Su sentido de la realidad se consumió en el momento que vio su reflejo —Es igual —musitó.
Su rostro lucía exactamente igual que el recuerdo en sus sueños.
Un rostro de piel translucida con venas azules marcadas por el llanto bajo sus ojos inflamados.
Un rubor natural que se extendía desde las mejillas hasta la punta de su nariz.
Labios secos y rojizos.
Una expresión lúgubre afianzada por la rectitud de cejas pobladas que se presionaban en el centro; y la mirada, ausente, perdida, justo como la de un ciego.
Se arrodilló acunándose la cabeza con sus manos.
No quería volver a recordar lo doloroso qué es necesitar irse y no querer hacerlo.
…
Kyun esperó que la noche cayera para ir en busca del archivero.
Tenía prisa, un mal presentimiento se en la boca de su estómago desde que vio a Leone esa mañana.
Llegó al gremio Teibin y se escabulló por una de las murallas.
Avanzó hasta uno de los patios traseros en los que se accedía al archivo.
Al llegar la puerta estaba abierta, el archivero escribía diligentemente un pergamino.
—Señor —habló en voz baja.
—Mocoso ¿Que estás haciendo aquí?
—recriminó en un susurro alto—.
Hoy no es un buen día así que lárgate.
Kyun direccionó su vista hacia el pergamino, el archivero estaba dibujando a un hombre, era igual a los retratos que se colocaban en los tableros de la ciudad cuando se busca a alguien.
—¿Qué crees que miras?
—ocultó el papel bajo la manga de su hanyū.
—Nada, nada.
He traído lo que acordamos —sacó una bolsa de monedas y la lanzó sobre la mesa de madera—.
Es el doble.
El anciano abrió la bolsa y contó visualmente el contenido —Es suficiente.
Pero te repito que hoy no —Un par de pasos advirtieron a un visitante—.
Escúchame bien —susurró—, en la bodega de atrás hay un agujero lo suficientemente grande como para que salgas.
Toma esto —extendió el dibujo enrollado—.
Déjalo cerca de los estantes inferiores y sal sin hacer ruido.
Kyun asintió siguiendo aparentemente las indicaciones.
Pero en lugar de salir, se ocultó en la parte baja de uno de los estantes más saturados.
—¿Qué quieres ahora?
Ya envíe el informe semanal de los pases de amatista azules al resto del oriente —habló hacia el recién llegado.
—No seas tan arisco anciano —era la voz del hombre de la última vez—.
No estoy aquí para pedirte informes —Hizo una pausa—.
Lo mejor es que te olvides de Kun.
El superior sabe que lo estás buscando.
—No estoy buscando nada.
—Él tiene oídos por todas partes.
Si no quieres acabar muerto es mejor que lo dejes hasta ahí.
—Cómo puedes pedirme que deje de buscar a Kun si no me has dado una sola pista de su paradero.
—Ni la tendrás.
Confórmate con saber que no volverás a verlo.
El anciano exhaló con impaciencia —¿Está muerto?
—preguntó con los latidos en la punta de su lengua—.
Desapareció un día antes del festival de caza.
No recibió respuesta alguna.
—Vete —su voz se tornó rota.
—Ya lo sabes.
—¡Vete!
El hombre al que Kyun no reconoció de ninguna parte padeció compadecerse del archivero ya que luego de un largo suspiro se dignó a dar información —No hay modo de que vuelvas a verlo, no puedes encontrar a alguien cuyo cuerpo fue despedazado por una bestia.
El archivero palideció, se tocó el pecho tratando de ayudarse a respirar —Qué, qué mi…
No…No —balbuceaba frases incoherentes.
—Cálmate anciano —le ayudó a sentarse—.
Si no quieres terminar como Kun, será mejor que te olvides totalmente de él.
El hombre se reacomodó el paño que le cubría la mitad del rostro y salió del lugar con el mismo sigilo con el que llegó.
El anciano se agarró al escritorio de madera vieja y casi podrida enterrando las uñas en el borde.
Aspiró todo el polvo del lugar y exhaló mientras ahogaba un sollozo.
Tosió con fuerza estabilizándose.
Kyun salió de su escondite y se acercó con prudencia.
Miró en todas direcciones antes de hablar.
—Archivero…— El anciano de vientre redondo se sobresaltó un poco —¡Mocoso!
Te dije que te fueras.
—Señor ¿Kun es esta persona?
—Extendió el dibujo.
—Eso no te incumbe mocoso.
Si no quieres morir es mejor que olvides todo esto.
Kyun se mordió los labios —¿Me dejará buscar en el archivo o me devolverá el dinero?
El anciano vio la bolsa de monedas, retorció las mejillas con frustración —Hoy no puedes quedarte aquí.
Vuelve a buscarme la otra semana.
Kyun observó con detenimiento el dibujo.
El archivero retrató una versión joven de sí mismo.
Probablemente buscaba a su hijo, un hijo que se había metido en un problema que lo llevó a ser devorado por una “bestia”.
Quién sabe qué asuntos turbios ocultaba el gremio.
No podía ser algo legal, nadie pide informes de gemas extrañas en un viejo archivo durante la noche.
—Está bien.
Pero si no cumple su palabra me aseguraré de tomar mi dinero de regreso —advirtió.
—Vete niño —dijo enrollando el dibujo—.
Puedes volver, pero te advierto —se sorbió la nariz—.
No aseguro que tu vida esté a salvo si llegas a pisar este sitio de nuevo.
…
Leone se asomó a la puerta de la habitación, a como de costumbre, Helio se ausentó durante la tarde, no faltaba mucho para que regresase, para ese momento Kyun estaría de vuelta para encubrirla.
Se colocó un vestido blanco sin tirantes ni guardainfantes, de tela sencilla, compuesto por varias capas de volantes que caían en cascada casi hasta el tobillo, estaba asegurado por un corsé negro que marcaba su cintura.
En sus pies se colocó las botas de cuero negro con las que caminaba en los bosques de su propiedad en Montefiore.
Se cubrió casi por completo gracias a una capa muy oscura.
Tomó la daga que Liam le regaló, la guardó en una de las botas y salió por la terraza.
—No Argen quédate aquí —Susurró al ver al lobito seguirla.
Volvió hasta dejarlo encerrado y se encaminó al bosque.
Avanzó el camino de siempre con cierto nerviosismo instalado en su pecho.
Ese día cerraría el contrato que le daría libertad de toda esa maldición política.
Tenía sentimientos encontrados, por un lado estaba emocionada de al fin escapar de ese maldito matrimonio forzado, pero por el otro, se debatía entre dolor y angustia; no quería dejar a Hyaker, a pesar de que él no la quería, ella no podía fingir que no le importaba, justamente por eso tenía que irse.
No podía permitirse llegar a amarlo.
Arráncate la cara, deja de avergonzar a tu padre.
Frenó en seco levantando cierto polvo bajo sus pies, su cuerpo se tensó e inmediatamente inició a buscar la voz que recién había escuchado.
El aire de la noche la hizo recapacitar.
—Estoy loca —dijo rememorando ese maldito sueño que la acompañó la noche anterior—.
Helena no está aquí —Apretó su dedo índice contra su dedo pulgar—.
Helena no está aquí —su voz se rompió en pedacitos—.
No está aquí.
Estaba paralizada en el puente de piedra, el único sonido que llegaba a sus oídos era el agua que corría serena, su mirada enfocó la corriente hasta reaccionar —Despierta imbécil —se dio una cachetada certera que alejó todos esos pensamientos y retomó el rumbo hacia el pie de la colina donde Suho la esperaba.
Desde la altura la ciudad parecía un conjunto de fuegos artificiales en tierra.
Las calles se iluminaban como candelabros recién encendidos, y la gente se movía de un lado a otro entre música y simbolismos tradicionales.
La luna parecía protagonizar la identidad cultural del pueblo.
Llegó hasta el pie de la colina.
Suho la esperaba con un hanyū más sencillo de lo usual.
Su sombrero de bambú cubría su cabello y ocultaba su rostro bajo una conveniente sombra.
—Has llegado —entrecerró los ojos—.
¿Estás bien?
Luces algo pálida…
bueno, más de lo normal.
—Estoy bien —un grupo de personas que transitaban la calle les observaron curiosos.
Leone se cubrió con la capucha ansiosa—.
¿Nos vamos?
No tengo mucho tiempo.
Suho la guio por las calles donde miles de comerciantes ofrecían desde dulces hasta armas.
Leone identificó turistas de Isfrid con sus pieles pálidas y cabellos entre platinados y rojos, y turistas de países surorientales del continente de Laban Na, lo supo por sus pieles morenas y cabellos trenzados.
Las personas invadían cada esquina de la capital.
Había puestos de comida al aire libre; juegos de mesa con dados; tiro con arco; lucha cuerpo a cuerpo; columpios y otros que no podía describir con facilidad.
A lo lejos notó algo que le llamó mucho la atención, un teatro de sombras, más pequeño y sencillo que el del teatro Biask, pero con una audiencia de niños curiosos cuyas reacciones le dieron ganas de sentarse con ellos a apreciar la obra.
—Es a dos calles más —Suho avanzó hasta una calle donde había menos ruido del festival, pero más flujo de vendedores clandestinos.
A Leone le ofrecieron una horquilla que tenía grabado el apellido de alguna familia importante, y a Suho vino que venía desde un gran viñedo en el Nuevo Continente al otro lado del océano.
Llegaron a un pabellón donde marineros occidentales de piel tostada y con acento de Sterios conversaban con bellas flores que cantaban o tocaban instrumentos de cuerdas.
—Dijo que estaría aquí —señaló Suho un espacio en una terraza—.
Esperémoslo, acordamos el encuentro entre la segunda y la tercera parte de la noche.
Leone que al fin había logrado entender el tiempo de Lunhae captó que se refería al las horas entre las ocho y diez de la noche.
A pesar de que estaba nerviosa y algo estresada decidió calmarse y observar el paisaje a su alrededor para calmar sus nervios.
El tiempo pasaba y pasaba.
Leone sintió que acabaría con la yema de sus dedos de tanto frotarlas.
El estrés la corroía, no tenía con ella un reloj de agujas y no comprendía a los de agua usados en Lunhae, su única pista de cuánto tiempo había pasado era el número de canciones cantada por una flor en todo el rato que estuvo ahí.
Cada melodía tardaba cinco minutos; la mujer cantó veinte melodías, por lo que, sumando el tiempo que tomaba para descansar, habían pasado alrededor de dos horas, es decir, se encontraban en la tercera parte de la noche.
—Hemos esperado demasiado tiempo —dijo jugueteando con una copa de té de algas ya casi frío.
—Es verdad —Suho examinó todo el lugar con la mirada.
Se había levantado varias veces a revisar las otras terrazas y la calle, pero no había una sola señal del capitán.
Un sirviente que servía comida a otras personas se aproximó a ellos para rellenar la tetera —¿No ha entrado aquí un hombre alto con un tatuaje en el rostro?
—Consultó Suho.
—Tatuaje en el rostro —pensó en voz alta el sirviente—.
¿Un tatuaje en la mejilla derecha?
—¡Sí!
En forma de garra de halcón.
—Ahhhh se refiere a Yu Min, el contrabandista.
—¿Qué?
—Preguntaron Suho y Leone al unísono.
—Es un ratero famoso.
Viene cada año durante el festival y embauca a los turistas.
Se hace pasar por eunuco, posadero, marinero, pirata, incluso soldado.
—No puede ser —susurró Leone pasándose con desesperación las manos por la frente—.
Nos estafaron.
—Le di casi quinientas monedas —confesó Suho molesto.
—¡No importa el dinero!
—Se exasperó Leone—.
¡Creí que al fin lograría largarme de aquí!
—Cálmate Leone, las personas están mirando —musitó Suho.
—¿No entiendes?
Algo que anhelo y necesito para vivir se me ha escapado de las manos.
—Seguiré buscando.
Solo necesito algo de tiempo.
—¿Tiempo?
Cada vez falta menos para el invierno.
A este paso me casaran antes de que pueda enterarme —Se levantó de su puesto en la mesa baja y en un parpadeo saltó la terraza corriendo.
—¡Espera!
—gritó Suho tratando de seguirle el paso, pero Leone se había confundido entre la multitud y desapareció entre las calles iluminadas.
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