El Eco de la cordillera - Capítulo 41
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Capítulo 41: ¿Es más guapo que yo?
—Ya te dije todo lo que sé niño, por favor déjame trabajar —el sirviente barría con ganas el pasillo externo de la sede del gremio Teibin.
—¿En serio no recuerda nada más? —insistió Kyun mientras sacudía con las manos el polvo que le lanzaba la escoba.
—Ese viejo no hablaba con nadie, lo que sabemos de él es lo poco que logró decir en alguna conversación, que es viudo, que tiene un hijo y que vive solo.
—¿No tiene ni una mínima idea de cuándo volverá?
—En mi opinión no creo que regrese, el archivo funciona sin él. Ya van tres días que nadie sabe nada, hasta cuando enferma avisa. Esta vez solo se marchó en silencio —sacudió la escoba en el borde del pasillo produciendo una nube de polvo que hizo a Kyun toser.
—¿Cómo sabe que no está enfermo?
—Porque el nieto de su vecina siempre viene con una nota. A pesar de que el viejo era un gruñón era muy responsable, incluso muerto daría razón de sus faltas al trabajo —Kyun tragó en seco, la posibilidad de que el archivero estuviese muerto ya no le parecía una locura, al contrario, la asustaba—. ¿Por qué estás tan interesado en él? —el sirviente flacucho arrugó la huesuda nariz con sospecha.
Kyun se aclaró la garganta con nerviosismo.
—Él… él… es mi padre —mintió con dificultad.
—¿Qué? —abrió los ojos delgados—. Ja, ese anciano sí que resultó un pillo.
—Lo que sea, al menos dime como puedo buscarlo o algo así.
El sirviente presionó la barbilla contra el mango de la escoba y se quedó un rato pensando, parecía que le dolía, ya que hacía gestos incómodos de vez en cuando.
—¡Ya sé! Seguramente vive en las afueras de la ciudad, cerca de las granjas.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cada que llegaba tarde, el viejo panzón refunfuñaba diciendo que las vacas de sus vecinos le cerraban el paso.
Kyun guardó todo bien en su mente como si lo hubiera escrito y se dio la vuelta dispuesta a marcharse.
—¡Oye! —gritó el sirviente—. ¿No tienes una moneda? Ya la luna salió y me atrasé de llegar a cenar solo por responder tus preguntas.
Kyun rodó los ojos, se sacó un par de monedas del hanyū, las tiró al sirviente y se fue como sombra del gremio. Se dirigió con avidez hacia el internado, Leone le había ordenado ir a recogerla una vez su horario con las niñas hubiera culminado.
Al llegar al pie de la colina vislumbró a Leone arribar desde la calle.
—Justo a tiempo —dijo limpiándose el sudor con un pañuelo pequeño.
—¿Acabas de llegar? —preguntó Leone sin detener el paso. Ambas iniciaron el recorrido por la ruta secreta hacia el palacio—.¿Entonces qué? No parece que hayas descubierto nada.
—El archivero no ha aparecido en el gremio.
—¿Qué? —frunció el ceño—. ¿Desde hace cuánto?
—La última vez que llegó fue la noche en que hablé con él, ya sabes, cuando le advirtieron de no meterse con el superior.
Leone sintió la saliva fría pasar por su garganta.
—¿Tú piensas que lo mataron?
—No lo sé —respondió Kyun jugueteando con una de las armas ocultas en su manga—. Espero que no, no parecía un mal hombre.
—Aquí no importa si eres bueno malo, importa si eres o no oportuno.
La dama de compañía le dirigió una mirada de incordio, pero Leone estaba concentrada en el camino con la vista perdida. Kyun no podía juzgar su humor, menos después de conocer todo lo ocurrido.
—Buscaré aunque sea su cadáver, ya tengo una pista de—el sonido seco de los cascos de caballo la pusieron alerta. Inmediatamente se colocó frente a Leone en posición ofensiva con una daga en cada mano. Los caballos se acercaron lo suficiente hasta dar figura a sus jinetes.
Leone levantó las cejas y apartó el rostro guardando la boca en su hombro al reconocerlos.
—Su alteza real —habló Kyun ocultando las armas magistralmente mientras se reverenciaba—. Señor Galen.
Leone sacó la boca del hombro y se reverenció mirando sus pies.
—Alteza —murmuró a secas obviando con todo esfuerzo ver a Hyaker.
La vergüenza de lo que sepa Dios ocurrió el día que se emborrachó le caminó desde los talones hasta el vientre bajo ocasionando cosquillas incómodas que le hacían desear estar escondida bajo su cama.
—Su excelencia —Galen agachó la cabeza al no poder reverenciarse, mientras con el rabillo del ojo veía como Hyaker escrutaba a Leone entrecerrando la expresión.
—Gran duquesa —el segundo príncipe la saludó con voz reverente—, tiempo sin verla ¿Ha estado bien? —seguía penetrando el rostro evasivo de Leone, que ahora encontraba distracción en los vuelos de su manga.
—Sí, muy bien, gracias —contestó con tal velocidad que las palabras apenas fueron entendibles.
Se sentía desnuda frente a Hyaker, no quería verlo ni un solo poco, si lo hacía probablemente una risa incontrolable saldría como vendaval y sería incapaz de explicar que todo eso se lo ocasionaban los nervios.
—Bueno —se aclaró la voz perfectamente limpia—, Kyun y yo tenemos que irnos, no queremos obstaculizar el paso —inició a caminar bordeando el camino—. ¡Kyun! —gruñó entre dientes—. ¿Por qué te quedas ahí parada? —la dama de compañía que se encontraba un poco embrollada reaccionó e inmediatamente la siguió.
—No obstaculizan nada —declaró Hyaker moviendo su caballo hacia atrás para impedir que Leone caminara más lejos—. Quienes ocupamos el camino somos nosotros dos.
—Entonces quítense —vociferó con una forzada sonrisa sarcástica.
—Para hacerlo necesito que retrocedan —respondió Hyaker con el mismo tono hipócrita en que le había hablado Leone.
—El que se interpuso fue su alteza.
—Entonces por su seguridad la gran duquesa debería retroceder.
Galen contemplaba plácido la escena, hinchó las mejillas tratando de resistir la risa. Nunca en su vida vio actuando a Hyaker tan infantil, ni siquiera cuando era un niño, era un deleite de lo que se burlaría cada que pudiera.
—¿Van hacia el palacio? ¿Qué tal si las llevamos? —añadió sabor a su antojo mientras luchaba por contener una carcajada—. Yo llevaré a la señorita Kyun, y su alteza puede llevar a su excelencia.
—¡NO! —exclamó Leone casi en un grito—. Caminaremos.
—No es mala idea —verbalizó Hyaker.
—Sí, pero no quiero importunar a nadie, además, caminar es bueno para la salud, claro que lo es, mi médico lo recomendó; trotar también es sano, por supuesto, ayuda a los músculos cardiovasculares a funcionar bien, sí, bueno… adiós —antes de que alguno pudiera decir nada más, inició a correr por entre los árboles evitando el camino. Kyun tuvo que reaccionar al segundo y seguirla al tiempo en que se despedía con un asentimiento de cabeza.
Hyaker resopló como toro, se colocó delante de Galen y con la respiración pesada avanzó hacia la ciudad.
—¿Se pelearon? —preguntó Galen aún mordiéndose los cachetes para evitar la risa—. Ella parecía incómoda.
Hyaker giró levemente el rostro y le dedico un emocionante gesto petrificado.
—No.
—¿Por qué cada que los veo su relación va de mal en peor? —se posicionó a su lado.
—Solo hablamos por cortesía.
Galen bizqueó incrédulo ante la osadía y exhaló con sorna.
—Sí, porque a mi parecer le caes muy mal —Hyaker detuvo el caballo, lo observó arrugando la frente y entreabriendo la boca. Galen rodó los ojos—. ¿Qué? Tarde o temprano nacería la mujer que no caería directo a tus pies.
Hyaker se quedó mudo viendo a la nada, luego de un rato se pasó la mano por el cabello con cierto estrés.
—¿Conoces al nohwan de Hanecheon?
—¿El erudito de la nariz perfecta? Claro, mis primas casi se desmayaron cuando lo conocieron en el aniversario del reino el año pasado. Según Eunha es perseguido por muchas familias por ser un buen prospecto.
Hyaker chupó sus labios.
—¿Es más guapo que yo?
Galen giró la cabeza con velocidad irreal y desencajó cada músculo de su cara como si fuera cera derretida.
—¿Qué?
Hyaker rodó los ojos con poca paciencia.
—Responde de una vez.
Galen aún con la cara descompuesta trató de creerse lo que Hyaker Jian Hae, el segundo príncipe de Lunhae había preguntado.
—¿Cómo?
—Ya no digas nada —bufó.
—¡Es qué jamás pensé escucharte preguntar eso! ¿No estás muriendo verdad?
—Si no vas a responder, será mejor que cierres esa maldita boca.
Galen exhaló de un modo escandaloso.
—Bueno… —se rascó el codo—. Nunca pensé decir directamente esto, pero no creo que exista hombre… ugh —fingió vomitar. Hyaker estaba punto de desenvainar la espada—. No creo que exista hombre más bello que tú.
Hyaker alzó ambas cejas y asintió satisfecho.
—Bien —su voz denotaba tranquilidad— entonces vámonos.
La enorme muralla caminante accedió por la puerta de la terraza de la mansión Lee hacia el quiosco rodeado de lagunas artificiales de poca profundidad que se iluminaba gracias a lámparas de aceite en los bordes. El hombre de altura casi descomunal cubría su rostro con la capa negra y en su pecho relucía la maldita evidencia de su proceder, el broche con el sol naciente. El general Lee lo esperaba tranquilo de pie, la pipa en sus manos había sido apagada segundos atrás y ahora resonaba en su palma.
—Bienvenido —articuló haciendo la reverencia típica de Ílios—. Espero que el viaje no haya sido pesado.
El hombre ignoró la reverencia y se sentó frente a una mesa en la que descansaban una jarra de vino y dos copas.
—El viaje se haría en estos días de cualquier modo.
—Entonces es un honor tenerlo como huésped anticipado.
—Deje las falsas hospitalidades y rinda de una vez —la voz del vizconde salía arrastrada—. Se suponía que para esta fecha el trono estuviese vacío y los dos hijos del archiduque muertos. Al parecer no aclaró cuales eran sus posibilidades cuando se inició esta alianza.
—Con todo respeto “vizconde”, quienes no aclararon desde el principio las facultades de Leone de Cartalia fueron ustedes —con sus uñas raspó la superficie de la pipa conteniendo cierto desagrado—. ¿Qué mujer “desvariante” sobrevive en un terreno desconocido plagado de bestias y de paso salva a un hombre herido? Si tiene esas capacidades siendo aparentemente inútil ¿Qué me espera con su hermano, un hombre entrenado en todos los ámbitos posibles?
El vizconde sonó con impaciencia sus dedos sobre la mesa.
—Las excusas por su incapacidad para acabar con una mocosa loca no son suficientes para lidiar con la molestia de mi señor.
—Incapacidad —repitió mordiéndose la lengua—. Incapacidad. Si de incapacidad hablamos, su señor me encomendó esta tarea porque le fue imposible cumplirla a él mismo teniendo a la gran duquesa a su alcance—
—No hable así de mi señor —interrumpió alzándose de golpe.
—Entonces dile a tu señor que no me presione. Sé perfectamente lo que estoy haciendo y más temprano que tarde, les aseguro que el cadáver de la duquesa de Montefiore volverá a Cartalia para ser enterrado como corresponde.
—Más te vale que la mates antes de que el rey la case —sus ojos dorados se oscurecieron mientras presionaba el entrecejo—, de lo contrario, traer a Liam será imposible.
El general chupó sus dientes.
—Tengo muchas personas que matar, créeme, Leone estará entre ellas; de antemano aviso, el orden de los decesos puede variar según las condiciones que se presenten.
—No arruines la prosperidad que el negocio está teniendo —estiró la espalda alardeando su estatura—. Si Leone de Cartalia respira lo suficiente como para contraer nupcias, da por muerto todo el oro que los diamantes azules te están garantizando.
El general esbozó una sonrisa despreocupada.
—Desde mi perspectiva, a quienes no les conviene terminar esta alianza es a ustedes. Somos codependientes, así que lo mejor es que tanto usted vizconde como su señor aprendan a confiar en mi criterio.
El vizconde entrecerró los ojos examinando desafiante al general. Aunque anhelada degollarlo ahí mismo, si quería cambiar su vizcondado por un archiducado, debía controlar sus impulsos.
—No olvides lo que has dicho, si no cumples me encargaré de recordártelo —se giró sobre sus propios pasos ocultando su rostro en la oscuridad de la capucha con telas importadas.
—¿Se va?
—Hay detalles que debo verificar antes del baile de la paz —lo miró como a un insecto—. Asegúrate de envenenar bien al desgraciado de tu rey, ya existió el caso en que alguien sobrevivió —expulsó para luego marcharse.
El general Lee arrugó la nariz cambiando su expresión de plácida a desagradable. Se levantó de su puesto con la copa llena de vino subiendo y bajando de sus labios cada cierto tiempo, con su brazo hizo un ligero gesto, el oficial Jo se aproximó al notarlo.
—General.
—Haz pasar a Are Jin.
El oficial Jo se retiró, minutos más tardes volvió con la mujer que se mordía los labios ocultando los suspiros que le provocaba la sola idea de compartir espacio con el general.
—¿Mi señor me solicitaba? —se reverenció del mismo modo en que se hacía con el rey—. Creí que esta servidora ya no era de utilidad para usted.
—Has creído bien. Sabes Are Jin, iba a deshacerme de ti luego de que perdiste la tutoría de Leone de Cartalia —Are Jin sonreía destruida a medida que la voz del general recitaba una nueva frase—, pero, un buen estratega aprovecha los estorbos para construir oportunidades.
—Yo… estoy realmente agradecida por su benevolencia —el labio inferior le temblaba y la sonrisa desgarrada amenazaba con quebrarse—. Si mi señor me regala una oportunidad más para demostrar mi valor, no dude en que pondré mi vida en ello.
El general ignoró sus palabras, encendió la pipa y se la llevó a la boca.
—¿Cómo está Haneulso? Para este punto debería estar más en el infierno que en tierra.
—La salud del rey ha decaído considerablemente, desde la competencia de caza se la pasa más tiempo en cama que en el trono. El príncipe heredero ha estado trabajando por él en secreto.
—Y en las reuniones del consejo se le ve tan entero. En otras circunstancias le guardaría respeto —dejó salir el humo lentamente—. ¿Aumentaste la dosis a como ordené?
—Si mi señor, todas las mañanas visito al rey junto al séquito. La dosis fue aumentada exactamente el doble.
—Espero que no estés concentrándola en un solo alimento, de lo contrario la coloración inmediata haría que una investigación médica sea abierta y podrían relacionarlo con la muerte de las doncellas nobles.
—Por supuesto que no mi señor, la distribución del producto es cuidada milimétricamente.
—Excelente —suspiró—. Sabes, me gustaría que su muerte se ralentice, un dolor intermitente es justo lo que se merece, pero —negó con cinismo triste—, no es un lujo que pueda darme.
—¿Debería acelerar el proceso? ¿Quizás triplicar la dosis?
—No, no, no, no ¿Eres estúpida? Una dosis más fuerte implica coloración. Por las tardes encárgate de suministrar un afrodisiaco, no tiene que ser fuerte, lo suficiente para que le haga desvelarse —con el brazo hizo un gesto al oficial Jo—. Explícale lo que dijo el herbolario.
El oficial Jo asintió.
—Las píldoras para dormir agotan el sistema inmune, iniciarán a matarlo de forma más rápida pero alejándose del modo en que originalmente lo haría el veneno.
—Debo asegurarme entonces de que el rey solicite las píldoras para dormir —recitó la mujer buscando aprobación.
—Debes asegurarte de que el rey no lo mencione, los médicos no recomiendan el uso frecuente ya que generan adicción en el paciente —se giró hacia el oficial Jo—. Entrégale el afrodisiaco.
El oficial Jo asintió y encaminó a Are Jin hacia el interior de la mansión.
Lee Hoon Ka se quedó en su puesto, con pereza tomó la última gota del vino en su copa y observó con intranquilidad como la luna se disfrazaba de antorcha blanca en el centro del firmamento.
—¿Me estás vigilando? —murmuró agridulce—. ¿Tú vigilándome a mí? —los grillos tocaron cierta sinfonía que desesperó al general. Se pasó la mano por la frente con estrés—. Te recuerdo Luna Oriental, todo lo que ocurrió fue totalmente consecuente a tus decisiones. Sabes perfectamente que mi corazón jamás deseó conocer una sola de tus lágrimas, pero irónicamente —rio forzadamente—, irónicamente ver tus ojos llover me devolvió toda la vida que me quitaste, la maldita vida que desperdicié amándote y que lanzaste a la basura como desperdicio.
Tu rechazo… tu maldito rechazo —la copa en su mano se rompió lenta generando incisiones en la porcelana y en la propia piel—. Ni arrancándote la cabeza dos veces sentirías todo el dolor que cargo conmigo. Pero a final de cuentas no puedo evitar sentirlo —una lágrima húmeda pero fría se deslizó irregularmente por su piel madura—. Lo mío era amor, genuino y puro ¿Pero sabes qué? Ya encontré tu reemplazo. Leone de Cartalia, me obligaré a olvidarte viéndola a ella, y tú —señaló a la luna con su dedo índice—. Tú te arrepentirás desde arriba el no haberme correspondido.
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