El Eco de la cordillera - Capítulo 42
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 42: El vestido lavanda
La archiduquesa tenía el cabello algo alborotado, en su frente reposaban ciertas gotas de sudor por el esfuerzo que conllevaba ajustar una y otra vez el vestido lavanda lleno de aplicaciones en forma de flores plateadas que cristalizaban toda la tela.
—Excelencia permítame hacerlo, no quiero que se canse. Tuvo fiebre fuerte hasta hace un par de días —Suhee y la modista habían insistido con lo mismo desde un rato atrás.
—Por supuesto que no, es el primer baile debut al que asistirá mi desastrito, debe verse impecable —sonreía deslumbrante mientras ajustaba mínimamente una manga—. ¿Qué tal te sientes Leone?
Leone mostró los dientes inferiores con nerviosismo mientras los ojos le brillaban con emoción franca.
—Yo… bueno, es que digo qué… Sí, estoy un poco nerviosa ¿De verdad no puedes venir?
Regina suspiró cálida.
—Podría hacerme daño estar mucho tiempo afuera. Pero no te preocupes, Liam y Leonardo cuidarán bien de ti.
—No lo sé. Mi padre me regaña por todo, además, creo que solo me permitió asistir porque el rey sugirió la presencia de toda la familia. Si tú pudieras ir, seguro me deja atrás.
—Claro que no, nadie podría dejar atrás a una chica tan linda.
—No es cierto —murmuró —, me ves así porque eres mi mamá.
—¿Estás loquita? —acomodó un bucle rojo tras su oreja— Suhee trae mi joyero, las lociones y los aceites, yo la peinaré.
Regina sentó a Leone frente al tocador y con manos hábiles inició a recoger cada hebra de su cabello en bucles estupendamente elaborados, luego tomó el más lujoso de sus broches y sostuvo con él dos ondas en un recogido sencillo y delicado.
—Ave María —la archiduquesa la observó desde el reflejo—. Realmente mi hija es bonita.
Leone se sorprendió con el resultado, sonrió con el corazón liviano y la mirada transparente. Se veía, no, se sentía… linda. Se paró de la silla y giró sobre sus talones.
—¿Me veo bien? —preguntó a su tía Suhee y la modista.
—Se ve magnífica mi señora.
—Mi niña, parece un ángel.
—Lo soy —alzó los hombros con orgullo.
—Si claro —refunfuñó su madre.
—Guau —exclamó Kyun que recién entró a la estancia— Vas a opacar por completo a Helena.
—¡Kyun! —vociferó Suhee.
—Tranquila Suhee, Kyun solo trata de decir que Leone luce estupenda. Pero, debe guardar esos comentarios solo para cuando estemos en confianza —sentenció con calma, mientras Kyun asentía algo apenada.
Salieron de la habitación y bajaron las escaleras donde Liam y el archiduque esperaban.
Al verla, Liam puso alto las cejas con algo de sorpresa.
—Mamá realmente es una santa. Lograr que esta loca luzca así de bien, sin lugar a dudas es un milagro.
—Desearías ser la mitad de bello que yo —respondió Leone.
—¿Por qué desearía ser la mitad si soy el doble?
—¿Doblemente tonto?
—Ya basta ustedes dos —regañó la archiduquesa—. Leonardo ¿No halagarás a Leone? Ella se ve muy linda.
El archiduque, que había permanecido en silencio contemplando a Leone desde que la vislumbró al bajar, se aclaró la voz un poco inesperado.
—Sí, se ve bien.
Regina bufó arrugando el entrecejo. Se despidió de sus hijos dándoles un beso en la mejilla y los vio alejarse desde la puerta principal.
A penas Leone subió al carruaje, sus piernas flaquearon. Una expresión de ansiedad y emoción contenida figuraba en su cara. El palacio no era ni siquiera lejos de la mansión archiducal en Griseonderti, compartían terrenos, pero no podían simplemente entrar por el jardín por lo que siguiendo el protocolo debían acceder por el portón principal y ser presentados en la entrada del salón.
Un par de minutos después estaban ya caminando hacia el gran salón donde su alteza real, la princesa Helena Hemerides realizaba el debut más esperado de los últimos veinte años. Desde el inicio de la segunda planta se notaba la intención del evento.
Arribaron a una puerta gigante que daba paso al salón principal. Ahí había una enorme fila de nobles que esperaban ser anunciados para acceder. Al recordar que su nombre sería dicho en voz alta frente a tanta gente, Leone inició a sentir sus latidos con cierta velocidad alarmante. Notó como frente a ella, el marqués de Sedara le brindaba el brazo derecho a su esposa y el izquierdo a su hija mayor. Quiso tomar el brazo de su padre, pero al observar la serenidad pétrea que mantenía en el rostro se contuvo, en su lugar, se pegó del brazo de Liam como un chicle.
—Su excelencia, don Antonio Tiziano Sedara Costa, marqués de Sedara, su esposa marquesa doña Paola Federica Bianchi de Sedara y su hija doña Assunta Letizia Sedara y Bianchi —mencionó el maestro de sala haciendo notar la potencia de su voz.
Leone apretó el brazo de Liam provocándole un quejido molesto. Caminaron frente a la puerta, pudo notar como el interior del sitio brillaba en dorado, todo lleno de rosas rojas y blancas, flores que Helena plantó por doquier en su enorme jardín e invernadero. La música era baja y todos los presentes parecían hablar entre ellos en voz muy baja.
—Su excelencia y alteza real don Leonardo Clemente Hemerides Esposito archiduque de Cartalia y príncipe de Ílios, su hijo don Liam Massimiliano Hemerides Montefiore de Cartalia e Ílios y su hija doña Leone Asteria Hemerides Montefiore de Cartalia e Ílios.
Leone no supo si fue su nerviosismo o el silencio arrollador, pero la voz del maestro de sala resonó como un grito en todo el lugar. Su padre, frente a ellos, caminó con paso firme, y ella era lentamente halada por Liam al interior del lugar.
Sus manos desnudas, adornadas únicamente por su anillo de diamantes azules, iniciaron a tintinear como una campana mientras ella entreabría los labios intentando calmar un calor que se posicionó en la parte alta de su frente. La mirada juiciosa de los nobles pesaba, los murmullos se extendían y el salón cada vez se volvía más grande, brillante y perfumado.
—Leone, te ves muy hermosa.
Una voz conocida la sacó de su transe, solo así se dio cuenta de que estaban en una esquina del salón y que se había aferrado como una rana al brazo de Liam.
—Eri —murmuró. Ericka Russo le sonreía dulce mientras la veía con sus ojos avellana exactamente iguales al color de su cabello. Leone se soltó de su hermano algo relajada e hizo un gesto de coquetería para adquirir confianza —Yo siempre luzco bien.
Ericka soltó una carcajada tímida.
—Por supuesto que sí.
—Ella solo tiene la suerte de parecerse a mí —Liam tomó la mano de Ericka y depositó un beso aperlado—. Mi señora, luce terriblemente bella. Un poco más y mi corazón estallaría.
Leone rodó los ojos ante la cursilería. Se sobresaltó al ver a su padre a centímetros de ella, casi olvidaba que él estaba ahí, pero lo que más le asombró fue ver como su mirada endurecida se dirigía con fiereza hacia la puerta del otro lado del salón, justo donde los reyes se habrían paso.
—¡Atención! —todos en el lugar guardaron silencio y dirigieron la vista hacia dicho lugar—. Sus majestades, reyes de Ílios hacen presencia.
Todos los presentes se reverenciaron coordinados y a medida que los reyes se abrían paso en el salón, los nobles se acercaban a saludar. Leone notó como su padre respiraba cada vez más lento, no mostró el más mínimo interés en acercarse, por el contrario, el rey se acercó al lugar donde se encontraban con naturalidad.
—Leonardo —saludó.
Liam, Ericka y Leone se reverenciaron, pero el archiduque solamente hizo un asentimiento de cabeza, como cada vez que se encontraba con su hermano.
Leone, que rara vez salía de Cartalia, se tomó el tiempo para observarlos. Elos eran idénticos, lo único diferente era su voz y la existencia de una cuidada barba en el rostro del rey.
—Giuliano.
—Me alegro de verte. Ya sabes, me hacía falta ver una cara conocida —bromeó. Luego se giró hacia Liam, la mirada del rey cambió a una más devota—. Liam, veo que sigues siendo el mismo joven ejemplar de siempre. Escuché que has entrado al parlamento. Tu padre ha hecho un excelente trabajo contigo.
Leone notó como su padre tragaba como si estuviera peleando por conseguirlo.
—Es correcto majestad. Para ampliar mis conocimientos y servir a como se debe, he decidido acompañar a mi padre en su puesto en el parlamento.
—Me haces sentir orgulloso —observó a Leonardo de soslayo—. Puedes contar conmigo cuando necesites, recuerda que además del rey, soy tu tío.
—Claro —asintió Liam con estudiada amabilidad.
El rey asintió con un gesto de suficiencia.
—Tu hijo es estupendo —miró a su hermano.
—Lo sé —respondió Leonardo en seco.
—Y mira a quién tenemos por acá. Leone ¿cómo has estado?
En ese momento el archiduque, se posicionó frente a Leone casi cubriéndola con su espalda. La atmósfera se tornó fría, Ericka movía los ojos de izquierda a derecha sin entender qué pasaba y Liam recogió el entrecejo con un gesto inexacto.
Sin saber que hacer Leone se movió un poco a un lado y se aclaró la voz.
—Yo, estoy muy bien su majestad, gracias por preguntar.
—¿Y tu madre? ¿Por qué Regina no ha asistido?
—Regina está descansando —respondió el archiduque tajante—. El médico lo aconsejó.
El rey fijó sus ojos en los de su gemelo y una batalla no verbalizada se cernió entre ellos hasta que el sonido de las trompetas les interrumpió.
—Mis hijos harán su entrada —dijo el rey—. Si me disculpan —se fue hacia el lugar donde estaba la reina sin decir nada más.
Un silencio incómodo se quedó entre los demás, el archiduque se ajustó un par de gemelos en su manga y sin disimular salió del salón por una de las puertas aledañas.
—No me vayan a dejar sola —sentenció Leone a Liam y Ericka—. Ese ya se olvidó que vino conmigo —señaló con el mentón la puerta por la que su padre salió.
—¡Atención! Su alteza real príncipe heredero don Bastien Giacobbe Hemerides Rinaldi de Ílios y su alteza real princesa Helena Ginevra Hemerides Rinaldi de Ílios —gritó el maestro de sala.
Todos iniciaron a aplaudir con devoción a los príncipes. Desde su lugar Leone sintió como en sus labios se dibujaba una línea nostálgica.
Helena se había convertido en una mujer bellísima, su cabello dorado resplandecía más que el oro de la decoración, y su piel olivácea se pintaba aporcelanada gracias a lo bien que le sentaba el verde musgo del vestido adornado de hilos y aplicaciones de oro que flotaba como una nube y que dependía de su estrecha cintura.
Leone se sintió cohibida, pequeña, era como si todo el esfuerzo de su madre por hacerla lucir bien se hubiera caído en una hoguera de desechos. La sola presencia de Helena la hacía sentir una hormiga, inferior, y no es como si en realidad quisiera compararse, es que no podía evitarlo.
Al principio, en su niñez, Helena era una aspiración. Leone la admiraba tanto que memorizaba libros enteros de botánica solo para hablar con ella, y Helena no era indiferente, al contrario, pero, de un momento a otro, simplemente inició a odiarla.
No existió un motivo como tal, al menos no uno que Leone conociera. Pero, para una niña de diez años, entender por qué de la nada tu prima a quién adorabas te odia no era algo sencillo de procesar. Leone respondió a cada insulto, a cada humillación. Salió victoriosa de enfrentamientos directos y en otros no le quedó más que enfurecer, pero, cada ocasión su entorno simplemente se volvió cada vez más azul.
Luego de la entrada de los príncipes la música retomó su ritmo. Bastien se separó de Helena, con la vista agudizada buscó algo que encontró al lado de Liam y que le hizo poner la cara como un yunque.
Helena por su parte estaba rodeada de doncellas, todas halagaban incluso el más mínimo cabello rebelde. A una distancia prudente muchos herederos, duques y jóvenes con sangre noble estaban al asecho, esperaban el más mínimo descuido para tomar el primer baile de la mujer más bella del continente.
—Ay no, ahí viene Bastien —refunfuñó Ericka—. No quiero hablar con él.
—Que venga, lo estoy esperando —dijo Liam con la mandíbula ligeramente presionada.
—Liam por favor no, Bastien es lo suficiente impulsivo como para armar un escándalo. No quiero que tu nombre se vea afectado por su culpa.
—El problema de Bastien es que sigue creyendo que es un niño. Necesita que le recuerde la edad que tiene.
—Liam, es el príncipe heredero.
—Y yo el futuro archiduque, dueño de las tierras con mayor riqueza de este reino.
—¿Ves? Eres casi tan inmaduro como él, salgamos antes que se acerque.
—Ericka, yo no tengo miedo de Bastien.
—Pero yo sí de tu reputación. Leone acompáñanos, tomemos aire en algún balcón —haló a Liam casi a la fuerza y lo condujo por entre las personas a tal velocidad que Leone se quedó atrás.
Leone rodeó un sinnúmero de personas, pero en el baile había tanta gente que perdió de vista a su hermano. Se quedó sola en cierto punto del salón, los nobles notaban de inmediato su presencia y la observaban con curiosidad, como si ella fuese una especie animal desconocida a la fecha.
Sintió sus piernas flaquear al ver como un grupo de hombres mayores la examinaba con descaro. El miedo llegó a un límite cuando un viejo que podía ser el hijo de un sapo y una iguana dijo que luego de su debut ofrecería un buen trato al archiduque para hacerla su mujer.
Leone se alejó despavorida, siguió buscando a Liam con desespero, pero el salón era gigante y habían suficientes balcones como para buscar toda una noche. Con algo de desconfianza decidió acercarse a Helena, al menos hasta ver a su hermano o con mucha suerte a Savina de Crimentos entre la multitud.
Se acercó impaciente, llevaría las cosas en paz. No se veían desde hace un par de meses por lo que quizás el tiempo habría aliviado un poco las asperezas de la última vez que se vieron (cuando Helena la encerró en un armario y Leone le regó excremento de rata encima).
Al llegar al circulo las damas que charlaban se quedaron en completo silencio. La escrutaron fijamente.
Leone se posicionó frente a Helena y se reverenció del mejor modo que le fue posible.
—Su alteza real, es un placer verla esta noche —alzó levemente la vista. Helena que segundos atrás sonreía a gusto tenía los músculos quietos, como una estatua. Sus brillantes ojos verdes la revisaban en un espectro general, entre la sorpresa y el incordio.
Se quedó en silencio dejando a Leone en posición de reverencia un largo tiempo, el suficiente para hacerla perder el equilibrio y dar un paso en falso que corrigió lo mejor posible pero acarreó con cuchicheos inmediatos. Luego de minutos que se sintieron como horas Helena abrió los labios con delicadeza:
—Leone… por favor —hizo ademán con la mano invitándola a terminar la reverencia—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—He venido a saludarla su alteza —dijo con la nariz adolorida y la atención del público.
Helena rio suave.
—Me refiero aquí, en el baile.
Leone arrugó la frente con inocencia.
—¿Cómo? Pues, he sido invitada, como todos los demás.
Helena volvió a sonreír, deformó su perfecta postura hasta disminuir su altura y acercarse al oído de Leone.
—No entiendo como tienes el descaro.
—Si es por lo de la última vez, te pido discul—
—Baja la voz —susurró—. Poco me importan las niñerías del pasado. Pero, tu inmadurez actual me resulta incluso cruel.
—¿Qué?
—¿Tanto odias a mi tío? Él, que te ha acogido y cuidado como lo ha hecho con Liam —suspiró ofendida—. Estás siendo una ingrata.
—Él es mi padre —respondió con la voz en un hilo.
Helena se separó de su oído y pestañeó con elegancia, sin enderezarse ni elevar el tono pronunció un mantra:
—Eres una bastarda ¿Lo sabías? —a medida que hablaba su voz se volvía más dulce, más limpia y clara—. Arráncate la cara, deja de avergonzar a tu padre.
Saliva inexistente atravesó la garganta de Leone haciéndole una herida que no sangraba a como debería hacerlo.
—Lo estás diciendo para molestarme.
—No Leone, todos aquí lo saben —con el mentón señaló al circulo de doncellas que las rodeaban, todas cuchicheaban tras los abanicos y reían con sorna. Helena tomó a Leone de las manos y acarició sus palmas—. ¿Alguna vez has visto el color de tus ojos?
Leone se soltó del agarre de Helena como si quemara, con la vista empañada inició a correr entre la multitud. A su paso tropezó con muchos nobles, todos y cada unos de ellos decían lo mismo “La bastarda del archiduque”.
Salió del salón hacia un enorme jardín aledaño que guardaba la antigua torre limítrofe entre la mansión de su familia y el palacio. La misma torre que llenó de claveles cuando Helena inició a odiarla, y que se peleaban por el sitio plagado de rosas. Subió hasta arriba y frente a un viejo espejo con bordes rotos notó su reflejo, oscuro, maldito y vivo.
—¿Entonces cuál? En mi opinión uno rojo te haría ver mejor —Kyun extendió uno de los vestidos en la cama—. Apúrate y decide, el carruaje para llevarnos al palacio de la playa llegará al atardecer.
Leone tenía la mirada perdida en la tela de un vestido lavanda que estaba entre las opciones principales.
—¿Qué tanto miras? ¡Hanae no salgas con Argen! ¡No podemos molestar en la mansión de huéspedes del rey! —chasqueó los dedos—. ¡Leone!
—¿Eh? ¿Qué? —movió la cabeza de un lado a otro—. ¿Por qué me gritas?
—Porque te has dormido con los ojos abiertos ¿Qué? ¿Ese es el qué te gusta? El lavanda.
—¡No! —exclamó—. Ese menos que todos.
—¿Por qué? A mí me gusta, te resalta el cabello.
—Me resalta los ojos —susurró.
—Precisamente, la piel se te ve más blanca.
—Usaré el celeste, tú usa el lavanda.
—El celeste es una gran elección, sus mangas son románticas y… espera ¿Qué? ¿Yo usar el lavanda?
—A ti te gusta, además, el corsé se ajustaría a tu figura.
—Si, pero es tuyo.
—Pues te lo regalo ¿Queremos deslumbrar a Kairos o no?
Kyun se sonrojó.
—No lo sé, preparé un vestido azul que combina con el escudo de Cartalia.
—¿Piensas usar ese broche? No eres un caballero.
—Bueno, si lo pensamos bien soy más o menos eso. Además, es un orgullo usarlo, todos los servidores de la casa archiducal lo portan con honor. Quizás tu creas lo contrario, pero a mí me enorgullece pertenecer a tu familia aunque sea como servidumbre.
Leone rodó los ojos.
—Pues pones el broche en el vestido lavanda.
Kyun exhaló ignorándola. Preparó el magnífico atuendo elegido para usar esa noche durante el baile de la paz, celebrado cada año en la playa que formaba parte de las tierras que Ílios y Lunhae se debatían desde hace doscientos años.
La vistió, puso sobre ella la más fina de su joyería y arregló el hermoso cabello. Una vez Leone estuvo lista Kyun soltó un suspiro anonadada.
—He de admitir que siempre luces bella, pero esta vez… esta vez es diferente. Te juro que no estoy exagerando, pareces una figura religiosa, como esas vírgenes que descansan en los altares del vaticano.
—No vayas a blasfemar eh.
—Obsérvate tú misma —la empujó hacia el espejo.
Leone miró su reflejo, un suspiro salió de sus labios, se veía y no podía creer que fuese ella. Su pálido cuerpo nadaba en una pieza de falda amplia que se extendía en ondas suaves hasta el suelo. El color predominante era un azul pálido con reflejos plateados, y el tejido parecía una mezcla de satén y tul, decorado con bordados florales simétricos que recorrían desde el corsé hasta el borde inferior.
El escote era pronunciado pero no vulgar, dejando los hombros al descubierto, y estaba enmarcado por mangas de tul transparente que caían como una capa ligera sobre sus brazos desnudos desde la parte superior del vestido.
Su cabello estaba recogido en una moña alta con volumen elegante, solo un par de bucles enmarcaban su rostro sin estar completamente sueltos, y horquillas casi transparentes se perdían en el ébano de cabello.
En su cuello había una cadena tan delgada que parecía un hilo de plata, y de la cual una única y diminuta piedra azul dependía.
En su rostro, Leone no poseía mayor maquillaje que rubor y una tonalidad rojiza en sus labios. Sus pestañas voluminosas y cejas espesas hacían todo el trabajo. Kyun tenía razón, lucía como una aparición. Se rio incrédula, le costaba tanto confiar en su reflejo.
—Señora, voy a pasar, el señor Helio quiere decirle algo —Hanae abrió la puerta quedando totalmente sorprendida—. Dios mío, señora está bellísima
Helio que cargaba a Lupus Argentus se quedó con el gesto encapsulado.
—Señora, luce muy bien.
—Claramente —sonrió algo incómoda, no acostumbraba a escuchar halagos fuera de su familia. El terror por lo que se avecinaba le escaló por la columna. Por primera vez desde el debut de Helena hace cuatro años asistiría a un baile, por primera vez desde la muerte de su tío hace tres años aparecería en público y por primera vez en toda su vida estaba dispuesta a tratar de enfrentar un miedo que la estaba matando lentamente.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com