El Eco de la cordillera - Capítulo 9
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9: Descortesía 9: Descortesía El piso brillaba, en medio de toda la oscuridad, una luz tenue se filtraba por los espacios cubiertos de seda tensada con decoraciones que Leone ignoró el día que estuvo ahí por primera vez.
Los pasillos lucían totalmente pulcros, pero el aroma de la sangre se arraigaba en la punta de su nariz con violencia.
La escena del crimen había sido totalmente encubierta.
Toda la mañana estuvo indagando entre algunas de las doncellas acerca de la seguridad del palacio, sobre si era posible la entrada escalando las murallas, si alguna de las sirvientas la veía mal, simplemente respondía diciendo que nunca había salido de su reino y que le daba miedo vivir en un lugar desconocido, una verdad casi completa.
Recorrer el lugar nuevamente le puso los pelos de punta, y ver todo tan limpio, le hizo creer que todo fue producto de sus nervios, pero no, el miedo que sintió en ese momento jamás podría ser algo ficticio.
Se paró frente a la enorme cortina con bordados decorativos, trató de levantarla, era muy pesada.
Del otro lado aparentemente se sostenía una pared de ladrillos grises que parecía inmutable, pero desde el suelo, se apreciaba la separación de esta, quizás si abatía con fuerza, el acceso se despejaría.
Con ambos brazos empujó, pero fue inútil, a lo lejos las pisadas de los sirvientes parecían hacer más bullicio, tendría que volver en otro momento.
Instintivamente giró el rostro hacia la curva en L, reacomodó la cortina y se dirigió hacia el famoso pasillo; no era diferente del anterior, estaba oscuro y perfectamente aseado.
La segunda habitación, que fue de la cual provino el cadáver, poseía un enorme candado, una horquilla no sería suficiente para abrirlo.
El bullicio de la gente se escuchó cada vez más cercano, se fue corriendo con velocidad hasta llegar a uno de los pasajes transitados, se ocultó tras una de las paredes, había demasiados sirvientes, sería sospechoso si se viese de donde se provenía, así que se devolvió un pasillo atrás con ventanas corredizas que llegaban casi al suelo.
—¡Alteza Leone!
—llamó una de las sirvientas que acompañó a Are Jin el día anterior.
—No puede ser —susurró, lo que menos deseaba era ver a esa vieja.
Se apresuró a tratar de cruzar la ventana, pero el no haber dormido durante dos noches enteras le hizo calcular mal la altura del antepecho y enredar sus zapatos en la falda suelta de su vestido.
Cerró con fuerza los ojos hasta esperar el golpe en el duro suelo de piedra afuera de la ventana, pero este nunca llegó, en su lugar sintió un par de brazos recepcionando su cuerpo.
Al abrir los ojos se vio sobre el cuerpo de un hombre, y al levantar el rostro, la sorpresa le hizo abrir los párpados con fuerza.
El segundo príncipe la observó entrecerrando sus ojos con mono párpado y ella rápidamente se alejó de él apoyándose sobre sus propias rodillas.
Hyaker se reincorporó con facilidad mientras Leone lo veía con cierto temor desde el suelo.
Exhaló algo fatigado —¿Se encuentra bien?
—preguntó extendiendo la mano por mero compromiso.
Leone lo observó desde abajo con los ojos aún muy abiertos, sus piernas juntas en el piso tibio estaban frías, iba a contestar, pero fue interrumpida por los gritos de la sirvienta.
—¡Por Dios!
Señorita ¿Se encuentra bien?
—Rápidamente la sirvienta que la perseguía la levantó del suelo y sacudió el vestido—.
¡Oh!
Su alteza real segundo príncipe —se reverenció con nerviosismo—.
¿Se encuentra usted bien?
Disculpe mi impertinencia.
Hyaker quien todavía permanecía con la mano estirada hizo un ademán de desinterés —Estoy bien.
—Con su permiso nos retiramos —la sirvienta empujó con delicadeza a Leone hacia el interior, esta hizo una mueca de disgusto—.
Señorita, la señora Are Jin la espera en la biblioteca.
—¿A mí?
—respondió con algo de confusión, procesando de nuevo lo reciente.
Si seguía así se iba a volver loca en cuestión de días.
—Sí, permítame guiarla —La sirvienta caminó frente a ella, y fue entonces que Leone notó una leve dificultad al caminar, hasta entonces se dio cuenta de que se trataba de la misma chica que tiró el adorno en sus aposentos.
Al ingresar a la biblioteca, la señora Are Jin se encontraba sentada en un cojín sobre una alfombra, con la espalda totalmente recta y tomando una taza de té.
La confianza que desbordaba en tal posición era igual a la de las esposas trofeo que conseguían los nobles de edad avanzada y mucha riqueza.
Leone había asistido a pocas reuniones sociales en sus cortos años de vida, pero un par le bastaron para entender qué tipos de persona existían.
—¿Me buscaba?
—Sí, siéntate —extendió el brazo indicándole donde debía sentarse.
Leone alzó una ceja ante dicha acción—Dígame para qué me necesita, estoy algo ocupada.
—¿Ocupada tú?
—rio con una forzada elegancia—.
Responde ¿Tu madre es fértil?
—¿Me llamó aquí para preguntarme eso?
—¿Qué sueles comer?
Luces bastante descuidada.
Leone sintió un calor en su cabeza, ella nunca se jactaba de su posición como hija de un príncipe, pero las faltas de respeto por parte de Are Jin no cesaban, además de querer indagar en la fertilidad de su familia, se estaba metiendo con su apariencia física.
La única que podía llamarse fea a sí misma era ella, nadie más.
—Si dice una palabra más, una sola palabra más, me encargaré de que su lengua sea colgada en la pared de la mansión archiducal de Cartalia “señora” —no iba a seguir teniendo paciencia con esa mujer.
—Usted no tiene poder aquí alteza, en este reino no es absolutamente nadie, y más le vale escuchar cada cosa que le digo porque de mí depende que su valor no decaiga todavía más.
Leone tiñó con una agria carcajada su rostro —Una simple jefa de sirvientes está amenazando a la duquesa de Montefiore.
La mujer colocó el té sobre una mesita —Niña, deberías agradecer que te digo todo con cruda verdad.
El mundo no es un paraíso, tú aquí no eres diferente de una cortesana, la única diferencia es que tú has nacido de otra cortesana, una que logró engatusar a un príncipe.
Leone sintió su sangre hervir, sus músculos tensaron una falsa sonrisa.
Se acercó a Are Jin y tomó la tetera caliente posicionándola frente al rostro de la mujer —Espero sea la primera y última vez que usted se atreve a hablar así de mi madre o de mí, porque de lo contrario —inició a derramar el té en la falda de la mujer sin importarle si le salpicaba o no—, de lo contrario le freiré el rostro viva —tiró la tetera con violencia obligando a Are Jin a alejarse, cuando se paró, dejó caer de uno de sus bolsillos un llavero con al menos treinta llaves, cada una con un símbolo distinto grabado.
—¡Maldita mocosa!
TE ARREPENTIRÁS, JURO QUE LO HARÁS.
—Es “excelencia” y no, señora, quien se arrepentirá es usted, y desde ahora le digo que no tomaré nada que venga de usted, absolutamente nada, así que si no quiere que cumpla con mi amenaza, más le vale mantenerse al margen de cada cosa que yo haga —salió del sitio con rabia, caminó tan rápido que ignoró que la pobre sirvienta que le guio al principio cojeaba tras ella, hasta que escuchó sus pasos desenfocados en su espalda.
—¿Ella te golpeó porque tiraste el adorno?
—dijo frenando en seco.
—No señorita, no sé de qué me habla.
—¿Por qué cojeas?
—Discúlpeme señorita, tendré más cuidado.
—Si fueras cuidadosa no habrías tirado mi adorno ni ganado una golpiza por parte de esa anciana.
Sígueme.
—Mi señorita, es que…— Leone la acalló con un gesto —Solo sígueme.
Llegaron a los aposentos de Leone y esta le levantó la falda hasta las rodillas, la pobre chica tenía las medias blancas manchadas de sangre y pegadas a la piel.
Se indignó grandemente, deseó haber derramado el té hirviendo en los oídos de esa maldita mujer —¿Cuál es tu nombre?
—preguntó mientras bajaba con delicadeza las medias.
—Por favor señorita, estoy bien, de de…
bo retirarme —tartamudeó.
—¿Cómo te llamas?
Por cierto, esto dolerá —despegó la media y la sirvienta gimió del dolor.
—Mi nombre es Hanae —dijo en un sollozo.
Leone apretó los labios al ver las piernas de Hanae llenas de moretones y heridas, Are Jin la había golpeado sin reparo alguno, y por si fuera poco, la obligaba a trabajar en tal estado.
Le colocó un ungüento y posteriormente una venda.
—Está listo, puedes llevarte el ungüento y aplicarlo cuando sientas dolor.
—No es necesario mi señorita, con esto que hizo es suficiente, en realidad lamento molestarla —incluso parecía tener miedo de hablar.
—No es una molestia —sonrió.
Hanae se reverenció a toda prisa y salió del lugar.
Para Leone, Hanae era lo opuesto a una molestia, además de ser una victima de Are Jin, era también una buena opción como aliada, y sobre todo, probablemente la única persona que podría encontrar la llave del candado de la habitación donde ocurrió el asesinato.
…
Otra noche de eterna vela le impidió siquiera cerrar los ojos, cada vez que lo hacía, la imagen del cuerpo ensangrentado se pegaba a sus párpados, estaba harta de temer ser la próxima en despertar bañada de rojo.
Estaba sentada en su balcón, su vestido totalmente azul marino, de mangas abullonadas y falda amplia, estaba regado en todo el piso.
Leone jugaba con el encaje del guante que le llegaba hasta la muñeca, lo observaba con cariño.
El diseño era exquisito, su madre llamó a la mejor modista del país para elaborarlos.
—Mi mamá —susurró.
Recordar ese dato provocó que el dolor que se arremolinaba en su pecho oscureciera incluso la tarde que de por sí era soleada.
Estaba cansada, no quería una sola noche más ahí, los párpados le pesaban y su estómago rugía.
Los últimos días solo estuvo recibiendo comida a la hora del almuerzo, y eso que Kyun se negaba a comer con ella, porque lo hacía antes en su propia habitación.
Eso le hizo verse cada vez más sola, hasta su dama de compañía parecía acostumbrarse a ese sitio.
Se acostó con los ojos perdidos en el jardín, a lo lejos un par de sirvientes podaban con agilidad la vegetación.
Se veían tan tranquilos que los envidiaba, cambiaría toda su fortuna por una vida como la de ellos.
Tenía fe en que las cartas que envió a Cartalia rogando por llevar su caso al parlamento fueran escuchadas, de lo contrario iba a morirse.
—Yo tendría que estar muerta —habló cansina.
Cerró los ojos impidiéndose respirar, se quedó ahí, si dejaba de moverse quizás se convertía en una roca.
Se estuvo inexistente hasta que su propia conciencia le recriminó su cobardía.
“Arráncate la cara, deja de avergonzar a tu padre”.
—No quiero escucharte —vociferó a medias—.
No quiero escucharte, no quiero escucharte —se levantó desesperada echándose a correr sin rumbo.
El jardín, el pasto, el mismo suelo parecía desaparecer en un vacío oscuramente doloroso.
Una vez sus piernas no pudieron más, y sus pulmones inhalaban abatidos, se detuvo.
Recuperó el poder sobre su mente y enfocó con avidez el lugar donde se encontraba.
Las caballerizas abandonadas.
Una voz la sorprendió a sus espaldas.
—Kkul, hay visitas —Al escuchar esto Leone saltó y se giró en dirección a la voz.
Hyaker la observaba con una mezcla de desdén y curiosidad mientras presionaba sus labios formando una línea con su boca.
Leone parpadeó nerviosa, sus muñecas alojaron un leve temblor, trató de alejarse del príncipe, hasta que el perro inició a ladrar dejándola quieta por temor a ser mordida.
—Kkul es suficiente, ven hacia acá o también acabarás empapada.
Leone volteó hacia atrás dándose cuenta de que unos centímetros más y caería en el riachuelo que separaba las caballerizas del prado..
—Kkul, siéntate —ordenó Hyaker, acto seguido, el animal obedeció.
Leone, trató de recomponerse viendo con curiosidad y una sonrisa incómoda al perro —Muy inteligente.
Hyaker arqueó una ceja sin eliminar la rigidez de su rostro —La entrené para eso.
Leone fijó su vista en cualquier lado y asintió ávida —Ya veo.
—No debería estar lejos del palacio, mucho menos al anochecer —sugirió al ver como el sol estaba próximo a ocultarse.
Leone levantó ambas cejas —¿Yo?
Él asintió algo ofuscado ¿A quién más le hablaría si no a ella?
Aprovechó la oportunidad para evaluar cuidadosamente a la ílios.
Era una mujer distante, como perdida en una alucinación vaga, aparentaba ser muy joven, lo suficiente para que su padre se negara a contraer nupcias con ella.
Leone notó como el segundo príncipe la acechaba con el rostro pétreo, esto la descolocaba en demasía así que se aclaró un poco la garganta con la intención de retirarse.
Curvó un poco sus labios al ver como Kkul le movía la cola —No es agresiva, puede acariciarla si gusta.
—¿En serio?
Hyaker asintió.
Leone se acercó a Kkul, que iniciaba a mover la cola con más ímpetu y relajar las orejas.
Se agachó a la altura del labrador y abrazó sus rodillas mientras la miraba a los ojos.
Se quitó el guante de la mano izquierda dejando a la vista un hermoso anillo de oro blanco con un diamante azul, la joven le rascó el estómago y detrás de las orejas, haciendo que la perra se moviera de manera brusca y la tirara al suelo.
Hyaker contrajo sus labios en una línea ahogando una especie de risa al ver a la ílios caer de manera absurda.
Suspiró extendiendo una mano.
Leone avergonzada, se levantó de prisa, rechazando toda ayuda —Bueno yo…
Me retiro —aclaró su garganta evadiendo la mirada del príncipe.
Hyaker relajó la expresión al verla alejarse, era la segunda vez que ella le dejaba la mano extendida.
Le resultó maleducada, indiferente y sobre todo, torpe.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Shuu_0705 Holaaa, si has llegado hasta acá, muchas gracias por seguir mi historia.
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