EL ERROR QUE APRENDIO A AMAR - Capítulo 30
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30: Capítulo 12 — La Última Medida 30: Capítulo 12 — La Última Medida Siempre creí que el miedo tenía sonido.
Explosiones.Gritos.Alarmas.
Pero ese día descubrí que el verdadero miedo llega en silencio… justo antes de que todo se rompa.
Kai estaba jugando en el suelo con Lisa.Intentaba apilar unos bloques torcidos mientras ella fingía sorpresa cada vez que uno se caía.
Su risa llenaba la habitación de algo que yo no recordaba haber sentido en mucho tiempo: tranquilidad.
Yo firmaba reportes con una mano mientras con la otra le acariciaba el cabello.
Ese pequeño gesto me mantenía anclada al mundo.
Entonces la nave tembló.
No fue una vibración normal.Fue un golpe seco que me atravesó el pecho.
Las luces parpadearon.Las alarmas comenzaron a gritar.
Y el aire cambió.
—Implosión detectada en el casco —dijo ATENEA.
Sentí cómo mi corazón se detenía.
Otra sacudida.Más violenta.
Un rugido del metal desgarrándose.
El vacío reclamando lo que encontraba.
Gritos en los pasillos.
El sonido de las compuertas de emergencia cerrándose.
Algunos no alcanzaron.
Apreté a Kai contra mi pecho.
Su pequeño cuerpo temblaba.
—Estoy aquí… estoy aquí… —susurré sin saber si intentaba calmarlo a él o a mí.
Nira gritaba órdenes.
Lisa levantaba muros de hielo.
Y entonces lo vi.
Caminaba hacia nosotros como si nada pudiera tocarlo.
Sonreía.
Esa sonrisa… no tenía prisa.
—Bonita nave —dijo—.
Sería una pena que se rompiera.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
Sabía lo que era.
Un Nivel 5.
Y no uno cualquiera.
Ataqué antes de pensar.
Mis llamas lo envolvieron.
El fuego golpeó su pecho… y se disipó como si nunca hubiera existido.
Él me miró, divertido.
Se movió.
No lo vi venir.
El golpe me arrancó el aire.
El mundo giró.
Impacté contra la pared con un sonido que todavía puedo sentir en los huesos.
Intenté levantarme.
Otro golpe.
Mi brazo cedió con un crujido.
Mi pierna dejó de responder.
El dolor me atravesó como un rayo blanco.
Lisa gritó mi nombre.
Nira disparó.
El vacío devoró los proyectiles.
—Entréguenme al niño —dijo él con calma—.
Y quizás deje a algunos vivos.
Intenté arrastrarme.
Solo podía ver a Kai.
—Corre… —susurré—.
Llévenselo… Pero Kai no corrió.
Me miró.
Y algo en sus ojos cambió.
Se soltó de los brazos de Nira.
Un destello.
Y apareció frente a mí.
Su pequeño cuerpo temblaba.
Sus ojos brillaban.
Se puso entre ese monstruo y yo.
—No toque a mi mami.
Su voz era pequeña.Imperfecta.Pura.
El hombre rió.
Levantó el puño.
Y el mundo dejó de obedecer sus reglas.
La luz nació dentro de mi hijo.
No explotó.
Despertó.
Sentí el aire vibrar.Como si el universo inhalara.
Y la luz tomó forma.
Una figura emergió frente a nosotros.
Alta.Imponente.Humanoide.
Su cuerpo no era carne.
Era cosmos.
Galaxias giraban en su pecho.Estrellas ardían en sus brazos.Nebulosas se movían como respiración.
No tenía rostro.
Pero su presencia llenó todo.
Mi dolor se volvió pequeño.
Mi miedo se volvió silencio.
Kai se desmayó.
La figura lo tomó con una delicadeza imposible.
El Nivel 5 atacó.
Golpes.
Implosiones.
Vacío.
Nada funcionó.
El avatar permanecía inmóvil.
Sereno.
Como si la violencia no pudiera alcanzarlo.
Por primera vez, el monstruo retrocedió.
—¿Qué… eres tú?
La figura levantó una mano.
Cerró el puño.
Y él desapareció.
Sin ruido.
Sin rastro.
Solo ausencia.
La figura salió de la nave.
No vi el viaje.
Solo sentí la presencia extenderse más allá de todo.
Después supe que apareció frente a la Tierra.
Que creció hasta que el planeta parecía una esfera diminuta en su mano.
Que todos lo escucharon.
Que el mundo entero sintió su voz dentro de la mente.
Una advertencia.
Un eco imposible de ignorar.
Cuando regresó, el silencio era total.
Intenté acercarme a mi hijo.
La figura se interpuso.
No como amenaza.
Como protección.
Entonces Kai abrió los ojos.
Lo escuché dentro de mi mente: Ella es mía.
La energía fluyó.
El dolor desapareció.
Sentí mis huesos reconstruirse.
Mi brazo volvió a ser mío.Mi pierna respondió.Mi cuerpo respiró completo otra vez.
Me incorporé temblando.
Kai extendió los brazos.
—Mami… Lo abracé con todo lo que me quedaba dentro.
Lloré contra su cabello.
No como capitana.
No como soldado.
Como madre.
Detrás de nosotros, la figura permanecía inmóvil.
Un guardián de luz.
Silencioso.
Eterno.
Y entendí algo con una claridad que dolía: Nadie volvería a tocar a mi hijo.
Jamás.
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