El Heredero del Vacio - Capítulo 11
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11: CAPÍTULO 11 —Los Muros de Lianshan 11: CAPÍTULO 11 —Los Muros de Lianshan Los cuarenta días pasaron de la misma forma en que pasan las cosas importantes: deprisa para quien las espera, lentos para quien los padece, e imperceptibles para quienes no saben que están ocurriendo.
Para Zhen Wu fueron cuarenta días de levantarse antes del amanecer, cumplir con las obligaciones de la secta —los baldes, los establos, la cocina, el patio— y luego sentarse bajo el árbol muerto con Wei Shan durante dos horas de entrenamiento real.
Por las noches, otros dos horas de meditación en la oscuridad de su choza, con la caja del pergamino a su lado como un recordatorio silencioso de que había algo esperándolo más adelante.
No habló del torneo con nadie más que con Luo Bai.
El chico había mantenido la boca cerrada con una discreción que Zhen Wu no habría esperado de alguien de doce años, y esa discreción le ganó más respeto que cualquier otra cosa que hubiera podido demostrar.
La noche anterior a la partida de la delegación oficial de la secta —Liang Hu, Chen Fang y Yang Mei, bajo la supervisión del maestro auxiliar Kong— Zhen Wu fue a despedirse de Wei Shan fuera de horario.
El anciano estaba despierto.
Siempre parecía estar despierto cuando Zhen Wu llegaba, como si el sueño fuera un lujo que ya no necesitaba o que había dejado de encontrar útil.
—Mañana salís —dijo, sin volverse.
—Sí.
—Dos días de camino.
El primer día seguís el río Cuan hacia el este.
El segundo tomáis la calzada del sur.
No os apartéis de la ruta principal.
—Lo sé.
—No sé si lo sabes.
—Se volvió hacia él—.
Lo que sé es que tenéis quince y doce años respectivamente, ninguno de los dos tiene permiso oficial, y en el Dominio Exterior hay cosas que se alimentan de viajeros descuidados.¿Has practicado la Absorción Dirigida esta semana?
—Cada noche.
—¿Cuánto tiempo puedes sostenerla activa?
—Tres minutos continuos.
Cuatro si el objetivo es grande y emite Qi de forma constante.
—Bien.
Si algo os ataca, no intentes pelear.
Absorbe el Qi de tu entorno inmediato —las plantas, las piedras, el aire mismo si es de noche— y usa esa energía para correr.
El Vacío puede darte velocidad si sabes canalizarlo al cuerpo físico en vez de al dantian.
—Se volvió de nuevo hacia la oscuridad—.
Todavía no te he enseñado eso.
Queda algo para cuando vuelvas.
Zhen Wu asintió.
Luego, porque la situación parecía requerirlo y porque había cosas que se dicen antes de los viajes aunque el viaje sea corto: —Gracias.
Wei Shan no respondió de inmediato.
El silencio se extendió el tiempo suficiente para que Zhen Wu pensara que no iba a hacerlo.
—No me las des todavía —dijo finalmente el anciano—.
Dámelas cuando hayas abierto el pergamino y lo hayas entendido.
Ese será el momento en que mis gracias tendrán algún valor.
Zhen Wu salió de allí con algo nuevo en el pecho que no sabía cómo nombrar.
No era exactamente calor —era más parecido al peso de alguien que cree en ti antes de que tú mismo hayas terminado de creer.
⸻ ⸻ ⸻ Partieron antes del amanecer, cuando la delegación oficial todavía dormía y el maestro auxiliar Kong roncaba en su cuarto con la tranquilidad de quien tiene permiso para todo.
Luo Bai llevaba un fardo con provisiones que había preparado durante tres días sin que nadie lo viera: pan seco, sal, dos latas de agua, una manta enrollada y un pedernal.
Zhen Wu llevaba la caja del pergamino atada al pecho con una tira de cuero, un cuchillo de cocina —el único que había podido sacar sin que faltara— y la ropa que tenía puesta.
Caminaron en silencio durante la primera hora.
El Dominio Exterior al amanecer tenía una belleza que nadie mencionaba en los textos de cultivo: el cielo pasaba del negro al añil al gris perla, los campos de mijo a ambos lados del río Cuan estaban cubiertos de rocío que captaba la luz naciente como miles de espejos diminutos, y el único sonido era el del agua y el de sus propios pasos en la tierra húmeda.
Zhen Wu no había salido de la aldea Cimientos de Piedra en quince años.
Lo recordó exactamente así: quince años.
No como una acusación ni como una lástima, sino como un hecho que se ponía en perspectiva al caminar sobre tierra que no conocía.
El mundo era más ancho de lo que los establos y el patio de la secta habían dejado imaginar.
—¿Qué se siente?
—preguntó Luo Bai después de un rato, como si hubiera leído el pensamiento.—¿El qué?
—Salir por primera vez.
—Tú también sales por primera vez.
—Yo salí una vez con los del clan de mi madre, antes de que muriera.
Tenía cuatro años.
No recuerdo mucho.Pero para ti es diferente.
Se te nota.
—¿Cómo?
—En los ojos.
Los tienes más abiertos de lo normal.
Zhen Wu no respondió a eso, pero tampoco lo negó.
El río Cuan era ancho y marrón en esa época del año, cargado de sedimento del norte.
Caminaron por su orilla izquierda durante cuatro horas, hasta que el sol alcanzó su punto medio y el calor empezó a pesar sobre los hombros.
Pararon en la sombra de un grupo de alisos para comer pan seco y beber agua.
Fue entonces cuando Zhen Wu notó que algo los seguía.
No lo vio.
Lo sintió —el Vacío lo sintió antes que él, un pulso de algo vivo y hambriento moviéndose en los juncos de la orilla opuesta.
Demasiado grande para ser un pájaro.
Demasiado silencioso para ser un animal doméstico.
No es un cultivador.
El Qi es animal.
Pero intenso para ser algo pequeño.
—Luo Bai —dijo, en voz baja—.
Sin movimientos bruscos.
Termina de comer y ponte en pie despacio.
El chico lo miró.
Leyó el tono.
Obedeció.
Se pusieron en pie.
Recogieron los fardos.
Caminaron.
La cosa en los juncos los siguió durante media hora más antes de desaparecer, quizás porque encontró algo más fácil, quizás porque la orilla se volvió menos propicia para ocultarse.
Zhen Wu no supo cuál de las dos razones era la correcta y decidió que en cualquier caso el resultado era el mismo.
—¿Qué era?
—preguntó Luo Bai cuando el rastro desapareció.
—No lo sé con exactitud.
Algo con Qi bestial elevado.
—Pausa—.
Lo sentí antes de verlo.
—¿Puedes hacer eso?
—Aparentemente.
Luo Bai caminó en silencio durante un momento.
—Zhen Wu.
Tú no eres un inútil.
—Ya lo sé.
—No, quiero decir —buscó las palabras con la concentración de quien sabe que las palabras importan—.
No eres simplemente «no inútil».
Creo que eres algo completamente diferente de todo lo que he visto.
Zhen Wu no respondió.
Pero el Vacío en su pecho pulsó una sola vez, como si reconociera algo en esas palabras que él todavía no estaba listo para nombrar.
⸻ ⸻ ⸻ Al atardecer del primer día llegaron a un puesto de descanso en la calzada: tres edificios bajos con techo de paja, un pozo, y una posada que servía caldo de hueso por dos monedas de cobre.
Tenían exactamente cuatro monedas entre los dos.
Compraron dos cuencos de caldo y durmieron en el establo de la posada sin que nadie les preguntara nada, porque los estableros de las rutas del Dominio Exterior habían aprendido que hacer preguntas a los viajeros raramente generaba respuestas útiles.
Zhen Wu meditó dos horas antes de dormir.
El Vacío estaba inquieto —la proximidad de Qi bestial elevado lo había estimulado, como una llama que encuentra más combustible del que necesita para quemarse tranquila.
Aprende —le dijo en silencio, con la voz interior que había empezado a desarrollar para hablarle al Vacío como Wei Shan le había enseñado.
Aprende el sabor de lo que hay aquí.
Pero no lo tomes.
Todavía no.
El Vacío se aquietó.
Despacio.
Como un animal grande que acepta la mano del que lo alimenta.
Durmió tres horas y media.
Fue suficiente.
Al amanecer del segundo día, los muros de Lianshan aparecieron en el horizonte como una promesa escrita en piedra gris, y Zhen Wu entendió por primera vez lo que significaba querer algo tan concreto que duele mirarlo.
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