El Heredero del Vacio - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 CAPÍTULO 12 —Ciudad de Hierro y Seda
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12: CAPÍTULO 12 —Ciudad de Hierro y Seda 12: CAPÍTULO 12 —Ciudad de Hierro y Seda Lianshan era exactamente lo que una ciudad del Dominio Exterior podía ser cuando alguien con recursos y ambición decidía construir algo que durara.
Muros de piedra volcánica negra de quince metros de altura, reforzados con Qi mineral en las argamasas, con torres de vigilancia cada cien metros coronadas por linternas de cristal que proyectaban luz azul —señal de que la ciudad era territorio de la Alianza de la Prefectura y que atacar sus muros constituía una declaración de guerra contra las cuatro sectas que la sostenían.
La puerta sur estaba abierta y vigilada por dos guardias con armadura de cuero lacado y lanzas de madera de hierro.
A un lado de la entrada, un tablón de anuncios de madera de tres metros cubierto de pergaminos mostraba el programa del torneo, las normas de conducta dentro de los muros y las tasas de entrada para comerciantes y visitantes sin afiliación a ninguna secta.
Zhen Wu leyó el tablón con calma, de arriba a abajo.
Los visitantes sin afiliación —es decir, ellos— pagaban una moneda de cobre por persona.
Tenían dos monedas.
—Justo —dijo Luo Bai.
—Justo —confirmó Zhen Wu.
Entraron.
La ciudad era ruidosa de una forma completamente diferente a la aldea.
No era el ruido repetitivo de los trabajos agrícolas y el entrenamiento marcial de siempre —era el ruido compuesto de cientos de personas que no se conocen pero que comparten un objetivo temporal: el torneo.
Discípulos con uniformes de distintos colores caminaban en grupos, con esa particular combinación de nerviosismo y arrogancia que produce la juventud con poder.
Vendedores ambulantes ofrecían armas de práctica, elixires de baja calidad, talismanes protectores de dudosa eficacia y comida frita que olía lo suficientemente bien como para ser un argumento filosófico a favor de gastar el último cobre en ella.
Luo Bai lo miraba todo con los ojos muy abiertos y la expresión de quien intenta grabar cada imagen para poder describirla después con precisión.
Zhen Wu lo miraba todo de otra manera: catalogando.
Los uniformes —colores, insignias, calidad de la tela, número de personas por grupo.
Los movimientos —cómo caminaban los discípulos de las sectas grandes versus los de las pequeñas, quién cedía el paso a quién, dónde estaban los guardias y qué vigilaban.
El Qi ambiental —denso para ser el Dominio Exterior, probablemente porque la concentración de cultivadores jóvenes y las piedras espirituales que llevaban encima lo saturaban como una tormenta antes de descargar.
Todo era información.
Y la información, le había dicho Wei Shan en la primera semana, era la base de cualquier estrategia.
⸻ ⸻ ⸻ Encontraron el problema en la plaza central.
La plaza de Lianshan era el corazón de la ciudad: un espacio abierto de cien metros de diámetro con un pabellón octogonal en el centro donde se realizaban los combates preliminares al aire libre, antes de que los finalistas pasaran a la Arena Cubierta del lado norte.
Alrededor del pabellón, gradas de madera elevadas permitían a cientos de espectadores seguir los combates desde ángulos distintos.
En las gradas había uniformes de la Pequeña Secta del Jade Roto.
Específicamente: había un uniforme del Jade Roto, y ese uniforme lo llevaba el maestro auxiliar Kong, que en ese preciso momento miraba directamente hacia la entrada de la plaza con una expresión de alguien que no esperaba lo que estaba viendo.
Sus ojos y los de Zhen Wu se encontraron a cuarenta metros de distancia.
Luo Bai lo vio primero.
—Maestro Kong —susurró, sin mover los labios más de lo necesario.
—Ya lo vi.
—¿Qué hacemos?
Zhen Wu calculó en tres segundos: correr significaba confirmar que sabían que estaban en falta.
Quedarse quietos significaba enfrentar la situación.
Kong no era un maestro severo —era más bien un hombre de reglas por conveniencia, no por convicción.
Su principal preocupación en cualquier situación era su propia comodidad.
Si corre, tendrá que perseguirnos.
Si nos ve quietos y tranquilos, tendrá que decidir si vale la pena el esfuerzo.
—Nada —dijo Zhen Wu—.
Sigue caminando.
Despacio.
—¿Despacio?
—El que corre primero admite que hay algo de lo que huir.
Cruzaron la plaza sin correr.
Zhen Wu mantuvo el paso uniforme, la mirada al frente pero sin evitar la dirección donde estaba Kong.
Luo Bai lo imitó con una precisión que decía mucho sobre su capacidad para leer situaciones a pesar de tener doce años.
Kong los siguió con la vista durante todo el trayecto.
No se levantó de la grada.
Cuando doblaron por la calle lateral y quedaron fuera de su línea de visión, Luo Bai exhaló.
—Eso fue… —Un problema para cuando volvamos —dijo Zhen Wu—.
Ahora mismo no existe.
—Miró hacia el pabellón, cuya parte superior se veía sobre los tejados—.
Empiezan los preliminares en una hora según el tablón.
Necesitamos una posición elevada donde ver bien sin que nadie nos vea mal.
—¿Cómo distingues las dos cosas?
—Fácil.
Una posición donde ver bien es donde el campo de visión es amplio.
Una posición donde nadie nos vea mal es donde no hay uniformes de sectas grandes ni guardias de prefectura.
Luo Bai procesó esto.
—¿Eso lo aprendiste con el anciano?
—Lo aprendí observando.
El anciano me enseñó a no dejar de hacerlo.
⸻ ⸻ ⸻ La posición perfecta resultó ser el tejado de una tienda de armas de práctica que daba directamente al lado norte del pabellón —el mejor ángulo para ver los combates, elevado lo suficiente para tener perspectiva completa, y alejado de las gradas oficiales donde estaban los supervisores de las sectas.
El dueño de la tienda —un hombre gordo con delantal de cuero y manos del tamaño de jarras— los descubrió a los cinco minutos.
—¡Eh!
¡Bajad de ahí!
Luo Bai miró a Zhen Wu.
Zhen Wu miró al hombre.
Luego miró la tienda: espadas de práctica de bambú apiladas en la entrada, arcos de calidad media, un cuenco con piedras espirituales fragmentadas a precio de saldo.
—¿Cuánto por las piedras rotas del cuenco?
—preguntó Zhen Wu desde el tejado.
—¿Qué?
—Las piedras espirituales fragmentadas.
Las del cuenco de la entrada.
Parecen de primera capa, calidad baja, pero sirven para meditación básica.
¿Cuánto?
El hombre frunció el ceño.
—Un cobre las tres.
—No tenemos cobre.
Pero si nos dejas en el tejado durante el torneo, cuando bajemos te informamos sobre qué técnicas usaron los finalistas en los combates que viste desde el suelo y no pudiste analizar bien porque el ángulo era malo.
Eso vale más que un cobre si vendes armas.
Un silencio.
—¿Sabéis de técnicas?
—Lo suficiente para ser útiles.
El hombre los miró durante cinco segundos.
Luego volvió a entrar a su tienda.
—No rompáis las tejas —dijo, sin volverse.
⸻ ⸻ ⸻ Los combates preliminares empezaron con el sonido de un gong de bronce que resonó en toda la plaza como una pregunta.
Zhen Wu vio el primer combate desde el tejado con la misma atención con que Wei Shan le había enseñado a escuchar el Vacío: sin buscar nada en particular, con la visión suave, dejando que todo entrara.
Dos discípulos de primera capa, elemento viento contra elemento tierra.
El de viento era más rápido pero menos eficiente en el uso de Qi —derrochaba energía en movimientos decorativos que no generaban daño real.
El de tierra era más lento pero cada golpe tenía dirección y propósito.
Ganó el de tierra en cuarenta segundos.
El segundo combate fue más largo y más revelador: dos segundas capas, elemento fuego contra elemento agua.
Aquí Zhen Wu vio algo que ningún libro de cultivo básico mencionaba porque nadie esperaba que un alumno de primer año lo necesitara saber: la diferencia entre una técnica aprendida y una técnica comprendida.
El de fuego sabía los movimientos de memoria —los ejecutaba con precisión mecánica.
El de agua los entendía, los adaptaba al terreno, los modificaba según lo que el oponente hacía.
Ganó el de agua.
En dos minutos.
Aprender el idioma —pensó Zhen Wu—.
No imponer la voluntad.
Lo que Wei Shan me dijo sobre el Vacío vale igual para el combate en general.
Luo Bai, a su lado, seguía los combates con una expresión de concentración que Zhen Wu no le había visto antes.
El chico tenía elemento rayo —uno de los más rápidos y menos predecibles.
Viendo pelear a los demás, estaba aprendiendo qué hacer y qué evitar antes de que nadie se lo enseñara directamente.
Aprende bien —pensó Zhen Wu, sin decirlo—.
Vas a necesitarlo.
Y en el cuarto combate del día, cuando apareció en el pabellón un discípulo con el uniforme azul del Clan Yue y una joven de cabello plateado en las gradas que observaba el combate con ojos color hielo, Zhen Wu sintió algo que no era el Vacío —era algo más pequeño, más humano, y completamente inexplicable.
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