El Heredero del Vacio - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 CAPÍTULO 13 — Ojos del Color del Hielo
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13: CAPÍTULO 13 — Ojos del Color del Hielo 13: CAPÍTULO 13 — Ojos del Color del Hielo La primera vez que Zhen Wu vio a Yue Lingxi no fue como se ven las cosas importantes en los libros de historia: no hubo relámpago, no hubo voz divina, no hubo señal en el cielo que indicara que ese momento tendría consecuencias que durarían décadas.
Simplemente alzó la vista del cuarto combate del pabellón —un enfrentamiento entre dos terceras capas con elementos sombra y metal, que era técnicamente interesante pero visualmente monótono— y la vio sentada en la sección reservada de las gradas, tres filas más arriba de donde estaba la delegación del Clan Yue, separada de los demás por un espacio que nadie parecía haber decidido dejar pero que existía de todas formas, como ocurre con las personas que tienen cierto tipo de presencia.
Tenía el cabello plateado recogido en un único peinado alto con una aguja de jade blanco.
Vestía azul claro —el azul del Clan Yue, pero de una calidad de tela que lo distinguía del uniforme estándar.
Miraba el combate con una expresión que Zhen Wu tardó un momento en clasificar porque no era ninguna de las que había visto en las gradas ese día: no era emoción, no era aburrimiento, no era la calculada atención del estratega.
Era algo más parecido a la distancia.
Como si estuviera mirando el combate desde un lugar interior muy lejano al lugar físico donde se encontraba su cuerpo.
¿Quién es?
El Vacío no respondió.
Nunca respondía preguntas de ese tipo —solo las que tenían que ver con Qi, con energía, con el flujo de las cosas medibles.
Esto no era medible.
Luo Bai se dio cuenta de que Zhen Wu había dejado de mirar los combates.
—¿Qué miras?
—A esa persona.
—No señaló.
Era innecesario—.
En las gradas de la sección del Clan Yue.
Luo Bai buscó durante un momento.
—¿La del cabello plateado?
—Sí.
—¿La conoces?
—No.
—Entonces, ¿por qué la miras?
Zhen Wu no tenía una respuesta que sonara razonable, así que no respondió.
Volvió la vista al pabellón.
Pero durante los siguientes cuatro combates, sin que lo decidiera conscientemente, su atención volvió a ella tres veces más.
⸻ ⸻ ⸻ Lo que Zhen Wu no podía saber —y que tardaría meses en enterarse— era que la joven del cabello plateado era Yue Lingxi, hija segunda del Patriarca del Clan Yue, y que había llegado a Lianshan no por el torneo sino por una obligación protocolar: los torneos juveniles de la prefectura requerían la presencia de representantes de los clanes de nivel medio como señal de apoyo a la formación de la nueva generación, y el Clan Yue había enviado a Yue Lingxi porque era la más presentable y porque, según su padre, «necesitaba ver el mundo más allá de los jardines del clan.» Yue Lingxi tenía diecisiete años, tres meses de haber sido informada formalmente de su compromiso con Huang Tianlong —el heredero del Clan Huang, veintidós años, Reino 6, la persona de quien más se hablaba en los círculos de poder como el futuro dominador de los Nueve Dominios— y exactamente cero interés en los combates que se desarrollaban en el pabellón.
No era que no entendiera el combate.
Lo entendía perfectamente —cultivadora de elemento Hielo-Luz, cuarta capa de la Apertura de Meridianos, con un Qi tan fino y preciso que los maestros de su clan la habían declarado potencial Semi-Inmortal antes de que cumpliera quince años.
El problema era que estos combates de nivel preliminar le parecían conversaciones en un idioma que ella conocía tan bien que seguirlos le resultaba predecible hasta el tedio.
Estaba pensando en sus jardines.
En el estanque con carpas rojas donde solía meditar.
En si los ciruelos habrían florecido ya o si el frío tardío los habría retrasado como el año anterior.
Y entonces sintió algo.
No era Qi.
No era una técnica ni una señal espiritual de los tipos que aprendía a identificar desde los ocho años.
Era más sutil: la sensación de que algo la observaba de una forma diferente a como la observaba el resto de la multitud.
La multitud la miraba —a los representantes de los clanes siempre los miran— con el reconocimiento social de ver a alguien que pertenece a un lugar más alto en la jerarquía.
Era una mirada que pesaba de una manera particular, como la presión del agua cuando uno baja demasiado.
Esta mirada no pesaba así.
No pesaba como jerarquía.
Pesaba como pregunta.
Yue Lingxi giró lentamente la cabeza hacia el tejado de la tienda de armas que daba al pabellón desde el norte.Había dos chicos allí.
El más pequeño miraba los combates con atención de alumno.
El otro —más alto, cabello negro revuelto, ropa de calidad claramente inferior a cualquier cosa que alguien con algún tipo de afiliación a una secta llevaría— la miraba a ella.
Durante exactamente tres segundos, sus ojos se encontraron.
Zhen Wu no apartó la vista primero.
Tampoco la sostuvo como un desafío —simplemente la mantuvo con la misma calma plana con que observaba todo, como si mirarla fuera un acto tan natural como mirar los combates del pabellón.
Yue Lingxi fue la primera en apartar la vista.
Lo hizo lentamente, sin brusquedad, volviendo los ojos al pabellón.
Pero durante el siguiente combate —dos cuartas capas con elementos fuego y rayo que en condiciones normales le habrían resultado razonablemente interesantes— descubrió que no podía dejar de ser consciente de que ese chico en el tejado seguía ahí.
¿Quién es?
Era la misma pregunta que él se había hecho.
Con la misma ausencia de respuesta inmediata.
La diferencia era que Yue Lingxi tenía diecisiete años y toda una vida de entrenamiento para ocultar perfectamente que se estaba haciendo una pregunta.
Volvió la vista al pabellón.
Compuso su expresión.
Nadie a su alrededor notó nada.
⸻ ⸻ ⸻ El sol de mediodía alcanzó su cénit y los combates se detuvieron para el receso obligatorio.
Zhen Wu bajó del tejado —primero él, luego ayudó a bajar a Luo Bai que era más corto y el salto era de metro y medio— y cumplió su parte del trato con el dueño de la tienda: describió con precisión las tres técnicas más relevantes que había visto en la mañana, indicando en cuál la ejecución había sido superior a la concepción y en cuál era al revés.
El hombre los escuchó con más atención de la que había esperado.
—¿Cómo aprendisteis eso?
—preguntó cuando terminaron—.
No lleváis uniforme de ninguna secta.
—Observando —dijo Zhen Wu.
—Durante mucho tiempo —añadió Luo Bai, lo cual era técnicamente inexacto —llevaban medio día en la ciudad— pero sonaba convincente.
El hombre les dio las tres piedras espirituales rotas del cuenco sin que se las pidieran.
—Para la tarde —dijo—.
Si me traéis el mismo análisis de los semifinales, os doy una piedra entera.
Zhen Wu la examinó.
Era de primera capa, calidad media-baja, con una fractura interna que reducía su capacidad de emisión en un tercio.
—Trato.
Comieron en la calle —un vendedor ambulante vendía buñuelos de soja por medio cobre, y habían encontrado dos monedas más en el suelo de la plaza durante la mañana, lo cual Luo Bai consideró una señal del cielo y Zhen Wu consideró simplemente afortunado.
Mientras comían, sentados en el borde de una fuente de piedra, Zhen Wu mantuvo los ojos en la plaza.
La delegación del Clan Yue había salido de las gradas para el receso.
Los representantes adultos conversaban con los de otras facciones.
Los jóvenes se dispersaban en grupos.
Yue Lingxi estaba sola, a diez metros, de espaldas a él, mirando el pabellón vacío con las manos recogidas delante del cuerpo.
El Vacío pulsó.
No de la forma en que pulsaba ante el Qi externo.
De otra forma.
Más tranquila.
No la mires tanto —se dijo—.
No tiene sentido.
Tenía razón.
No tenía sentido ninguno.
Siguió mirando de todas formas durante cinco segundos más antes de apartar los ojos deliberadamente hacia los buñuelos.
Algunas cosas no tienen sentido y ocurren de todas formas.
El Vacío, de entre todos los poderes del mundo, debería haberlo sabido mejor que nadie.
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