El invocado del rey demonio - Capítulo 14
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14: Capítulo14.
El juicio de la Alianza 14: Capítulo14.
El juicio de la Alianza —¿Acaso morí?
—pregunté, mi voz ronca rompiendo el silencio.
Me senté en la cama, examinando mi propio cuerpo.
No había dolor, ni sangre.
Las heridas que deberían haberme matado habían desaparecido, dejando solo piel nueva y suave.
—No, pero estuviste inconsciente durante tres días —respondió Kaine, poniéndose de pie y estirando los brazos.
El Héroe Humano caminó hacia Hikarion, que descansaba en el suelo, y le dio una patada ligera en la pata trasera para despertarlo.
—¿Mmm?
¿Ya despertó la bestia?
—Hikarion resopló, poniéndose de pie.
Su inmensa figura centaura se redujo mágicamente de tamaño hasta tener una estatura casi humana, aunque su presencia seguía llenando la habitación.
—Nos vemos después, chico.
Hay una reunión con la Reina en unas horas y tienes que estar presente.
No llegues tarde.
Ambos salieron de la habitación, dejándome solo con mis pensamientos.
Pero la soledad duró poco.
Segundos después, la puerta de madera volvió a abrirse y Seraphina entró.
Llevaba una túnica de seda brillante que cubría parte de su rostro y cuerpo, ocultando las quemaduras que mi clon le había causado.
—Escuché que estabas despierto —dijo con voz melodiosa, sentándose en el taburete que Kaine había dejado libre.
Se inclinó hacia delante, invadiendo mi espacio personal.
Sus ojos, antes llenos de desprecio, ahora me analizaban con una curiosidad peligrosa.
—Sabes…eres el primero que logra dejarme con heridas graves —susurró, bajando la voz—.
Entre los Héroes tenemos la regla de no pelear entre nosotros, pero tú… Su rostro se iluminó, dejando ver una sonrisa que no pude descifrar si era de respeto o de amenaza.
—Tú no solo te enfrentas a tres Héroes a la vez, sino que nos dejas heridos y sobrevives.
—Se levantó y se acercó al borde de mi cama, deslizando su mano por mi mejilla con una suavidad eléctrica—.
Diré que tuviste suerte.
Yo estaba protegiendo a Lioren, así que no estaba del todo concentrada.
Aparte, el objetivo de la Reina no era eliminarte, sino neutralizarte.
Retiró la mano lentamente.
—Disculpe,Heroína Seraphina —interrumpió una voz temblorosa desde la entrada.
Lioren estaba allí, con la cabeza baja.
Detrás de él, una figura encapuchada se asomaba con impaciencia.
—Estoy con Elarael.
Ella… ella necesita ver a Zyro.
Seraphina se enderezó y caminó hacia la salida con elegancia, pasando junto a ellos sin mirarlos.
—Los dejo solos.
Lioren, ven conmigo.
Tienen mucho de qué hablar en privado.
Seraphina salió y Lioren la siguió en silencio, lanzándome una última mirada de disculpa antes de cerrar la puerta.
El sonido del cerrojo al deslizarse fue lo único que se escuchó antes de que la tormenta emocional se desatara.
—¡Zyro!
Elarael corrió hacia la cama y se abalanzó sobre mí.
El impacto fue suave, desesperado.
Me abrazó con tal fuerza que sentí sus uñas clavarse en mi espalda a través de la camisa.
Escondió su rostro en mi pecho y, por primera vez desde que la conocí, rompió a llorar sin contenerse.
—¡Por fin has despertado!
Temí lo peor… no estaba tranquila, no me dejaron quedarme contigo… pensé que la Reina te ejecutaría mientras dormías… Acaricié su cabello plateado, sintiendo sus temblores contra mi cuerpo.
El olor a vainilla y bosque que ella desprendía calmó la última tensión que quedaba en mis músculos.
—No recuerdo mucho de lo que pasó después de que Hikarion te golpeó —susurré, besando la coronilla de su cabeza—.
Solo recuerdo ira… y luego a la Reina Lumindara mirándome fijamente.
Pero me alegro de que estés a salvo, Xylena.
Elarael levantó la cabeza de golpe.
Sus ojos amarillos, aún húmedos por las lágrimas, me miraron con una intensidad feroz.
—Eres un tonto.
Te dije que no me llames así.
Para ti y para el resto, soy Elarael.
Yo elijo quién soy.
Sonreí,aliviado de ver ese fuego en su mirada.
—Lo sé.
Lo recuerdo perfectamente.
Solo quería asegurarme de que eras tú y no otra ilusión.
Llevé mi mano a su mejilla, limpiando una lágrima con mi pulgar.
Me acerqué lentamente, eliminando la distancia hasta quedar a centímetros de sus labios.
Podía sentir su respiración agitada mezclarse con la mía.
—No quería perderte, Elarael.
Cuando te vi caer… el mundo dejó de importar.
Quemaría este bosque entero mil veces si eso significara que tú sigues respirando.
Sus pupilas se dilataron.
La declaración no fue solo romántica; fue una promesa sellada con la sangre que habíamos derramado.
—Entonces demuéstrame que estamos vivos —susurró ella contra mi boca.
Nuestros labios se encontraron.
No fue el beso suave y tentativo de la tienda de campaña.
Fue un choque de necesidad pura.
La besé con hambre, con la desesperación del que ha vuelto de la muerte, y ella respondió con la misma fiereza, abriendo su boca para dejarme entrar, sus manos enredándose en mi cabello y tirando de mí para profundizar el contacto.
El aire de la habitación se volvió pesado y caliente.
La subí a mi regazo sin romper el beso, y ella rodeó mi cintura con sus piernas, pegando su centro al mío.
Un gemido bajo escapó de su garganta, una vibración que sentí directa en mi bajo vientre, encendiendo una llama que la magia curativa de la Reina no podía apagar.
—Zyro… —jadeó, separándose apenas para tomar aire, sus ojos amarillos brillando con lujuria y adoración.
Mis manos bajaron por su espalda, trazando la curva de su columna hasta llegar a sus caderas, apretándolas con posesividad.
—Estás a salvo.
Estamos solos —murmuré, mi voz grave por el deseo.
Con movimientos torpes por la urgencia, sus manos buscaron los botones de mi camisa, deshaciéndolos uno a uno hasta apartar la tela.
Sus dedos fríos tocaron mi piel caliente, recorriendo las cicatrices antiguas y la piel nueva, bajando por mi pecho hasta mi abdomen.
Cada toque era una reivindicación.
Yo no fui tan paciente.
Deslicé mis manos bajo su blusa, sintiendo la suavidad de su piel de elfa, tan diferente a mi textura curtida.
Ella arqueó la espalda, ofreciéndose a mi tacto, y con un movimiento fluido le quité la prenda por la cabeza.
La luz ámbar de la habitación bañó su torso desnudo.
Era perfecta.
Pálida como la luna, con curvas suaves que contrastaban con la dureza de la vida que llevábamos.
Pero lo que más me atrapó no fue su belleza, sino la forma en que me miraba: sin miedo a mis cicatrices, sin asco por mi sangre de monstruo.
Me incliné y besé la base de su cuello, bajando lentamente.
Ella echó la cabeza hacia atrás, sus uñas clavándose en mis hombros.
—Tócame…hazme olvidar el dolor —suplicó.
La acosté sobre las sábanas de seda, cubriendo su cuerpo con el mío.
El peso de mi cuerpo sobre el suyo pareció anclarla a la realidad.
Mis besos bajaron desde su cuello hasta sus pechos, probando su piel, marcándola suavemente, recordándole que pertenecía al mundo de los vivos y a nadie más.
—Eres mía,Elarael.
Ni de los demonios, ni de los héroes.
Mía.
—Tuya… soy tuya, Zyro —gimió ella.
Me deshice del resto de mi ropa y de la suya, dejando que la piel desnuda chocara sin barreras.
El contacto fue eléctrico.
Sentí su calor envolverme, su suavidad contra mi dureza.
Cuando finalmente me uní a ella, el mundo exterior desapareció.
No había Reina Hada, ni Rey Demonio, ni Sistema.
Solo existía el ritmo de nuestros cuerpos moviéndose al unísono, el sonido de nuestra respiración entrecortada y el calor de la fricción.
Cada embestida era una confirmación de vida.
Nos movíamos con una mezcla de ternura y furia primitiva, buscando borrar el trauma de la batalla con placer.
Ella me envolvía con sus piernas y brazos, aferrándose a mí como si fuera su única ancla en un mar tormentoso, susurrando mi nombre como una plegaria.
Llegamos al límite juntos, un estallido de luz blanca que no tuvo nada que ver con la magia, dejándonos sin aliento, temblando, con las frentes unidas y los corazones latiendo desbocados contra el pecho del otro.
Me dejé caer a su lado, abrazándola contra mí, cubriéndonos con la sábana.
El silencio regresó, pero ya no era solitario.
Era un silencio compartido, íntimo y sagrado.
Elarael apoyó la cabeza en mi hombro, trazando círculos distraídos en mi pecho con su dedo.
—Ahora…—susurró, con la voz adormilada y satisfecha—… creo que estamos listos para enfrentar a cualquier Reina.
La besé en la frente, cerrando los ojos por un momento.
—Qué vengan.
Ya no tengo nada que temer.
Poco a poco, el cansancio nos venció y nos quedamos dormidos, hasta que un golpe en la puerta nos despertó.
—Traigo ropa limpia y un mensaje para Zyro —dijo la voz de Lioren.
—Adelante —respondí.
Elarael se cubrió rápidamente.
Lioren dejó las cosas sobre la mesa, evitando mirarnos.
—La Reina los espera en el gran comedor.
Seraphina los guiará.
Ya les traigo lo que necesitan para asearse.
Poco después, volvió con dos enanos que trajeron grandes latones de madera con agua caliente.
Tomamos nuestro tiempo para bañarnos y prepararnos.
Al salir, Seraphina nos esperaba apoyada contra la pared.
—Si que se tomaron su tiempo —dijo con frialdad—.
No me importa lo que hacían, pero no vuelvan a hacer esperar a la Reina.
Bajamos del gran árbol y un carro nos llevó hasta el castillo de Lumindara.
En la entrada nos esperaban Hikarion y Kaine.
Entramos al gran comedor, un espacio donde la naturaleza y la arquitectura se fundían.
En el centro, una mesa de raíces rodeada de sillas esperaba nuestra llegada.
La Reina, en su trono, nos indicó que tomáramos asiento.
—Sean bienvenidos nuevamente a mi reino Héroes.
Tomen asiento, tenemos mucho de qué hablar.
La reunión comenzó con una tensión palpable.
Kaine fue el primero en romper el silencio, golpeando la mesa.
—¿Héroes?
Reina Lumindara, este sujeto no es un Héroe.
Es una anomalía, un parásito que roba lo que no le pertenece.
—Kaine tiene razón —añadió Hikarion—.
De alguna forma profanó el linaje de los ancestros centauros de este mundo.
Robó una esencia que ha pertenecido a los jefes de este bosque por generaciones.
La Reina permaneció impasible.
—El sistema no comete errores.
Si marcó a Zyro como Amenaza Nivel Héroe, es por su potencial.
Y aunque teníamos sospechas de que el Rey Demonio tramaba algo antes de ser sellado nunca creí que fuera capaz de invocar su propio Héroe corrompido, no vi maldad pura en ti, Zyro.
Solo desconfianza y un deseo feroz de proteger a los tuyos.
—¿Y cómo llegaron tan rápido a un santuario oculto?
—interrumpió Hikarion.
Seraphina sonrió con suficiencia.
—Porque los seguía de cerca.
Lioren era vuestro custodio.
Los vigilé en la ciudad, con los elfos oscuros, con el troll…
incluso mientras dormían.
En el santuario los perdí, pero Lioren activó su artefacto de SOS y localizador en cuanto fue atacado.
—Y yo —añadió Kaine— vi a Seraphina sobrevolar el bosque tras resolver el problema en Aethelgard y la seguí.
La Reina Lumindara retomó el control de la conversación.
Tras aclarar cómo Seraphina y Kaine nos habían rastreado y establecer que nuestra misión sería cazar al Culto de la Serpiente, la Reina Lumindara se puso de pie, haciendo que su aura llenara la estancia.
—Para que esta unión sea efectiva —declaró la Reina—, deben conocerse no como enemigos, sino como aliados formales bajo el estatus de salvadores.
Hizo un gesto hacia el caballero de armadura plateada.
—Él es el Legendario Héroe Kaine Thorne, conocido en los siete reinos humanos como el “León de los Reinos”.
Su espada ha sellado mil brechas y su escudo jamás ha retrocedido.
Kaine hinchó el pecho con una arrogancia que casi se podía tocar.
Hikarion, que estaba sentado a mi lado, se inclinó levemente hacia atrás, cubriéndose la boca con la mano y susurrándome al oído: —Psst…Zyro.
Sus enemigos, y hasta algunos aliados que no lo soportan, lo llaman el “León Arrogante”.
Ten cuidado con su ego, es más grande que su espada.
Casi suelto una carcajada, pero me contuve al ver la mirada gélida de Kaine.
La Reina continuó la presentación hacia la mujer alada.
—Ella es Seraphina Sunpetal, el “Ángel Luminoso” de las Tierras Altas.
Su magia de luz es la pureza encarnada y su vigilancia es absoluta.
Seraphina hizo una leve reverencia, sus alas brillando con un fulgor casi cegador.
—Y finalmente —concluyó la Reina señalando al centauro—, Hikarion del Trigal Dorado, el Guardián de las Estepas y voz de la naturaleza misma.
—Un placer, ahora de forma oficial —dijo Hikarion con una sonrisa honesta.
El Exilio en la Isla de Oakhaven —Pero ellos no son los únicos —añadió Kaine, recuperando el control de la conversación—.
Hay otros tres Héroes Invocados esparcidos por el continente resolviendo crisis menores.
Pronto los conocerás, parásito.
Nos reuniremos todos en la Isla de Oakhaven.
—¿Oakhaven?
No se llamaba Sanctuary —pregunté.
—Es una isla privada que el Rey de Aethelgard me regaló como base de operaciones y ese nombre no me gustó —explicó Kaine con suficiencia—.
Allí entrenamos y descansamos.
La Reina ha decidido que, para que no causes problemas en tierras civiles, tu “entrenamiento” y vigilancia se llevarán a cabo allí.
Es una fortaleza natural.
Si intentas escapar, el océano te tragará antes de que veas tierra firme.
—Iremos a esa isla —intervine, mirando a Elarael—, pero solo para cazar al Culto.
No pienses que me convertiré en tu alumno, Thorne.
Cuentas Pendientes con Lioren Al finalizar la reunión, todos abandonaron el comedor excepto Lioren, que se quedó recogiendo unas copas en la mesa.
Le hice una señal a Elarael para que me esperara afuera un momento.
Me acerqué al hada, quien se encogió al sentir mi presencia.
—Lioren-dije con voz fría.
—Zyro… yo…lo siento —murmuró sin levantar la vista—.
Tenía órdenes.
La Reina me dijo que debía asegurar que la hija del Rey Demonio no fuera una trampa.
—Siempre fuiste un espía —le dije, acortando la distancia—.
Nos vigilaste cada segundo, incluso cuando dormíamos.
Si Elarael está viva hoy, es porque yo casi me convierto en un monstruo para protegerla y ella se preocupo cuando te lastimaron.
—¡Llamé a la Reina para detener a Hikarion!
—exclamó él, finalmente mirándome con ojos llorosos—.
Si no hubiera activado el SOS, Hikarion eliminaba a Elarael, tu acababas con el santuario y con tu ira descontrolada te llevarías todo a tu paso.
Sabía que la Reina era la única que podía mediar.
Sí, soy un espía, pero también soy el que evitó una catástrofe.
Lo miré fijamente durante un largo segundo.
Había verdad en su desesperación, pero la confianza estaba rota.
—Esta es la última vez que nos salvas traicionándonos, Lioren.
En la isla, si descubro que sigues informando sobre nuestros momentos privados o lo que hablo con Elarael… no habrá Reina que te proteja de mi sistema.
Lioren asintió con un temblor evidente y salió volando rápidamente de la sala.
Un Último Momento de Paz Salí al balcón del gran árbol donde Elarael me esperaba mirando el horizonte del Bosque de las Hadas.
El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de un color violeta y carmesí.
Me acerqué y la rodeé con mis brazos por la espalda, apoyando mi mentón en su hombro.
—Una isla llena de Héroes que nos odian —susurró ella, relajándose contra mi pecho—.
¿Crees que alguna vez tendremos un respiro, Zyro?
—Lo tendremos —prometí, oliendo su cabello—.
Pero primero tenemos que sobrevivir a Kaine y encontrar a esos líderes del Culto.
Mientras estemos juntos, que nos manden a la isla que quieran.
—Zyro… —ella se giró en mis brazos, mirándome con una mezcla de miedo y resolución—.
Si en esa isla intentan separarnos o si ven que mi sangre demoníaca se vuelve inestable… prométeme que no me dejarás allí sola.
—Te lo prometo —respondí con firmeza—.
No eres una herramienta para ellos, y no eres un sacrificio para tu padre.
Eres Elarael.
Y yo soy tu escudo.
Nos quedamos allí, viendo cómo las luces de las hadas comenzaban a brillar en la oscuridad del bosque, sabiendo que al amanecer, comenzaría nuestro viaje hacia el exilio en la isla de los Héroes.
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