El invocado del rey demonio - Capítulo 15
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15: Capítulo 15.
Caminos Separados 15: Capítulo 15.
Caminos Separados La noche pasó en una calma engañosa.
Elarael se quedó recostada en mi pecho durante horas, aferrándose a mí como si tuviera miedo de que, al cerrar los ojos, yo desapareciera o el mundo nos separara de nuevo.
En cambio, yo no pude pegar el ojo.
El peso de la decisión de ir a la isla me oprimía más que las sábanas de seda.
¿Era realmente lo correcto encerrarnos en una jaula de oro vigilada por tipos que nos odiaban?
El amanecer comenzó a iluminar la carpa, filtrando rayos de luz entre las hojas del gran árbol.
Fuera, el campamento ya bullía con el sonido de las hadas y los guardias preparándose para el día.
—Buenos días…
ya amaneció —susurré, acariciando su cabello plateado con suavidad.
Elarael se estiró perezosamente, soltando un suspiro suave antes de volver a acurrucarse contra mi costado.
—Cinco minutos más…
estoy muy cómoda —murmuró con la voz adormilada.
—Tengo que ir a hablar con la Reina —dije, mi tono volviéndose más serio—.
Ya tomé una decisión.
No iremos a Sanctuary.
Ella se incorporó de golpe, sentándose sobre mi regazo y mirándome fijamente a los ojos, con el cabello algo revuelto pero la mirada despierta.
—Creo que es la mejor opción por ahora, Zyro.
Y recuerda…
es Oakhaven, no Sanctuary.
Kaine se encargó de dejarlo claro.
Coloqué mi mano en su cintura y la atraje hacia mí por un instante, sintiendo su calor.
—Como sea que se llame…
pero será mejor que vaya pronto, antes de que los barcos o lo que sea que usen esté listo.
Con un rápido movimiento, cambié de posición con ella; ahora yo estaba arriba, mirándola con una mezcla de afecto y determinación.
—No me malinterpretes, me encanta tu compañía, pero será mejor afrontar esto solo antes de que los Héroes se despierten.
Me levanté de la cama, dejándola entre las sábanas mientras buscaba mi ropa y me preparaba para la salida.
—¿Y qué se supone que voy a hacer yo mientras no estás?
—preguntó ella, observándome desde la cama.
—No será mucho rato.
Tal vez regrese al mediodía.
Puedes aprovechar para desayunar algo que no sea raciones de viaje.
Le dediqué una última sonrisa y salí de la carpa.
El sol apenas asomaba en el horizonte, tiñendo el bosque de un naranja suave.
«¿Debería esperar a Seraphina para ir con la Reina?
Naa…
seguro tardará siglos en arreglarse», pensé mientras caminaba rumbo a las torres centrales que ya conocía bien.
—¡Ey, Zyro!
¿Qué tal, campeón?
Elandor apareció de la nada, caminando a mi ritmo y colocando una mano pesada en mi espalda con una familiaridad que no le había dado.
—Dicen por ahí que te enfrentaste a Seraphina y a otros dos Héroes al mismo tiempo…
¿Es verdad?
—preguntó con los ojos brillando por el chisme.
Me moví ligeramente, incómodo por su cercanía y su tono.
—No sé quién anda diciendo eso, pero deberías esperar a que la Reina o la Campeona hablen.
Es información confidencial —respondí cortante.
Aparté su mano de mi espalda al llegar a la entrada de la torre principal.
—Si no te molesta, tengo asuntos importantes que resolver con su majestad.
Elandor sonrió, pero en cuanto crucé el umbral y dejé de verlo, su expresión cambió.
Se dio la vuelta y le hizo una seña a un guardia cercano.
—¡Ey, tú!
Ve a buscar a Seraphina.
Dile que Zyro entró solo a ver a la Reina muy temprano.
Muévete.
Caminé por los pasillos que ya me resultaban familiares hasta llegar a la antecámara de Lumindara.
Sin esperar a ser anunciado, empujé las puertas.
—Permiso, Reina Lumindara.
Disculpe que la moleste tan temprano, pero tengo que hablar con usted.
Es importa…
Me detuve en seco.
El velo de la gran cama de la Reina estaba levantado.
De entre las sábanas, Seraphina se levantó de un salto, completamente desnuda antes de cubrirse apresuradamente con una manta de seda, con el rostro encendido de furia y sorpresa.
—¿Qué haces aquí, Zyro?
—exclamó Seraphina con un tono que prometía matarme allí mismo.
—No hay problema, Seraphina —la voz dulce y tranquila de Lumindara surgió desde el interior del lecho—.
Ve abajo, te alcanzo después de que hable con nuestro invitado.
Seraphina pasó por mi lado como un torbellino de odio.
No dijo nada, pero la mirada que me lanzó fue más afilada que cualquiera de sus flechas de luz.
Cuando la puerta se cerró tras ella, el silencio regresó a la habitación.
—¿A qué se debe el placer de verlo tan temprano?
—preguntó Lumindara mientras el velo de la cama bajaba, ocultándola parcialmente—.
No se quede en la puerta, puede acercarse más.
Mantuve una distancia prudencial, aunque caminé unos pasos hacia el centro de la estancia.
—No iré a la isla, Reina —solté sin rodeos—.
Sé que ayer dije que aceptaba, pero cambié de opinión.
No estoy listo para volver a estar encerrado, aunque la jaula sea una isla paradisíaca.
Si acepto ir allí, solo seré un prisionero con un título bonito.
La Reina guardó silencio un momento.
Pude ver su silueta moverse tras el velo.
—Entiendo…
—murmuró ella—.
En ese caso, tengo más preguntas para ti.
Si me ayudas con las respuestas honestas, tomaré una decisión final sobre tu destino.
¿Te parece justo?
—Claro, Lumindara —respondí, manteniendo la mirada—.
Responderé con total transparencia, sin ocultar nada.
Pero espero lo mismo si me surge alguna pregunta.
Me acerqué a la cama, sintiendo la fragancia a flores frescas que emanaba de las sábanas.
—¿Le molesta si me siento?
Sin esperar respuesta, me senté en el borde del colchón.
A través del fino velo, pude notar la silueta de la Reina curvándose en una sonrisa divertida por mi falta de protocolo.
—Me gusta tu confianza, Zyro.
Iré al grano: ya sabemos que eres un Invocado, pero necesito saber…
¿por qué tú?
—Su voz se volvió analítica—.
Cada reino tiene sus métodos y preferencias.
Cuando traje a Seraphina, buscaba un ser de luz pura; alguien que, a pesar de haber tenido una vida miserable, no se corrompió.
Ella se mantuvo firme hasta el final.
Por eso es mi Campeona.
Suspiré, mirando mis manos.
La respuesta era más oscura, pero real.
—Es más fácil de explicar de lo que parece.
Usted buscaba luz pura; el Rey Demonio buscaba una oscuridad sin igual.
Pero se equivocó en algo —hice una pausa, midiendo mis palabras—.
No soy cruel ni malo por placer, y por eso no ayudé a Tharvathorax.
En mi mundo, la justicia era floja.
Los criminales y asesinos no pagaban por lo que hacían; los encerraban en celdas que parecían vacaciones.
Así que yo tomé la justicia por mis propias manos.
Tomé aire, sintiendo el peso de aquellos recuerdos.
—Tenía odio, sí.
Tenía maldad y sed de sangre, pero nunca maté a un inocente.
Me encargué de la escoria que caminaba libre sin castigo.
Para mi desgracia, ese rastro de muertes fue suficiente para que el Rey Demonio me eligiera como su campeón.
Vio un asesino, pero no entendió que yo solo mataba monstruos.
La Reina se acercó al velo, casi rozándolo con su mano.
—Puedo creerlo.
No te conozco mucho, pero no veo maldad en ti.
Lo demostraste contra los Héroes; pudiste haberlos matado cuando bajaron la guardia, pero no lo hiciste.
También aceptaste la traición de Lioren con una templanza que pocos tendrían.
Por eso confío en ti, Zyro.
Y por eso te daré la oportunidad de elegir: tienes mi permiso para no ir a la isla si así lo deseas.
Me sorprendió su facilidad para ceder, pero aún había cabos sueltos.
—¿Ya no hay más preguntas?
—consulté con curiosidad.
—Un par más, pero son rápidas —dijo ella, mientras jugueteaba distraídamente con sus alas tras el velo—.
¿Por qué Elarael es tan importante para ti?
Y otra cosa…
el medallón que recuperaste del Troll parece ser un artefacto vinculado a uno de los hijos de Tharvathorax.
—Elarael es mitad demonio y mitad humana —respondí con firmeza—.
En el castillo de su padre no era más que una prisionera, una herramienta que no servía para la batalla.
Solo quería libertad, igual que yo.
En cuanto al medallón…
si es de uno de sus hijos, ¿significa que no están muertos?
Lumindara se recostó en la cama, su tono volviéndose más sombrío.
—Están encerrados en una prisión de luz a gran escala.
Si pudiéramos matarlos tan fácilmente, no necesitaríamos a los Invocados.
Por eso aún hay demonios sueltos y seres corrompidos; el sello solo contiene el núcleo, pero la infección sigue fuera.
Me puse de pie, sintiendo que ya había obtenido lo que buscaba.
—Supongo que eso es todo entonces.
Solo una duda…
—me detuve a mitad de camino hacia la salida, con una chispa de malicia en los ojos—…
¿Qué hacía Seraphina aquí cuando llegué?
La noté bastante…
molesta.
—La mandé a llamar anoche —respondió Lumindara con una calma absoluta—.
Me agrada su compañía, y a ella le agrada la mía.
Es la ventaja de ser la Reina: puedo elegir quién me ayuda a conciliar el sueño.
Sonreí en silencio.
La “Luz Pura” de la Campeona y la “Sabiduría” de la Reina tenían capas que los Héroes como Kaine jamás entenderían.
Salí de la alcoba real sin mirar atrás.
No tomé el camino principal; mis pies me guiaron hacia las escaleras de caracol, como si supieran exactamente dónde encontrarla.
A cada peldaño, el aire se volvía más frío, más denso, saturado de magia viva.
El estanque apareció ante mí como un ojo abierto en la piedra.
El agua brillaba con una luz azul suave, hipnótica.
Y en su centro estaba Seraphina.
Sumergida hasta la cintura, de espaldas a mí.
Sus alas blancas flotaban abiertas sobre la superficie, pesadas por el agua, vulnerables de una forma que jamás le permitiría a nadie ver en combate.
Su respiración era lenta, controlada… pero no relajada.
Mis pasos resonaron una sola vez.
Su cuerpo reaccionó al instante.
—Si dices una sola palabra sobre lo que viste arriba… —dijo sin girarse— te prometo que la Reina no llegará a tiempo para salvarte.
Me detuve al borde del estanque.
No retrocedí.
Tampoco avancé.
—Tranquila —respondí—.
No vine por eso.
Ella giró la cabeza apenas, lo suficiente para verme de reojo.
El reflejo azul danzaba sobre su piel.
Sus alas se tensaron.
—Entonces vete.
—No puedo —dije con calma—.
Quería despedirme antes Giró lentamente, quedando sumergida hasta los hombros.
El agua resbaló por su piel con una lentitud casi provocadora, aunque su mirada era puro filo.
Sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo, evaluándome como una amenaza… o algo peor.
—No somos iguales, Parásito —escupió—.
Tú corrompes este mundo.
Yo lo protejo.
Sonreí apenas.
—Curioso —respondí—.
Desde aquí abajo, parecés más humana que divina.
La magia en el aire se tensó.
La temperatura subió lo justo para que mi piel lo notara.
—Cuida tus palabras —dijo, avanzando un paso dentro del agua—.
Hay límites que ni tú deberías cruzar.
—Ya crucé peores —contesté—.
Solo vine a decirte que no tendrás que vigilarme más.
No voy a Oakhaven.
La Reina me dejó ir.
Por primera vez, su expresión se quebró.
No fue miedo.
Fue algo más incómodo.
—¿Libre?
—susurró—.
Kaine no lo aceptará.
Ninguno de ellos lo hará.
Un monstruo sin cadena siempre termina causando una tragedia.
—Entonces no mires —dije, dándome la vuelta—.
Porque no pienso pedir permiso para existir.
—Zyro —me llamó, y esta vez su voz no era furia, sino advertencia—.
Si te vas ahora, la Alianza te marcará.
Serás un renegado.
No habrá redención.
Me detuve un segundo.
Sentí su mirada clavada en mi espalda, pesada, contradictoria.
—Nunca quise redención, “Ángel” —respondí sin mirarla—.
Solo libertad.
Subí las escaleras sin volver la vista atrás.
Detrás de mí, el agua volvió a quedarse quieta… pero la tensión quedó flotando en el aire, intacta.
Regresé a la carpa casi al mediodía.
Elarael ya tenía nuestras cosas listas, aunque su rostro mostraba una mezcla de nerviosismo y emoción.
—¿Y bien?
—preguntó ella, colgándose la mochila al hombro.
—Somos libres —dije, tomando mi espada—.
No habrá isla.
No habrá más espías.
Nos vamos del Bosque de las Hadas hoy mismo.
—¿A dónde iremos?
—preguntó, caminando a mi lado mientras salíamos del campamento.
—A cazar —respondí, sintiendo el medallón del hijo del demonio vibrar en mi bolsillo—.
El Culto de la Serpiente no dejará de buscarnos.
En lugar de esperar a que vengan por nosotros, iremos al corazón de su territorio.
Mientras cruzábamos el portal del bosque, vi a Lioren a lo lejos, observándonos desde la rama de un árbol.
No se acercó, pero hizo una leve inclinación con la cabeza.
No sé si era respeto o alivio por vernos partir.
Pero justo cuando pusimos un pie fuera de las tierras protegidas, el Sistema emitió un sonido que no había escuchado antes.
[ALERTA DEL SISTEMA: Vínculo de “Parásito” detectado] [Nueva Misión: El Despertar de la Prole] [Objetivo: Localizar al primer hijo de Tharvathorax antes de que el sello se debilite por completo] Miré a Elarael.
Ella también parecía sentir algo en el aire; la presión mágica estaba cambiando.
—Zyro…
¿sientes eso?
—susurró ella, señalando hacia las montañas del norte.
—Sí —respondí, apretando el paso—.
Parece que el mundo no nos va a dejar descansar ni un solo día.
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