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El invocado del rey demonio - Capítulo 16

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16: Capítulo 16.

Sangre y Miedo 16: Capítulo 16.

Sangre y Miedo El aire fuera del Bosque de las Hadas se sentía como la primera vez que pisé este mundo.

Más pesado, más real, solo que esta vez sin la vigilancia constante de Lioren.

Mientras avanzábamos hacia las faldas de las montañas del norte, el silencio entre Elarael y yo solo era roto por el crujir de las ramas secas bajo nuestras botas y el viento frío que bajaba de las cumbres.

—Te ves pensativo —dijo Elarael, rompiendo el silencio tras un par de horas de caminata.

Se acomodó la mochila y me miró de reojo—.

¿Sigue siendo por lo que hablaste con Lumindara?

Asentí lentamente.

Mi mente seguía atrapada en una de las últimas preguntas que la Reina me había lanzado antes de dejarme marchar.

No había sido una pregunta de cortesía, sino una cargada de un temor ancestral.

—Empezó a rodear el tema de mi esencia —susurré, pateando una piedra del camino—.

No me lo preguntó directamente… pero lo entendió.

Se dio cuenta de que Hikarion no exageraba.

Ella podía sentirlo…

el rastro del centauro, del elfo, del hada…

todas esas vidas que Tharvathorax me obligó a beber aquel primer día.

Me detuve un momento, recordando la sensación del líquido denso y metálico quemando mi garganta en el salón del trono del Rey Demonio.

El recuerdo de los prisioneros gritando mientras sus esencias eran embotelladas por Morgast seguía siendo una cicatriz en mi memoria.

—Lumindara me llamó “quimera viviente” —continué, retomando el paso—.

Dijo que no soy un irregular, sino un depredador de esencias.

Creo que por eso me dejó ir.

No fue solo amabilidad, Elarael.

Fue miedo.

Miedo de que, si me quedaba cerca de sus seres, mi sistema decidiera que sus luces eran el siguiente plato en el menú.

Elarael guardó silencio, procesando mis palabras.

Ella había estado allí ese día; ella me había dado la botella por orden de su padre.

—Ella tiene razón en algo —dijo ella con voz suave, acercándose para tomar mi brazo—.

Eres peligroso, Zyro.

Pero también eres el único que lleva el peso de todas esas razas dentro de sí.

Quizás por eso eres el único que puede detener lo que viene.

Saqué el medallón de mi bolsillo.

Ahora que estábamos lejos de la magia protectora del bosque, el artefacto no solo vibraba; emitía un pulso rítmico, como un corazón que vuelve a latir.

—Guardémoslo por ahora —dije, volviendo a meter el objeto en el inventario—.

Se está haciendo tarde.

No quiero que nos pille la noche en medio del camino abierto Decidimos acampar en un pequeño claro protegido por unas rocas altas, alejado del sendero principal para evitar miradas indiscretas.

No encendimos fuego; las raciones secas tendrían que bastar.

La oscuridad cayó rápido sobre las llanuras, y el cielo se tiñó de un púrpura profundo, iluminado apenas por el resplandor pálido de las dos lunas que gobernaban la noche en este mundo.

Me recosté contra la piedra fría, con la espada cruzada sobre mi regazo, mientras Elarael intentaba dormir un poco envuelta en su capa.

Pero la paz no duró.

Crack.

El sonido de una rama rompiéndose resonó con fuerza en el silencio nocturno.

No fue el viento.

Fue el paso torpe y desesperado de alguien corriendo a ciegas.

Me puse de pie en silencio, y Elarael abrió los ojos al instante, sus pupilas dilatándose para captar la poca luz disponible.

—Alguien viene —susurró ella, tensando el cuerpo.

—Y traen luz —añadí, viendo el resplandor anaranjado de fuego acercándose entre los árboles.

De entre los arbustos, una figura pequeña salió disparada hacia nuestro claro, tropezando con una raíz.

Cayó de bruces en la tierra, levantando una pequeña nube de polvo iluminada por la luz de las lunas.

Era una chica.

Llevaba ropas hechas jirones que apenas cubrían su cuerpo magullado.

Al levantar la cabeza, sus ojos reflejaron el pánico puro.

Tenía unas orejas de animal —felinas, diría yo— que sobresalían de su cabello revuelto y sucio, y una cola esponjosa que se erizó de terror al vernos.

—¡Por favor!

—jadeó, con la voz rota—.

¡Ayuda!

¡No dejen que me lleven!

Antes de que pudiera responder, tres hombres irrumpieron en el claro.

Las antorchas que llevaban en las manos crepitaban, lanzando sombras largas y deformes sobre los árboles.

El fuego iluminó sus armaduras de cuero desgastadas y sus sonrisas llenas de dientes podridos.

—Vaya, vaya, mira dónde se metió la gata —dijo el más grande, un tipo con una cicatriz que le cruzaba la nariz.

Clavó la antorcha en el suelo y desenfundó un machete oxidado —.

Pensé que tendríamos que correr más para atraparte, mascota.

El segundo hombre se rio, escupiendo al suelo mientras señalaba a mi compañera.

—¡Jefe, mire eso!

¡Premio doble!

Parece que la gata nos trajo hasta una elfa.

Si vendemos a esa de pelo plateado en la capital, nos retiramos de por vida.

Elarael se puso de pie, su mano brillando con una tenue magia oscura, lista para atacar.

La chica bestia se arrastró hacia atrás, temblando, hasta chocar contra mis botas, usándome como escudo humano.

Miré a los bandidos.

La luz del fuego se reflejaba en sus ojos codiciosos.

No vi personas.

Vi la misma escoria que solía limpiar en mi mundo, solo que estos llevaban espadas en lugar de armas y antorchas en lugar de linternas.

El Sistema permaneció en silencio; no necesitaba una notificación para saber que estos tipos no merecían seguir respirando.

Di un paso al frente, interponiéndome entre las antorchas y las chicas.

—yo me encargo— susurré —Tienen tres segundos para largarse —dije, mi voz sonando extrañamente tranquila, casi aburrida—.

O van a descubrir por qué los monstruos también tienen miedo a la oscuridad.

El líder soltó una carcajada y levantó su machete.

—¿Tú y qué ejército, chico bonito?

Esa semi-humana es nuestra propiedad.

Tiene la marca de nuestro gremio quemada en la espalda.

Así que apártate o te abrimos en canal y nos quedamos con las dos.

Suspiré, bajando la mano hacia la empuñadura de mi espada.

Uno.

No esperé al dos.

Sentí el tirón familiar en mi espalda, esa sensación de mi propia existencia duplicándose.

El líder, con un grito de guerra, se lanzó hacia mí confiado en que su tamaño y su machete oxidado serían suficientes para partirme en dos.

Con un movimiento fluido, desenfundé mi espada y bloqueé su golpe descendente.

El acero chirrió contra el hierro, saltando chispas.

Aproveché el impacto para impulsarme hacia adelante, y en ese instante, mi sombra cobró vida.

Un clon se desprendió de mi espalda, saliendo disparado por mi propio impulso como un espectro sólido.

—¡¿Qué demonios?!

¡Se acaba de duplicar!

—gritó uno de los secuaces, retrocediendo.

Los otros bandidos quedaron paralizados, mirando con horror a mi copia.

El clon se detuvo, inclinó la cabeza lentamente hacia la izquierda en un ángulo antinatural y, con una sonrisa fría congelada en el rostro, algo grotesco sucedió: una segunda cabeza comenzó a brotar de su hombro derecho, deslizándose fuera de su cuerpo como si la piel fuera agua, manteniendo esa misma sonrisa vacía.

El bandido más joven dio un paso atrás, tropezando con sus propios pies y cayendo sentado, pálido como un muerto.

—¡Espera!

¡Nos retiramos!

—El líder dejó de hacer fuerza con su machete, el sudor frío perlando su frente—.

¡Pueden quedarse con la niña!

¡No queremos problemas con brujos!

Empezó a caminar lentamente hacia atrás, bajando el arma.

Mis clones —ahora dos figuras separadas que habían terminado de dividirse— se colocaron uno a cada lado, detrás de mí.

Los tres lo mirábamos con la misma expresión inerte.

—Diría que se pueden ir… —murmuré, limpiando una mota de polvo de mi hombrera—.

Pero ya pasaron los tres segundos.

Mis clones se movieron antes de que terminara la frase.

Corrieron en dirección al líder con una velocidad inhumana.

El hombre intentó defenderse en un esfuerzo inútil, chocando su machete contra la espada del primer clon, pero el segundo se deslizó por debajo de su guardia y le atravesó el estómago de lado a lado, cortándolo casi por la mitad.

Mirando la escena sin pestañear, guardé mi espada y saqué mi daga.

—¡Diablos!

¡Tú, idiota, levántate y corre!

—gritó el segundo bandido al que estaba en el suelo.

El cuerpo del líder cayó con un sonido húmedo y pesado.

—¿Dónde está el tercero?

—preguntó el que estaba en el piso, buscando desesperadamente con la mirada.

—¿Preguntaban por mí?

Aparecí detrás del bandido que aún estaba de pie.

Coloqué mi mano izquierda sobre su frente, tirando de su cabeza hacia atrás, y con la derecha deslicé mi daga por su cuello en un corte limpio.

Un chorro de sangre caliente salpicó la cara del que estaba en el suelo, dejándolo en shock.

—Eres… eres un monstruo… —balbuceó el último bandido, mirando mis ojos vacíos.

Uno de mis clones no le dio tiempo a decir más.

Con un solo tajo descendente, su cabeza rodó por la tierra seca antes de que su cuerpo supiera que estaba muerto.

El silencio volvió al bosque, solo roto por el crepitar de las antorchas caídas.

—Sí, soy un monstruo… pero solo cuando es necesario —dije al aire.

Miré a mis copias—.

Uno y Dos, tomen esas antorchas.

Busquen si hay más de estas ratas cerca y aseguren el perímetro.

Sin decir una palabra, los clones obedecieron y desaparecieron en la espesura.

Me giré hacia las chicas.

Elarael abrazaba a la pequeña niña bestia, quien, en cuanto me vio con la daga aún en la mano, soltó un chillido ahogado y se escondió completamente detrás de la elfa.

—No temas… él nos protege de la gente mala —le susurró Elarael, acariciando sus orejas temblorosas.

Me acerqué unos pasos para sentarme donde estaba antes, limpiando la sangre de mi daga con un trapo, pero la niña me miró con terror absoluto.

Sus ojos no veían a un salvador; veían a la misma muerte.

—Sé que será difícil, pero aprovechen para descansar —dije, manteniendo la distancia y envainando el arma—.

Yo estaré de guardia por si sucede algo más.

No podía seguir viendo a esa niña.

Su mirada de miedo me dolía más que cualquier golpe físico; me recordaba lo que Lumindara había dicho sobre mi naturaleza depredadora.

Me levanté y me alejé en silencio hacia las rocas más altas.

—Zyro, no es necesario que te quedes despierto toda la noche… —intentó decir Elarael.

Pero yo ya me había alejado, dándoles la espalda.

Elarael suspiró y miró a la pequeña, que aún temblaba de frío y miedo.

Con suavidad, se quitó su capa y se la puso sobre los hombros magullados.

—Ten, te la presto.

¿Cómo te llamas?

No te preocupes, nadie te hará daño ahora.

Supongo que tienes hambre; no es mucho ni muy rico, pero espero que te guste.

Le acercó un trozo de carne seca y una cantimplora.

La chica comió con desesperación, como si no hubiera visto comida en días.

—Afrodita… —dijo en un susurro apenas audible, con la boca llena.

—Qué bonito nombre.

El mío es Elarael.

Y el chico que se fue allá arriba… es Zyro.

Después de unas horas, escondido entre las sombras de las rocas, vi que finalmente el cansancio las venció.

Ambas dormían; la pequeña acurrucada contra Elarael buscando calor.

Me recosté en la piedra dura, contemplando el cielo estrellado y las dos lunas indiferentes.

«Un monstruo que protege», pensé, cerrando los ojos por un instante.

«Supongo que puedo vivir con eso».

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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