El invocado del rey demonio - Capítulo 17
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17: Capítulo 17.
Ecosde una Conciencia 17: Capítulo 17.
Ecosde una Conciencia El amanecer apareció lentamente, acariciando mi rostro dormido con un calor que, aunque suave, no lograba quitarme la rigidez de los músculos.
Abrí los ojos, encontrándome con el cielo azul despejado.
—Demonios…
aún no me acostumbro a dormir en el suelo —murmuré con voz ronca.
Me incorporé, haciendo tronar todos los huesos posibles de mi cuerpo.
Mientras estiraba el cuello, sentí esa punzada instintiva de estar siendo observado.
Lentamente, giré la cabeza buscando al vigilante.
Mis ojos se encontraron con los de la pequeña Afrodita.
Estaba acurrucada cerca de donde dormía Elarael, pero completamente despierta, mirándome fijamente con sus grandes pupilas verticales.
No parpadeaba.
—Supongo que está asustada…
—pensé, desviando la mirada—.
Pero si me sigue viendo así, el que se va a asustar soy yo.
Es escalofriante despertar con esa intensidad.
Me puse de pie para terminar de estirarme y bajé de la roca de un salto.
Sin embargo, al aterrizar, pisé algo blando que soltó un quejido.
Perdí el equilibrio y caí de rodillas.
—¡Mierda!
Me levanté molesto, sacudiéndome la tierra de los pantalones y mirando qué diablos había pisado.
—Ah, son ustedes…
—bufé al verlos—.
¿Qué hacen aquí?
Se supone que estaban de guardia.
Miré a mis dos clones.
Estaban durmiendo uno al lado del otro, ovillados en el suelo como si fueran cachorros cansados.
Al escuchar mi voz, ambos se sentaron al mismo tiempo, frotándose los ojos con la misma mano y bostezando al unísono.
—Sí, buscamos y no encontramos nada —dijeron los dos a la vez, con una sincronía perfecta que daba grima—.
Así que cuando regresamos y los vimos dormidos, simplemente creímos que podíamos descansar un poco.
Fruncí el ceño.
Algo en esa respuesta me rechinó, pero estaba demasiado dormido para procesarlo.
Al notar mi molestia, el clon de la derecha interrumpió rápidamente: —Sé que estás pensando que somos unos inútiles, pero también cazamos un ciervo.
Por eso estábamos cansados.
—Sí —continuó el de la izquierda—, y cargarlo hasta aquí nos drenó la poca energía que teníamos.
Solo nos sentamos un momento y…
bueno, nos quedamos dormidos.
Entrecerré los ojos, mirando a uno y luego al otro.
Parecían genuinamente agotados.
—Ya, está bien.
Buen trabajo.
Pueden volver a mí, ahí descansarán mejor.
Les di la espalda.
Sentí el tirón familiar en mi columna y la sensación de peso regresando a mi cuerpo cuando se disiparon en sombras y se reintegraron en mí.
—Un momento…
—me detuve en seco, con los ojos abiertos de par en par—.
¿Desde cuándo hablan?
Me giré, pero ya no estaban.
Solo quedaba el pasto aplastado donde habían dormido.
Sacudí la cabeza, tratando de convencerme de que había sido mi imaginación o el sueño, y caminé hacia donde habían señalado.
Efectivamente, ahí estaba el ciervo.
O lo que quedaba de él.
Al animal le faltaba una pierna trasera y la cabeza no había sido cortada; había sido arrancada.
«Son unas bestias…», pensé, sintiendo un escalofrío.
«Casi puedo saber cómo lo cazaron si se parecen a mí».
Cerré los ojos y, de repente, la memoria me golpeó.
No fue un recuerdo visual normal, sino fragmentos viscerales que mis clones me transmitieron al volver: la emoción de la persecución nocturna, el olor a miedo del animal, el clon Uno atacando la pierna para derribarlo y el clon Dos usando fuerza bruta para decapitarlo en silencio.
La violencia de la memoria me mareó por un segundo.
—Zyro…
Aún con los ojos cerrados, sentí una mano suave en mi hombro.
Abrí los ojos de golpe, saliendo del trance.
—¿Zyro?
¿Estás bien?
—preguntó Elarael, de pie junto a mí, mirándome con preocupación.
Detrás de ella, Afrodita asomaba la cabeza, todavía temerosa.
Elarael siguió mi mirada hasta el cuerpo destrozado del ciervo.
No mostró sorpresa ni repulsión; solo asintió levemente, como si confirmara algo esperado.
—Puedo encargarme yo —dijo, dando un paso al frente—.
No sirve de nada desperdiciar carne.
Se agachó junto al animal y, de entre sus ropas, sacó un cuchillo corto y gastado.
No tenía adornos ni inscripciones mágicas, solo un filo mantenido con un cuidado obsesivo.
Afrodita se quedó detrás de ella, asomando apenas la cabeza, observando cada movimiento con una atención inquietante.
Elarael apoyó una rodilla en la tierra y comenzó a trabajar con precisión quirúrgica.
Sus manos no temblaban.
Cada corte era limpio, calculado.
No había duda ni vacilación al separar la piel del músculo.
La observé en silencio unos segundos, fascinado y perturbado a la vez, hasta que una pregunta se me escapó sin pensar: —¿No te molesta?
Ella no levantó la vista.
La sangre manchaba sus dedos pálidos, pero su expresión no cambiaba.
—¿Esto?
—respondió, separando un tendón—.
No.
Es más fácil que con un humano.
La frase cayó pesada, como una piedra en el aire estancado de la mañana.
Afrodita se tensó apenas detrás de ella.
Yo sentí un nudo seco formándose en mi estómago.
—¿Más fácil…?
—repetí, buscando entender.
Elarael siguió cortando, imperturbable.
—Los humanos gritan —dijo con una naturalidad que helaba la sangre—.
Suplican.
Intentan negociar aunque estén encadenados.
—Hizo una breve pausa, solo para cambiar el ángulo del cuchillo y cortar una articulación—.
Los animales no…
ellos solo aceptan su destino.
No había orgullo en su voz.
Tampoco desprecio.
Solo una constatación fría, una verdad aprendida a la fuerza.
—Nunca salí del castillo, Zyro —aclaró, respondiendo a la duda que se formaba en mi cara—.
Sabes que yo era una prisionera.
Pero los ejércitos de mi padre…
ellos siempre enviaban “suministros” de vuelta.
Tragué saliva.
Entendí de golpe a qué se refería.
—Mi padre decía que todos debíamos ser útiles, incluso desde dentro de las murallas —prosiguió, arrancando un trozo de carne limpia y dejándolo sobre una hoja grande—.
Yo no servía para el combate, ni tenía el poder para liderar tropas.
Así que me enviaban a las cocinas bajas, donde llegaba el botín de guerra.
Por un segundo pensé que iba a detenerse, que la memoria le dolía, pero sus manos no pararon.
—A veces traían ganado robado de las aldeas.
A veces…
traían a los aldeanos que no servían como esclavos.
—Levantó finalmente la vista hacia mí.
No había desafío en sus ojos amarillos.
Tampoco vergüenza.
Solo vacío—.
Aprendí que, si quería comer y evitar que me golpearan, tenía que aprender a limpiar lo que traían.
Fuera lo que fuera.
Sentí algo incómodo removiéndose en el fondo de mi pecho.
No era rechazo.
Tampoco sorpresa absoluta.
Era una sensación peligrosa: comprensión.
Miré el cuerpo del ciervo, luego las manos ensangrentadas de Elarael.
Ella no era una guerrera, era una superviviente que había crecido en un matadero.
«Tal vez este mundo no me está cambiando», pensé, sintiendo el peso de mi propia oscuridad.
«Tal vez solo está sacando a la superficie algo que ya existía».
Afrodita, impulsada por un instinto más fuerte que su miedo, se acercó unos pasos más.
Se agachó junto al cuerpo y lo olfateó con curiosidad, sin miedo a la sangre.
Sus pupilas se estrecharon, evaluando la frescura de la carne.
Elarael terminó de separar los cortes principales y limpió el cuchillo con un trapo viejo antes de guardarlo.
—Alcanzará para hoy —dijo, incorporándose y sacudiendo sus ropas como si nada hubiera pasado—.
Mañana veremos.
La miré, y por primera vez desde que desperté, el frío que sentía no venía del suelo ni del amanecer.
Venía de la certeza de que los ecos que resonaban en mi conciencia… y en la de ella, no eran tan distintos después de todo.
Elarael improvisó un pequeño fuego con ramas secas y magia de ignición básica.
No tardó mucho en que el olor a carne asada llenara el claro, disimulando el olor metálico de la sangre que había impregnado el aire minutos antes.
Me senté en una roca apartada, limpiando mi espada con un trozo de tela, mientras observaba de reojo.
Afrodita estaba sentada frente al fuego, con las rodillas pegadas al pecho.
Sus ojos no se apartaban de la carne que chisporroteaba en el palo que Elarael sostenía.
En cuanto quedo pronto le tendió el primer trozo, caliente y jugoso, la chica bestia no esperó.
Lo tomó con las manos desnudas, ignorando el calor, y devoró la carne con una voracidad casi salvaje.
Se manchó las mejillas de grasa y ceniza, masticando rápido, como si temiera que alguien se lo fuera a quitar.
—Despacio —dije, mi voz rompiendo el silencio.
Afrodita se congeló.
Dejó de masticar y me miró con pánico, encogiendo los hombros como esperando un golpe.
Suspiré, envainando la espada.
—Nadie te lo va a quitar.
Si comes así de rápido, vas a vomitar y desperdiciarás el trabajo de Elarael.
Ella parpadeó, sorprendida por el tono.
No era amable, pero tampoco era agresivo.
Lentamente, volvió a masticar, esta vez con más calma, aunque sus ojos seguían vigilando mis manos.
—Esos hombres… —empecé, yendo al grano mientras Elarael me pasaba mi ración—.
Dijeron que tenías una marca de gremio.
No parecían bandidos comunes.
Afrodita bajó la mirada, tocándose inconscientemente el hombro izquierdo.
—Son… recolectores —dijo con voz temblorosa.
Fue la primera vez que la escuché hablar más de dos palabras seguidas.
Su voz era suave, pero tenía un rasguño, como si hubiera gritado mucho tiempo atrás—.
Trabajan para la “Cadena Dorada”.
—¿Cadena Dorada?
—preguntó Elarael, frunciendo el ceño.
—Suministran mano de obra y… mascotas exóticas a los reinos humanos del este —explicó la chica, apretando los puños—.
Atacaron mi aldea hace dos lunas.
Mataron a los ancianos y se llevaron a los jóvenes.
Por cierto me llamo Afrodita… Sentí una punzada de asco, no hacia ella, sino hacia la estructura de este mundo.
Héroes que son arrogantes, reyes demonio que hacen experimentos, y humanos que trafican con otras especies.
Todo estaba podrido.
—Escapaste anoche —deduje.
—El carro en el que nos llevaban… una rueda se rompió cerca del bosque —asintió ella—.
Aproveché la confusión.
Corrí sin mirar atrás.
Pero ellos tienen rastreadores.
Y perros.
—Ya no tienen nada —dije fríamente, dando un mordisco a la carne de ciervo—.
Los que te seguían están muertos.
Y si vienen más, correrán la misma suerte.
Afrodita me miró, y por un segundo, el miedo en sus ojos dio paso a una curiosidad cautelosa.
—¿Por qué?
—preguntó—.
Eres humano.
Tienes su olor.
¿Por qué matarías a los tuyos por… una bestia?
Me detuve.
La pregunta era válida.
En este mundo, yo era la anomalía.
—Porque no soy uno de ellos —respondí, poniéndome de pie y sacudiendo las migajas—.
Y porque odio a los que se creen dueños de la libertad de otros.
—¿Podrías liberar al resto de los prisioneros?
La pregunta de Afrodita me detuvo en seco.
Se había puesto de pie, acercándose un paso, con las manos apretadas contra el pecho.
Terminé de guardar mis cosas sin mirarla.
—Eso ya no es asunto mío —respondí con frialdad—.
Nosotros tenemos nuestros propios problemas.
Maté a los que te seguían porque se cruzaron en mi descanso, no porque esté buscando una cruzada.
Me colgué la mochila al hombro, listo para partir.
Afrodita, al ver mi negativa, giró desesperada hacia mi compañera.
—Señorita, por favor… —suplicó, con los ojos llenos de lágrimas—.
Usted dijo que me protegería.
No podemos dejar a los otros niños ahí.
Si el carro se arregla, se los llevarán para siempre.
¿Puede ayudarme a convencerlo?
Ella permanecía en silencio, pero sus ojos brillaron con algo sutil algo raro, una mezcla de dolor antiguo y determinación.
No era la mirada de una hija de demonio, sino la de alguien que conocía demasiado bien el peso de los grilletes.
—Zyro… —dijo ella, su voz suave pero firme—.
Sé que tenemos nuestro viaje y que el tiempo corre.
Pero… ¿no sería correcto ayudar?
Me giré para encararla, a punto de replicar que no éramos héroes.
—Tú y yo sabemos lo que es estar encerrado —continuó Elarael, clavando su mirada en la mía—.
Sabemos lo que es mirar a través de una reja o esperar en una celda a que alguien decida tu destino.
Tenemos la fuerza para romper esas jaulas.
¿De verdad vamos a caminar en la otra dirección?
Suspiré ruidosamente, pasando una mano por mi cabello.
Odiaba cuando tenía razón.
Mi instinto de “Parásito” me decía que siguiera avanzando, pero mi odio hacia los que esclavizan era más fuerte.
Y, sobre todo, no podía ignorar la petición de Elarael.
—Maldición… —mascullé.
Miré a Afrodita, que esperaba conteniendo el aliento.
—Está bien —gruñí—.
Pero escucha bien: si eres una carga, te dejaré atrás.
No pienso detenerme cada veinte minutos porque estás cansada o asustada.
Entramos, matamos a los esclavistas, soltamos a los tuyos y nos largamos.
¿Entendido?
Ella asintió frenéticamente, secándose las lágrimas.
—¡Sí!
¡Lo prometo!
—Bien.
Vámonos.
Me di la vuelta y comencé a caminar con paso firme hacia el norte, donde los picos de las montañas se alzaban grises y amenazantes, guiado por la vibración del medallón.
—Eh… Zyro —la voz de Afrodita sonó tímida a mis espaldas.
Me detuve y giré la cabeza.
Ella señalaba hacia el bosque denso, en dirección contraria a las montañas.
—Es hacia el otro lado —dijo, esbozando una pequeña sonrisa nerviosa—.
El carro quedó varado al oeste.
Miré el medallón, que tiraba hacia el norte, y luego miré hacia el oeste.
Suspiré de nuevo, cambiando el rumbo.
—Al oeste entonces.
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