El invocado del rey demonio - Capítulo 18
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: Capítulo 18.
cazador cazado 18: Capítulo 18.
cazador cazado Avanzamos hacia el oeste durante cuatro horas sin descanso a través del denso y oscuro bosque.
El terreno se tornaba cada vez más escarpado, con raíces nudosas y rocas dispersas que amenazaban con torcer un tobillo a cada paso.
Aunque mi ritmo parecía constante y firme, pronto noté que la distancia entre nosotros crecía.
Elarael y Afrodita, rezagadas unos quince metros atrás, intercambiaban susurros ocasionales.
Observé atentamente cómo Afrodita le decía algo a Elarael; por un instante fugaz, los ojos de mi compañera brillaron con un destello casi imperceptible, una chispa extraña antes de volver a la normalidad, como si algo oculto hubiera sido activado.
—Zyro, llevamos un largo rato caminando —me dijo Elarael al alcanzarme, jadeando ligeramente—.
¿Podríamos tomar un descanso?
Mis pulmones arden y mis piernas flaquean.
Sus palabras estaban cargadas de cansancio real.
Volteé para mirarlas.
La pequeña Afrodita apenas podía sostenerse en pie; su rostro denotaba una mezcla de agotamiento y la tensión persistente tras la adrenalina de la noche anterior.
—No creo que sea prudente detenernos demasiado tiempo —respondí, evaluando el entorno—, pero veo que lo necesitan.
Está bien, descansaremos treinta minutos.
Demos tiempo a que nuestras fuerzas se repongan.
Antes de sentarme bajo la sombra protectora de un roble milenario, cerré los ojos y dejé que la esencia vibrante que llevaba dentro se expandiera por mi ser, sintonizándome con el entorno.
[Habilidad Pasiva Activada: Conciencia Aguda (Esencia de Centauro)] Rango de detección: 500 metros.
Amenazas: Ninguna detectada.
Sentí la vida del bosque a mi alrededor en una sinfonía de pequeños sonidos: el latido acelerado de roedores agazapados, el crujir esporádico de hojas secas movidas por el viento suave, el fluir lento y constante de la savia ascendiendo por los troncos.
La calma era engañosa, pero real.
No había indicios de enemigos cerca.
—Zona despejada —confirmé con voz baja.
Nos acomodamos sobre la hierba fresca.
Elarael sacó de su mochila la carne de ciervo que había preparado previamente, envuelta en grandes hojas para proteger el resto de nuestro equipaje.
Distribuyó las porciones con generosidad: una para Afrodita, otra para mí, y reservó la última para sí misma.
Comimos en un silencio respetuoso, apenas roto por el sonido de la masticación y la respiración profunda mientras recuperábamos energías.
Finalmente, Elarael rompió el hielo.
—Por cierto, Afrodita —empezó, su voz suave pero con un matiz de preocupación—, ¿qué podemos esperar exactamente en ese carro?
¿Solo bandidos comunes?
Afrodita detuvo su mordisco, cerró los ojos y frunció el ceño, como si evocara una pesadilla demasiado real para recordar.
—Había un hombre —comenzó en voz baja—.
Siempre vestido con una capucha oscura.
Nunca vi su rostro, y sus manos siempre estaban cubiertas con guantes gruesos de cuero.
—¿Era un mago?
—pregunté con atención.
—No lo sé —respondió, estremeciéndose—.
Pero tenía un olor extraño, una mezcla de hierro oxidado, resina de pino y algo dulce, como fruta marchita.
Y tenía unos perros…
o al menos, parecían perros.
Abrió los ojos, fijos en el suelo mientras su cuerpo se tensaba al recordar.
—Eran aterradores.
Los vi pelear cuando capturaron a los guerreros de mi aldea.
No sangraban como nosotros; su sangre era negra y espesa, casi aceitosa.
Y cuando uno perdía una extremidad o caía malherido, ese hombre les lanzaba un trozo de carne roja y palpitante.
Entonces…
se regeneraban.
La herida desaparecía.
No sentían dolor ni emitían ningún sonido.
Asimilé la información con rapidez, evaluando la amenaza táctica.
—Regeneración y supresión del dolor…
Eso complica las cosas.
Cortarles la cabeza no basta si su amo sigue vivo.
—Exacto —puntualizó Afrodita, mirándome fijamente—.
Él no los trataba como animales de compañía ni mascotas domadas.
Los mantenía bajo un control absoluto, como marionetas con hilos invisibles.
Un ligero sobresalto en el viento trajo un susurro entre las hojas.
Instintivamente, tensé los músculos y giré la cabeza.
El bosque parecía contener la respiración; hasta el más pequeño movimiento parecía ensordecedor bajo la quietud opresiva.
Elarael se quedó en silencio, mirando la carne entre sus manos sin terminar de comer.
Su respiración se había vuelto lenta, casi mecánica.
—Zyro… —dijo al fin.
Levanté la mirada.
—Si ese hombre sigue vivo —continuó—, y esas criaturas siguen atadas a él… entonces no podemos simplemente rodear la caravana.
—Su voz era firme, demasiado firme para alguien que temblaba hace un momento—.
Tenemos que ir de frente.
Afrodita no dijo nada.
Solo levantó la cabeza de golpe.
En ese instante, sentí algo extraño.
No una amenaza visual.
No un sonido.
Una dirección.
El bosque ya no era neutro.
Mis sentidos se tensaron de nuevo, activando la Conciencia Aguda por reflejo.
Nada.
Ni un solo movimiento hostil en el rango físico.
Pero entonces lo vi.
Afrodita se llevó la mano al pecho, justo donde la marca de las cadenas doradas descansaba bajo la tela de su ropa.
No gritó.
No lloró.
Solo apretó los dientes, su piel palideciendo.
—Está cerca… —susurró con dificultad—.
No sé cuánto… pero se acerca.
Elarael dio un paso hacia mí, decidida.
—Zyro —repitió—.
Si esperamos, perdemos la ventaja.
Ellos tienen rastreadores, ¿recuerdas?
Nos van a encontrar igual.
La miré a los ojos… y por un instante, no supe si esa decisión era mía o si su determinación me había contagiado.
Sonreí, una mueca depredadora que no llegó a mis ojos.
—Entonces cazamos primero.
El viento cambió de dirección, trayendo consigo el leve olor a hierro y resina.
La presa acababa de convertirse en cazador.
El bosque ofrecía más oportunidades de las que parecía a simple vista.
Raíces gruesas, pendientes irregulares, suelo húmedo y ramas flexibles.
Sonreí apenas, sintiendo un conocimiento instintivo fluir por mis manos.
—Vamos a recibirlos de pie —dije, envainando la espada y sacando mi daga—.
Vamos a hacer que el bosque luche con nosotros.
[Habilidad Pasiva Activada: Astucia de Duende] Efecto: Maestría en creación y detección de trampas improvisadas.
Sin tiempo que perder, subí al árbol más robusto con agilidad sobrenatural, cortando algunas ramas gruesas y lianas resistentes que colgaban cerca.
Mis manos se movían solas, sabiendo exactamente qué tensión necesitaba la cuerda y qué ángulo era el mortal.
Limpié y afilé tres ramas hasta dejarlas como lanzas, las cuales até en un bloque compacto.
—Elarael, pásame una roca grande.
Necesito contrapeso aquí arriba —pedí, descolgándome un poco de una rama.
—No sé qué haces, pero espero que funcione —respondió ella.
Tomó una roca pesada con ambas manos y, con un esfuerzo visible, me la alcanzó.
Cargué la roca, asegurándola en el mecanismo improvisado sobre la rama principal, y conecté el disparador a una raíz levantada en el suelo, camuflándolo con hojas secas.
Si alguien tropezaba, la gravedad haría el resto.
—No es mucho, pero es algo —dije, bajando de un salto y sacudiéndome las manos.
Elarael me miró, entendiendo al instante que el plan era reducir números antes del combate real.
Afrodita, en cambio, se estremeció violentamente, sus orejas girando hacia el oeste.
—Ya vienen —susurró, con la voz ahogada—.
Dos… no.
Tres.
No los escuché llegar.
Los sentí.
La Conciencia Aguda gritó en mi mente justo antes de verlos.
Emergieron entre los árboles como sombras deformes y rápidas.
Sus cuerpos eran demasiado grandes para perros normales, con extremidades mal alineadas, músculos expuestos y piel tensa, cosida en algunos tramos con algo que no parecía hilo, sino alambre negro.
El primero corrió ciegamente hacia mí y su pata trasera enganchó la raíz.
CRACK.
La trampa se activó.
El bloque de madera y piedra cayó con una fuerza brutal, atravesando y aplastando la mitad de su cuerpo contra el suelo con un crujido húmedo y repugnante.
La bestia se retorció, pero no gritó.
No emitió ni un solo sonido de dolor.
El segundo, ignorando a su compañero caído, viró bruscamente en dirección a Afrodita, con las fauces abiertas goteando un líquido negro.
—¡Atrás!
—gritó Elarael.
Ella se interpuso en la trayectoria.
No tuvo tiempo de conjurar un hechizo complejo; solo pudo levantar su brazo izquierdo, envuelto en su capa, como escudo.
La bestia mordió con fuerza, sus dientes atravesando la tela y hundiéndose en la carne.
Elarael soltó un grito ahogado de dolor, pero se mantuvo firme, sujetando al monstruo.
—¡Ahora, Zyro!
Me lancé hacia ellos.
Con un movimiento fluido de mi espada, aproveché que la bestia estaba anclada al brazo de Elarael y corté su cuello.
La cabeza se separó del cuerpo, pero las mandíbulas seguían cerradas, apretando el brazo de mi compañera.
—¡Maldición!
Solté la espada y, con ambas manos, agarré las mandíbulas muertas.
Tiré con fuerza bruta, escuchando el desgarro de la tela y la piel, hasta que logré abrir la boca y liberar a Elarael.
Lancé la cabeza lejos, hacia los arbustos.
Elarael cayó de rodillas, sujetándose el brazo sangrante.
—Estoy bien… —jadeó, aunque su cara estaba pálida.
—Falta uno —dijo Afrodita, señalando al frente.
El tercer perro se había detenido a unos metros.
No nos atacó.
No retrocedió.
Avanzó lentamente hacia el cuerpo del primero, el que había muerto en la trampa.
Se inclinó sobre el cadáver… y comenzó a devorarlo con frenesí.
El sonido de huesos quebrándose y carne siendo desgarrada llenó el silencio del bosque.
—¿Qué está haciendo…?
—murmuró Elarael.
Vimos, horrorizados, cómo el cuerpo del tercer perro comenzaba a cambiar.
Se hinchó, los músculos se tensaron hasta romper la piel vieja, y las heridas que tenía se cerraron frente a nuestros ojos.
Creció en tamaño, volviéndose más grotesco, más fuerte.
Cuando alzó la cabeza, con el hocico bañado en la sangre negra de su hermano, ya no era el mismo perro.
Sus ojos brillaban con una inteligencia nueva y cruel.
Yo tampoco era el mismo.
El asco dio paso a la fría lógica del combate.
—Anotado —murmuré, levantando mi espada de nuevo—.
La próxima vez, no dejamos restos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com