El invocado del rey demonio - Capítulo 19
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19: Capítulo 19.
La Danza de los Muertos 19: Capítulo 19.
La Danza de los Muertos El aire se llenó con el rugido gutural de la bestia.
El perro mutado, ahora con el doble de masa muscular y una inteligencia perversa en sus ojos, se lanzó hacia nosotros.
—Elarael, atrás.
Cubre a Afrodita —ordené, dando un paso al frente.
No había tiempo para sutilezas.
Sentí mi sombra retorcerse y tirar de mi energía vital.
[Habilidad Activa: División Parasitaria de Sombras] Mi clon emergió a mi lado, una copia exacta con la misma determinación en el rostro y la espada en alto.
Nos miramos por una fracción de segundo; no hacían falta palabras.
Él iría por la izquierda, yo por la derecha.
Nos separamos.
La bestia dudó un instante, sus ojos moviéndose de uno a otro, pero su instinto depredador eligió al objetivo más cercano: mi copia.
El perro atacó con una velocidad que desmentía su tamaño.
Mi clon intentó bloquear con la espada, pero la fuerza bruta del impacto lo hizo retroceder, patinando sobre el barro.
Aproveché la apertura.
Me lancé hacia el flanco expuesto de la criatura, buscando los tendones de sus patas traseras.
Mi hoja cortó carne y músculo, pero la bestia apenas se inmutó.
Giró el torso con una flexibilidad antinatural y lanzó un mordisco hacia mí.
Lo esquivé por milímetros, sintiendo el aliento podrido en mi cara.
—¡Cuidado!
—gritó Elarael.
Miré de reojo.
El perro había usado su cola, ahora larga y huesuda como un látigo, para golpear a mi clon.
El impacto fue brutal.
Lo vi volar contra un árbol y, antes de que pudiera recuperarse, la bestia saltó sobre él.
Hubo un sonido húmedo, un crujido seco, y mi clon se disipó en humo negro bajo las fauces del monstruo.
Sentí el golpe en mi propia mente, una punzada de dolor fantasma y fatiga repentina.
Pero esa distracción era lo que necesitaba.
—Ahora eres mío —gruñí.
Salté sobre su espalda mientras aún estaba distraído con el humo de mi copia.
No busqué cortar.
Busqué destruir.
Canalicé toda la fuerza de la Esencia de Centauro en mis brazos y clavé mi espada verticalmente, atravesando la columna y clavándola en la tierra hasta la empuñadura.
La bestia emitió un chillido agónico, retorciéndose, pero no la solté.
Saqué la daga con mi mano libre y comencé a apuñalar la base del cuello, una y otra vez, cortando carne, hueso y nervio hasta que la cabeza se separó por completo del cuerpo.
Me dejé caer al suelo, jadeando, cubierto de sangre negra.
El cuerpo decapitado se agitó unos segundos más, intentando regenerarse, pero sin la cabeza, la magia falló y colapsó.
—¿Están bien?
—pregunté, limpiándome la cara con el antebrazo.
—Sí…
—respondió Elarael, sosteniendo su brazo herido—.
Pero el rastro…
mira hacia allá.
El bosque comenzaba a cambiar drásticamente.
Los árboles se volvían grises y esqueléticos, y el suelo firme daba paso a un lodazal oscuro.
Un olor a agua estancada y podredumbre venía del oeste.
Avanzamos con dificultad.
El barro era denso y pegajoso, llegándonos hasta los tobillos a cada paso.
Elarael se acercó lentamente a mi lado, mirando de reojo el lugar donde mi clon había desaparecido.
—Zyro, tengo una duda con respecto a tus clones —dijo en voz baja, para no alertar a lo que sea que nos esperara—.
He notado que, las pocas veces que te vi usar la habilidad, en ocasiones son de carne y hueso, y otras, como hace un momento, son simples sombras que se disipan.
¿Tú decides cómo salen?
La niebla se hacía cada vez más espesa, envolviéndonos.
Afrodita caminaba pegada a mi otro lado, temblando, no por frío, sino por terror puro.
Dejé salir un suspiro pesado mientras despegaba mi bota del lodo.
—Sí…
es una cuestión de recursos —expliqué, sin dejar de vigilar el entorno—.
Cuando necesito fuerza bruta y autonomía, me concentro lo suficiente y los clones emergen de mi espalda.
Toman carne, crean sus propios huesos…
son como una persona más.
Por eso duele tanto cuando salen y me dejan agotado.
Hice una pausa para apartar una rama podrida del camino.
—Pero cuando son simples señuelos, como ahora, uso mi sombra.
No tienen tanta resistencia, pero son rápidos y, lo más importante, no siento tanto dolor cuando los matan.
Solo un eco en mi mente.
Elarael asintió, comprendiendo la macabra mecánica de mi poder.
De repente, Afrodita se quedó quieta.
Su mirada se clavó hacia delante y sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de mi brazo, clavándome las uñas.
—Estamos cerca —susurró ella, con la voz quebrada—.
El olor…
es insoportable.
Llegamos a un claro inundado.
Un pantano de aguas negras y aceitosas donde flotaban troncos podridos y burbujas de gas metano reventaban en la superficie.
En el centro, sobre una pequeña isla de tierra seca junto al carromato con la rueda rota, estaba él.
El encapuchado llevaba una túnica hecha de pieles curtidas y parches de cuero mal cosidos.
Estaba de espaldas a nosotros, acariciando el aire con movimientos suaves, como si dirigiera una orquesta invisible y macabra.
—Elarael, dime que tenemos pociones —susurré, notando cómo el hombre detenía sus manos y empezaba a girar en nuestra dirección.
No pude ver su rostro bajo la capucha, solo una sonrisa llena de dientes amarillentos y podridos.
—Mis mascotas han dejado de “cantar” —dijo el hombre.
Su voz era rasposa, como si tuviera arena en la garganta—.
Eran un experimento costoso.
Espero que valgan la pena el reemplazo.
Elarael abrió su mochila con urgencia, el sonido de los frascos chocando entre sí delataba su nerviosismo.
—Solo tenemos tres —respondió rápido—.
Una de sanación media y dos de refuerzo: habilidad con la espada y aumento de defensa física.
El hombre soltó una carcajada seca que resonó en el pantano, helando la sangre.
—Tú debes ser el que causó todo este alboroto —dijo, señalándome con un dedo enguantado—.
Y traes mi mercancía de vuelta.
Qué amable.
—Vengo a devolverte el favor —dije, levantando mi espada con firmeza—.
Y a cerrar tu negocio para siempre.
Estiré mi mano izquierda hacia atrás sin dejar de mirar al enemigo.
Elarael entendió el gesto y depositó la Poción de Refuerzo Físico en mi palma.
—¿Cerrar mi negocio?
—repitió con burla—.
Chico, no tienes idea de dónde estás pisando.
Este pantano no es solo agua y barro.
Es mi almacén.
Levantó ambas manos de golpe.
El agua estancada comenzó a burbujear violentamente.
—¿Creíste que viajaba solo con tres perros?
En este oficio, la materia prima sobra.
Del agua negra y aceitosa comenzaron a emerger manos.
Pálidas, hinchadas por la descomposición, con uñas rotas y piel azulada.
Cuerpos humanos —o lo que quedaba de ellos— se levantaron del lodo.
Eran cadáveres de aldeanos, viajeros y bestias, todos con los ojos lechosos y vacíos, unidos por la misma magia negra que controlaba a los perros.
Eran docenas.
Nos rodeaban por completo.
—Zyro… —la voz de Elarael tembló.
—¡Corran!
—grité, destapando el frasco con los dientes—.
¡Aléjense del agua!
Bebí el líquido de un trago.
Sentí el calor recorrer mis venas, mis músculos tensándose y mi percepción acelerándose.
Los muertos se abalanzaron sobre nosotros.
No eran rápidos, pero eran implacables, una marea de carne podrida.
Corté al primero por la mitad, separando el torso de las piernas, pero la parte superior siguió arrastrándose hacia mí, intentando agarrar mis botas con una desesperación ciega.
El Nigromante observaba desde su isla seca, lanzando proyectiles de energía oscura que silbaban en el aire.
Uno me rozó el hombro, quemando la piel y entumeciendo mi brazo derecho al instante.
—¡Maldición!
—rugí, cambiando la espada a mi mano izquierda.
Luché como un demonio.
Cortaba, pateaba y esquivaba.
El barro dificultaba mis movimientos, chupando mi energía, y cada vez que derribaba a uno, dos más tomaban su lugar.
Vi un hueco.
Una línea directa hacia el Nigromante.
—¡Elarael, cúbreme!
Una bola de fuego pasó sobre mi cabeza, explotando contra un grupo de cadáveres y abriéndome paso.
Corrí, saltando sobre los cuerpos, ignorando las manos frías que arañaban mi ropa.
Llegué a la isla.
El Nigromante no retrocedió.
Sacó una vara de metal negro y bloqueó mi tajo descendente con una fuerza sorprendente para su complexión.
—Buena técnica —dijo, y su vara brilló con una luz violeta—.
Pero tu cuerpo es débil.
Una explosión de fuerza necrótica me golpeó en el pecho a quemarropa.
Sentí como si un martillo gigante me hubiera destrozado las costillas.
Salí volando hacia atrás, cayendo pesadamente en el agua del pantano.
El dolor fue cegador.
Intenté levantarme, pero mis pulmones no respondían.
Tosí sangre, manchando el agua negra.
A lo lejos, vi a Elarael siendo rodeada.
Ella buscó en su bolsa y lanzó la poción de sanación hacia mí con todas sus fuerzas.
—¡Zyro!
El frasco voló por el aire, girando.
Todo parecía moverse en cámara lenta.
Estiré mi mano, pero la distancia era demasiada.
No iba a llegar.
«No… necesito alcanzarla».
Mi carne respondió a mi desesperación.
La piel de mi palma se rasgó y un tentáculo de carne y hueso brotó violentamente, extendiéndose como un látigo extra.
La extremidad adicional atrapó el frasco en el aire antes de que cayera al lodo.
Bebí el líquido rosado de un golpe.
Mis costillas crujieron al reacomodarse, el dolor desapareció y la fuerza volvió de golpe.
Me puse de pie, empapado en agua turbia y sangre.
—Esto aún no termina —gruñí.
Cerré los ojos y canalicé toda mi energía.
De mi espalda, la carne se abultó y se rasgó.
Un clon salió, luego otro, y otro más.
Tres copias de mí mismo, cubiertas de vísceras, se pusieron en guardia.
—Veamos quién es el monstruo ahora.
El Nigromante borró su sonrisa, notando la nueva amenaza.
—Esto no cambia nada.
Levantó su vara.
Del suelo bajo mis pies, manos espectrales brotaron y agarraron mis tobillos, inmovilizándome.
—¡Trucos baratos!
¡Esto no me va a detener!
Entonces escuché el grito.
Un alarido ahogado y doloroso.
Giré la cabeza hacia las chicas.
Tres de esas criaturas mordían a Elarael, arrancando pedazos de su ropa y carne, mientras otras arrastraban a Afrodita lejos.
—¡NOOO!
—grité, la furia nublando mi juicio.
Forcé mis piernas, desgarrando mi propia piel para salir del agarre espectral.
Corrí hacia ellas, ignorando al Nigromante.
Ataqué sin pensar, cortando y partiendo enemigos, desesperado por llegar.
Fue mi error.
Un perro mutado, que había permanecido oculto, saltó desde mi punto ciego izquierdo.
Sus fauces se cerraron sobre mi antebrazo, triturando el hueso y haciéndome soltar la espada.
—¡Te mataré aunque sea lo último que haga!
Levanté mi brazo libre para golpearlo, pero me detuve en seco.
Un frío helado me atravesó el estómago.
Miré hacia abajo.
Una mano podrida, armada con un cuchillo oxidado, me había atravesado desde la espalda.
El perro me soltó y retrocedió.
Caí de rodillas.
Miré hacia atrás.
Mis clones estaban siendo despedazados.
Elarael ya no gritaba.
El Nigromante se acercó flotando sobre el agua, mirándome con lástima.
—Una pena.
Tienes una esencia interesante.
Serás un cadáver magnífico.
El perro corrió de nuevo hacia mí.
Esta vez no apuntó al brazo.
Sus dientes se cerraron en mi garganta.
El impacto me tumbó al suelo.
«¿Este es mi fin?» Me pregunté mientras sentía la sangre caliente inundar mis pulmones.
Mi visión se oscureció.
El frío se apoderó de todo.
Cerré los ojos, esperando el vacío.
Pero antes de la oscuridad total, una luz blanca brilló intensamente.
—¡AH!
Me senté de golpe, aspirando una bocanada de aire con desesperación, como un ahogado que rompe la superficie del agua.
El corazón me golpeaba las costillas con tanta violencia que dolía, un tambor frenético en el silencio del bosque.
Llevé ambas manos a mi garganta, palpando la piel frenéticamente.
No había heridas abiertas.
No había sangre caliente empapando mi ropa.
No había colmillos desgarrando mi carne.
Tragué saliva con dificultad.
Mi garganta estaba seca, pero intacta.
El sol de la mañana se filtraba entre las copas de los árboles en haces de luz dorada, cálido y real.
El bosque estaba en calma.
Demasiada calma.
El olor a podredumbre y pantano había desaparecido, reemplazado por el aroma a tierra húmeda y ceniza fría de una fogata apagada.
—¿Qué…?
—susurré, mirando mis manos, que temblaban ligeramente—.
¿Sigo vivo…?
El cuerpo no me dolía, pero mi mente gritaba.
Algo dentro de mí estaba mal.
Muy mal.
Mis músculos recordaban una muerte que no había ocurrido.
Mi alma aún sentía el frío de ese pantano y la oscuridad del vacío.
Entonces, sentí esa presión familiar.
La certeza absoluta, casi eléctrica, de que alguien me observaba.
Giré lentamente la cabeza, con los nervios a flor de piel.
Afrodita estaba sentada cerca de las brasas muertas, con las rodillas pegadas al pecho, al lado de Elarael.
La elfa dormía profundamente, respirando con un ritmo suave, ajena al horror que yo acababa de vivir.
Afrodita, en cambio, estaba completamente despierta.
Me miraba.
No parpadeaba.
Sus ojos dorados reflejaban la luz del amanecer… pero no eran los ojos de una niña asustada que acababa de escapar.
Eran ojos viejos.
Cansados.
Cargados de una tristeza infinita que me heló la sangre más que la propia muerte.
Por un instante, pensé que iba a hablar.
Que iba a decirme: “Fallamos”.
Pero no lo hizo.
Solo apretó un poco más los brazos alrededor de sus piernas y bajó la vista, ocultando su expresión.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Sacudí la cabeza, intentando disipar la niebla del sueño…
o de la pesadilla.
—Supongo que está asustada por su huida… —pensé, tratando de racionalizarlo, aunque mi instinto me decía lo contrario—.
Pero si me sigue mirando así, el que va a terminar gritando soy yo.
Necesitaba moverme.
Necesitaba comprobar que este suelo era real.
Me levanté para estirar el cuerpo entumecido y bajé de la roca de un salto, buscando tierra firme.
Al tocar el suelo, mi bota aterrizó sobre algo blando.
—¡Ah!
Un quejido agudo rompió el silencio de la mañana.
Perdí el equilibrio al pisar lo que no debía y caí de rodillas al pasto, sacudido de golpe hacia la realidad.
Levanté la vista, aturdido, mientras el eco del grito despertaba a los pájaros.
Todo había vuelto a empezar.
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