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El invocado del rey demonio - Capítulo 21

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21: Capítulo 21.

En la piel del enemigo 21: Capítulo 21.

En la piel del enemigo Pasé junto a Elarael, ignorando su mirada interrogante, y me dirigí hacia donde yacían los cuerpos de los tres mercenarios.

Me detuve frente al más grande, el gigante que había partido por la mitad el dia antes Saqué mi daga y, sin dudarlo, me hice un corte limpio en el dedo índice.

La sangre brotó, ese color cobrizo de los centauros —Zyro, ¿qué haces?

¿Por qué te lastimas?

—Elarael se acercó apresurada, mirando mi mano con preocupación.

—Tengo una teoría —murmuré, con los ojos fijos en el cadáver—.

Y necesito sangre para probarla.

Me agaché y presioné mi dedo ensangrentado contra la herida abierta del mercenario gigante.

Activé [Mimetismo Sanguíneo] combinado con la nueva habilidad [Doppelgänger].

Mientras presionaba mi dedo ensangrentado contra la herida abierta del mercenario, una corriente eléctrica recorrió mi columna con una intensidad inesperada.

La sangre se entrelazaba en un flujo misterioso, y de repente sentí cómo unos engranajes invisibles comenzaban a girar dentro de mis huesos.

Mi cuerpo se tensó.

La piel se tornó áspera, casi como corteza, y mis músculos se estiraron y reforzaron, moldeándose.

Los huesos crujieron al reacomodarse; las articulaciones se reajustaron con un sonido seco y preciso.

Cada fibra y célula parecía sincronizarse con la memoria plasmada en esa sangre.

Una capa de cicatrices apareció en mi piel, marcas profundas y rugosas que pulían la apariencia de un guerrero endurecido por cientos de batallas.

Mis dedos se agrandaron lentamente, huesos y músculos expandiéndose, transformándose en dedos capaces de empuñar el enorme machete sin esfuerzo.

La metamorfosis fue completa: mi cuerpo había absorbido la esencia, la fuerza y los recuerdos que definían a aquel guerrero.

Pero no planeaba quedarme en este cuerpo.

Usando mi conexión con la habilidad, empujé esa nueva identidad hacia afuera.

Sentí un tirón brutal en mi espalda, como si mi propia sombra se estuviera desprendiendo.

Me incliné hacia adelante, jadeando, mientras mis huesos y mi piel volvían rápidamente a mi forma original.

Con un impulso, la entidad se separó por completo.

Me incorporé.

Frente a mí, la figura del mercenario renacía en carne y hueso, con ojos que brillaban con un toque de conciencia, reflejando retazos de recuerdos que ahora compartíamos.

Uno de mis clones originales se acercó, tocando la cara de la nueva copia con curiosidad morbosa.

—Es idéntico…

—murmuró—.

¿Esto es lo que hace el Doppelgänger?

Caminé alrededor de la nueva creación, fascinado y asqueado a la vez.

—Sí.

Acabo de desbloquearlo y todavía no entiendo los límites —me volví hacia el gigante—.

¿Tienes nombre?

La copia parpadeó lentamente, como si despertara de un sueño profundo.

Su voz sonó como piedras triturándose, grave y profunda.

—Garrok…

Me agaché, recogí el enorme machete del suelo y se lo tendí.

—Eres un clon mío.

Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé —respondió Garrok, tomando el arma.

Su mano tembló levemente—.

Pero es confuso…

Tengo sus recuerdos.

Su lealtad…

y la tuya.

Están mezcladas.

De repente, un crepitar eléctrico llenó el aire.

Me giré bruscamente.

Elarael tenía la mano levantada, envuelta en rayos azules, apuntando directamente al pecho de Garrok.

Sus ojos estaban muy abiertos, llenos de desconfianza.

—No confío en él —dijo ella con voz tensa—.

Podría atacarnos.

Esa cosa…

es uno de ellos.

Garrok, por instinto de sus recuerdos, levantó el machete en guardia.

—¡No!

—grité, interponiéndome.

Elarael, pensando que el gigante me iba a atacar por la espalda, me agarró de la ropa y tiró de mí con fuerza para alejarme de él.

El movimiento fue tan repentino que perdí el equilibrio.

Mis botas resbalaron en la hierba y caí de bruces sobre ella.

El mundo giró y aterricé sobre su cuerpo suave.

Nos quedamos congelados un segundo, mi rostro a centímetros del suyo, sus ojos fijos en los míos, la electricidad de su mano disipándose en el aire.

—Estoy bien…

—susurré, sintiendo su respiración agitada.

Garrok bajó el arma lentamente y extendió una mano enorme hacia nosotros.

—No soy el enemigo, Elarael —dijo el clon con su voz de ultratumba—.

Zyro…

tengo información.

Los recuerdos de este cuerpo…

hablan de la caravana.

Me levanté rápido, ayudando a Elarael a ponerse de pie.

Ella se sacudió la tierra, todavía roja por la cercanía y la confusión.

—Habla —ordené.

—Son dos grupos —explicó Garrok, señalando hacia el norte—.

La primera unidad va con los prisioneros , mucho más custodiada.

Hay guerreros capturados en jaulas, pero están heridos y drogados para anular su maná.

Miré a Elarael.

Su expresión cambió de vergüenza a esperanza.

—Si los liberamos…

—empezó ella.

—…tal vez tengamos un pequeño ejército para enfrentar al Nigromante —terminé yo, sonriendo.

Apreté el puño.

Teníamos un plan.

—Ahora nos eres útil, Garrok —dijo uno de mis clones.

—¿Pero cómo vamos a atacar?

—preguntó el otro.

Caminé hacia la carne del venado cocinada y la separé en trozos, justo para los cinco.

Tomé uno en cada mano y me acerqué a Garrok.

—Entre los prisioneros, ¿hay alguien destacado?

Garrok tomó la carne y rebuscó en los recuerdos prestados por un momento.

—Sí.

Hay un joven guerrero que nos costó neutralizar.

Está herido y no creo que pueda pelear.

Nos aseguramos de eso.

Miré a Elarael y le tendí el otro trozo de carne.

—Sé que confías en mí, así que te lo pediré: necesito que seas nuestro señuelo.

Y llevarás solo esta poción de sanación contigo.

Pasamos un rato comiendo en silencio y afinando la estrategia.

Minutos después, avanzábamos por el bosque en un silencio sepulcral.

Aunque no había asignado los nuevos puntos de atributo todavía, sentía el peso de mi Nivel 26 en cada fibra de mi cuerpo.

Mis reflejos eran más agudos y mi percepción del entorno, gracias a mi herencia centauro, me permitía sentir el latido de los enemigos a la distancia.

Me mantuve en las sombras, moviéndome entre la espesura con mis dos clones originales.

Llegamos al borde de un barranco.

Abajo, en el camino de tierra, la caravana avanzaba ajena a nuestra presencia.

Eran diez mercenarios.

Rodeaban un pesado carro de madera reforzada con una jaula de hierro en la parte trasera.

Dentro, varios prisioneros languidecían bajo el sol.

Mis ojos buscaron al semihumano, cuya piel estaba cubierta de pelaje gris y cicatrices de látigo.

Era el guerrero del que Garrok tenía fragmentos de memoria.

Di la señal.

Era el momento de ver si mi nueva habilidad de Demonio funcionaba bajo presión.

Garrok emergió de los arbustos con una brusquedad calculada.

Arrastraba a Elarael, quien fingía sollozar mientras sus manos estaban “atadas” por la cuerda.

El clon gigante lucía exactamente como el mercenario original, incluso en su forma de escupir al suelo con desprecio.

—¡Eh, idiotas!

¡Dejad de holgazanear!

—rugió Garrok, su voz retumbando en el claro.

El líder de los mercenarios, un tipo flaco con cara de rata, alzó una mano para detener la carreta.

—¿Garrok?

Te dábamos por muerto.

¿Dónde están los otros?

¿Y quién es la “orejas largas”?

—Los otros fueron descuidados.

Esta maldita elfa les cortó el cuello antes de que pudiera romperle las costillas —Garrok sacudió a Elarael con una fuerza fingida que me hizo apretar los mandíbulas—.

Es una maga.

El Nigromante querrá divertirse con ella.

El líder soltó una carcajada sucia y examinó a Elarael.

—Buen trabajo.

Ábrele la jaula y vamos a revisar si no tiene nada oculto.

Garrok dio un paso atrás.

El líder se acercó y empezó a hacer una revisión en el cuerpo de Elarael, claramente tocando más de lo necesario.

Ver eso hizo que mi rabia subiera como bilis caliente.

Hice el amago de saltar del barranco, pero antes de hacer una locura, la mano de mi clon se cerró con fuerza en mi hombro, deteniéndome.

—No puedes cagarla esta vez —susurró mi copia, con los ojos fríos y calculadores—.

Solo espera.

Ella es más fuerte de lo que tú la tratas.

Me obligué a respirar.

Luego de varios segundos que parecieron horas, el líder dejó a Elarael en paz y retrocedió.

—Déjala con los otros.

Ya vi que no tiene nada oculto —dijo entre risas asquerosas.

Garrok tomó a Elarael por el brazo y, aprovechando el ángulo en que nadie miraba, le deslizó el frasco de sanación en la manga antes de empujarla bruscamente hacia dentro de la jaula y cerrar el pesado candado.

—Ey, Garrok, ven.

Supongo que tienes hambre, te guardamos carne seca —le gritó un grupo de mercenarios que descansaban y comían algo a un costado de la caravana.

Elarael, por otro lado, se arrastró por el suelo de la jaula entre lágrimas fingidas.

—Son unas bestias…

¿Te encuentras bien?

—le susurró una mujer semihumana mientras la ayudaba a sentarse.

—Sí…

—respondió Elarael en un susurro apenas audible—.

Solo necesito saber quién es el más fuerte de ustedes.

Los semihumanos menos afectados por las drogas intercambiaron miradas tensas.

Todos, de forma sutil, dirigieron la vista hacia el fondo de la jaula.

Allí, con los ojos cerrados, un brazo roto en un ángulo antinatural y el cuerpo surcado por marcas de látigo, yacía el joven guerrero.

Elarael se arrastró hacia él.

Con un vistazo rápido para asegurarse de que los guardias no miraban, destapó el frasco y vertió el líquido brillante lentamente en su boca.

Aunque el guerrero tragó toda la medicina de alta calidad, sus heridas eran tan profundas que la regeneración tardaría un poco en hacer efecto y devolverle la consciencia.

Teníamos que darle tiempo.

El atardecer ya se estaba desvaneciendo, y la noche traería consigo una masacre.

Las horas pasaron pesadas y lentas.

La noche llegó pronto y, junto con ella, las antorchas que encendieron los mercenarios.

Sin que ellos lo supieran, esas luces marcaban perfectamente su ubicación en la oscuridad del bosque.

En el fondo de la jaula, el joven prisionero abrió los ojos de golpe.

Estaba completamente sano, aunque la confusión aún nublaba su mirada.

—Por fin despiertas.

Dime, ¿te encuentras bien?

—susurró Elarael, acercándose a los barrotes para no llamar la atención.

Él parpadeó un par de veces, enfocando la vista, y asintió con la cabeza, palpándose el brazo que antes estaba roto.

—Bien.

Tenemos un plan y te necesito.

Soy Elarael, y junto a otros los vamos a sacar de aquí.

Mantente alerta.

—Me llamo Piro —respondió él, su voz ronca pero firme—.

Necesito mi arma.

La tienen en un baúl cerca del fuego, junto con las demás.

Elarael asintió y levantó una mano, llamando discretamente la atención de Garrok.

El clon gigante, que montaba guardia cerca de la carreta, le devolvió la mirada.

Sin levantar sospechas, desenvainó su enorme machete en un movimiento fluido y le cortó la cabeza a uno de los hombres que custodiaba la jaula.

El segundo guardia abrió la boca para gritar, pero antes de que emitiera un sonido, Elarael sacó la mano entre los barrotes y le descargó una sacudida eléctrica directa al cuello.

El hombre se desplomó, humeando.

—Piro necesita su espada.

Está en el cofre cerca de la fogata —susurró Elarael apresuradamente.

—Está bien, yo me encargo —gruñó Garrok.

El clon rebuscó en el cinturón del guardia decapitado, sacó el manojo de llaves y se lo entregó a la elfa a través de los barrotes.

Pero el tintineo metálico fue suficiente.

Dos soldados que estaban cerca de la fogata notaron el intercambio.

Sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver el cuerpo sin cabeza de su compañero.

Uno de ellos corrió y golpeó con desesperación una pequeña campana de bronce colgada de un poste, dando la alarma de intrusos.

Desde el borde del barranco, miré a mis clones.

Desenvainamos nuestras espadas al unísono y dimos un salto al vacío.

En ese instante, todo pareció ocurrir en cámara lenta.

El aire helado de la noche nos golpeaba en la cara.

Abajo, vi a Garrok pateando brutalmente a un mercenario en el pecho mientras bloqueaba el ataque de otro con su machete.

Vi al líder de los mercenarios, con la cara desfigurada por la ira, corriendo en dirección a la carreta de los prisioneros.

Y vi a Elarael girando la llave en la cerradura, abriendo la puerta de hierro de una patada mientras Piro salía detrás de ella como un resorte contenido.

A escasos metros del suelo, invoqué la herencia de mi sangre.

De nuestras espaldas brotaron [Alas Etéreas], pero no eran brillantes ni delicadas; eran oscuras, formadas por maná denso.

Las batimos una sola vez para frenar en seco nuestra caída, aterrizando con un golpe sordo justo encima de dos mercenarios que corrían hacia la fogata.

Nuestras espadas se hundieron en sus cuellos, clavándolos contra la tierra antes de que pudieran reaccionar.

—Una entrada digna, Zyro —dijo Garrok, limpiando la sangre de su machete mientras miraba a los otros cinco mercenarios que quedaban, paralizados por el terror.

El sexto hombre, el líder flaco con cara de rata, ya había llegado a la jaula.

Tenía a Elarael acorralada contra la madera de la carreta, con una daga en la mano.

Pero no había ni rastro de Piro por ningún lado.

—Yo me encargo de él —dije a mis clones y a Garrok, mi voz sonando anormalmente fría—.

Ustedes despellejen a esos cinco.

Guardé mis alas oscuras en un parpadeo y salí disparado en dirección al líder, mi espada negra sedienta de sangre.

El líder levantó su espada contra Elarael, pero no le di tiempo.

Pasé por su lado como un borrón, trazando un tajo profundo en su costado con mi hoja negra.

Pero el muy maldito ni se inmutó.

Bajó su arma con una fuerza bestial y, en el último segundo, levanté la mía para bloquear su ataque descendente.

El choque del acero hizo temblar mis brazos.

—Son solo hormigas que puedo aplastar —escupió el líder, con los dientes manchados de sangre—.

¿Cuánto más aguantarás antes de que te parta en dos?

Aflojó de golpe la presión sobre mi espada y aprovechó mi desequilibrio para darme una patada en el pecho.

Retrocedí a tropezones, quedando a centímetros de Elarael.

Me lancé al contraataque, ciego de ira.

Pero antes de que mi espada lo alcanzara, un destello cruzó el aire.

Un rayo de luz pasó múltiples veces a través del espacio donde estaba el líder.

El hombre se quedó congelado, sin tiempo de reaccionar.

De un segundo a otro, su cuerpo empezó a chorrear sangre por una docena de pequeños agujeros perfectos.

A su lado, el aire pareció solidificarse y Piro se detuvo en seco.

—Ya estoy aquí.

No encontraba a mi pequeña princesa —dijo el semihumano con una sonrisa ladeada.

Mostró su arma: un estoque elegante, con una hoja tan fina y afilada como un alfiler gigante.

De reojo vi que mis clones y Garrok ya habían masacrado sin problemas a los otros cinco mercenarios.

Estábamos a salvo.

O eso creíamos.

El líder, cayendo de rodillas y ahogándose en su propia sangre, nos miró con odio puro.

—No moriré con las manos vacías… Con dedos temblorosos, sacó un silbato oscuro que llevaba colgado bajo la ropa y sopló.

Un sonido agudo, casi inaudible pero penetrante, rasgó la noche.

Garrok, que venía corriendo desde la fogata, barrió su machete con furia y le cortó la garganta al líder, silenciándolo para siempre.

Pero ya era tarde.

—Maldición… —gruñó Piro, perdiendo su sonrisa y saltando ágilmente hacia el asiento del conductor de la carreta—.

Será mejor que salgamos de aquí lo antes posible.

Él ya viene.

Me giré hacia Elarael.

Sus ojos reflejaban el mismo terror de nuestra vida pasada, pero ahora no había tiempo para dudar.

Me acerqué, la tomé por la nuca y le di un beso profundo, desesperado, cargado de promesa.

—Ve con ellos —le ordené, separándome y empujándola suavemente hacia la carreta—.

No puedo permitir perderte otra vez.

Elarael subió de un salto.

Garrok, mis dos clones y yo nos quedamos en el camino, formando una barrera entre el bosque y los prisioneros.

En la oscuridad de la maleza, un coro de gruñidos guturales empezó a resonar.

Las antorchas caídas en el suelo chisporrotearon y se apagaron una a una.

Una niebla densa y negra, empapada en un líquido fétido que reconocí al instante, comenzó a devorar el claro.

El suelo bajo nuestras botas se estaba volviendo blando y putrefacto.

Era el pantano.

Y caminando lentamente en el centro de esa extensa oscuridad, rodeado de sus sabuesos, la muerte venía a reclamar lo que le habíamos robado.

El Nigromante había llegado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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