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El invocado del rey demonio - Capítulo 22

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22: Capítulo 22.

Se baja el telón 22: Capítulo 22.

Se baja el telón La presencia del Nigromante emergiendo de la noche oscura logró ponerme la piel de gallina.

No solo porque él fue quien me arrancó la vida de forma patética hace unas horas, sino porque su aparición repentina arruinaba por completo mi plan de un ataque sorpresa.

Instintivamente, di un paso atrás, manteniendo la mirada fija en su túnica oscura.

El miedo residual de mi garganta desgarrada amenazó con paralizarme, pero la mano pesada de uno de mis clones se posó en mi hombro.

Mi copia me hizo a un lado y dio un paso firme al frente.

—Qué agradable que nuestra presa venga directo a la boca del lobo —dijo mi clon, apuntando su espada negra directamente al pecho del villano.

El Nigromante inclinó la cabeza, su rostro oculto bajo la capucha.

—Qué extraño…

No te vi antes en el bosque, pero siento que ya te conozco.

No sé por qué son tres iguales, pero serán unas marionetas muy fuertes para mi colección.

Con un gesto perezoso de su mano, el suelo a su alrededor burbujeó.

De la tierra convertida en pantano empezaron a emerger brazos putrefactos que luchaban por salir, dando paso a innumerables cuerpos muertos.

Al mismo tiempo, las sombras a sus pies se materializaron.

Sus tres temibles sabuesos oscuros saltaron al ataque.

El primero de ellos se lanzó como un resorte, directo a la cabeza del clon que había hablado.

—Ese truco no volverá a funcionar —grité.

Garrok se interpuso como un muro de carne.

Cubrió a mi clon amortiguando el choque del perro con la hoja plana de su machete y, con una fuerza brutal, le dio una patada en el pecho al animal, haciéndolo retroceder por el aire.

—¡Recuerden!

—ordené, recuperando el temple y desenfundando—.

¡Sin cabeza o sin mandíbula!

¡No los dejen morder a nadie!

Garrok no perdió un segundo.

Corrió hacia el sabueso que acababa de patear, levantó su machete hacia atrás y lo bajó con una fuerza devastadora.

Los otros dos sabuesos intentaron flanquear al gigante, pero mis clones reaccionaron con una sincronía perfecta, bloqueando sus embestidas.

Ese segundo de distracción fue suficiente.

Garrok partió la cabeza del primer perro por la mitad.

No había hueso ni cerebro en su interior, solo una masa negra y humeante que se deshizo en el aire.

Tomé mi espada con firmeza y corrí hacia el clon izquierdo.

Mientras él forcejeaba con las fauces del segundo perro, salté y clavé mi espada directamente en el cráneo de la bestia.

Mi pasiva [Anti-Oscuridad x5] reaccionó al instante: el filo negro brilló y la masa oscura del sabueso se desintegró con un chillido sordo al quedar clavada contra el suelo, inmóvil.

A nuestra derecha, Garrok tomó el cadáver del primer perro del suelo y lo lanzó como un proyectil contra el tercer sabueso, derribándolo.

Mi segundo clon aprovechó la caída y remató a la bestia de un tajo limpio, separando su cabeza del cuerpo sombrío.

El silencio volvió al claro por un instante.

El Nigromante, lejos de verse intimidado, empezó a aplaudir de forma lenta, hueca y dramática.

—Qué gran espectáculo.

Tanto desgaste para unos simples cachorros…

—Su voz goteaba veneno y burla.

Levantó ambas manos.

El pantano fétido burbujeó frente a nosotros.

De la tierra negra no solo emergieron los mercenarios que acabábamos de masacrar, sino docenas de cadáveres antiguos, con armaduras oxidadas y cuencas vacías.

—¡Maten a los intrusos!

—ordenó el Nigromante, levantando su báculo.

La horda se abalanzó, pero el Nigromante no se quedó atrás.

Con un movimiento seco, hizo brotar lanzas de hueso afilado desde el fango.

Una de ellas atravesó el cuello del clon que estaba adelante, haciéndolo emitir un quejido mientras sus ojos se cerraban.

Estábamos en desventaja.

Mi espada cortaba la carne podrida con facilidad gracias al multiplicador de daño, y Garrok partía cuerpos por la mitad, pero el terreno nos mataba.

Por cada uno que caía, dos más se levantaban.

—¡Atrás!

¡Formación defensiva!

—ordené, retrocediendo a duras penas mientras esquivaba otra ráfaga de magia oscura que marchitó los árboles a mi espalda.

Un destello plateado cruzó la oscuridad y un zombi cayó con la cabeza perforada.

Piro aterrizó a nuestro lado, pero apenas sus botas tocaron el suelo negro, el lodo putrefacto atrapó sus pies.

Su velocidad cegadora desapareció.

—¡Maldición!

Este barro chupa la energía…

soy un blanco fácil aquí —gruñó Piro, bloqueando un hachazo apenas a tiempo.

El Nigromante rio, una carcajada seca y terrible.

Levantó ambas manos, reuniendo una esfera de maná negro y denso que prometía borrarnos del mapa.

Estábamos acorralados.

Entonces, un relámpago azul iluminó el bosque, impactando en la espalda de la horda.

—¡Por aquí, sacos de huesos!

—gritó Elarael.

Detrás de ella venían los prisioneros liberados, armados con lo que habían encontrado.

—¡Nosotros distraemos a los débiles— Grito Elarael, destrozando a dos esqueletos de un golpe—.

¡Acaben con el hechicero!

La distracción funcionó.

El Nigromante giró la cabeza, sorprendido.

Era ahora o nunca.

«Sistema, asigna los 30 puntos de atributo: 20 a Agilidad, 10 a Fuerza».

Una descarga de adrenalina pura me incendió las venas.

El peso del pantano desapareció bajo mi nueva fuerza.

—¡Garrok, ábreme paso!

—grité.

Salí disparado.

Garrok embistió como un toro, destrozando a los guardias personales del hechicero.

El Nigromante intentó reaccionar, disparando su esfera de maná oscuro directamente hacia mi pecho.

No la esquivé.

Usé mi espada negra y, confiando en mi pasiva, corté la magia por la mitad.

La explosión me quemó los brazos, pero logré atravesar la barrera.

Me deslicé por el fango, esquivé una última lanza de hueso que me rozó la mejilla y le clavé la espada en el estómago, empalándolo contra el tronco de un árbol muerto.

El Nigromante escupió sangre negra, agarrando la hoja de mi espada con desesperación.

Saqué mi daga, me corté la palma de la mano izquierda y le agarré el rostro con violencia.

Activé [Mimetismo Sanguíneo].

El mundo físico desapareció.

Fui arrastrado a un torbellino.

Vi una habitación humilde.

Vi a una mujer hermosa tosiendo sangre en una cama, y a este hombre llorando a su lado.

Lo vi meses después, demacrado, en un círculo de invocación rodeado de cadáveres de animales.

Frente a él, la realidad se rasgaba.

De una grieta envuelta en fuego verde emergió una figura imponente, cubierta por una túnica andrajosa que no lograba ocultar un aura de maldad absoluta.

—Soy Morgast —dijo la entidad, con una voz que sonaba como la muerte misma; uno de los hijos del Rey Demonio.

—Pides poder sobre la vida, humano.

Te lo daré.

Pero la muerte siempre cobra su peaje.

Vi cómo Morgast le entregaba el poder, y cómo, en su intento por revivir a su esposa, el hechicero solo logró traer de vuelta un monstruo sin alma.

Vi cómo la culpa y la energía demoníaca terminaron de pudrir su mente hasta convertirlo en lo que era hoy.

Volví a la realidad con un jadeo, soltando el rostro del hombre.

Ya no vi a un villano imponente, sino a una víctima de su propia desesperación.

El Nigromante me miró con ojos vacíos y se deshizo en un líquido negro y espeso bajo mi espada.

Al deshacerse el cuerpo del Nigromante, la magia que sostenía la pesadilla colapsó.

Pero el pantano fétido no se hundió simplemente en la tierra.

Como si tuviera voluntad propia, el fango negro comenzó a retroceder, arrastrándose desde todos los rincones del claro para converger directamente en mis botas, siendo absorbido por mi sombra como un perro que vuelve a su amo.

De pronto, el claro quedó sumido en un silencio sepulcral.

El hedor a muerte y podredumbre comenzó a disiparse, arrastrado por una brisa helada que me congeló el sudor de la nuca.

La tormenta de magia había terminado.

La luna se asomó entre las nubes muertas, iluminando la sangre en mi espada y el vapor que salía de los cuerpos caídos.

Todo había terminado, pero la tensión en el aire era tan espesa que casi podía cortarla.

A mis espaldas, escuché murmullos agitados.

Me volteé y vi a un grupo de personas arremolinadas.

En el centro, Piro estaba tendido en la tierra, presionando una mano contra su cuello.

Perdía mucha sangre.

Me acerqué a zancadas, apartando a la gente.

La herida era profunda, un corte limpio en la yugular; en cuestión de segundos, moriría.

Entre lágrimas y respiraciones entrecortadas, Piro habló: —No se preocupen… mi muerte trae la libertad de ustedes… —Tosió, ahogándose ligeramente—.

Pero tengo miedo… No quiero morir.

Elarael rebuscaba frenéticamente en su bolso, arrojando vendas inútiles al suelo.

—¡Creí que tenía otra poción de sanación, pero solo son de refuerzo!

¡Lo siento, lo siento!

—sollozó ella, con las manos manchadas de la sangre del semihumano.

Parado a su lado, miré mi mano izquierda.

Aún estaba cubierta con mi propia sangre cobriza, mezclada con la sangre oscura y residual del Nigromante.

Garrok se acercó, colocó su mano pesada en mi hombro y, al ver mi mirada, hizo un gesto lento de aprobación.

Sabía lo que estaba pensando.

—Piro… —hablé, mi voz sonando extrañamente fría—.

Tengo una solución, pero tiene un precio muy alto.

Puedes vivir.

Conservarás tus recuerdos, tus habilidades y tu mente, pero serás un clon mío.

Yo tendré tus recuerdos y tú los míos.

Tu cuerpo y tu voluntad me pertenecerán.

Y para eso… primero tienes que morir.

Piro me miró a los ojos.

El terror a la muerte era más fuerte que cualquier otra cosa.

Asintió levemente mientras sus ojos perdían el brillo y se cerraban, exhalando su último aliento.

Los prisioneros me miraron con horror.

Un anciano de rostro arrugado y ropas raídas se interpuso, levantando las manos.

—No puedes profanar su cuerpo.

Va en contra de nuestras creencias —dijo el anciano con voz solemne y temblorosa—.

El bosque reclama su cuerpo y su alma.

Él nos da la vida, nos alimenta, y cuando morimos, le regresamos nuestro ser y nos unimos a la tierra.

Déjalo descansar.

Ignorando por completo sus palabras, me agaché junto al cadáver.

Con mi daga, hice un nuevo corte en mi dedo y presioné mi mano ensangrentada contra la herida abierta en el cuello de Piro.

Al instante, sentí cómo su ser recorría mis venas: sus recuerdos, sus miedos, sus dolores y su agilidad.

Todo entró en mí de golpe.

Lentamente, me incorporé, sintiendo el familiar tirón en mi espalda.

Ya no era tan doloroso; creo que me estaba acostumbrando a desgarrar mi propia alma.

De mi espalda brotó la masa oscura, separándose hasta formar un nuevo clon.

La figura sin rostro inclinó la cabeza y, en un parpadeo, la carne y el hueso se moldearon hasta tomar la forma exacta del cuerpo de Piro.

El semihumano abrió los ojos.

—Es raro… —murmuró Piro, agachándose y tocándose el pecho, comprobando que la herida mortal ya no estaba.

Los aldeanos retrocedieron bruscamente, mirándolo con total desaprobación.

Algunos escupían al suelo en señal de desprecio; otros susurraban maldiciones y los más viejos empezaron a rezar, apartando la mirada.

—Sigo siendo yo —dijo Piro, dando un paso hacia ellos, buscando una cara amiga entre la gente que acababa de salvar.

Pero todos se alejaron aún más.

—Ya no eres uno de los nuestros —le escupió el anciano entre los aldeanos, agarrándose la pierna herida—.

Te pareces a él, pero él ya está muerto en el barro.

Y tú… —me señaló con el dedo, temblando de ira y terror—… tú eres igual de monstruo que el Nigromante.

Me quedé en silencio, asintiendo lentamente con la cabeza.

Tenían razón.

Había cruzado una línea que no se podía borrar.

Volteé hacia Elarael.

Sus ojos reflejaban algo de miedo por lo que acababa de presenciar, el milagro oscuro que había obrado frente a todos.

Sin embargo, apretó los puños y, en lugar de alejarse, dio un paso hacia mí, acortando la distancia.

—No importa lo que ellos digan —dijo Elarael, con la voz temblando ligeramente pero manteniendo la barbilla en alto—.

Yo también soy un monstruo.

Soy la hija del Rey Demonio, y no necesitamos su aprobación.

Piro, resignado a su nueva existencia, caminó hasta pararse a mi otro lado.

Unas lágrimas solitarias brillaron en sus ojos felinos mientras miraba sus propias manos.

—Gracias… —susurró el Viento Errante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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