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El invocado del rey demonio - Capítulo 23

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23: Capítulo 23.

Fragmentos de humanidad 23: Capítulo 23.

Fragmentos de humanidad Han pasado tres días desde el combate contra el Nigromante.

A pesar de haber ganado, liberado a los prisioneros y salvado la vida de Piro, lo único que conseguí fue ganarme el odio y el desprecio de su especie.

Durante estos días caminamos sin un rumbo fijo, ignorando el medallón que vibra sin parar en mi bolsillo y sin ninguna señal ni respuesta de Afrodita.

—Entiendo que te sientas desanimado.

A pesar de hacer bien las cosas, te siguen viendo como un monstruo.

Pero es un error de tu parte creer lo contrario, Zyro.

La voz de Aiden resonaba mientras caminaba perezosamente a mi alrededor.

—Tú no eres un héroe invocado por la luz, y eso ya dice mucho.

¿Quieres mi consejo?

No confíes en nadie más.

Si el mundo quiere tacharte de villano, ¿por qué no tomas tu papel y les das un verdadero motivo para que te llamen así?

Acaricié la cabeza del pequeño gato peludo.

—Tienes demasiada maldad para verte como un indefenso gatito, Aiden.

Él se alejó de mi mano de un salto y trató de arañarme, mostrando una expresión molesta.

—¡Zyro!

—Creo que te llaman, campeón.

Nuestra sesión de terapia termina por hoy —dijo el gato, desapareciendo en el infinito vacío blanco de mi mente.

—¡Zyro, despierta!

Piro volvió y dijo que encontró una aldea no muy lejos.

Elarael, al notar que yo aún mantenía los ojos cerrados, se sentó a horcajadas sobre mi estómago.

Colocó sus manos en mis mejillas y las apretó con fuerza.

—Sé que estás despierto.

No puedes simplemente encerrarte en ti mismo, negarte a comer y a hacer nada.

El culto podría estar a la vuelta de la esquina y tú ni siquiera te esfuerzas.

Sentí el calor de sus manos, tibias y firmes, sosteniendo mi rostro.

Acercó su cara junto a la mía para besarme.

La textura de sus labios fue un sorprendente contraste: húmedos, cálidos y suaves, con una dulzura inesperada que se mezcló rápidamente con la firmeza de sus dientes al morder mi labio inferior con fuerza.

La presión ligera me recorrió como un suspiro de electricidad, despertando sensaciones que hacía tiempo creía olvidadas, recordándome que no estaba solo en esta lucha.

—¡Ahhhuch!

Abrí los ojos de golpe y me encontré con su rostro.

Su expresión enojada estaba suavizada por las lágrimas contenidas que brillaban en sus ojos.

Su tacto era un ancla que me obligaba a regresar del abismo de mi encierro.

—Disculpe que los interrumpa, pero quiero darle las novedades a mi señor.

Piro se asomó apenas entre los árboles, manteniendo su distancia.

Se arrodilló, posando una pierna y un puño en el suelo, con la mirada clavada en la tierra.

Levanté la cabeza, notando la exagerada reacción, y luego miré a Elarael, quien parecía igual de sorprendida.

Ella se apartó de mí, dándome espacio para incorporarme.

—Gracias, Piro, pero ¿por qué haces eso?

Puedes levantarte.

Al ponerme de pie, limpié mi ropa —dormir en el suelo deja mucho polvo— y caminé en su dirección.

Piro se levantó y me miró directo a los ojos.

—Lo hago porque le muestro mis respetos, señor Zyro.

Por pedir vivir, usted se ganó el odio de mi pueblo, pero yo estoy dispuesto a hacer lo que sea para que no se arrepienta de su decisión.

Por favor, no me pida que no lo haga.

Usted se merece el mayor de los respetos.

Bajó la mirada de nuevo, con una determinación férrea.

Miré a Elarael, buscando apoyo para decirle que esto era demasiado, pero en su rostro se dibujaba una sonrisa de orgullo.

—Yo no… —empecé a decir.

Elarael se acercó rápidamente y, con su mano, tapó mi boca.

—Zyro agradece tu iniciativa y quiere saber tus novedades —dijo ella por mí.

Con su otra mano, apretó mis mejillas y movió mi cara hasta que mis ojos se encontraron con los de Piro.

«¿Desde cuándo ella hablaba por mí como si ya hubiera decidido quién debía ser?», pensé, mientras Elarael mantenía su mirada clavada en mí, sin soltarme el rostro.

—Gracias por tu trabajo, Piro.

Hablaré con nuestro señor para decidir qué hacer.

Diles al resto que se preparen para una visita, y recuerda: no tenemos que llamar la atención.

Piro hizo una profunda reverencia para luego alejarse entre la maleza.

Solo cuando él ya no estaba a la vista, Elarael me soltó.

—¿Qué fue todo eso, Elarael?

—pregunté, frotándome la mandíbula.

—Zyro, cariño, ya basta de sentir que eres débil.

Piro reconoce tu fuerza y está agradecido por vivir, al igual que yo, y estoy muy segura de que también Garrok.

Se inclinó levemente hacia adelante, con una sonrisa juguetona.

—Mi señor, estoy a tus órdenes y necesidades.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, nada acostumbrado a que me trataran de esa forma.

—No juegues con eso.

Vamos al pueblo a comprar recursos.

Tal vez, si hay alguna habitación disponible, podríamos descansar en una cama como corresponde.

Me acerqué a Elarael, levanté su mentón con un dedo y la obligué a mirarme fijamente una vez más.

«Podría acostumbrarme a que estén a mis pies», me dije a mí mismo, mientras una extraña calidez, distinta a la del sol, nacía en mi pecho.

Levantamos nuestro equipo y nos acercamos a Piro y Garrok, lo suficiente para ver las casas a lo lejos.

—Veo que ya está mejor, mi señor —dijo Garrok, volteando a verme.

—¿Tú también?

—dejé escapar un suspiro y empecé a caminar hacia el pueblo.

No tardamos en llegar.

El ambiente era tranquilo, con niños jugando y corriendo por los caminos de tierra.

—¡Tú la traes, tú la traes!

¡Jajaja!

Un niño que corría mirando hacia atrás chocó directamente contra mí, cayendo de sentón por no prestar atención.

—Lo siento, no los vi… —El chico se frotó la cabeza y se levantó.

Al mirarnos, notó el aspecto de Elarael—.

¡Ahhh!

¡Es una elfa oscura!

Los demás niños gritaron al unísono y salieron corriendo despavoridos.

En cuestión de segundos, varias personas salieron de sus casas empuñando hoces, herramientas y antorchas, avanzando en nuestra dirección con actitud hostil.

—¿Quiénes son y qué hace una elfa oscura aquí?

—gritó uno de los aldeanos.

—Mi nombre es Zyro y este es mi grupo.

Somos aventureros, no queremos causar problemas.

Solo buscamos dónde pasar la noche.

De mi mochila saqué la placa de aventurero y la extendí para que la vieran.

Un hombre mayor con una túnica rústica se acercó.

Entrecerró los ojos hacia la placa y bajó su cuchillo.

—Aquí dice que son tres, pero ustedes son cuatro.

La placa parece original… ¿Por qué tienen a una elfa oscura en su grupo?

El hombre hizo una seña con la mano y el resto de los aldeanos bajaron sus armas improvisadas, abriendo un pequeño espacio.

—Ella se llama Elarael y es humana, aunque su aspecto sea diferente —mentí con naturalidad.

Guardé la placa y saqué una pequeña bolsa de cuero, sacudiéndola para hacer tintinear las monedas en su interior—.

Pagaremos por una noche.

El líder nos guio hacia el centro del pueblo.

Todas las miradas se posaban en nosotros, cargadas de desconfianza, pero nadie dijo nada más.

Nos detuvimos frente a una señora mayor y encorvada.

—Soy Rosmeri, la anciana del pueblo.

Solo hay una cabaña pequeña disponible y un granero en el fondo.

Pueden usar ambos, no se les cobrará extra por el granero.

Los baños comunitarios quedan en aquel complejo y el mercado por el otro lado.

Mientras nos daba indicaciones, sacó una llave oxidada.

Le entregué dos monedas de plata.

La anciana las tomó, las mordió con sus dientes desgastados para confirmar que eran reales y asintió.

—Nunca se sabe cuándo alguien miente —murmuró, dándose la vuelta para entrar a la casa contigua.

Abrí la puerta de la cabaña.

Era un lugar pequeño, con apenas una cama grande, una mesa coja, un par de sillas y algunas velas consumidas.

—Garrok y yo iremos a comprar recursos —dijo Piro, dejando su espada y parte de su equipo extra sobre la mesa.

Garrok también dejó su enorme arma y extendió la mano hacia mí.

—Solo nos queda una moneda de oro —dije, entregándosela.

Ambos salieron en dirección al mercado.

Nuevamente, estaba a solas con Elarael.

—Ve a tomar un baño mientras preparo el sitio, cariño —dijo Elarael, acercándose para desabrochar el cinturón con mi espada de mi cintura—.

No vas a necesitar esto, pero llévate esto otro por si acaso.

Sacó mi daga de la mochila y me la entregó junto con una muda de ropa limpia.

—Siempre cuidándome… ¿qué haré el día que no puedas ayudarme?

—sonreí levemente.

Tomé las cosas y fui a los baños comunitarios.

Al cruzar el umbral, el aire cálido y húmedo envolvió mi rostro, mezclándose con el suave aroma de cedro y hierbas secas que siempre caracterizó a este lugar.

En el centro de la estancia, hundida en el suelo de tierra compactada y piedra pulida, yacía una gran tina de madera de ciprés.

Sus bordes estaban desgastados por el paso de los años y las manos de quienes la habían usado.

Estaba llena de agua tibia que reflejaba la luz suave de los faroles de papel colgados del techo de vigas de pino.

Me quité la ropa y la coloqué en un balde.

Tomé otro cubo y me lavé, sacándome toda la suciedad y el polvo del camino, para luego entrar a la gran tina.

El agua suavizó mi cansancio de inmediato.

Cerré los ojos, dejándome relajar por primera vez en días.

Minutos después, escuché pasos lentos y el suave chapoteo del agua al moverse.

Al abrir los ojos de golpe, noté a un joven de unos veintitantos años sentado del otro lado de la tina.

—Te noto cansado, Zyro —dijo, mirándome con una sonrisa tranquila.

Por puro reflejo, alcancé mi ropa seca en el borde, saqué mi daga y la desenvainé bajo el agua.

—¿Quién eres y cómo sabes mi nombre?

—exigí, apuntando con el arma.

—¿Por qué tanta agresividad?

Soy yo, Afrodita.

Relájate, solo vengo a hablar.

—Echó los hombros hacia atrás, apoyándose cómodamente en el borde de la tina—.

Te estuve observando.

Has eliminado al Nigromante como te pedí.

¿Qué preguntas tienes para mí?

Con algo de duda, bajé ligeramente el cuchillo, aunque no lo solté.

—¿Puedes cambiar tu aspecto?

—Claro, son solo ilusiones.

Muy diferente a lo que tú puedes hacer con esa habilidad… ¿cómo se llamaba?

¿Doppelgänger?

—Inclinó la cabeza, tratando de analizar mi reacción.

—¿Por qué no ayudaste contra el Nigromante?

—pregunté, mientras el vapor se arremolinaba entre nosotros.

—Estabas a prueba.

Los otros héroes decían que tienes un potencial aterrador, y estoy de acuerdo con ellos.

Se sumergió en el agua por completo.

Cuando emergió un segundo después, ya no era un joven; tenía el aspecto de la pequeña niña a la que alguna vez ayudé.

—¿Eres asqueroso o esa es tu forma original?

—La miré con una mueca de evidente desagrado.

—No, jaja.

Pero quédate tranquilo, sí soy mujer, si eso es lo que te incomoda.

Bueno, creo que será mejor que me retire.

Por cierto, los otros héroes están muy inquietos con tu presencia libre en este mundo.

Se puso de pie, dándome la espalda, y mientras salía del agua, su cuerpo se encogió y transformó hasta convertirse en un zorro de dos colas.

—No me importa ninguno de ellos, solo quiero vivir en paz.

¿Tú qué quieres conmigo?

—le grité.

—Ya lo sabrás —respondió la voz del zorro, alejándose a toda velocidad hacia la salida.

Me quedé unos minutos asimilando lo que acababa de suceder.

Finalmente, salí, me sequé y me vestí.

El atardecer ya pintaba el cielo de tonos anaranjados.

Al volver, los demás estaban fuera de la cabaña, alrededor de una pequeña fogata donde ya cocinaban unos trozos de carne.

—Esta es la lista de lo que compramos y sus precios —dijo Piro, tendiéndome un papel—.

Espero que no le moleste, pero también compramos un poco de vino.

—Disfruten, se lo merecen —dije, entrando a la cabaña.

Elarael había limpiado por completo y ordenado el pequeño lugar.

—Qué bien hueles.

Iré yo también a darme un baño.

Si quieres, puedes comer o esperar a mi regreso —dijo ella.

Me senté en el borde de la cama.

Elarael se acercó, me dio un beso suave en los labios y salió.

Exhausto por el encuentro con Afrodita, me recosté y cerré los ojos.

Afuera, en su camino hacia los baños, Elarael chocó accidentalmente el hombro con un niño del pueblo.

Ella apenas murmuró una disculpa y siguió de largo sin darle importancia.

Pero el niño se detuvo, sonrió con malicia y, en un parpadeo, su forma se estiró y moldeó hasta convertirse en una copia exacta de Elarael.

El impostor esperó un rato oculto en las sombras.

Luego, caminó hacia la fogata.

—Elarael, si vas adentro, ¿puedes llevarle este plato a Zyro?

Tiene que comer o se enfermará —dijo Piro, extendiéndole un plato de carne asada y una botella de vino recién abierta.

—Claro, yo me encargo —respondió la copia con la voz idéntica a la de la Semi-Humana.

Entró a la cabaña y cerró la puerta con suavidad.

Al notar que yo estaba dormido, dejó el plato en la mesa.

Tomó la botella de vino y, con un movimiento rápido y sigiloso, vertió algo en su interior.

Agitó la botella y se acercó a la cama.

—Aquí está la comida —dijo dulcemente—.

Toma un poco.

Abrí apenas los ojos.

Vi a Elarael de pie junto a mí, ofreciéndome una copa llena.

Me senté con pesadez en el colchón y acepté el trago.

—Tienes que comer o te sentirás mal —murmuró, acariciando mi cabello mientras yo bebía el vino de un solo trago para calmar la sed.

Asentí, sintiéndome extrañamente relajado.

Ella se sentó a mi lado y empezó a darme pequeños trozos de carne directamente en la boca.

Pero a los pocos bocados, la habitación empezó a inclinarse.

Mi visión se volvió borrosa y sentí un mareo denso, como si tuviera plomo en las venas.

Todo daba vueltas.

Apenas podía mover un músculo; una calidez antinatural se extendía por mi pecho, nublando mi juicio a una velocidad aterradora.

Con movimientos lentos y calculados, ella comenzó a quitarme la ropa.

—Solo disfruta —susurró.

Se subió a horcajadas sobre mí.

La habitación se volvió un borrón de calor y sombras.

Mi inmunidad al veneno había neutralizado el alcohol del vino casi al instante, pero esto no era algo que mi sangre pudiera combatir.

No era una toxina; era una Técnica de Seducción Kitsune.

La mirada de “Elarael” brillaba con un fulgor dorado que me encadenaba la voluntad.

Sentí su peso, sus manos guiándome con una precisión fría que no era la de la elfa.

Su presencia se volvió más densa, más antigua, una presión espiritual que aplastaba mis defensas mentales.

Se inclinó sobre mi rostro y, rozando mi oído, habló con su verdadera voz.

Ya no era suave.

Era la voz de alguien que ha vivido siglos planeando cada movimiento.

—Los héroes no pueden ser guiados.

Los reyes demonio no pueden ser poseídos —susurró Afrodita, revelando su naturaleza calculadora—.

Pero un hijo… un hijo puede ser moldeado desde la cuna.

Necesito engendrar algo que yo misma pueda controlar.

No hubo ternura, solo una danza coreografiada de sensaciones que mi cuerpo obedecía por puro instinto bajo su hechizo.

Un jadeo se me escapó sin permiso.

Todo pasó en un trance febril, como si el tiempo se hubiera roto bajo el peso de su aura.

Cuando terminó, me dejó tirado entre las sábanas revueltas, con el espíritu agotado y la mente nublada.

Se levantó, se vistió con una elegancia inhumana y salió, dejando la puerta entreabierta.

Yo me quedé ahí, respirando entrecortado, con un vacío en el pecho que ninguna habilidad de combate podía llenar.

Elarael caminaba de regreso, secándose el cabello con una toalla mientras el aroma de la carne asada inundaba sus sentidos.

Al acercarse a la fogata, notó que Piro y Garrok la miraban con una extrañeza evidente.

—¿Ya está la carne?

—preguntó ella, distraída—.

Así le llevo un plato a Zyro.

Los tres se quedaron en silencio un segundo.

Piro frunció el ceño.

—Pero… si ya te dimos un plato con carne y una botella de vino hace diez minutos —respondió Piro, señalando la puerta de la cabaña.

Los ojos de Elarael se abrieron de par en par.

La toalla resbaló de sus hombros y cayó al barro.

Sin decir una palabra, salió disparada hacia la cabaña, empujando la puerta con tanta fuerza que golpeó contra la pared —¿Zyro?

—susurró, con la voz quebrada.

Se quedó paralizada en el umbral.

Sus ojos recorrieron la escena: la cama deshecha, la botella vacía sobre la mesa y a mí, tendido entre las sábanas con la mirada perdida y la piel marcada por huellas rojas de dedos y mordidas que ella no había hecho.

—No… —dio un paso atrás, llevándose las manos a la boca—.

¿Qué pasó aquí?

Intenté hablar, pero mi mente seguía intentando sacudirse el rastro del hechizo.

Solo logré emitir un gruñido gutural.

Elarael corrió hacia mí y me tomó el rostro con manos temblorosas.

—Dime que fue… —susurró.

Se detuvo un segundo y aspiró profundamente el aire de la habitación.

Su piel se agrieto y parte de su rostro tomo su forma demoníaca y detectaron el rastro de una magia ajena, un perfume dulce y salvaje—.

Este olor… no soy yo.

Es olor a zorro.

Sus dedos bajaron por mi pecho, rozando las marcas que la impostora había dejado.

Su rostro se puso blanco como el papel, una mezcla de horror y una furia asesina que nunca le había visto.

—Alguien estuvo aquí —sentenció, con la voz vibrando de odio puro.

Se puso de pie de un salto y salió de la cabaña justo cuando Garrok y Piro iban a entrar a la cabaña.

Elarael señaló hacia el linde del bosque.

A lo lejos, bajo la luz de la luna, se recortaba una silueta femenina.

La figura se detuvo un instante y miró hacia atrás.

No era una humana, ni una elfa.

Por debajo de su ropa, dos colas de pelaje espeso se agitaron con elegancia antes de que la criatura se perdiera entre las sombras con una risa que pareció flotar en el viento.

Afrodita, el Héroe Kitsune, no solo me había puesto a prueba.

Me había tratado como a una marioneta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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