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El invocado del rey demonio - Capítulo 4

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4: Capítulo 4 Fuga de Sangre y Luz Cegadora 4: Capítulo 4 Fuga de Sangre y Luz Cegadora Abrí los ojos de golpe, tosiendo.

Un cubo de agua helada me había golpeado el rostro, sacándome de la inconsciencia.

​Noté unas piernas frente a mí y, por instinto de combate, me arrodillé e intenté lanzarme hacia ellas.

Pero mi propio impulso me traicionó; el collar de hierro en mi cuello tiró de mí hacia atrás, golpeando mi cabeza contra la pared de piedra húmeda.

​—Tu instinto no decepciona —dijo una voz familiar.

​Era Xylena, parada en la entrada de la celda, ahora en su forma humana.

Su belleza era fría, casi perfecta, ocultando al monstruo de tres ojos que llevaba dentro.

​—No sé si eres valiente para ir en contra de mi padre o muy estúpido por no pensar antes de hablar —dijo, cruzándose de brazos—.

¿Creíste que podrías salir vivo llevándole la contraria?

​Unos gritos ahogados se escuchaban de fondo, ecos de dolor que rebotaban en los pasillos de las mazmorras.

Miré las cadenas en mis manos y toqué el grueso collar de hierro.

Decidí sentarme contra la pared, mirándola fijamente a los ojos.

​—Para ser alguien que viene a torturarme, hablas mucho, Xylena.

​Su rostro pasó de una sonrisa burlona a una expresión sombría.

Con una sutileza antinatural, se deslizó a través de los barrotes y se inclinó cerca de mí.

​—Te dije cuál era mi nombre.

¿Acaso ya ni te acuerdas?

​Puso un dedo sobre mi pierna estirada.

Su uña, afilada como una navaja, penetró la tela y pinchó mi piel, enviando una ligera sensación de electricidad, no de dolor.

​—Elarael.

Ese es mi nombre para ti.

​Gruñí sin moverme, sosteniendo su mirada con odio.

​—Da igual cuál sea tu nombre.

No me vienes a liberar ni a torturar, entonces, ¿qué quieres de mí?

​Ella se apartó bruscamente, como si mi cercanía le quemara.

​—¿Qué te hace pensar que no tengo intención de torturarte?

—Volvió a sonreír, pero la sonrisa no llegaba a sus ojos—.

Aunque…

ya lo hubiera hecho.

Tienes razón, te he despertado primero.

​Elarael dio un paso atrás, mirando nerviosa por el pasillo.

Al no ver ningún guardia cerca, volvió a acercarse, bajando la voz.

​—No tengo intención de dañarte.

Tú podrías ser mi boleto de salida de este infierno, pero aún no es el tiempo.

Los otros Héroes ya vienen y la batalla no tardará en comenzar.

Usaremos el caos para escapar.

​Se acercó aún más, su rostro a centímetros del mío.

Podía oler un perfume dulce que no encajaba con el olor a sangre de la celda.

​—Estoy cansada de ser humillada por ellos.

Nunca pedí estar acá.

Soy tan prisionera como tú, Zyro…

solo que sin las cadenas.

​Sin previo aviso, besó mi frente.

Fue un toque frío, casi maternal, pero cargado de tristeza.

Sin darme tiempo a preguntar, se marchó, cerrando la reja tras de ella.

​—Tengo más preguntas ahora…

—pensó Zyro para sus adentros.

​Traté de liberar mis manos a la fuerza, tensando mis músculos aumentados por la esencia del Centauro, pero un brillo púrpura en el metal me dio a entender que estaban encantados.

​Los gritos de fondo fueron reemplazados por un gorgoteo húmedo.

Me levanté y miré entre los barrotes del lado derecho.

Un demonio verdugo acababa de cortar la garganta de un prisionero elfo.

El demonio notó mi mirada, me sonrió con dientes amarillos y siguió limpiando su cuchillo.

​—Mejor no llames la atención si quieres vivir —susurró una voz ronca desde unas celdas más a la derecha.

​—Ellos ya tienen sus órdenes, pero no dudarán en castigarte si te metes —continuó la voz.

​—¿Llevas mucho aquí para saber eso?

—pregunté, sentándome cerca de los barrotes derechos para escuchar mejor.

​—Sí, joven…

llevo más de 35 años aquí abajo.

Pero no me pueden matar por órdenes del Rey.

​La anciana rió sin gracia.

Su voz se sentía triste, seca, vacía de vida.

​—Ser la esclava personal del Rey tiene sus ventajas.

Nadie aquí me puede tocar.

​La miré con intriga a través de las sombras.

A pesar de las arrugas y la suciedad, su cara tenía un parecido innegable a alguien.

​—35 años es mucho tiempo.

Y por lo que veo eres humana…

de unos sesenta años.

Pero no entiendo por qué dices que eres la esclava personal de Tharvathorax.

​—¡Joven, tienes razón, soy humana y tengo 59 años, no me sumes uno más!

—Volvió a reír, pero esta vez sonó como una loca desquiciada—.

Solo fui una incubadora…

Una incubadora de pequeños monstruos.

Pero de todos los engendros…

solo una sobrevivió.

​Antes de que pudiera procesar esa revelación, un fuerte estruendo sacudió los cimientos del castillo.

El polvo cayó del techo.

Demonios errantes cruzaron el pasillo corriendo en una misma dirección.

Las explosiones se escuchaban cada vez más cerca, hasta que un impacto directo hizo temblar el suelo bajo mis pies.

​—¡Ya comenzó!

—gritó la anciana, riendo a carcajadas mientras el mundo se venía abajo.

​No tomó mucho tiempo para que Elarael volviera.

Se detuvo en mi celda y, pronunciando una palabra en lengua demoníaca, los grilletes cayeron al suelo con un ruido metálico.

​—Skarvath —pronunció, mientras corría hacia la celda de la anciana para liberarla.

​Me puse de pie sin tiempo que perder.

Puse mis manos en la reja oxidada y empujé con fuerza bruta, arrancando la puerta vieja de sus goznes.

​—Castillo viejo…

pésimo mantenimiento —murmuré.

​Me acerqué a la celda contigua.

Elarael estaba abriendo la puerta.

​—Madre, ya es hora de salir de aquí.

Te prometo que te cuidaré, nos iremos lejos.

​La anciana gruñona la empujó con una fuerza sorprendente para su edad.

​—¡Vete de aquí!

Yo ya no puedo ni caminar…

—La anciana escupió al suelo—.

Aparte, ¡tú eres la razón de estar aquí encerrada!

Hace años quería morir y tú le pediste a ese monstruo que me dejaran vivir.

Ahora soy una anciana, no tengo nada ahí fuera.

Vete y no vuelvas, sucia mestiza.

Tal vez…

con suerte, hoy pueda morir por fin.

​Elarael se quedó congelada.

No discutió.

Solo bajó la cabeza, apretando los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

​—Sígueme si quieres vivir —dijo con voz quebrada, y echó a correr.

​El castillo era un laberinto, pero Elarael conocía pasadizos ocultos tras los muros.

​—Son varios muros, tal vez tengamos que pelear.

Toma esto.

​Lanzó una espada vieja y oxidada hacia mí.

La atrapé en el aire.

Cruzamos el primer muro, escondiéndonos detrás de unos cuerpos en descomposición apilados en un rincón.

Olía horrible, pero también olía a libertad.

​—¿Ya tenías todo preparado?

—pregunté, siguiéndola de cerca.

​De repente, un grupo de sabuesos deformes pasó cerca, olfateando el aire frenéticamente.

​—Tu olor atrae a los Vorak.

Son acechadores creados por mi hermano Morgast.

Si nos encuentran, sabrá que estamos escapando.

​Miré mis botas pesadas y recordé la interfaz.

​—¡Tengo una idea!

—dije, mientras me quitaba las botas rápidamente—.

Tengo una habilidad de sigilo si estoy descalzo.

Y algo de suerte…

​«Gracias, Naga.

Gracias, Duende.» ​Me levanté un poco y lancé una de mis botas lo más lejos posible hacia el pasillo contrario.

Con suerte, los distraería.

La bota golpeó el suelo con un thud sordo.

​Como pensaba, los Vorak gruñeron y corrieron hacia el sonido.

​—Ahora —susurré.

​Como dos sombras, nos movimos hasta el siguiente agujero.

Mis pies descalzos no hacían ni el más mínimo ruido sobre la piedra, y sentí cómo mi cuerpo se volvía extrañamente difícil de percibir.

​Sin problemas logramos pasar.

Ahí cerca estaba la salida, el último boquete antes de la libertad.

Pero nada es tan fácil.

​Un grupo de Demonios Araña colgaba del techo, bloqueando el paso.

Eran esbirros de Zorvath.

Tratamos de correr hacia la salida, pero en un movimiento rápido, unos hilos gruesos y pegajosos taparon el arco de piedra.

​Lentamente, bajaron sin llegar al suelo, sus múltiples ojos brillando en la oscuridad.

​—¡Traidora!

¡Traidora!

—rechinaban todas las arañas al unísono, sus voces agudas taladrando los oídos.

​Tomé la espada oxidada con firmeza.

​—¡Atrás!

​Con un golpe impulsado por mi fuerza sobrehumana, tumbé a la primera araña que se lanzó.

El metal viejo no cortó profundo, pero la fuerza del impacto le rompió varias patas.

​—Si puede sangrar, puede morir —gruñí.

​—¡Yo te cubro!

—gritó Elarael.

Lanzó un hechizo de fuego desde su palma; era una llama débil, pero suficiente para quemar las telas y hacer caer a las que aún colgaban del techo.

​Golpe tras golpe dañaba a las arañas, pero eran demasiadas.

En un descuido, una pequeña y ágil corrió hacia mi punto ciego.

Sentí un dolor agudo cuando clavó sus colmillos en mi pierna izquierda, inyectando un líquido ardiente.

​—¡Auch!

—gruñí, atravesándola con la espada y apartándola de una patada.

​La herida ardía, pero el dolor no era paralizante.

«Resistencia al veneno…

gracias, Elfo», pensé, notando que mi pierna no se entumecía como debería.

​—¡Tápate las orejas!

—gritó Elarael.

​Su cuerpo comenzó a brillar, tomando parcialmente su forma demoníaca.

Apenas me dio tiempo de cubrir mis oídos cuando soltó un chillido sónico devastador.

​Las arañas se retorcieron en el suelo, sus exoesqueletos vibrando hasta romperse.

Sin avisar, Elarael volvió a su forma humana, visiblemente agotada, tomó mi mano y me arrastró hacia la salida destrozada.

​Mis ojos vieron por fin el cielo rojo y mi nariz respiró un aire que, aunque olía a azufre y ceniza, se sentía fresco.

​Pero esto aún no terminaba.

Frente a nosotros, el campo de batalla se extendía hasta el horizonte.

​Estar parado en la salida era, irónicamente, más triste que estar dentro.

Al menos adentro sabía qué esperar.

Aquí fuera, la “libertad” se sentía como una trampa mortal.

​Frente a nosotros se extendía un bosque aterrador: árboles marchitos con cortezas negras, niebla oscura que se arrastraba por el suelo y pares de ojos brillantes que nos observaban desde la penumbra.

​—Es el Bosque de las Almas Perdidas —dijo Elarael, jadeando—.

Cualquier ser inferior que entre allí se perderá y morirá lentamente, consumido por la niebla…

pero es nuestra única salida.

​Sin dudarlo, echó a correr.

La seguí de cerca, atravesando un campo desolado sembrado de cadáveres.

Había guerreros con armaduras brillantes y alas de insecto destrozadas en el suelo, mezclados con cuerpos de demonios y bestias corrompidas.

​El cielo rojo, perpetuo en este reino, era el escenario de una batalla aérea brutal.

​«Caen como moscas», pensé, viendo cómo figuras aladas se despedazaban entre las nubes.

​De repente, una luz brillante entró en la batalla.

Era más grande, más fuerte y infinitamente más veloz que el resto.

Atravesaba las filas de gárgolas como una estrella fugaz.

​—Las guerreras son hadas, y esa es su Campeona —gritó Elarael por encima del estruendo—.

¡Hay que darse prisa antes de que nos vea!

​Corrimos varios metros, esquivando cuerpos que caían del cielo como lluvia macabra.

De repente, el suelo tembló con tal violencia que tuvimos que detenernos y abrir las piernas para no caer.

El cielo, teñido de rojo sangre, comenzó a cambiar.

Nubes de tormenta se arremolinaron y, en un parpadeo, el cielo se volvió de un azul eléctrico.

​Levantamos la mirada ante el repentino cambio.

A lo lejos, flotando sobre la torre más alta del castillo del Rey Demonio, se veía a otro guerrero.

Apenas se distinguía por la distancia, pero su silueta era inconfundible: nueve colas ondeaban a su espalda.

Sostenía un cetro que brillaba como un sol, y unas runas gigantescas aparecieron sobre el castillo, emitiendo un brillo blanco purificador.

​—Ese es el Campeón de la raza Kitsune —murmuró Elarael con terror—.

Planea, junto al Campeón Elfo, erradicar a todos los demonios en el área con un hechizo de sellado masivo.

​—¿Por qué tu padre no hace nada para evitarlo si es tan poderoso?

—pregunté, sintiendo la presión mágica en el aire.

​—Son varios Héroes atacando a la vez.

Supongo que el Humano y el Centauro están peleando contra él en la sala del trono en estos momentos.

​Con el suelo aún temblando, seguimos avanzando, a punto de entrar en la seguridad mortal del bosque.

Pero a pocos centímetros de la línea de árboles…

​—Alto ahí, criaturas.

​Una voz femenina, melodiosa pero autoritaria, resonó justo detrás de nosotros.

​Elarael y yo nos giramos, solo para ser golpeados por un brillo cegador.

Una fuerza invisible nos atrajo hacia atrás, alejándonos de la salida del bosque y arrastrándonos por el suelo.

​—Ya los tengo —dijo la voz.

​La luz se atenuó lo suficiente para verla.

Era la Campeona Hada.

Flotaba a unos metros del suelo, sus alas eran de cristal y luz, y su presencia era abrumadora.

Con un gesto de sus manos, nos levantó en el aire, agarrándonos por la ropa.

​—¿Humanos en este lado del campo?

​Nos miró de arriba abajo con desdén, notando mi ropa de aspecto mundano, ahora hecha jirones y cubierta de suciedad y sangre de demonio.

​—¡Apestan a corrupción!

—exclamó, apartando su rostro perfecto con asco—.

¿Son prisioneros que lograron escapar o cultistas?

​—Sí, somos prisioneros —dije rápido, intentando parecer inofensivo.

​Elarael me lanzó una mirada de pánico.

Sabía que había metido la pata.

​La Hada se detuvo en seco, sus ojos brillando con sorpresa.

​—¿T-tú me entiendes, humano?

—preguntó, acercándose peligrosamente.

​Del cielo bajaron más hadas, estas de un rango inferior y tamaño más pequeño, armadas con lanzas de luz.

​—Lleven a estos dos como prisioneros al campamento base —ordenó la Campeona, sin dejar de mirarme con sospecha—.

Pero déjenlos en una celda apartada.

Quiero interrogarlos personalmente luego.

​Unas esposas de luz sólida aparecieron en nuestras muñecas, quemando ligeramente la piel.

Solo entonces nos soltó de su agarre mágico.

​—Informaré a la Reina de este encuentro.

Y espero que tengas una buena excusa para hablar la Lengua Antigua de las Hadas, humano.

​En un segundo, pasó de estar a nuestro lado a salir disparada hacia la torre del castillo para ayudar a terminar el hechizo.

​Mientras las hadas menores nos rociaban con un polvo brillante que nos hacía flotar para llevarnos más rápido, miré hacia atrás.

A lo lejos, una cortina de luz blanca y brillante cubrió el castillo del Rey Demonio por completo, como un domo impenetrable.

Los gritos de guerra cesaron, reemplazados por vítores de las hadas que nos escoltaban.

​—Parece que vencieron al Rey Demonio…

—susurró Elarael, con una mezcla de alivio y miedo en su voz.

​Me quedé en silencio, flotando inerte, pensando en qué pasaría de ahora en adelante.

Habíamos cambiado una jaula por otra.

​No tardamos mucho.

Luego de cruzar volando sobre el Bosque de las Almas (que visto desde arriba era aún más lúgubre), llegamos a un claro inmenso.

Había un campamento militar, ordenado y limpio, lleno de tiendas blancas y estandartes dorados.

​Aterrizamos bruscamente frente a una estructura de madera reforzada.

​—¿Más prisioneros?

Qué extraño…

son humanos.

¿Por qué están encadenados?

—preguntó un guerrero humano con armadura plateada que hacía guardia.

​—Órdenes de la Heroína Seraphina —respondió una de las hadas con voz chillona—.

El macho habla y entiende nuestra lengua.

Son sospechosos de corrupción.

​Nos empujaron dentro de una celda de madera y barrotes de hierro encantado.

Al menos estaba seca.

​—Bienvenidos a la “libertad” —murmuré, dejándome caer en el suelo mientras el hada cerraba la puerta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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