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El invocado del rey demonio - Capítulo 6

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6: Capítulo 6.

Ecos del Pasado y un Despertar en el Paraíso 6: Capítulo 6.

Ecos del Pasado y un Despertar en el Paraíso Corrimos sin parar, devorando kilómetros bajo la luz de las lunas gemelas.

Mis pulmones ardían, pero mis piernas seguían respondiendo gracias a la resistencia inhumana que había adquirido.

Elarael, sin embargo, no tuvo la misma suerte.

Su ritmo decayó hasta que se detuvo en seco, agachándose y apoyando las manos en las rodillas, jadeando desesperadamente.

—Espera…

yo…

—balbuceó entre bocanadas de aire—.

Mi condición física en esta forma…

es patética.

Tú, por otro lado…

eres, emm…

grande.

Tienes demasiada resistencia.

Me detuve, girándome en guardia, con los sentidos del Centauro escaneando el horizonte.

Al ver que no había amenazas inmediatas, bajé la guardia y la miré, secándome el sudor de la frente.

—¿Gordo?

¿Eso quieres decir?

—bromeé, tratando de aligerar la tensión, aunque mi propia respiración era pesada—.

Como dijo tu padre, adquirí más de lo que pensaba.

La resistencia del Centauro es útil, pero también me hace más pesado.

Tienes razón, será mejor que descansemos unos minutos.

Caminé hasta un roble antiguo cerca de un camino de tierra y me dejé caer, apoyando la espalda contra la corteza rugosa.

Elarael me siguió, arrastrando los pies, y se dejó caer a mi lado como una muñeca de trapo.

Hubo un silencio cómodo por unos instantes, solo roto por nuestra respiración agitada.

—Al principio…

creí que me matarías al salir del campamento —dijo ella de repente, sin mirarme—.

O que me dejarías ahí a mi suerte.

Cuando te vi por primera vez en el trono, tenías una mirada de asesino, un instinto depredador.

Pero ahora…

Giró la cabeza hacia mí, sus ojos buscaban respuestas en los míos.

—Pareces un hombre común.

Un humano sin malas intenciones.

Y, sin embargo, el Vórtice te eligió a ti como la fuente de maldad.

Bajó la mirada, avergonzada.

—No cabe duda de que soy una carga para ti en estos momentos.

No solo fui una carga para mi padre, sino también para mis hermanos…

y hasta para mi madre.

Suspiré, un sonido profundo que venía desde el cansancio de mi alma, no de mis pulmones.

—Mira, Elarael.

Antes de venir aquí, yo estaba consumido por la ira.

Tenía una sed de venganza por algo que pasó en mi mundo.

Tuve que manchar mis manos, sí, pero jamás fui “malo” por placer.

O tal vez…

tal vez sí lo fui lo suficiente para que el portal me quisiera.

La miré fijamente.

—Si te soy sincero, no siento que seas una carga.

En este infierno, me alegra tener a alguien con quien estar.

Sobre tu familia…

no puedo opinar, no sé todo lo que has pasado.

Pero espero que algún día me lo cuentes.

Podré ayudarte, si me dejas.

Sus mejillas se sonrojaron ligeramente y un brillo extraño apareció en su mirada.

Pero en un instante, esa expresión suave se transformó en horror puro.

Señaló al cielo, detrás de mí.

—¡ZYRO, MIRA!

Me giré justo a tiempo para ver un cometa de luz blanca cruzando el cielo a una velocidad vertiginosa en dirección al campamento del que acabábamos de huir.

—Esa es Seraphina, la Heroína de las Hadas —susurró Elarael con pánico—.

Irá por nosotros.

No tardarán en notar nuestra ausencia.

Se puso de pie de un salto, el miedo dándole una nueva energía.

—¿Tienes idea de a dónde ir?

Me levanté, sacudiendo el cansancio.

Analicé el terreno rápidamente.

—Cerca, adelante, hay un pueblo humano, pero seguro nos buscarán ahí primero.

A la derecha tenemos el bosque denso…

faltan horas para que amanezca y podría haber bestias, pero nos daría cobertura.

A la izquierda solo hay campo abierto; nos verían desde kilómetros en el aire.

Dijo ella —El campo es un suicidio.

El bosque es peligroso, pero puedo identificar amenazas mágicas.

También podríamos subir a los árboles para esconder nuestro rastro.

—Al bosque entonces— Dije Nos adentramos en la espesura.

La oscuridad era total, pero mis ojos se adaptaban bien.

Esquivamos raíces, insectos gigantes y serpientes que colgaban de las ramas.

Vagamos por lo que pareció una hora, tratando de poner distancia entre nosotros y la Hada voladora.

—Aquí —señalé dos árboles entrelazados con ramas gruesas—.

No es perfecto, pero es alto.

Comencé a trepar, clavando mis dedos en la corteza.

Elarael me siguió, luchando contra su propia debilidad.

Llegamos a una rama gruesa a unos veinte metros del suelo.

—Dame la mano —susurré, extendiendo el brazo para ayudarla a subir al último tramo.

Ella estiró su brazo, pero justo cuando sus dedos rozaron los míos, la rama podrida bajo su pie cedió.

¡CRACK!

—¡Mierda!

—gritó.

Se resbaló.

Logré agarrar su muñeca, pero mi cuerpo estaba agotado y el ángulo era pésimo.

El peso muerto de ella y mi propio peso masivo hicieron que mis pies perdieran tracción en el musgo húmedo.

—¡No me dejes caer!

—gritó, su rostro pálido iluminado por la luna, lleno de terror.

—¡Ya no aguanto!

Sentí cómo me inclinaba hacia el vacío.

No tenía fuerza para subirla.

Si la soltaba, ella moriría.

Si no la soltaba, caeríamos los dos.

«Al diablo», pensé.

Me solté del tronco y me lancé al vacío con ella.

En el aire, la abracé, girando mi cuerpo violentamente para quedar debajo de ella.

—¡Sujétate!

Fue cuestión de segundos.

Ramas azotaron mi cara, cortando mi piel, hasta que…

¡PUM!

Mi espalda golpeó el suelo con un sonido seco y brutal.

El aire salió de mis pulmones en un estallido de dolor.

Todo se volvió negro al instante.

[FLASHBACK – MEMORIA RECUPERADA] El olor a antiséptico.

Luces azules y rojas parpadeando contra la lluvia.

—¿Qué pasó?

¿Dónde está ella?

—Mi voz sonaba joven, desesperada.

Un policía me detenía por el pecho.

—Lo sentimos, joven.

Fue un robo que salió mal.

Eran drogadictos…

solo querían la cartera, pero ella se resistió.

—¡Déjeme verla!

—Fue llevada de urgencias, pero…

perdió mucha sangre.

Es muy grave.

El sonido de la sirena se desvaneció.

Solo quedaba el latido de mi corazón y un pensamiento, oscuro y frío como el hielo, naciendo en mi pecho.

«¿Quién fue?

¿Por qué?

Deben pagar.

El sistema los dejara libres.

Los haré pagar.

Los mataré a todos.» [REALIDAD DIFUSA] —…

Zyro…

Una voz lejana.

—…

Despierta, por favor, no te mueras…

Más voces, desconocidas, autoritarias.

Pasos pesados sobre la hierba.

—¡Aquí están!

—gritó un hombre—.

¡Traigan pociones!

Uno está herido de gravedad.

¡La Comandante los necesita vivos!

Sentí que me levantaban, pero el dolor era tan intenso que mi mente decidió apagarse de nuevo.

[ESPACIO MENTAL – EL VACÍO BLANCO] —Has vuelto.

Y estás hecho un desastre.

Miau.

Estaba de vuelta en el sitio blanco.

Frente a mí, el gato negro se lamía una pata con desinterés.

—¿Me morí?

—pregunté, tocándome la espalda.

Aquí no dolía.

—Miau, no.

Jaja —rió el gato con la voz de Aiden—.

Solo estás inconsciente.

Tu “valentía” por no dejar caer a la chica demonio te costó un par de costillas rotas y una conmoción.

Qué noble…

y qué estúpido.

—Parece que te diviertes cada vez que vengo —repliqué —Es que cada vez que vienes es porque eres débil —dijo, estirándose perezosamente—.

Si me hubieras dejado tomar el control, habríamos aterrizado de pie.

—¿Y tú eres más fuerte que yo?

—Me senté a su lado, mirando al extraño animal.

—No…

pero puedo sacar tu máximo potencial.

No tienes miedo a matar, Zyro.

Pero tienes miedo a ser el monstruo.

Yo no tengo ese problema.

El gato sonrió, mostrando colmillos demasiado afilados.

—Paso.

¿Cómo despierto?

—Cuando tu cuerpo lo decida.

O cuando tu fuerza de voluntad sea lo suficientemente fuerte para ignorar el dolor.

El vacío blanco empezó a desvanecerse, como niebla al sol.

—Ya es hora…

—dijo Aiden, su voz volviéndose un eco—.

Parece que te han llevado a un lugar…

interesante.

Abrí los ojos lentamente.

Pesaban toneladas y mi visión era borrosa.

Me tomó un momento enfocar.

Otra vez despierto sin saber dónde estoy.

Esto ya se está volviendo una rutina.

Me incorporé con un gemido.

El dolor en mi espalda era agudo, pero soportable.

Miré a mi alrededor.

No estaba en una celda sucia.

Estaba dentro de una carpa pequeña, pero la tela era de una seda blanca finísima que brillaba con luz propia.

Estaba acostado en un futón cómodo, tapado con una sábana suave.

Me miré el cuerpo.

No tenía camisa.

Mi torso estaba envuelto en vendas limpias que olían a hierbas y flores.

—Alguien trató mis heridas…

—murmuré.

Moví los brazos para estirar un poco el cuerpo, pero el dolor punzante me detuvo.

Con esfuerzo, me puse de pie y caminé hacia la entrada de la carpa.

Aparté la tela y la luz del sol me golpeó.

No era el bosque oscuro.

Ante mí se extendía un valle increíble, lleno de cascadas flotantes y árboles de hojas doradas.

Hadas pequeñas volaban libremente y, a lo lejos, estructuras de cristal blanco se alzaban hacia el cielo.

—¿Dónde demonios estoy?

—susurré, viendo lo que parecía ser un verdadero paraíso.

Di un paso fuera de la carpa, mis pies descalzos tocando un césped que parecía más una alfombra de terciopelo que hierba real.

El aire era tan puro que casi me quemaba los pulmones, acostumbrados al azufre y la ceniza del Reino Demoníaco.

A mi alrededor, el campamento no se parecía en nada al desorden militar de la noche anterior.

Aquí no había barro, ni gritos de borrachos, ni olor a sangre.

Las carpas estaban dispuestas en círculos perfectos alrededor de fuentes de agua cristalina.

Vi a seres de diversas razas caminando con calma: Elfos altos con túnicas de seda, Enanos puliendo armaduras que brillaban como espejos, y pequeñas hadas que dejaban estelas de polvo brillante al volar.

Me sentí inmediatamente como un intruso.

Una mancha de tinta negra en un lienzo blanco.

—Esto no me gusta, Aiden.

Es demasiado…

brillante —pensé, sintiendo una picazón en la nuca.

—¡Hey!

¡Tú!

—gritó una voz a mi izquierda.

Me giré, tensando los músculos a pesar del dolor en mis costillas.

Un guerrero elfo, alto y de cabello rubio, caminaba hacia mí.

No llevaba armas desenvainadas, pero su mano descansaba peligrosamente cerca de la empuñadura de una espada curva.

—No deberías estar de pie, humano —dijo el elfo con un tono que mezclaba desdén y sorpresa—.

La Maestra Sanadora dijo que tus heridas internas tardarían días en cerrar.

—Tengo buena cicatrización —respondí secamente, ignorando su advertencia—.

¿Dónde está la chica que venía conmigo?

El elfo frunció el ceño, como si mi pregunta fuera ofensiva.

—Tu compañera está contenida porque nos atacó cuando los encontramos.

Y te recuerdo que escapaste de una celda anoche.

—¿Contenida?

La palabra activó una alarma en mi cabeza.

La imagen de Elarael encerrada, asustada y sola, hizo que mi sangre hirviera.

Sin pensar, di un paso agresivo hacia el elfo.

—Llévame con ella.

Ahora.

El elfo soltó una risa corta y arrogante.

Me acerqué más, ignorando el dolor punzante en mi espalda.

Mi estatura superaba a la del elfo, y aproveché eso para inclinarme sobre él.

—No soy un invitado.

Y no tengo paciencia.

Dime dónde está o averiguaré si los elfos sangran tan fácil como los demonios.

La mano del elfo se cerró alrededor de su espada.

El aire se tensó.

Varios guardias cercanos dejaron de hacer sus tareas y nos miraron, listos para intervenir.

—¡Suficiente!

Una voz suave pero autoritaria cortó la tensión como un cuchillo.

Desde una de las estructuras de cristal más grandes, una figura salió flotando.

Era Seraphina, la Heroína de las Hadas que nos había capturado la primera vez.

Sus alas de mariposa brillaban con luz solar, y su presencia irradiaba un poder abrumador.

Aterrizó suavemente entre el elfo y yo.

—Guardia Elandor, retírate —ordenó sin mirarlo.

El elfo hizo una reverencia rígida, me lanzó una última mirada de odio y se marchó.

Seraphina se giró hacia mí.

Sus ojos eran completamente blancos, sin pupilas, lo que la hacía ver hermosa y aterradora al mismo tiempo.

—Tienes un temperamento volátil —dijo ella, analizándome de arriba abajo—.

Me presento: soy Seraphina, la Heroína invocada de otro mundo.

Y tengo mucha curiosidad por saber por qué hablas la lengua humana, la de las hadas y, ahora también, la de los elfos.

Di un paso atrás.

Su autoridad y sus preguntas eran tan afiladas como una espada.

El efecto de las Esencias que bebí en el salón del Rey Demonio estaba haciendo efecto; entendía todo sin esfuerzo.

—No tienes que responder si no quieres —continuó ella con calma—, pero no tienes derecho a pedir nada tampoco.

Aquí se ganan las cosas.

Hagamos un trato: cada vez que respondas, tendrás derecho a una pregunta.

Empezó a caminar hacia un edificio blanco de cristal en el centro del valle.

—¿Me sigues?

Sin saber qué responder, y sabiendo que necesitaba información, solo caminé detrás de ella pasando entre varias especies que miraban y saludaban a Seraphina con reverencia.

—Eres muy popular, por lo que veo —comenté.

Ella saludaba y sonreía a las personas que mantenían una distancia respetuosa.

—Cuando te vuelves su salvador, recibes elogios.

Al menos, ¿me dirías tu nombre antes de llegar?

Me gustaría presentarte como se debe ante Mi Señora.

Llegamos a la entrada del edificio, flanqueado por dos grandes torres.

Las puertas estaban abiertas y, extrañamente, no había guardias.

—Zyro…

—respondí, dándole solo lo necesario.

Pasamos por un largo pasillo iluminado por luz natural hasta llegar al patio trasero del recinto.

Allí había una enorme cama blanca cubierta con telas del mismo color y, detrás de ella, una figura imponente.

—Mi Señora Lumindara, ya traje a nuestro invitado.

Su nombre es Zyro —dijo Seraphina mientras se ponía de rodillas con total devoción.

—Puedes acercarte, joven Zyro.

Es un bonito nombre —dijo una voz que resonó en mi cabeza como una campana.

Al acercarme, noté que la figura no llevaba ropa, pero no era indecente.

Su cuerpo estaba envuelto y oculto por un total de ocho alas majestuosas que salían de su espalda.

—Arrodíllate ante Su Majestad, humano —replicó Seraphina al ver que yo seguía de pie.

—No hay necesidad.

El joven es mi invitado.

Ven, siéntate en la cama —ordenó Lumindara con suavidad.

Levanté la tela con cautela y me senté apenas en el borde de la cama, tenso como un resorte.

—¿No me tienes miedo?

¿Podría ser una amenaza?

—pregunté, y mi rostro se volvió frío, tratando de intimidar como lo hacía en la Tierra.

Ella no se inmutó.

Me dio una sonrisa cálida y se acercó aún más, tocando con la punta de su dedo mi nariz.

—Te doy tanta libertad porque en tu ser noto rastro de un Hada…

huelo nuestra esencia en ti.

Pero en tus manos no veo su sangre.

—Sus ojos brillaron con curiosidad milenaria—.

Me gustaría que respondas: ¿por qué hablas mi lengua y por qué tienes esa esencia dentro de ti?

Me quedé en silencio un segundo.

Ellas sabían que tenía algo raro, pero no sabían cómo lo obtuve.

—Aunque agradezco todo lo que hacen por mí, hay respuestas que no puedo dar aún —dije firme, levantándome y dando unos pasos atrás—.

Estoy en un lugar que no conozco y no sé si puedo confiar del todo.

Miré a la Reina a los ojos.

—El Rey Demonio también me recibió con “alegría” y regalos, pero cuando no cedí a todo lo que quería, me trató de matar y me hizo su prisionero.

La amabilidad a veces es solo una jaula más bonita.

Seraphina se puso de pie, molesta por mi comparación, pero Lumindara levantó una mano para calmarla.

—Entiendo tu punto.

Estaré dispuesta a esperar.

Y para que tengas confianza, tu compañera será liberada.

Solo te pido que no huyas, o te tomaré como enemigo…

y no queremos eso, ¿verdad?

La tela que antes levanté se bajó sola, cubriendo de nuevo el espacio sagrado de la Reina.

Seraphina se acercó a mí.

—Vamos, Zyro.

Te llevaré a tu tienda.

Sin previo aviso, Seraphina me abrazó por la cintura.

En un parpadeo, nos elevamos en el aire.

Desde la altura se podía ver todo el reino, una vista impresionante de cascadas y bosques plateados, pero no pude disfrutarla.

Mi mente estaba en otro lado.

Aterrizamos suavemente frente a la tienda donde había despertado.

—Ahí está —dijo Seraphina, soltándome—.

Cumplimos nuestra parte.

Entré rápido.

—¡Zyro!

Elarael estaba allí, sentada en el borde del futón, pareciendo ilesa pero asustada.

—¡Estás bien!

Estaba tan preocupada…

Cuando me vio, corrió y me abrazó con fuerza, hundiendo su cara en mi pecho.

Sentí sus hombros temblar, y por primera vez en mucho tiempo, bajé la guardia y devolví el abrazo, acariciando su cabello.

En medio de este paraíso de luz, nosotros éramos los únicos que entendíamos la oscuridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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