El invocado del rey demonio - Capítulo 7
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7: Capítulo 7.
Colmillos en la Arena 7: Capítulo 7.
Colmillos en la Arena —Auch…
pequeña Elarael.
Aunque estoy bien, aún estoy herido —me quejé con una mueca.
Ella se apartó de golpe, algo avergonzada, con las mejillas teñidas de rojo.
—No fue mi intención…
y no soy “pequeña”.
Tengo casi 35 años.
Aunque me vea joven, es por mi otra forma que evita el envejecimiento.
—Hizo una pausa, desviando la mirada—.
Por cierto, ¿a dónde te llevaron?
Luego de que nos trajeran aquí, a mí me encerraron por unos días, pero hoy un hada me liberó explicando que tenía orden de llevarme contigo y me dejó aquí.
Me senté en el futón con cuidado y la miré.
—Supongo que estabas aterrorizada.
Me desperté y no te vi, así que salí, pero me topé con un elfo.
Tuvimos un pequeño…
enfrentamiento verbal, ya que tú estabas encerrada.
Pero luego llegó Seraphina y…
bueno, aquí estamos.
Me tomó un rato, pero le expliqué todo con detalle: la Reina Hada, sus preguntas sobre mis habilidades y el trato de “libertad condicional”.
Ella me escuchaba mientras lavaba unas vendas viejas en un cuenco de agua.
Cuando terminé, me miró fijamente.
—¿T-tu…
te preocupaste por mí?
—preguntó, con voz suave.
Se acercó y, con sumo cuidado, comenzó a quitarme las vendas que me había puesto el sanador elfo, las cuales ya estaban manchadas de sangre por mi movimiento brusco anterior.
—Entiendo tu desconfianza, Zyro.
Y tienes toda la razón: no sabemos cómo reaccionarán cuando sepan que eres un Invocado del Caos.
Lentamente retiró todas las vendas.
El aire fresco golpeó mis heridas, pero sus manos eran cálidas.
Empezó a aplicarme unas nuevas con una delicadeza que nunca había sentido.
—Dejarán cicatrices…
—murmuró ella, trazando con sus dedos el borde de una herida—.
Tú no lo viste, pero una rama te atravesó el torso al caer.
Estaba muy asustada…
pensé que habías muerto por salvarme.
Terminó de vendarme la espalda.
Sus manos se demoraron sobre mi piel, bajando lentamente hasta rodear mi cintura.
Apoyó su frente contra mi hombro desnudo y susurró cerca de mi oído: —Nunca nadie se preocupó tanto por mí, Zyro.
El momento me tomó por sorpresa.
Sentí un nudo en la garganta que no supe identificar.
¿Era culpa?
¿Era afecto?
Mi instinto de defensa se activó.
Me levanté abruptamente, dejándola sola en el futón.
—Iré por comida…
ropa y otras cosas —dije, dándole la espalda para que no viera mi expresión.
Me detuve en la entrada de la tienda, con la mano en la tela.
—Me alegro de que estés bien, Elarael.
Salí rápido, respirando el aire frío de la tarde para despejar mi mente.
Caminé hacia una zona donde se escuchaban risas fuertes.
Un grupo de enanos bebía cerveza en barriles improvisados.
—Disculpen, ¿dónde puedo encontrar algo de comida?
Me miraron con molestia, como si fuera un insecto interrumpiendo un banquete real.
Gruñeron y me ignoraron para seguir bebiendo.
Sin perder más tiempo, caminé un poco más.
Un grupo de elfas jóvenes me miró; cuchichearon entre ellas y me saludaron con risas coquetas.
Entonces apareció él.
Elandor, el elfo con el que me había topado antes, notó la atención que recibía y se acercó con una sonrisa arrogante, perfecta y falsa.
—Forastero…
te ves perdido.
¿Necesitas ayuda?
—dijo, poniendo una mano en mi espalda y empujándome sutilmente para apartarme de la vista de las elfas—.
Disculpa por lo de antes.
No quería molestar, pero las órdenes son órdenes.
Ya sabes cómo son las cosas en el ejército.
Su tono destilaba hipocresía.
—Me llamo Zyro, no “forastero”, Elandor.
Y solo necesito comida y algo de beber.
—Claro, perdón, perdón.
No sabía tu nombre.
—Hizo una seña rápida con la mano a un elfo subordinado—.
Nuestro amigo Zyro y su compañera tienen hambre.
Llévale comida a su carpa.
Ahora.
El elfo asintió y corrió a cumplir la orden.
Elandor volvió a mirarme, sus ojos brillando con una malicia oculta.
—Por cierto…
esta noche tendremos un combate entre camaradas.
Un torneo informal.
Por lo que veo, eres fuerte.
Me gustaría verte ahí.
El ganador se llevará 10 monedas de oro y el respeto de todos.
Golpeó mi hombro con dos palmadas suaves, que se sintieron más como una provocación que como un saludo.
—Yo voy a participar.
Soy el campeón invicto de mi escuadrón.
¿Por qué no nos enfrentamos?
¿O solo eres un invitado sin agallas que necesita que las hadas lo protejan?
Se alejó entre risas, dejando la provocación flotando en el aire.
Regresé a la tienda hirviendo de rabia contenida.
Encontré a Elarael durmiendo en el futón y la comida servida en una mesa con sillas que antes no estaba ahí al igual que algo de ropa.
—Supongo que estaba cansada…
Me senté, comí carne asada y bebí agua fresca, viendo cómo la tarde caía y las nubes de tormenta se acumulaban en el horizonte, oscureciendo el paraíso.
—Me quedé dormida…
—Elarael se despertó, frotándose los ojos.
Se sentó en la otra silla y empezó a comer—.
Te veo muy pensativo.
¿Qué sucedió?
—¿Necesitamos oro?
Hay un pequeño combate entre soldados esta noche y me invitaron a participar.
Ella estaba bebiendo y se atragantó, tosiendo violentamente.
—¡Tú no puedes pelear!
Estás herido.
Y aunque necesitamos oro, lo podemos conseguir de otro modo.
¡No te arriesgues!
Esos soldados son de élite.
Su mirada me suplicaba que no fuera, pero mi decisión estaba tomada.
Tomé una camisa blanca limpia que estaba en un rincón y me la puse con cuidado.
—Solo será un pequeño entrenamiento…
pero sería bueno que fueras.
Quiero que mires.
Salimos hacia el círculo de entrenamiento, donde antorchas mágicas iluminaban la arena.
Había docenas de especies reunidas.
—¡Miren quién llegó!
El invitado…
Zyro —anunció Elandor con voz teatral.
Todos se giraron a verme.
—Sí.
Necesito el oro.
¿Cuáles son las reglas?
—pregunté sin rodeos.
Elandor sonrió de oreja a oreja.
—Combate uno contra uno.
Sin armas.
Se pueden usar habilidades mágicas de refuerzo o físicas, pero nada letal.
Recuerden: es un combate amistoso.
Nada de muertes…
pero se permite romper huesos.
La multitud vitoreó.
—Se gana cuando el rival no se puede levantar o se rinda.
¿Quieres ser el primero?
—Paso por ahora.
Veré.
Dos enanos entraron al círculo.
Fue una pelea brutal de cabezazos y puñetazos.
Del cielo bajó Seraphina, observando todo con frialdad desde una rama alta.
Elandor se acercó a ella y le susurró algo, pero ella negó con la cabeza, manteniendo su vista en la arena.
El combate terminó cuando un enano noqueó al otro con un gancho derecho.
—Bien, ya tenemos un ganador.
Tú sigues, Zyro.
La multitud se apartó, dejándome espacio para entrar.
—Bien —gritó el árbitro—.
Por un lado, tenemos a nuestro invitado Zyro.
Y por el otro…
¡Lioren!
El nuevo recluta prodigio de las hadas guerreras.
Lioren era pequeño, ágil y tenía alas traslúcidas.
No perdió el tiempo.
Susurró un hechizo que hizo brillar sus alas y se lanzó a una velocidad increíble.
Apenas pude cubrirme.
¡Pam!
Bloqueé el primer golpe, pero su pierna se estrelló contra mi estómago con la fuerza de un martillo, haciéndome retroceder varios metros.
En el fondo, todos festejaban y reían.
Lioren no se detuvo; era una mancha borrosa, proporcionando una lluvia de golpes rápidos.
—¡Ya ríndete!
¡No tienes oportunidad!
—gritó alguien en la multitud—.
¡Das pena!
Es aburrido si no atacas.
Sonreí.
Me llevé la mano al pecho y me arranqué la camisa, que ya estaba sucia y agujereada por los golpes.
Todos callaron al ver las vendas manchadas de sangre fresca y las cicatrices moradas de mi piel.
—Está bien…
tienen razón.
Si solo me defiendo, no tiene gracia, ¿verdad?
Dejé caer la camisa.
Moví los hombros, ignorando el dolor.
Mi sonrisa desapareció, reemplazada por una mirada gélida.
Lioren volvió a volar hacia mí, confiado.
Pero esta vez, mi percepción fue diferente.
¡BAM!
Lo intercepté en el aire.
De un golpe seco lo tumbé al suelo, lo agarré por el pelo largo y lo levanté, lanzándolo contra la multitud, que se apartó gritando para dejarlo caer.
Lioren se levantó con dificultad, limpiándose la sangre de la nariz.
Sus ojos brillaron con furia.
Murmuró un cántico y, a su lado, el aire se distorsionó hasta formar uno igual a él.
—¡Un doble!
¡Buena habilidad, chico!
—gritaron los espectadores.
Era como ver un espejo.
Se lanzaron hacia mí al mismo tiempo.
Primero atacó el doble.
Por instinto, me cubrí, pero mi brazo atravesó su cuerpo: era una ilusión.
—¡Mierda!
—exclamé.
Por la espalda, el verdadero Lioren conectó una patada brutal en mi nuca que me tumbó de cara al suelo.
El silencio se rompió con gritos de festejo para el hada.
Me puse de pie, escupiendo tierra y sangre.
—Así que trucos visuales…
Sin darle tiempo, me lancé.
Lancé un puñetazo, pero él se desvaneció de nuevo: otro clon.
El verdadero apareció por mi izquierda, listo para golpear mis costillas rotas.
Pero esta vez, no me cubrí.
Di un paso atrás, esquivando su puño por milímetros, y mi mano salió disparada como una cobra, agarrando su brazo desnudo.
—Te tengo.
Abrí la boca y, sin dudarlo, clavé mis dientes en su antebrazo.
[Habilidad Activada: Mimetismo Sanguíneo – Veneno] Lioren gritó de horror y dolor, logrando soltarse y retroceder.
Se miró el brazo: la zona de la mordida se estaba poniendo de un color violeta enfermizo a una velocidad alarmante.
—¿Q-qué es esto?
—balbuceó, sintiendo sus piernas temblar.
Me limpié la sangre de la boca con el dorso de la mano, sonriendo con los dientes rojos.
—Veneno.
Si no te rindes, se extenderá por tu cuerpo y llegará a tu corazón en menos de un minuto.
Él bajó la mirada, notando que las venas negras ya subían por su hombro.
El pánico lo paralizó.
Aproveché su terror.
Me acerqué y le di un golpe limpio en la mandíbula.
Cayó al suelo, inconsciente, con los ojos en blanco.
—¡Tenemos un ganador!
—anunció el árbitro, aunque su voz temblaba un poco.
La multitud vitoreó, pero esta vez los gritos tenían un tono diferente: respeto mezclado con miedo.
Tomé mi camisa del suelo y salí del círculo, cruzando miradas con Elandor.
Su sonrisa había desaparecido al ver caer a Lioren.
Elandor me lanzó una mirada de advertencia antes de girarse para su propio combate clasificatorio.
Caminé fuera del círculo, ignorando las miradas de miedo de los espectadores, y me dejé caer en una silla de madera rústica cerca de las mesas de apuestas.
Apoyé los brazos, sentí el zumbido del Sistema y abrí mi panel discretamente.
Tal como había previsto, ahí estaba.
[Nueva Habilidad Adquirida: División Parasitaria] Costo: 45 Maná por uso.
Descripción: Permite separar la biomasa del usuario para crear copias autónomas.
—Qué gran combate —dijo una voz ronca a mi lado.
Cerré el panel de golpe.
Era el enano del primer combate, el que había ganado a cabezazos.
Sostenía dos jarras enormes de cerveza y me tendió una con una sonrisa desdentada.
—Te lo mereces, muchacho.
—Me entregó la cerveza y dio un gran trago a la suya, manchándose la barba de espuma—.
¡Veneno!
Nunca lo hubiera imaginado.
Jugar sucio contra un hada voladora… ¡jajaja!
¡Eso es saber pelear!
Acepté la jarra y bebí.
El líquido amargo y frío alivió un poco el dolor de mis costillas.
De repente, el aire se volvió más pesado.
El enano se calló y bajó la cabeza.
Seraphina se acercó, sentándose enfrente de mí con la elegancia de una diosa.
—Claro… eres un cofre lleno de sorpresas —dijo, apoyando la barbilla en su mano, estudiándome—.
Cada vez que miras dentro, hay algo nuevo.
Veneno, fuerza sobrehumana, otras lenguas… De fondo se escuchaban gritos de victoria en la arena.
Alguien llegó corriendo y le susurró algo al oído al enano.
—Es mi turno contra Elandor —dijo el enano, poniéndose de pie de un salto—.
Ya ganó su combate.
Deséame suerte.
Así como llegó, se fue, dejándome solo con la Heroína.
—Cada vez tengo más preguntas y tú no das respuestas, Zyro —continuó ella, sus ojos blancos clavados en los míos—.
Tu misterio es molesto… y peligrosamente encantador.
¿Qué eres realmente?
Antes de que pudiera responder, sentí una mano cálida en mi hombro.
Elarael apareció detrás de mí, su presencia firme y protectora.
—Él aún no está listo para hablar —replicó Elarael, mirando a Seraphina sin miedo.
Hubo un silencio tenso.
Seraphina sonrió levemente, reconociendo la valentía de la chica, se levantó y flotó hacia la arena para ver el combate que ya casi terminaba.
—No te preocupes —susurró Elarael cerca de mi oído—.
Me tienes a tu lado.
No dejaré que te presionen con tu decisión, Zyro.
Dejé salir un suspiro largo, terminando la cerveza de un trago.
—Gracias.
Otro ser, un árbitro elfo, se acercó a nuestra mesa.
—Elandor ya terminó sus dos combates.
El enano no duró ni un minuto.
Solo queda la final entre ustedes dos.
Te está esperando.
Me puse de pie, mis músculos tensándose una vez más.
Caminé en dirección al círculo mientras Elandor festejaba su victoria, alzando los brazos ante los vítores de sus compañeros elfos.
—¡Zyro!
—gritó al verme—.
Te estaba esperando.
Ya pude calentar con mis otros oponentes.
Su sonrisa arrogante volvió, incitando a la multitud para que siguieran gritando.
El círculo se cerró.
Solo estábamos él y yo.
—Ya vi que tienes veneno en los dientes —dijo Elandor, adoptando una postura de combate fluida—, así que mantendré mi distancia, si no te molesta.
No respondí.
En silencio, caminé en su dirección.
Elandor movió su mano y una ráfaga de viento comprimido me golpeó el pecho como un ariete invisible, empujándome hacia atrás.
Apenas recuperé el equilibrio cuando lanzó otra cuchilla de aire.
¡Zas!
Sentí el ardor en mi mejilla.
Un corte fino empezó a sangrar.
Me tambaleé un poco y toqué la sangre con mis dedos.
«Será hora de usarla.
Por lo que leí, me va a consumir 45 de maná, así que podré usarla dos o tres veces máximo antes de colapsar», pensé, analizando mis reservas.
—Eres muy bueno, de eso no hay duda —dije en voz alta.
Elandor sonrió, orgulloso de mantener el control.
Seraphina, desde su posición elevada, miraba con curiosidad clínica.
Levanté la vista hacia ella.
—Ya que está la campeona Seraphina aquí, le daré una respuesta a su pregunta —grité para que me escuchara—.
El Rey Demonio me llamó “Parásito”.
Al principio pensé que solo era un insulto… pero nada está más lejos de la realidad.
Me incliné un poco hacia adelante, doblando la espalda.
Me concentré en esa nueva sensación que burbujeaba bajo mi piel, esa biomasa extraña que había ingerido en los frascos.
De mi espalda desnuda, la piel comenzó a estirarse y a romperse.
Los gritos de victoria y alegría de la multitud se apagaron de golpe.
Un silencio sepulcral cayó sobre el campamento, roto solo por algunos sonidos de arcadas y muecas de asco absoluto.
—Ser un parásito quiere decir que puedo… Con un sonido húmedo y desgarrador, un clon mío emergió directamente de mi espalda, separándose de mi carne como una célula dividiéndose.
Y de la espalda de ese clon, salió otro más.
—… tomar otras habilidades, entre otras cosas.
Ahora éramos tres.
Mis clones eran copias exactas: misma ropa, mismas vendas ensangrentadas, misma mirada penetrante.
No eran ilusiones mágicas; eran carne y hueso.
Los ojos de Elandor se abrieron como platos.
Seraphina se inclinó hacia adelante, perdiendo su compostura por primera vez.
Elarael se cubrió la boca, impactada.
—¡Ahora!
—ordené.
Sin darles tiempo a digerir el horror, atacamos en conjunto.
Ellos eran yo, y yo era ellos.
Sabían lo que pensaba; nuestros movimientos eran unísono perfecto.
—¡Mierda!
—gritó Elandor.
Lanzó una ráfaga de viento desesperada que mandó a volar al primer clon, estrellándolo contra el suelo.
Pero eso dejó su flanco abierto.
El segundo clon se acercó lo suficiente, agachándose bajo su guardia, y lo rodeó con sus brazos por el estómago, inmovilizándolo y lanzándolo hacia atrás en un suplex brutal.
Pero antes de que su espalda tocara el suelo, yo ya estaba ahí.
Salté y conecté un golpe descendente directo en su rostro, sumando la fuerza de gravedad a la inercia del lanzamiento de mi clon.
¡CRACK!
Elandor golpeó la tierra, rebotó y quedó inmóvil.
Noqueado al instante.
Me puse de pie, respirando con dificultad.
—Creo que es suficiente… Mis dos clones caminaron hacia mí.
Se pararon detrás de mi espalda y colocaron sus manos en mis hombros.
Su carne se volvió líquida y oscura, y fueron absorbidos de nuevo por mi cuerpo, cerrando las heridas de salida.
Todos quedaron en silencio, paralizados, sin saber si aplaudir o huir.
Me giré hacia la Hada.
—Espero que mañana me den mis monedas de oro.
Y que eso te sirva como respuesta, Seraphina.
Caminé saliendo del círculo.
La multitud se abrió paso rápidamente, apartándose con miedo y respeto.
Nadie se atrevió a felicitarme.
Elarael me siguió en silencio, trotando para alcanzarme, hasta que llegamos a la seguridad de nuestra carpa.
—¿Qué… qué fue todo eso, Zyro?
—preguntó ella, con la voz temblorosa, mientras cerraba la entrada de la tienda—.
¿Desde cuándo puedes hacer algo así?
Me dejé caer en el futón, el agotamiento del maná golpeándome como un mazo.
—Larga historia… pero diré “Esencias”.
O eso creo.
Dejé salir un suspiro pesado, cerrando los ojos.
Sentí el colchón hundirse a mi lado.
Elarael se acercó y, lentamente, se acostó junto a mí, buscando el calor de mi cuerpo a pesar de lo que acababa de ver.
—Prométeme que me contarás tu larga historia —susurró ella en la oscuridad.
Sonreí levemente, sintiendo que, por primera vez, el monstruo no estaba solo.
—Lo prometo.
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