El invocado del rey demonio - Capítulo 8
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8: Capítulo 8.
El Precio de la Libertad 8: Capítulo 8.
El Precio de la Libertad La luz del sol se filtraba suavemente a través de la tela de la carpa, bañando el interior en un tono dorado.
Abrí los ojos lentamente, sintiendo un peso cálido y reconfortante sobre mi pecho.
Elarael seguía dormida, con una pierna entrelazada con las mías y su cabeza apoyada en mi hombro.
Su respiración era tranquila, lejos del pánico de los días anteriores.
Por primera vez, pude verla en paz.
Su piel pálida, sus pestañas largas…
era hermosa de una forma que no pertenecía a mi mundo ni al infierno del que veníamos.
Moví mi mano, acariciando suavemente su cabello plateado.
Ella se removió, soltando un pequeño gemido, y abrió esos ojos amarillos que parecían leer mi alma.
—Buenos días…
—susurró con voz ronca.
—Buenos días.
—Mi voz sonaba más grave de lo normal.
Nos quedamos mirando unos segundos.
El aire cambió.
Ya no éramos el guerrero y la carga, ni el parásito y la demonio.
La tensión que había estado creciendo entre nosotros, alimentada por la adrenalina y el miedo a morir, finalmente rompió el dique.
Ella levantó la mano y trazó la línea de una de mis cicatrices en el pecho.
—Gracias por no hacerme sentir una carga…
—dijo, acercando su rostro al mío.
—No tienes que agradecer…
No terminé la frase.
Ella selló mis labios con los suyos.
Fue un beso suave al principio, un tanteo tímido, pero cuando respondí, poniendo mi mano en su cintura y atrayéndola hacia mí, la suavidad se convirtió en hambre.
Elarael se subió encima de mí, a horcajadas, sin romper el beso.
Sentí su calor a través de la fina ropa que llevaba.
Mis manos recorrieron su espalda, bajando hacia sus caderas, y ella dejó escapar un suspiro contra mi boca que encendió una llama en mi bajo vientre.
Estábamos solos.
Estábamos vivos.
Y en ese momento, nada más importaba.
Deslicé mi mano por debajo de su blusa, tocando su piel suave, y ella arqueó la espalda, lista para dejarse llevar…
—¡Ejem!
El sonido de una garganta aclarándose fue tan fuerte como un trueno en el silencio de la mañana.
Elarael saltó de encima de mí como si el futón estuviera ardiendo, cubriéndose con la sábana hasta la nariz, roja hasta las orejas.
Yo me giré hacia la entrada, con una mezcla de instinto asesino y vergüenza absoluta.
Seraphina estaba allí, con la cortina de la tienda levantada, mirándonos con una ceja arqueada y una sonrisa divertida que no llegaba a sus ojos fríos.
—Lamento interrumpir su…
momento matutino —dijo con tono seco—, pero Mi Señora Lumindara requiere su presencia.
Y Zyro, creo que querrás esto antes de ir.
Lanzó una bolsa de cuero pesada que aterrizó en mi estómago, sacándome el aire.
El sonido metálico de las monedas fue inconfundible.
Luego, señaló un montón de ropa doblada sobre la mesa.
—Vístanse.
Tienen diez minutos.
Dejó caer la cortina y se marchó, tarareando una melodía.
Miré a Elarael, que seguía escondida bajo las sábanas, y luego a la bolsa de oro.
Solté una risa corta y nerviosa.
—Bueno…
al menos nos pagaron.
Dejé las monedas en el futón y me terminé de sacar las vendas, ya que algunas estaban rotas o sucias por el combate de anoche.
—Deja que te ponga unas nuevas —dijo Elarael, saliendo de su escondite y caminando hacia donde estaban las vendas colgadas, dejando caer la sábana sin pensar.
—No es necesario, tenemos poco tiempo —respondí, tratando de mantener la compostura.
Caminé a la mesa y tomé algo de ropa limpia, cambiándome rápido.
—Entonces…
mientras tú te preparas, iré a ver a la Reina.
Luego iré por comida y más vendas.
Espérame aquí.
Salí de la tienda mientras me abrochaba una camisa blanca de tela élfica, mucho más cómoda que mis harapos anteriores.
Seraphina me vio salir y empezó a caminar sin decir palabra.
En una mesa cerca estaban Elandor y Lioren hablando animadamente.
Al verme pasar, se levantaron y se acercaron.
—Golpeas como un troll, humano.
Esa habilidad es brutal; ni tiempo a reaccionar me dio —dijo Elandor, señalando su nariz aún hinchada.
Su sonrisa ya no era arrogante, sino de respeto marcial.
—Yo no vi ese combate, pero el veneno paralizó mi cuerpo por horas —habló Lioren, con una venda cubriendo gran parte de su brazo—.
Por suerte, solo necesito unos días para estar limpio.
Eres toda una fiera.
Me alegro de que seamos aliados y no enemigos.
Asentí con la cabeza, aceptando su reconocimiento.
—Fue un buen combate.
Recupérense pronto.
Seguí de cerca a Seraphina.
Entramos en la torre principal, pero en lugar de ir al salón del trono o a la habitación de la noche anterior, bajamos por unas escaleras de caracol hechas de mármol blanco.
Mi cuerpo se tensó, pensando que me iban a encarcelar de nuevo en algún calabozo subterráneo.
—¿No íbamos a ver a la Reina?
—pregunté mientras veía el pasillo vacío.
—Sí, pero está en otro lado.
Sus aposentos privados.
Continuamos con cautela hasta llegar a una gran sala subterránea iluminada por cristales brillantes.
En el centro había un estanque natural de aguas termales que emitían un vapor dulce.
Pequeñas hadas volaban sobre la superficie.
Ahí estaba Lumindara.
Tenía todo el cuerpo sumergido dentro de las aguas cristalinas, dejando solo su cabeza y sus hombros fuera.
Al notar mi presencia, sonrió y se puso de pie dentro del agua.
—Pasa, joven Zyro.
Entra en las aguas curativas; ayudarán a sanar esas cicatrices tuyas.
Seraphina se mantuvo de pie en un rincón, montando guardia.
La figura de Lumindara, aunque borrosa por el vapor y el agua, rebosaba de un brillo cálido y divino.
—Disculpe, Reina…
pero no lleva nada puesto.
No sería correcto de mi parte —dije, apartando la mirada hacia la pared de piedra, sintiendo el calor subir a mi rostro.
Seraphina ni se inmutó; para ellas, la desnudez no significaba lo mismo que para los humanos.
—Todo un caballero…
Tienes razón, es inapropiado según tus costumbres, pero entra sin miedo.
Quítate esos harapos, tenemos que hablar en confianza.
Volvió a sentarse, sumergiéndose hasta el cuello.
Con vergüenza, me quité solo la camisa y las botas, entrando en el agua con los pantalones aún puestos.
Al instante, un cosquilleo recorrió mis heridas y sentí un pequeño ardor agradable.
—Eso es el agua trabajando, no te preocupes en otras cosas —dijo ella con voz tranquila—.
Escuché del combate de ayer.
Todo un espectáculo.
Es una pena no haberlo visto.
Aún me sentía incómodo, pero mantuve la calma, flotando a una distancia respetuosa.
—El dinero es necesario, así que solo me adapto a lo que requiero, ya sea oro o tranquilidad —respondí—.
Pero eso no es lo que quiere saber, supongo.
Ella se acercó un poco, flotando sin esfuerzo.
—Diste en el clavo.
Así que el Rey Demonio te llamó “Parásito”…
Yo preferiría decir que eres un…
—Monstruo —la interrumpí—.
Quiere respuestas y le daré un par.
¿Qué soy?
Soy un frasco vacío.
Una especie rara que puede tomar y mejorar otras habilidades.
Tal vez no todas, pero sí algunas.
Mi cuerpo es un lienzo en blanco que se pinta con la fuerza de otros.
Ella me observó con sus ojos antiguos.
—Iba a decir que pareces un “Héroe Vacío” y que necesitas llenarte.
Tenemos registros de actividad rara del Rey Demonio cerca de nuestras fronteras, pero eso será para otra conversación.
Al escuchar la palabra “héroe”, me tensé por un segundo, algo que la Reina notó.
—Quiero creer que eres bueno y que no eres una amenaza, Zyro.
Me gustaría que me ayudaras con unos trabajos.
Te pagaré por tus servicios, y te daré refugio.
—¿Y si me niego?
—Eres libre de hacerlo, joven Zyro.
Se puso de pie, saliendo del agua.
Otra hada apareció de la nada y le colocó una túnica de seda para cubrir su cuerpo mojado antes de que yo tuviera que apartar la vista de nuevo.
—Pero necesitamos tener más confianza.
Mientras no me des todas las respuestas, no podrás vagar libremente por mi reino.
Pero si haces algunos trabajos para mí, aquí tendrás todo lo que necesitas: una tienda mejor, medicina, comida, ropa…
un hogar.
Caminó hacia la salida del recinto.
—Yo no soy el Rey Demonio para darte órdenes o esclavizarte.
Esa es tu decisión.
Pero necesito respuestas que tú tienes, y tú necesitas la protección que yo ofrezco.
Salió siendo acompañada por su séquito.
Me tomó un momento pensar.
Salí del agua y me miré el pecho: las cicatrices recientes habían desaparecido, dejando solo piel nueva.
Seraphina me miró, notando la duda en mi rostro.
—Piénsalo, Zyro.
Y cuando tengas una respuesta, manda un elfo conmigo y te daré tu primera misión.
Caminé en silencio todo el tiempo de regreso a la tienda.
Mi mente trabajaba a mil por hora.
—Ya lo pensé —le dije a Seraphina antes de entrar—.
Espero la misión aquí.
Ella asintió, satisfecha, y voló desapareciendo en el aire.
Entré a la tienda.
Elarael estaba detrás de unas telas que colgaban improvisadas, terminando de vestirse.
—Volví.
Y tengo noticias.
Me senté dándole la espalda para darle privacidad y le conté sobre la conversación, omitiendo la desnudez de la Reina para no incomodarla.
—Te está poniendo a prueba —concluyó Elarael—.
Seguramente nos mandará a cazar algunos demonios para ver nuestra lealtad.
Y tendremos compañía de algún aliado para vigilarnos y reportar nuestro progreso.
Ella salió, ya vestida con ropa de viaje, y se acercó a mi espalda.
—Disculpa por lo de esta mañana…
solo me dejé llevar.
Nunca recibí aprecio ni protección de nadie.
Pero tú llegaste cambiando mi mundo, cambiando mi vida, mi destino…
y algo dentro de mi corazón.
Me puse de pie y me giré, mirándola a los ojos amarillos.
—No tienes que disculparte, porque no has hecho nada malo.
Y no quiero que sientas que me debes algo.
Estamos en esto juntos.
Tomé la bolsa de monedas y saqué tres de oro.
—Iré por algo de equipo para el viaje.
Salí al mercado del campamento.
Compré provisiones, una daga de buen acero y unas botas resistentes.
Mientras guardaba las cosas, Lioren se acercó.
—Hola, compañero.
Seraphina me dijo que necesito experiencia y me asignó contigo en la misión —dijo el hada, mostrando una sonrisa cómplice—.
Ya tengo las órdenes y podemos partir cuando estés listo.
Lo miré.
Llevaba una bolsa colgando en su cintura y un mapa en la mano.
—Ya tengo lo necesario.
Iré por mi compañera y saldremos de inmediato.
Él asintió y se quedó un paso detrás de mí.
Llegué a la tienda; Elarael ya estaba fuera, esperando con su nueva ropa de exploradora.
—Tengo comida, medicina, equipo nuevo y sobró una moneda de oro y tres de plata —le informé, entregándole una mochila ligera.
Lioren nos guió hacia las afueras del campamento, donde un arco de piedra antiguo se alzaba solitario.
Se acercó a un guardia, le explicó la misión y el guardia tocó unas runas en la piedra.
El arco brilló y el aire en su interior se volvió líquido.
—¿Qué es eso?
—pregunté.
Lioren me miró confundido antes de entrar.
—¿No sabes?
Este paraíso está escondido en una dimensión de bolsillo.
Solo se puede entrar y salir mediante este portal.
El mundo real está al otro lado.
Atravesó la cortina mágica.
Elarael y yo lo seguimos.
La sensación fue como cruzar una cascada de agua helada.
Al salir, el aire puro y dulce de las hadas desapareció, reemplazado por el viento seco y polvoriento del exterior.
Estábamos en una colina.
A lo lejos, en el valle, se alzaba una ciudad humana cubierta por muros gigantes de piedra gris.
—Ahí nos espera nuestro informante —señaló Lioren, ajustándose las alas—.
Bienvenidos al Reino Humano de Aethelgard.
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