El invocado del rey demonio - Capítulo 9
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9: Capítulo 9.
Carne de Cañón 9: Capítulo 9.
Carne de Cañón —Ahí nos espera nuestro informante —señaló Lioren, ajustándose las alas—.
Bienvenidos al Reino Humano de Aethelgard.
—Pero tengo que advertir algo: las especies aún se odian y algunas están en guerra, así que traje esto.
De su bolso sacó una capa de tela gruesa con una capucha amplia y se la entregó a Elarael.
—No sé cuál es tu raza exactamente, pero esos ojos amarillos parecen de Elfo Oscuro.
Serán un problema en el reino humano; dicen que esa raza saquea los pueblos fronterizos.
Elarael tomó la prenda en silencio, se colocó la capa y cubrió su rostro, dejando solo su barbilla visible.
—Seré sincero, nunca estuve en un reino humano, pero este es el segundo más grande —comentó Lioren, mientras sus alas vibraban antes de ocultarse mágicamente en su espalda—.
Ahora llamaremos menos la atención.
Tengo unos permisos que me dieron antes de salir…
Son de unos rufianes aventureros que…
bueno, ya no los van a necesitar.
Nos entregó un papel arrugado a cada uno.
—¿No sería más fácil decir que somos una familia y que necesitamos alojamiento?
—pregunté, leyendo el documento.
—No queremos que nos detengan.
Estos tipos causaron algún problema dentro y por eso estaban fuera.
Si entramos como ellos, asumimos sus deudas, pero si entramos como civiles sin papeles, nos interrogarán por horas.
Lioren me miró indeciso.
—Elarael, ¿alguna idea?
—pregunté.
Ella negó con la cabeza bajo la capucha.
—Bien, seremos una familia entonces.
Lioren y yo somos hermanos.
Elarael…
tú eres mi esposa.
Si no te molesta.
Ella asintió levemente.
Tomé su mano —estaba fría— y empezamos a avanzar hacia la inmensa puerta de hierro del reino.
Nos tomó casi una hora, pero llegamos al control.
Delante de nosotros, dos mercaderes hablaban en voz baja.
—¿Oíste el rumor de la isla?
—No, ¿qué pasó?
—El Rey Aldric Ironvein donó una isla entera, “Sanctuary”.
Ahora dicen que todos los Héroes vivirán ahí, lejos de la peste y la guerra.
La conversación fue interrumpida por el guardia que les gritó para que avanzaran.
—Venimos del pueblo de Arroyo Cantor.
Fue atacado por elfos oscuros…
creemos que llegarán más refugiados —dijo el mercader.
El guardia asintió con desgana y los dejó pasar.
Llegó nuestro turno.
—¿Quiénes son y a qué vienen?
—ladró el guardia, bloqueando el paso con su lanza.
Me aclaré la garganta, concentrándome en mi habilidad.
—Mi nombre es Zyro.
Él es mi hermano menor, Lioren, y ella es mi mujer, Elarael.
Venimos de Arroyo Cantor, huyendo del ataque.
[Habilidad Activada: Don de la Voz (Persuasión)] El guardia parpadeó, confundido por un momento, pero su postura se relajó.
Luego miró a Elarael, que mantenía la cabeza gacha, y acercó su mano para bajarle la capucha.
—Normas de seguridad.
Rostro descubierto.
—Por favor…
—intervine rápidamente, poniendo mi mano suavemente sobre el brazo del guardia—.
Fue herida en el rostro durante la huida.
Está desfigurada y le da mucha vergüenza.
[Habilidad Activada: Don de la Voz (Persuasión) – Éxito] El guardia retiró la mano como si quemara.
—Ya veo…
Adelante.
Pero los estaré vigilando.
No causen problemas.
Caminamos rápido, alejándonos de la entrada y mezclándonos con el gentío.
—Qué espléndido…
¿Qué fue todo eso, Zyro?
—susurró Elarael, apretando mi brazo.
—Lioren, saca el mapa —ordené, ignorando la pregunta.
Nos acercamos a una zona de carretas.
Lioren sacó un mapa y, ocultándolo con su cuerpo, hizo brillar su dedo.
El papel cambió mágicamente para mostrar las calles de la ciudad.
—El gremio no está lejos.
Caminamos directo hacia allá, pero el tráfico se detuvo.
Un convoy de esclavos pasaba por la calle principal.
Eran Hombres Bestia.
Vi a seres con orejas de perro y gato encadenados del cuello.
Pero lo que hizo que mi sangre hirviera fue ver quién tiraba de las carretas pesadas: Centauros.
Estaban demacrados, con la piel marcada por latigazos, sus ojos vacíos de vida.
Dentro de mí, la esencia del Centauro que había absorbido se retorció con furia.
Mis puños se cerraron tan fuerte que mis nudillos crujieron.
—S-son esclavos…
—murmuró Lioren con horror.
Un niño con orejas de gato cayó al suelo y un guardia humano lo pateó para que se levantara.
Di un paso al frente, la ira nublando mi juicio.
—No —Elarael me agarró del brazo con fuerza, clavando sus dedos—.
Así es la vida aquí, Zyro.
No somos héroes.
Somos supervivientes.
No llames la atención.
Su voz se quebró al final.
La miré y asentí, tragándome la rabia.
Llegamos al Gremio de Aventureros.
Un edificio enorme de piedra y madera.
El interior olía a cerveza rancia, sudor y acero.
—Bienvenidos al Gremio de Aethelgard.
¿En qué los puedo ayudar?
—preguntó la recepcionista sin levantar la vista de sus papeles.
—Venimos a registrar nuestro grupo.
Somos tres.
—Perfecto.
Como son nuevos, su tarjeta será Blanca (Novato).
Tengan cuidado: si la pierden o se rompe, se les cobrará.
Aquí tienen la tabla de rangos.
Miré el documento pegado en el mostrador: Blanco|Aventurero Novato Gris|Aventurero Aprendiz Verde|Aventurero Competente Amarillo|Aventurero Experimentado Azul|Aventurero Veterano Morado|Aventurero Élite Plateado|Aventurero Maestro Negro|Aventurero Legendario Rojo: Aventurero Ejecutor —Una cosa más —dijo ella, entregándonos las fichas—.
Ser Rojo es malo.
Significa que han matado a alguien dentro de la jurisdicción del Gremio sin justificación.
Si su ficha se pone roja, cualquier otro aventurero tiene permiso para cazarlos por recompensa.
—Entendido.
—Su primera misión de prueba: Llevar víveres hasta Arroyo Cantor.
Hay una carreta en la entrada trasera que sale en una hora.
—Es perfecto.
Dijimos que veníamos de ahí, así que es la coartada perfecta para volver —le susurré a Lioren.
Mientras nos alejábamos, escuché risas desde una mesa cercana.
—Miren eso…
más novatos.
Carne de cañón fresca para los monstruos.
Salimos por la puerta trasera y Lioren nos guió por un callejón hasta una taberna de mala muerte llamada “El Diente Roto”.
—Aquí está el informante.
Entramos.
El lugar estaba en penumbras.
En un rincón, un encapuchado nos hizo una seña.
Nos sentamos.
—La luna sangra sobre el bosque —dijo Lioren, recitando la contraseña.
—Y los cuervos no tienen ojos —respondió el encapuchado—.
Tardaron mucho.
Ahórrenme tiempo.
Tienen que ir a Cipreses Luminosos, cerca de Arroyo Cantor.
Eliminen a los Elfos Oscuros.
Parece que un Demonio los guía.
Solo vayan por los elfos; si aparece el Demonio…
huyan.
Se levantó, dejó un mapa detallado en la mesa y se esfumó entre las sombras.
—Tenemos hambre.
Comamos algo antes de salir —sugerí.
Nos sirvieron un estofado aguado.
Lioren, a pesar de su nerviosismo, abrió el mapa que dejó el encapuchado.
—La misión de Arroyo Cantor es la fachada.
El verdadero trabajo es Cipreses Luminosos.
Debemos tomar la carreta con los víveres, salir de la ciudad, y desviarnos al anochecer.
Terminamos de comer, pagamos con una de las monedas de plata que sobraron y nos dirigimos a la entrada trasera del Gremio.
Una carreta vieja, tirada por un caballo flaco, nos esperaba.
El viaje fue silencioso al principio, pero tan pronto como salimos de las murallas de Aethelgard, el paisaje se abrió en colinas y bosques oscuros.
—Los humanos tienen un problema de racismo tan grande que ni siquiera me sorprende lo que vimos —murmuró Elarael, mirando hacia las profundidades del bosque.
—¿Te refieres a los Centauros esclavos?
—pregunté.
—A eso, a los Hombres Bestia…
y a que los Héroes tienen su propia isla mientras otros tienen que pelear en la línea del frente.
—Hablaba de los rumores que habíamos escuchado en la entrada.
—Concentración, pareja, ya estamos a metros de la aldea.
Elarael se sonrojó ligeramente al escuchar la palabra “pareja”.
Llegamos a la aldea, que estaba casi destruida por completo.
Algunas casas no tenían techo, consumidas por las llamas; a otras les faltaban partes de las paredes.
Vimos personas muertas, y a otros llevando cadáveres o revisando niños heridos.
La vista era impactante.
El carruaje se detuvo cerca de un grupo de soldados del reino y, con ayuda, bajamos los víveres y medicinas.
—¿Eso es todo lo que mandaron?
—dije mirando al grupo de soldados.
—¿Nada más?
Esto apenas nos dará para una semana, y eso si no nos atacan de nuevo.
—Los habitantes del pueblo miraban con desesperación.
Me acerqué al soldado más veterano.
—¿Tú eres el líder de los soldados?
Asintió mientras daba órdenes a sus hombres.
—Soy Zyro, miembro del gremio de aventureros.
Escuché que hay otro pueblo no muy lejos de aquí.
—Así es, joven.
Mandé a un grupo de tres soldados, pero aún no han regresado.
¿Te molesta ir a ver?
—Sin problema.
Llegaremos antes del anochecer.
Bajamos nuestras cosas mientras Elarael y Lioren avanzaban.
El líder de los soldados vio mi pequeña daga.
—Muchacho, si vas con eso no durarás nada.
Ten, no es mucho pero creo que servirá; era de un comandante de los Elfos Oscuros que logramos abatir.
Me lanzó una espada negra, la cual agarré en el aire.
Pesaba más que una espada humana normal.
—Gracias, Capitán.
Me apresuré para alcanzar a mis compañeros.
Llegamos sin mucho esfuerzo caminando rápido.
Vimos lo que antes era Cipreses Luminosos: ahora solo eran ruinas, no había una sola casa en pie.
Avanzamos lento, mirando y lamentando las pérdidas, cuando a lo lejos escuchamos un grito ahogado.
—¿Qué fue eso?
Corrimos y vimos cómo un grupo de diez Elfos Oscuros torturaba a un soldado.
Me detuve y dejé caer mi mochila justo cuando vi cómo atravesaban con su espada al último soldado, matándolo y dejando caer su cuerpo inerte.
—Lioren, no hay nadie cerca que te pueda ver.
Saca tus alas y ataca —ordené.
Con un rápido movimiento, Lioren sacó sus alas y una daga del bolso, volando a toda velocidad hacia ellos.
—Elarael, ¿tienes magia, verdad?
Aunque sea para cubrir, ayúdanos.
Elarael se quitó la capucha y, a medida que se acercaba, lanzó hechizos defensivos para cubrir a Lioren.
—No es una sensación que me guste, pero…
—murmuré.
De mi espalda salió un clon mío, esta vez más rápido y casi sin dolor.
Le di la espada negra y lo mandé junto a Lioren, mientras yo me escabullía entre las ruinas con mi daga para un ataque sorpresa.
Entre los tres lograron derrotar a cuatro de ellos, pero Elarael empezó a cansarse.
Lioren falló mucho con sus ilusiones, y mi clon recibía mucho daño.
Cada corte que le hacían a él, lo sentía yo también como un eco de dolor en mi propia piel.
Me quité las botas para mejorar mi sigilo.
—Ya casi estoy detrás de estos elfos…
Concentré el veneno que corre por mis venas en la palma de mi mano derecha mientras con la izquierda sostenía la daga.
Hice un corte a lo largo de mi palma derecha, bañando la hoja de la daga con mi sangre tóxica.
—Listo.
Mi clon ya casi cae.
Solo quedan cinco y son míos.
Corrí por detrás de ellos sin que me detectaran, ya que se habían agrupado para atacar a mi copia.
Al primer elfo, un arquero, le corté la garganta con un movimiento rápido desde su espalda.
Uno de los elfos volteó a ver y, antes de que pudiera gritar, le clavé mi daga en el pecho, directo al corazón.
Cayó al suelo y, como estaba mal parado, caí con él.
Los otros tres elfos se dieron cuenta.
Uno de ellos levantó su espada para cortarme la espalda mientras estaba en el suelo.
—¡Zyro, no!
—gritó Elarael.
Antes de que bajara la espada, volví a clonarme.
Esta vez solo salió la mitad superior de mi clon desde mi espalda, agarrando las muñecas del elfo para detener el golpe mortal.
Lioren, cansado y con poca fuerza, se lanzó en picada contra ese elfo, tumbándolo.
Mi clon salió por completo y aprovechó que el enemigo estaba en el suelo para pisarle la cabeza varias veces hasta que dejó de moverse.
Los otros dos elfos, al ver que no podían ganar, salieron corriendo hacia el bosque.
—¿Estás bien?
Por un momento creí perderte…
—Se acercó Elarael, tomando mi cabeza y abrazándome impulsivamente.
—Tengo que admitir que este combate fue aterrador —dijo Lioren, respirando agitado en el suelo.
Nos tomó un rato recuperarnos.
La noche ya caía.
—Será mejor ir a la aldea a avisar de lo que pasó.
Asintieron.
Caminamos de regreso, y cuando el sol se fue, solo quedó el brillo de las dos lunas.
Llegamos y hablamos con el capitán, quien se lamentó por la pérdida de sus soldados pero nos dio las gracias por vengar a los caídos y nos firmó el cumplimiento de la misión.
—Ya está todo listo, podemos irnos.
Subimos a la carreta y el chófer nos llevó de regreso hacia el castillo.
Pero, pasando por el bosque cercano, escuchamos unos pasos pesados que hacían temblar el suelo.
Un rugido grave movió las copas de los árboles.
Frente a nosotros, bloqueando el camino, se alzó una sombra gigante de unos cuatro metros de altura.
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