Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El legado de los caidos - Capítulo 10

  1. Inicio
  2. El legado de los caidos
  3. Capítulo 10 - 10 La gran final
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

10: La gran final 10: La gran final La tarde había cambiado el color del cielo sobre el coliseo.

Ya no era el azul frío de la mañana sino algo más cálido y pesado, ese tono anaranjado que Arken tenía cuando el día empezaba a ceder sin terminar de irse.

Las antorchas de los arcos superiores estaban encendidas aunque todavía no hacían falta, como una promesa de que esto iba a durar hasta que terminara sin importar la hora.

Las gradas estaban más llenas que en cualquier momento del día.

La gente que había entrado por la mañana no se había ido.

La que había salido a buscar comida había vuelto.

Y había otros que habían llegado específicamente para esto, para la final, porque las finales del examen de caballería tenían una reputación que viajaba más rápido que cualquier carruaje y los que sabían de estas cosas sabían que valía la pena estar ahí.

Auren y Seris estaban en el mismo lugar de siempre, las gradas medias, con el enano de la jarra dos filas más arriba y a la izquierda que había estado ahí toda la tarde sin moverse de ese punto como si el asiento le perteneciera por derecho propio.

En la arena los dos finalistas entraron al mismo tiempo, uno por cada túnel.

Lena venía del sur con la armadura de cuero más ajustada de lo que había estado en la mañana, las tiras que el equipo de atención había apretado para compensar el brazo izquierdo que todavía no había recuperado del todo la sensibilidad completa.

El corte en la mejilla tenía una venda fina encima.

La espada en la mano derecha y sin escudo, la misma decisión que había tomado en la semifinal y que había decidido mantener porque le había funcionado y porque su brazo izquierdo en ese momento era más un estorbo que una ventaja.

Aldren venía del norte.

Era alto para su edad, diecisiete años pero con la constitución de alguien que lleva más de una década entrenando con propósito.

Armadura de placas ligeras, más cara y más elaborada que cualquier cosa que hubiera entrado a la arena ese día, con grabados en los hombros que no eran decorativos sino el símbolo de la casa del conde Maren.

Espada de una mano, larga y bien equilibrada, y un escudo redondo de borde reforzado que llevaba en el brazo izquierdo con la naturalidad de algo que es una extensión del cuerpo y no un accesorio.

Se miraron desde los extremos opuestos de la arena.

Las gradas se callaron solas.

El juez levantó la mano.

Aldren no esperó a que bajara del todo.

Entró con tres pasos largos y un ataque directo que no era descuido sino intención, una manera de establecer el ritmo desde el primer segundo, de decirle al rival que la distancia la iba a manejar él.

La espada bajó en diagonal desde el hombro derecho hacia la cadera izquierda de Lena con una velocidad que tenía peso detrás, no el peso bruto del berserker de la mañana sino algo más técnico, el peso de un golpe que sabe exactamente adónde va.

Lena lo esquivó hacia afuera, girando el cuerpo para dejar pasar el filo, y contraatacó hacia el costado derecho de Aldren con un movimiento rápido y bajo.

Aldren lo bloqueó con el escudo sin bajar la espada.

El impacto le subió por el brazo a Lena de una manera que no esperaba.

No era solo la técnica del bloqueo sino algo más, una resistencia adicional en el escudo que no correspondía al peso del metal, como golpear contra algo que no cede exactamente igual que debería ceder.

El fortalecimiento.

No era solo fuerza.

Era densidad.

Todo en él tenía un poco más de peso y un poco más de resistencia que lo que el ojo calculaba al mirarlo, y esa diferencia entre lo que se veía y lo que se encontraba al contacto era suficiente para desajustar los cálculos de cualquiera que no lo supiera de antemano.

Lena lo supo en ese primer intercambio y lo guardó.

Se separaron y Aldren volvió a entrar, esta vez con una combinación de dos golpes, el primero alto hacia el hombro derecho y el segundo bajo hacia la rodilla izquierda, una secuencia que obligaba a elegir cuál bloquear porque sin escudo no había manera de cubrir los dos al mismo tiempo.

Lena eligió el alto, desvió el filo hacia afuera con su espada y giró el cuerpo para que el golpe bajo pasara rozando por delante sin conectar del todo.

La punta de la espada de Aldren le rozó el muslo izquierdo, no profundo pero suficiente para que ella lo sintiera en el paso siguiente.

Dos intercambios.

Dos puntos para Aldren en el conteo invisible que las gradas llevaban en silencio.

Lena cambió el approach.

Dejó de responder a sus ataques y empezó a moverse alrededor de él en círculos cortos, presionando desde ángulos distintos, obligándolo a girar y a reposicionar el escudo constantemente.

Era una manera de gastar su energía sin exponerse, de buscar el patrón que Seris había mencionado en el túnel, el mismo tres veces y en la cuarta la variación.

Aldren giró con ella sin apuro, el escudo siguiendo cada amenaza con una precisión que demostraba que no era la primera vez que alguien intentaba eso con él.

Atacaba cuando tenía el ángulo, no antes, y cada ataque era limpio y económico, sin floreos, sin gasto innecesario.

El primer minuto completo transcurrió en ese ritmo y las gradas lo absorbieron en silencio porque era el tipo de duelo que hablaba en un idioma que no todos entendían pero que se sentía igual.

Lena encontró el patrón en el segundo minuto.

Aldren atacaba alto, bajo, alto en secuencia y en la cuarta entrada variaba hacia el centro.

Tres veces lo hizo exactamente igual y Lena lo contó, uno, dos, tres, y cuando llegó la cuarta ya estaba moviéndose hacia adentro en lugar de hacia afuera, entrando al espacio entre el escudo y la espada donde Aldren no esperaba encontrarla.

Llegó.

La espada de Lena conectó con el costado de la armadura de placas de Aldren, un golpe que en otro rival hubiera sido definitivo o al menos hubiera abierto el duelo hacia su favor.

Aldren absorbió el golpe.

No con el escudo, no con un bloqueo, sino con el cuerpo.

El fortalecimiento hacía exactamente eso, convertía lo que debería ser un golpe de apertura en algo que él podía recibir sin ceder terreno, y en el momento en que Lena esperaba que él retrocediera él empujó hacia adelante con el escudo y la sacó del ángulo que había conseguido.

Lena tropezó un paso hacia atrás.

Aldren entró inmediatamente.

Lo que siguió fueron cuatro intercambios rápidos donde él llevó la iniciativa y ella respondió, bloqueando, desviando, moviéndose hacia los costados para no quedarse en línea recta donde él era más peligroso.

Recibió dos golpes más, uno en el antebrazo derecho que le abrió la guardia por un segundo y uno en el hombro izquierdo que la hizo doblar levemente ese lado antes de recuperarse.

Ninguno fue suficiente para terminar el duelo.

Pero se estaban acumulando.

Tres minutos adentro Lena sangraba por el antebrazo derecho y el hombro izquierdo le respondía con un segundo de retraso cuando lo necesitaba.

Aldren tenía una marca en el costado donde ella había conectado y otra en el cuello donde un desvío había terminado rozando, pero se movía exactamente igual que al principio, sin que la fatiga modificara su ritmo ni un grado.

El fortalecimiento no era solo físico.

Era resistencia sostenida.

Y eso, en un duelo largo, era una ventaja que se multiplicaba con cada minuto que pasaba.

Lena lo sabía.

Se detuvo en el centro de la arena y respiró.

Aldren se detuvo también a cuatro metros, el escudo levantado, la espada lista, mirándola con una expresión que no era arrogancia sino concentración pura.

Las gradas estaban en silencio total.

Auren tenía las manos apretadas sobre las rodillas sin darse cuenta.

A su lado Seris miraba la arena con los ojos quietos y la mandíbula levemente tensa, siguiendo algo que solo ella veía con claridad.

Lena atacó.

No con un patrón, no con una estrategia construida, sino con todo lo que tenía y todo lo que sabía puesto en una secuencia continua que no le dio a Aldren tiempo de establecer su ritmo.

Golpe alto, desvío del escudo hacia afuera con el cuerpo en lugar de con la espada para liberar el filo, entrada por abajo, cambio de dirección, golpe al costado expuesto, retroceso antes de que el escudo volviera, entrada de nuevo.

Treinta segundos de presión continua que las gradas recibieron con un ruido que subió despacio como el agua que hierve.

Aldren retrocedió dos pasos.

Solo dos, pero los retrocedió.

Lena lo siguió sin pausa y en el siguiente intercambio su espada pasó por encima del escudo y llegó al hombro derecho de Aldren con suficiente fuerza para que él lo sintiera a través de la armadura.

No fue un golpe limpio pero fue real y por primera vez en el duelo Aldren modificó su postura, el hombro derecho bajando levemente, el escudo subiendo para compensar.

Una apertura.

Lena la vio.

Entró por abajo, hacia el costado izquierdo que el escudo alto dejaba menos cubierto, y el filo de su espada llegó a las costillas de Aldren en el punto exacto donde las placas se unían con una separación mínima entre ellas.

Aldren giró el cuerpo.

No para esquivar sino para absorber el golpe en el ángulo menos dañino, y al girar su codo derecho encontró el antebrazo de Lena con una fuerza que no fue un ataque deliberado sino el resultado del movimiento, pero que le arrancó la espada de la mano de todas formas.

La espada de Lena cayó a la tierra de la arena con un sonido que se oyó en todo el coliseo.

Silencio.

Lena miró la espada en el suelo.

Luego miró a Aldren que se había reposicionado con el escudo entre los dos y la espada apuntando hacia ella, la postura intacta a pesar de todo, el hombro derecho bajo pero sostenido, la respiración más pesada que al principio pero controlada.

Podía intentar llegar a la espada.

Lo pensó.

Lo midió.

Calculó la distancia, la posición de Aldren, el tiempo que le tomaría agacharse y recuperarla contra el tiempo que él tardaría en cerrar esa distancia.

No llegaba.

Las gradas lo sabían también.

El silencio tenía esa textura específica de cuando todos ven algo al mismo tiempo y ninguno quiere ser el primero en nombrarlo.

Lena levantó la vista del suelo y miró a Aldren a los ojos.

Aldren la miró de vuelta.

En su cara había algo que no era crueldad ni satisfacción sino algo más parecido al reconocimiento, el de alguien que acaba de pelear contra algo más difícil de lo que esperaba y lo sabe.

— Me rindo — dijo Lena.

Lo dijo con la voz pareja.

Sin que temblara, sin que bajara, con la misma voz con que habría dicho cualquier otra cosa.

El juez levantó la mano de Aldren.

Las gradas respondieron pero no con el ruido de la mañana ni con el de la semifinal.

Con algo diferente, más complejo, el aplauso de una multitud que reconoce que lo que acaba de ver no fue una victoria fácil aunque haya terminado como terminó.

Aldren recogió su espada y cruzó la arena hacia Lena.

Se detuvo frente a ella y extendió la mano, no como gesto protocolar sino como algo real.

Lena la tomó.

— Bien peleado — dijo él.

— Vos también — dijo ella.

Se separaron y Lena caminó hacia el túnel sur sola, sin apuro, con la espalda recta y la herida en el antebrazo goteando despacio sobre la tierra de la arena, dejando un rastro pequeño y rojo que el suelo fue absorbiendo detrás de ella.

Desde las gradas Auren la vio irse y no dijo nada.

Seris tampoco.

No había nada que decir que estuviera a la altura de lo que acababan de ver.

Dos filas más arriba y a la izquierda el enano con la jarra miraba el túnel sur por donde Lena había desaparecido.

Bebió despacio.

Luego miró la arena vacía donde todavía estaban las marcas del duelo en la tierra, los rastros de cada movimiento, cada intercambio, cada segundo de los últimos minutos escritos en el suelo como un mapa de algo que no tenía nombre simple.

Bebió despacio y agregó: — Este año hay grandes talentos — dijo, sin dirigírselo a nadie en particular — grandes talentos.

No agregó nada más.

La tarde sobre el coliseo seguía siendo anaranjada y pesada y las antorchas de los arcos ya hacían falta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo