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El legado de los caidos - Capítulo 11

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  3. Capítulo 11 - 11 La gran ceremonia
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11: La gran ceremonia 11: La gran ceremonia La mañana siguiente el coliseo era otro lugar.

No por la hora ni por la luz que entraba diferente entre los arcos de piedra, sino por el silencio.

El día anterior había sido ruido y movimiento y la energía específica de miles de personas siguiendo algo en tiempo real.

Esa mañana era otra cosa.

La gente que llenaba las gradas lo hacía con una quietud que no era aburrimiento sino expectativa, la de quienes saben que lo que está por pasar importa y que el ruido sobraría.

Todos los participantes del examen estaban en la arena.

No solo los finalistas sino todos, desde los que habían caído en la primera ronda hasta los que habían llegado al final, formados en filas ordenadas sobre la tierra que todavía guardaba las marcas de los duelos del día anterior.

Cientos de aspirantes de todas las razas y clases, parados en silencio con la vista al frente y esa mezcla específica de orgullo y nerviosismo que no distinguía entre los que habían llegado lejos y los que no.

Lena estaba en la tercera fila desde el frente.

Auren la encontró desde las gradas de inmediato, la altura media, el vendaje en el antebrazo, la espalda recta.

A su lado en las gradas estaban Seris, Cord y la hermana Maren, los cuatro juntos en el mismo sector de siempre.

Cord no había parado de hablar desde que salieron del orfanato esa mañana y la hermana Maren le había puesto una mano en el hombro en algún punto del camino con una presión que significaba exactamente una cosa y que Cord había interpretado correctamente.

Desde entonces estaba en silencio.

En la arena los cinco subgenerales de los escuadrones imperiales estaban formados frente a los aspirantes, uno por escuadrón, con las insignias en el hombro y una lista en la mano que ninguno miraba porque ninguno la necesitaba.

Lo que iban a decir ya estaba decidido desde el día anterior, la ceremonia era la forma que el imperio le daba a esas decisiones, el marco que las convertía en algo oficial y permanente.

El subgeneral de los caballeros imperiales habló primero.

Su voz llenó el coliseo sin esfuerzo, entrenada para llenar espacios más grandes que ese, y el silencio de las gradas la recibió y la dejó ir sin robarle nada.

Leyó un nombre.

El aspirante elegido dio un paso al frente desde la fila.

Un humano de las provincias del norte, el mismo de la maza y las runas que Lena había enfrentado en cuartos.

Caminó hacia el subgeneral con el paso de alguien que ha esperado este momento suficiente tiempo como para saber exactamente cómo quiere recibirlo.

Las gradas aplaudieron, breve y respetuoso, y volvieron al silencio.

El subgeneral de los magos reales fue el segundo.

Otro nombre, otro paso al frente, el joven mago élfico que había combinado escudos de maná con proyectiles de hielo con una precisión que había dejado sin argumentos a sus rivales.

Caminó hacia su subgeneral con esa manera élfica de moverse que parecía no tocar del todo el suelo y las gradas aplaudieron de nuevo con el mismo respeto de antes.

La sombra del imperio no envió subgeneral.

No había nadie formado en representación de ese escuadrón y sin embargo cuando el momento que les correspondía llegó, el aspirante que había sido elegido el día anterior simplemente ya no estaba en la fila.

Nadie lo había visto moverse.

Nadie lo había visto irse.

Un murmullo breve recorrió las gradas y se apagó solo.

Los paladines fueron cuartos.

La mujer de la maza y el escudo que había absorbido daño durante toda la eliminatoria dio su paso al frente con una solidez que era exactamente lo que uno esperaba de alguien que iba a pasar su carrera defendiendo las fronteras del imperio de lo que vivía del otro lado.

Quedaban los clérigos.

El silencio en el coliseo cambió de textura en ese momento.

No se hizo más profundo sino más denso, como si el aire mismo se apretara un poco.

Todos sabían que los clérigos eran el último escuadrón, todos sabían que era el más poderoso, y todos los que estaban en esas gradas y todos los que estaban en esas filas sabían que ser elegido por los clérigos era una cosa diferente a ser elegido por cualquiera de los otros cuatro.

El subgeneral de los clérigos era el más joven de los cinco representantes, lo cual en ese escuadrón específico no significaba nada tranquilizador.

Cabello oscuro, armadura ligera con la insignia dorada en el hombro, una manera de pararse que era la de alguien que no necesita ocupar más espacio del que ocupa porque el espacio ya le pertenece de todas formas.

Abrió la boca.

— Escuadrón de clér— — Perdón la interrupción.

La voz vino de las gradas.

Sin esfuerzo.

Sin volumen innecesario.

Con esa manera de llegar exactamente donde necesitaba llegar que el día anterior ya había demostrado que no era casualidad.

Dunn bajaba las escaleras.

Sin armadura.

Sin insignias.

Con la misma ropa de siempre y sin la jarra esta vez, las manos libres a los costados, el paso tranquilo de alguien que no tiene apuro porque el tiempo ya se acomodó a su favor antes de que él llegara.

Las gradas lo miraron sin saber qué mirar exactamente.

Un enano de mediana edad bajando a la arena durante la ceremonia oficial de selección de los escuadrones imperiales no era algo que tuviera un protocolo establecido porque no era algo que pasara.

Los aspirantes en las filas lo miraron también.

Algunos con confusión, otros con una incomodidad que no sabían de dónde venía todavía.

Auren frunció el ceño.

— Es el de ayer — dijo en voz baja.

Seris no respondió.

Tenía los ojos en los subgenerales.

El murmullo empezó en las gradas más cercanas a la arena y se extendió hacia arriba como una ola.

Voces que no se molestaban en bajar el tono, abucheos desde los sectores más altos, la incomodidad de una multitud que no entiende qué está mirando y empieza a expresarlo.

Dunn llegó al nivel de la arena y cruzó hacia el centro sin detenerse en la valla, sin pedir permiso, sin mirar a los subgenerales que lo observaban desde sus posiciones.

Caminó hasta quedar frente a las filas de aspirantes y las recorrió con una mirada que tardó lo que necesitó tardar.

Se detuvo.

Todos siguieron su mirada.

Lena.

Entonces los cinco subgenerales se pusieron firmes.

Al mismo tiempo.

Sin mirarse entre ellos, sin señal previa, como si algo en el aire les hubiera llegado a todos a la vez.

Las espaldas rectas, las manos a los costados, la vista al frente con una postura que no era protocolo sino algo más profundo, el tipo de respeto que no se aprende sino que se instala solo cuando uno está frente a algo que lo supera.

Y al unísono, con una claridad que cortó el ruido del coliseo como un filo limpio, dijeron: — General Dunn.

Es un honor.

El silencio fue instantáneo.

Absoluto.

Miles de personas que un segundo antes murmuraban y abucheaban quedaron quietas al mismo tiempo con la misma expresión, la de alguien que acaba de escuchar algo que no termina de procesar pero que sabe que es importante antes de entender por qué.

General.

Los cinco subgenerales de los escuadrones imperiales, las figuras más altas que el pueblo común había visto en su vida, saludando al unísono a un enano sin armadura y sin insignias que había pasado la tarde anterior bebiendo en las gradas.

General de los clérigos.

El más alto de los cinco escuadrones.

El rango que existía en las historias y en los registros del imperio pero que nadie en ese coliseo, nadie en esas gradas, nadie en esa ciudad había visto jamás en persona porque los generales no se presentaban en ceremonias, no escoltaban al rey en público, no aparecían en los mercados ni en las plazas ni en ningún lugar donde la gente común pudiera ponerles cara.

Eran nombres.

Eran títulos.

Eran figuras que existían en un nivel tan alto que la mayoría había terminado por tratarlos como algo parecido a una leyenda más que a una persona real.

Y uno de ellos había pasado dos días sentado en las gradas con una jarra en la mano haciendo comentarios que nadie había pedido.

Cord tenía la boca abierta.

La hermana Maren miraba a Dunn con una expresión que ahora Auren sí pudo leer, no era sorpresa sino confirmación, la de alguien que sospechaba algo y acaba de ver que tenía razón y que hubiera preferido no tenerla porque tener razón en ese caso significaba que el mundo era todavía más complicado de lo que parecía.

Seris no decía nada.

Miraba la arena con los ojos quietos procesando todo a una velocidad que Auren no podía seguir.

Auren miraba a Dunn.

El enano no había cambiado de postura.

Seguía parado frente a las filas de aspirantes con las manos libres a los costados y los ojos en Lena con la misma calma de siempre, como si el silencio repentino de miles de personas fuera otro detalle del paisaje que no requería atención especial.

El subgeneral de los clérigos exhaló despacio.

— General Dunn — dijo, con una voz que ahora tenía un cuidado diferente al de antes — la selección del escuadrón ya estaba determinada.

El aspirante Aldren del distrito oeste reúne todos los requisitos y los puntos más altos de la jornada, su ingreso estaba— — Ingresa también — dijo Dunn.

El subgeneral parpadeó.

— El protocolo establece un prospecto por escuadrón en cada ceremonia, no es posible— — El protocolo lo escribieron personas — dijo Dunn, con el mismo tono de siempre, sin subir ni bajar la voz — las personas pueden hacer excepciones cuando tienen razones suficientes.

— ¿Y cuáles serían esas razones en este caso?

Dunn lo miró por primera vez desde que había bajado a la arena.

Una mirada breve y directa que no tenía amenaza pero que tampoco necesitaba tenerla.

— Que lo digo yo — dijo.

Silencio.

El subgeneral sostuvo la mirada un segundo.

Luego miró al resto de los subgenerales que seguían firmes y en esa mirada encontró la única respuesta que necesitaba.

Se volvió hacia las filas.

— Escuadrón de clérigos — dijo, con la voz pareja y formal de siempre — Aldren del distrito oeste y Lena.

Bienvenidos.

Aldren dio un paso al frente desde su fila con la expresión de alguien que está procesando cómo algo que era suyo solo hace un momento ahora es de dos y qué significa eso exactamente.

Lena dio su paso al frente.

No miró a Aldren.

Miró a Dunn que ya se había dado vuelta y caminaba de vuelta hacia las gradas con el mismo paso tranquilo de siempre, las manos libres a los costados, sin mirar atrás.

Las gradas tardaron un momento en reaccionar.

Luego el ruido llegó, enorme y desordenado y mezclado, aplausos y murmullos y voces que se superponían sin orden, miles de personas tratando de procesar al mismo tiempo quién era ese enano y qué acababa de pasar y por qué los cinco subgenerales del imperio lo habían saludado al unísono como si su presencia fuera un honor y no una interrupción.

Cord finalmente encontró las palabras.

— ¿Quién es ese enano?

— dijo, con una voz que era mitad pregunta y mitad el principio de algo que iba a seguir hablando durante días.

La hermana Maren lo miró un segundo.

— Alguien importante — dijo, y en su voz había algo que cerraba la conversación antes de que terminara de empezar.

Auren miraba a Dunn subir las escaleras de vuelta a su lugar, sin apuro, sin mirar atrás, como si lo que acababa de hacer fuera el gesto más natural del mundo.

Llegó a su asiento, se acomodó, y miró la arena con esa expresión de siempre, despreocupada y precisa al mismo tiempo.

En la arena Lena estaba parada junto a Aldren frente al subgeneral de los clérigos con la vista al frente y el vendaje en el antebrazo y esa expresión suya que evaluaba las cosas antes de quedárselas.

Esta vez lo que tenía para evaluar era algo tan grande que iba a necesitar tiempo.

Dunn miró la arena un momento más.

Luego miró hacia otro lado como si todo hubiera terminado, porque para él todo había terminado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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