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El legado de los caidos - Capítulo 12

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  3. Capítulo 12 - 12 El hasta pronto más doloroso
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12: El hasta pronto más doloroso 12: El hasta pronto más doloroso El camino de vuelta al orfanato lo hicieron los cinco juntos.

Cord habló durante todo el trayecto.

No de una sola cosa sino de todo al mismo tiempo, la ceremonia, Dunn, los subgenerales poniéndose firmes, Lena en los clérigos, Aldren, de nuevo Dunn, de nuevo los subgenerales, con esa energía suya que no necesitaba respuesta para sostenerse sino simplemente aire y alguien que caminara al lado.

Lena caminaba a su derecha y no decía nada.

Auren caminaba detrás con Seris y tampoco decía nada, aunque por razones diferentes a las de Lena.

Lena no decía nada porque estaba procesando algo demasiado grande para meterlo en palabras todavía.

Auren no decía nada porque estaba mirando a Lena procesarlo y había algo en eso que prefería no interrumpir.

La hermana Maren iba adelante de todos con el paso de siempre, firme y parejo, y si tenía algo que procesar lo estaba haciendo en el único lugar donde lo hacía, adentro y en silencio.

Entraron al orfanato por la puerta principal.

Los más chicos los recibieron con el ruido habitual, algunos corriendo hacia Lena con esa falta total de ceremonia que tienen los niños pequeños para los momentos importantes, sin saber exactamente qué había pasado pero sabiendo que algo había pasado porque los grandes volvían distintos y eso era suficiente para que todo fuera más interesante que lo normal.

Pip, el de cuatro años, se colgó del brazo de Lena con las dos manos y la arrastró hacia adentro como si ella hubiera estado perdida y él la hubiera encontrado.

Lena lo dejó.

La cena esa noche fue más larga que de costumbre.

La hermana Maren no lo dijo explícitamente pero cocinó más de lo habitual y puso la mesa del comedor con las sillas juntas de una manera que no dejaba espacio sin ocupar, y eso era suficiente mensaje para cualquiera que la conociera.

Los más chicos comieron con el ruido de siempre, ajenos al peso específico de esa noche, y eso ayudaba de una manera que nadie hubiera sabido explicar pero que todos sentían.

Cord sirvió el pan dos veces sin que nadie se lo pidiera.

Seris comió despacio con los ojos en el plato y la mente en otro lugar que nadie preguntó dónde era.

Auren miró a Lena varias veces durante la cena y cada vez que lo hacía ella estaba mirando algo diferente, los chicos, la ventana, el plato, como si estuviera guardando cosas en algún lugar sin decidir todavía cómo organizarlas.

Fue Cord el que rompió el silencio de los grandes cuando los más chicos ya habían terminado y empezaban a dispersarse hacia el cuarto de juegos.

— Los clérigos — dijo, con un tono que intentaba ser casual y no lo era del todo — ¿sabés algo de cómo es la base?

— No — dijo Lena.

— Yo leí algo una vez — dijo Cord — que está al norte de la ciudad, en las montañas, y que el entrenamiento dura— — Cord — dijo la hermana Maren.

Cord cerró la boca.

Hubo un silencio.

— Está bien — dijo Lena — podés preguntar.

— No quiero que pienses que no me importa que te vayas — dijo Cord, y ahora el tono era otro completamente, sin el intento de casualidad — porque me importa.

Me importa mucho.

Pero también quiero saber todo.

Lena lo miró un segundo.

— Ya sé — dijo.

— ¿Y?

— Y no sé nada todavía.

Me lo van a decir mañana cuando vengan a buscarme.

— ¿Y el enano?

¿Te dijo algo?

— Nada.

— ¿Ni siquiera por qué te eligió?

— Nada — repitió Lena, y en esa palabra había algo que no era molestia sino la versión honesta de alguien que tiene exactamente las mismas preguntas y exactamente las mismas respuestas que los demás.

Cord procesó eso.

— Bueno — dijo finalmente — cuando sepas me contás todo.

— Todo — confirmó Lena.

La hermana Maren se levantó a levantar los platos y Auren se levantó también a ayudarla sin que nadie se lo pidiera, un hábito de años que funcionaba también como una manera de hacer algo con las manos cuando no había nada que decir.

En la cocina la hermana Maren lavaba y Auren secaba y durante un rato ninguno de los dos habló.

Afuera en el comedor se oía la voz de Cord retomando algún tema con Lena y la voz de Lena respondiendo con esa brevedad suya que con Cord funcionaba perfectamente porque Cord siempre tenía suficiente para los dos.

— ¿Vos sabías quién era?

— dijo Auren.

La hermana Maren no preguntó a quién se refería.

— No — dijo — pero lo sospeché.

— ¿Por qué?

Ella lavó un plato entero antes de responder.

— Porque nadie mira un duelo de esa manera si no sabe exactamente lo que está mirando — dijo — y nadie que sabe exactamente lo que está mirando se sienta en las gradas comunes con una jarra en la mano a menos que haya elegido no ser reconocido.

Auren procesó eso.

— ¿Y por qué eligió a Lena?

— Esa — dijo la hermana Maren — es la pregunta correcta.

No agregó nada más y Auren no insistió porque el tono lo cerraba de la misma manera que siempre cerraba las cosas que todavía no tenían respuesta disponible.

Después de la cena y después de que los más chicos estuvieran en la cama los cuatro se sentaron en el patio trasero como habían hecho cientos de veces, en el mismo orden de siempre, Lena y Cord en el tronco, Auren y Seris en los escalones, el cielo de Arken arriba con sus estrellas que desde el patio del orfanato siempre habían parecido más cercanas que desde cualquier otro lugar.

Nadie propuso sentarse ahí.

Simplemente pasó, como pasan las cosas que se han repetido suficientes veces como para tener inercia propia.

Cord encontró el tema que buscaba después de un rato.

— ¿Te acordás cuando intentaste enseñarme a pelear con espada?

— le dijo a Lena.

— Me acuerdo.

— Tres días — dijo Cord — tres días y me rendí.

— Te rendiste el segundo — dijo Lena — el tercero ni apareciste.

— Estaba enfermo.

— Estabas perfectamente bien.

— Estaba emocionalmente agotado — dijo Cord con una dignidad absoluta que hizo que Auren se riera sin querer y que eso rompiera algo en el aire del patio que necesitaba romperse.

Seris tuvo esa sonrisa pequeña y contenida.

Lena miró a Cord con esa manera suya y luego miró el patio, el muro de piedra del fondo, el musgo en las juntas, el cielo encima, y algo en su cara fue cambiando despacio de una manera que Auren reconoció porque era la misma cara que ponía cuando algo le importaba de verdad y no sabía bien cómo decirlo.

— Voy a extrañar este patio — dijo.

Nadie respondió de inmediato.

— Vas a volver — dijo Cord.

— Sí.

— Y cuando vuelvas voy a estar entrenando — dijo — así cuando yo entre a los caballeros imperiales el año que viene, no me de vergüenza estar alado tuyo.

Lena lo miró.

— Vas a entrar — dijo, y lo dijo con la misma voz con que decía las cosas que creía de verdad, sin adornos, sin el volumen extra que usan las personas cuando intentan convencer.

Cord la miró un segundo.

— Lo sé — dijo, y por una vez no agregó nada más.

El silencio que siguió fue el del patio de siempre, liviano y conocido, con el sonido lejano de la ciudad y el viento entre las plantas de la hermana Maren en el borde del muro.

Auren miró el cielo.

— Catorce a doce — dijo en voz baja, sin dirigírselo a nadie en particular.

Seris lo miró.

— ¿Qué?

— dijo Cord.

— Nada — dijo Auren.

Seris siguió mirándolo un segundo más y luego volvió al cielo sin decir nada, pero algo en su cara sugería que había entendido exactamente qué quería decir y que le parecía bien que lo hubiera dicho así, en voz baja y para nadie, como las cosas que importan demasiado para decirlas en voz alta.

La hermana Maren los mandó a dormir pasada la medianoche con ese golpe doble de nudillos en el marco de la puerta del patio que significaba que la negociación ya había terminado antes de empezar.

Entraron.

En el pasillo Lena se detuvo y se dio vuelta hacia los tres con esa manera suya de hacer las cosas, directa y sin ceremonia innecesaria.

— Gracias — dijo.

No especificó por qué.

No hacía falta porque abarcaba todo y los cuatro lo sabían.

Cord abrió la boca.

— No — dijo Lena antes de que dijera nada — mañana.

Lo que sea que vayas a decir, mañana.

Cord cerró la boca.

Asintió.

Lena subió las escaleras hacia el dormitorio y los tres se quedaron en el pasillo un momento en silencio antes de seguirla, con el orfanato en silencio alrededor y las antorchas bajas y ese olor a madera y flores silvestres que era el olor de ese lugar desde siempre.

Auren miró el pasillo, la puerta trasera al fondo, la ventana pequeña al lado por donde entraba la luz de la luna en un rectángulo angosto sobre el suelo de piedra.

Mañana Lena se iba.

Y el orfanato iba a ser exactamente el mismo y completamente diferente al mismo tiempo, de esa manera específica en que los lugares cambian cuando las personas que los habitan se van, no porque cambien las paredes sino porque cambia lo que pasa entre ellas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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