El legado de los caidos - Capítulo 13
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13: Nuevos rumbos comienzan 13: Nuevos rumbos comienzan La mañana llegó sin que nadie la llamara.
Así llegaban las mañanas que uno preferiría que no llegaran, puntuales y sin consideración, con el sol entrando por las ventanas del dormitorio común y los más chicos moviéndose y haciendo ruido como cualquier otro día porque para ellos era cualquier otro día.
Lena ya estaba despierta cuando llegó la luz.
Probablemente no había dormido mucho.
Auren tampoco, aunque por razones que no hubiera sabido explicar del todo, esa sensación específica de cuando algo está por cambiar y el cuerpo lo sabe antes de que la cabeza termine de procesarlo.
El desayuno fue normal en la superficie y completamente distinto por debajo.
Los más chicos comieron con su ruido habitual, Pip derramó algo como siempre, la hermana Maren lo limpió sin levantar la voz como siempre, Cord sirvió el pan como siempre.
Pero había algo en el aire del comedor esa mañana que se sentía como la última página de algo antes de que empiece lo siguiente, esa tensión quieta que no es tristeza exactamente sino la consciencia de que un momento está terminando.
Lena comió despacio con los ojos en el plato.
Nadie le preguntó cómo había dormido.
Pasaron la mañana juntos sin organizarlo.
Auren y Seris hicieron sus quehaceres de siempre y Lena los ayudó aunque no le correspondía, barriendo el pasillo, ayudando con los más chicos, haciendo las cosas de siempre en el lugar de siempre como si el cuerpo quisiera grabar cada detalle antes de que dejara de ser cotidiano.
Cord habló menos que de costumbre, lo cual en él era un indicador más claro que cualquier cosa que pudiera haber dicho.
A media mañana los cuatro terminaron en el patio trasero sin que nadie lo propusiera, sentados en los lugares de siempre, con el sol de la mañana cayendo sobre las plantas de la hermana Maren y el muro de piedra del fondo y el cielo azul encima que no sabía ni le importaba lo que estaba pasando debajo.
— ¿Llevas mucho?
— preguntó Auren.
— Una bolsa — dijo Lena — dijeron que proveen todo en la base.
— ¿Todo?
— Armadura, armas, ropa.
Todo.
Cord procesó eso.
— ¿Y la espada?
— dijo — ¿la tuya?
Lena miró sus manos.
— Me la llevo igual — dijo.
Nadie preguntó por qué.
Era obvio.
No era solo una espada.
Seris tenía una rama en la mano y dibujaba líneas en la tierra sin un propósito claro, ese hábito suyo de mantener las manos ocupadas cuando la cabeza estaba procesando cosas que no iban a salir en palabras.
Auren la conocía suficiente para saber que había algo que quería decir y que estaba eligiendo cuándo y cómo.
Lo dijo cuando el sol ya estaba alto y la mañana empezaba a ceder hacia el mediodía.
— Vas a ser la mejor — dijo Seris, sin levantar la vista de las líneas en la tierra — no al principio.
Al principio van a ser mejores que vos.
Pero vas a ser la mejor.
Lena la miró.
Seris siguió con las líneas.
— ¿Cómo sabés?
— dijo Lena.
— Porque perdiste bien — dijo Seris — y los que pierden bien aprenden más rápido que los que ganan fácil.
Silencio.
Lena miró el patio un momento.
Luego miró a Seris con esa expresión suya que evaluaba las cosas antes de quedárselas y esta vez lo que evaluó lo guardó sin decir nada, que en ella era la forma más alta de aceptar algo.
— Gracias — dijo.
Seris asintió levemente y siguió con las líneas.
Cord abrió la boca.
— Yo también tengo algo que decir — anunció con el tono de alguien que lleva un rato esperando su turno.
Los tres lo miraron.
— Cuando entres a los clérigos — dijo Cord — y te conviertas en la más poderosa del escuadrón y el General Dunn ese te mande a misiones imposibles y derrotes dragones y salves el imperio y todo eso — hizo una pausa — acordate de que yo te conocí cuando eras mala en todo.
Lena lo miró un segundo.
— Nunca fui mala en todo.
— Eras malísima cocinando.
— Eso es verdad — dijo Auren.
— Una vez casi nos mata a todos con un guiso — dijo Cord.
— El fuego estaba demasiado alto — dijo Lena.
— El fuego estaba perfectamente bien — dijo Cord — era lo que pusiste adentro.
Lena intentó no sonreír y no lo logró del todo, ese borde de sonrisa que se le escapaba cuando algo le parecía gracioso y no quería que se notara demasiado.
Auren la vio y guardó eso también.
La hermana Maren los llamó a comer al mediodía y la tarde pasó de la misma manera que la mañana, despacio y rápido al mismo tiempo, de esa forma contradictoria que tiene el tiempo cuando uno sabe que algo va a terminar y no puede hacer nada al respecto salvo estar ahí mientras dura.
Los más chicos se despidieron de Lena a su manera, Pip le dio algo que había hecho con barro que no era claramente ninguna forma reconocible pero que ella recibió como si fuera lo más valioso que le habían dado en mucho tiempo y que guardó con cuidado en la bolsa entre sus cosas.
Los otros medianos del orfanato se acercaron de a uno, algunos con palabras y algunos sin ellas, y Lena los recibió a todos con la misma atención, sin apuro, sin la ansiedad de alguien que está esperando que termine para poder irse.
No estaba esperando que terminara.
Los clérigos llegaron cuando el sol empezaba a bajar.
Dos de ellos.
Sin armadura completa pero con las insignias doradas en el hombro que bastaban para que cualquiera que los viera supiera quiénes eran.
Llegaron al orfanato en silencio, llamaron a la puerta principal con dos golpes y esperaron con la paciencia de quienes no tienen apuro porque el tiempo es un recurso que manejan bien.
La hermana Maren abrió.
Los dos clérigos saludaron con respeto, intercambiaron algunas palabras con ella en voz baja que los demás no escucharon, y luego esperaron en el umbral sin entrar.
Lena salió con la bolsa al hombro y la espada al cinto.
Se detuvo en la puerta y se dio vuelta hacia los que estaban adentro.
La hermana Maren primero, que la miró con esa expresión suya que no necesitaba palabras porque las palabras hubieran sido menos que lo que había en esa mirada, y la abrazó una vez, firme y breve, de la manera en que la hermana Maren hacía las cosas importantes.
— Escribí — dijo la hermana Maren.
— Voy a escribir — dijo Lena.
Cord fue el siguiente y el abrazo duró más de lo que él hubiera admitido en cualquier otra circunstancia y cuando se separaron tenía los ojos brillantes que intentó disimular mirando hacia arriba con una expresión de alguien que está estudiando el techo con gran interés.
— Ya sé — dijo Lena antes de que dijera nada — vos también vas a entrar.
Cord asintió sin bajar la vista del techo.
Seris se acercó y no hubo abrazo porque entre ellas no solía haberlo, sino algo más parecido a lo de siempre, directa y sin ceremonia.
— Ya te dije lo que tenía que decirte — dijo Seris.
— Ya sé — dijo Lena.
— Entonces andá.
Lena casi sonrió.
Auren fue el último.
Se miraron un momento sin decir nada, los dos con esa manera que tenían de comunicar más en silencio que con palabras cuando la situación lo requería, que no era seguido pero cuando pasaba era suficiente.
— Catorce a doce — dijo Auren.
Lena lo miró.
— ¿Qué tiene que ver eso?
— Nada — dijo él — solo que cuando vuelvas te paso en el conteo.
Lena lo miró un segundo más.
— En tus sueños — dijo.
Se dio vuelta y siguió a los dos clérigos por el camino sin mirar atrás, con la bolsa al hombro y la espada al cinto y la espalda recta como siempre, como en la arena, como en el pasillo del orfanato, como en todos los lugares donde Lena era Lena independientemente de lo que estuviera pasando alrededor.
Los cuatro la miraron desde la puerta hasta que dobló la esquina y desapareció.
Silencio.
Cord carraspeó.
— Bueno — dijo, con la voz levemente menos entera de lo habitual — yo tengo que ir a entrenar.
Nadie le preguntó a qué o con quién porque todos sabían que no había respuesta concreta y que lo que necesitaba era moverse.
Se fue hacia adentro.
La hermana Maren cerró la puerta principal despacio y volvió al interior del orfanato sin decir nada, dejando a Auren y Seris solos en el umbral por un momento.
Auren miró la esquina donde Lena había desaparecido.
— Nueve años — dijo Seris a su lado.
— Ocho y medio — dijo él.
Y nuevamente decidió no corregirlo.
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