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El legado de los caidos - Capítulo 14

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14: El que logra quedarse 14: El que logra quedarse Los años habían pasado volando y cord los había aprovechado al máximo.

Esa mañana Cord había ingresado al coliseo con los nervios en el estómago que no admitió ante nadie pero que Auren vio en la manera en que apretaba y soltaba la mano derecha mientras esperaban en las gradas antes de que bajara a la arena.

No dijo nada.

Cord tampoco.

Que Auren lo notara y no lo dijera era la única forma de respeto que en ese momento tenía sentido.

Los primeros dos duelos los ganó.

El primero fue contra un humano de su misma edad, clase guerrero, con una espada larga que manejaba con más fuerza que técnica.

Cord no tenía la elegancia de Lena ni la precisión de Seris pero tenía algo que funcionaba a su favor en ese tipo de duelo, una resistencia que no parecía de alguien de su complexión y una manera de recibir golpes que no lo sacaba del ritmo sino que lo asentaba más, como si el dolor le recordara que seguía en pie y eso fuera suficiente razón para continuar.

El guerrero lo golpeó tres veces antes de que Cord encontrara la apertura.

No fueron golpes menores.

El segundo le abrió la guardia completamente y las gradas contuvieron el aliento porque parecía el final.

Cord absorbió el impacto, retrocedió un paso, y volvió a levantar la espada con la misma cara de siempre, esa cara que tenía cuando algo le importaba de verdad y que era completamente distinta a su cara cotidiana, más quieta, más entera.

En la cuarta entrada encontró el ángulo y lo aprovechó.

El guerrero se rindió con la espada de Cord en el hombro y una expresión de alguien que no esperaba que eso durara tanto.

El segundo duelo fue más difícil.

Una mujer élfica, clase exploradora, más rápida que cualquier cosa que Cord había enfrentado en sus entrenamientos, con una agilidad que hacía que cada vez que pensaba que la tenía ubicada ya estuviera en otro lado.

Recibió más golpes que en el primero, el antebrazo izquierdo terminó con una venda improvisada que se hizo él mismo entre duelos sin decirle nada a nadie, y cuando terminó tenía la respiración de alguien que acaba de correr una distancia considerable.

Pero terminó de pie.

La exploradora se rindió en el décimo intercambio cuando Cord la arrinconó contra el borde de la arena con una presión que no era técnica sino pura voluntad sostenida, el tipo de presión que no tiene respuesta elegante porque no viene de un lugar elegante sino de uno mucho más profundo y mucho más difícil de apagar.

Las gradas lo recibieron con un aplauso genuino.

Auren gritó algo que se perdió en el ruido general.

Seris aplaudió en silencio.

La hermana Maren tenía los ojos brillantes que no reconocería ante nadie.

El tercero fue diferente.

Su rival era un elfo de veinte años, clase paladín, con una armadura que costaba más que todo lo que el orfanato había gastado en un año y una manera de moverse que no era la de alguien que aprendió a pelear sino la de alguien que nació haciéndolo.

Alto, sereno, con espada y escudo que manejaba con una economía de movimientos que hacía que todo pareciera sencillo desde las gradas aunque no lo fuera.

Cord lo supo en el primer intercambio.

No lo supo como una rendición sino como información.

La diferencia de nivel era de las que no se cierran con voluntad ni con resistencia porque no era una diferencia de cantidad sino de calidad, de años de entrenamiento especializado contra años de hacer lo que se podía con lo que había.

Aun así peleó.

Peleó durante ocho minutos que las gradas siguieron con el tipo de silencio que se reserva para las cosas que merecen respeto aunque no terminen bien.

Recibió golpes que hubieran terminado otros duelos antes y siguió de pie.

Buscó aperturas que el elfo cerraba antes de que terminara de encontrarlas.

Intentó la presión que había funcionado en el segundo duelo y el elfo la absorbió con una calma que no era crueldad sino simplemente la expresión de alguien que está en otro nivel y lo sabe.

En el noveno minuto Cord cayó.

No por un golpe espectacular sino por la acumulación de todo lo anterior, las piernas que no respondieron a tiempo, el brazo izquierdo que ya llevaba demasiado tiempo funcionando por encima de lo que podía sostener, y el suelo de la arena que llegó de golpe con un sonido que se oyó en las gradas más cercanas.

Intentó levantarse.

Llegó a medio camino antes de que la punta de la espada del elfo se detuviera frente a él con una precisión que no tenía apuro porque no lo necesitaba.

Silencio.

Cord miró la espada.

Luego miró al elfo que lo miraba de vuelta sin triunfo en la cara sino con algo más parecido a la evaluación, como alguien que acaba de terminar de leer algo y está decidiendo qué piensa al respecto.

— Me rindo — dijo Cord.

Lo dijo con la voz entera.

Sin que quebrara, sin que bajara.

El juez levantó la mano del elfo.

Cord se levantó solo, sin ayuda, y caminó hacia el borde de la arena con la espalda recta y el brazo izquierdo que claramente no estaba bien y que ignoró con la misma determinación con que había ignorado todo lo demás durante esos ocho minutos.

La ceremonia de selección llegó al final de la jornada.

El subgeneral de los caballeros imperiales recorrió la lista de aspirantes con la mirada de alguien que ha hecho esto suficientes veces como para saber lo que busca antes de verlo.

No buscaba al más fuerte ni al más técnico.

Buscaba lo que buscaban siempre los caballeros imperiales, la persona que uno querría patrullando las calles de su ciudad cuando llegara la noche.

Alguien que no cediera, que no huyera, que pusiera el cuerpo entre el peligro y el ciudadano que no puede defenderse solo.

Se detuvo frente a Cord.

Cord estaba en la fila con el vendaje en el antebrazo y la postura de siempre, esa energía suya que incluso después de tres duelos y una derrota no encontraba la manera de apagarse del todo, como una llama que el viento mueve pero no consigue matar.

El subgeneral lo miró durante un momento.

No era el aspirante con más puntos.

No era el más técnico ni el más poderoso.

Pero había algo en ese joven de diecisiete años parado en la fila con el brazo vendado y la espalda recta que decía exactamente lo que los caballeros imperiales llevaban siglos buscando en sus filas.

— Escuadrón de caballeros imperiales — dijo el subgeneral — bienvenido.

Cord parpadeó.

Luego golpeó su pecho con el puño cerrado con tanta fuerza que el sonido llegó a las primeras gradas y algunas personas se rieron con afecto.

Desde las gradas Auren gritó su nombre.

Seris cerró los ojos un segundo con esa sonrisa pequeña y contenida.

La hermana Maren no dijo nada pero algo en su cara se asentó de una manera específica, algo que llevaba semanas tenso que finalmente encontró donde apoyarse.

No como Lena.

Cerca.

Cuando Cord salió del túnel después de la ceremonia con la insignia de los caballeros imperiales en la mano todavía sin saber exactamente dónde ponérsela la hermana Maren lo miró durante un segundo con esa expresión suya y luego le acomodó la insignia en el hombro derecho sin decir nada, con una precisión que venía de saber exactamente dónde iba.

Cord la miró.

Ella sostuvo la mirada un segundo y luego miró hacia otro lado como si hubiera terminado con el asunto.

Cord miró la insignia en su hombro.

Luego miró a Auren y a Seris, y en su cara había algo que no era el Cord de todos los días, sin el volumen extra, sin la energía que llenaba los espacios, solo alguien de diecisiete años que acababa de recibir algo grande y todavía estaba aprendiendo el peso que tenía.

— Lena va a alucinar — dijo finalmente.

— Sí — dijo Auren.

— Cuando le escriba no me va a creer.

— Le vas a escribir esta noche — dijo la hermana Maren, y no era una pregunta.

— Esta noche — confirmó Cord.

Empezaron a caminar hacia la salida del coliseo, los cuatro juntos entre la multitud que se dispersaba, con el sol de la tarde cayendo sobre Arken y las calles más llenas que de costumbre.

Cord caminaba con la insignia en el hombro y la cabeza un poco más alta que de costumbre, no de arrogancia sino de algo más simple y más real, el peso específico de saber que algo que se buscó durante mucho tiempo finalmente está en las manos.

La hermana Maren caminaba a su lado con esa expresión que Auren ya sabía leer, la que no era ternura exactamente sino algo más parecido al alivio, la de alguien que acaba de confirmar que algo que le importaba va a estar cerca.

Auren caminó detrás de los dos mirando las calles de Arken, los adoquines y los puentes de piedra y los castillos en el horizonte que había mirado toda su vida, y pensó en ocho años y medio que de repente parecían al mismo tiempo una eternidad y algo que ya estaba en movimiento aunque todavía no se notara del todo.

A su lado Seris caminaba en silencio con esa manera suya de ocupar el espacio, y sin decir nada le dio un pequeño golpe con el hombro al pasar junto a él, ese gesto que entre ellos no necesitaba traducción.

Auren le devolvió el golpe.

Siguieron caminando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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