El legado de los caidos - Capítulo 15
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15: Lo que nunca fue 15: Lo que nunca fue La herida había cerrado bien.
Eso era lo primero que Zael notó cuando Durg se levantó esa mañana sin el gesto involuntario que había tenido durante semanas, ese ajuste mínimo en la postura cuando el costado derecho recibía peso, tan pequeño que la mayoría no lo hubiera visto pero que Zael había aprendido a leer con la misma atención con que leía el bosque.
No estaba del todo seguro de cuándo había desaparecido ese gesto.
Había sido gradual, como todas las cosas que sanan de verdad, sin un momento claro en que todo pasara de estar mal a estar bien.
Simplemente una mañana Durg se levantó y el gesto no estaba y Zael lo notó y no dijo nada porque no hacía falta.
Tres meses.
La cicatriz nueva en el costado derecho de Durg se sumaba a las que ya tenía, otra línea en un mapa que nadie había trazado con intención pero que contaba una historia larga de todas formas.
Zael la había visto de cerca durante las semanas de cura, limpiando y aplicando la pasta de hierbas con esa concentración que le salía sola cuando algo importaba, y había pensado más de una vez en todas las otras cicatrices y en lo que habría detrás de cada una.
No había preguntado.
No todavía.
Salieron a cazar cuando el cielo de Drakmor estaba en ese gris intermedio que era lo más parecido a la mañana que ese lugar ofrecía.
El bosque los recibió con sus sonidos de siempre, el vapor de las grietas, el viento entre la vegetación retorcida, algo lejano moviéndose entre los hongos gigantes con pasos que no representaban amenaza pero que Zael registró de todas formas porque registrar era un hábito que no se apagaba.
Fueron hacia el sector este, el que habían evitado durante las semanas de recuperación de Durg porque requería más desplazamiento del que convenía con una herida abierta en el costado.
Era un territorio de caza bueno, con una variedad de presas que el sector norte donde habían estado operando no tenía, y los dos lo sabían y ninguno lo había mencionado mientras Durg no estaba en condiciones.
Ahora sí lo estaba.
Zael lo siguió entre los árboles con el arco en la mano y las dagas en el cinturón, pisando donde Durg pisaba, con esa atención dividida que había desarrollado con los meses, una parte en el terreno de inmediato y otra en el bosque alrededor, procesando ambas cosas al mismo tiempo sin que ninguna sufriera por la otra.
Durg se detuvo.
Zael se detuvo también sin preguntar.
El ogro olfateó el aire con esa concentración que tenía cuando encontraba algo que valía la pena seguir, la cabeza levemente inclinada, los ojos entrecerrados.
Luego señaló hacia el noroeste con dos dedos, el gesto que entre ellos significaba presa mediana, y empezaron a moverse en esa dirección con más cuidado que antes.
Lo encontraron diez minutos después.
Un ciervo de Drakmor, más grande y más oscuro que los ciervos que Zael había visto en las ilustraciones de los libros que rara vez se encontraban en los caminos, dejados por viajeros que Drakmor se había tomado antes de que terminaran su travesía.
Los cuernos tenían ese brillo rojizo específico de las criaturas que crecían cerca de las grietas volcánicas.
Estaba bebiendo en uno de los charcos de agua que se formaban en las zonas bajas del bosque, ajeno a todo, con esa concentración absoluta que tienen los animales cuando bajan la guardia.
Durg se detuvo a veinte metros y no se movió más.
Zael ya tenía el arco levantado.
Midió el ángulo, el viento que esa mañana era casi nulo, la posición del ciervo, el punto exacto detrás del hombro delantero donde la flecha tenía que entrar para que fuera limpio y rápido.
Tres meses atrás hubiera tardado más en ese cálculo.
Ahora lo hizo en el tiempo que tardó en respirar una vez.
Soltó.
La flecha entró exactamente donde tenía que entrar.
El ciervo cayó sin alejarse del charco.
Durg lo miró un momento.
Luego miró a Zael con esa expresión suya que no era elogio pero que tampoco era otra cosa, el reconocimiento silencioso de alguien que vio algo bien hecho y no necesita decirlo en voz alta para que cuente.
Zael bajó el arco.
— Mejoró la distancia — dijo Durg mientras se acercaban a la presa.
— Estuve practicando solo — dijo Zael — cuando ibas a buscar las hierbas.
Durg no respondió de inmediato.
Empezó a preparar la presa con los movimientos lentos y precisos de siempre, y Zael lo ayudó como siempre, los dos trabajando en silencio con esa sincronía que no había sido enseñada sino acumulada, año tras año de hacer las mismas cosas juntos hasta que el cuerpo del otro se volvió parte del cálculo natural de cada movimiento.
— ¿Cuánto tiempo llevas practicando solo?
— dijo Durg.
— Siempre — dijo Zael — cada vez que salís de la cueva, cada vez que tengo tiempo libre.
Lo uso para practicar.
Durg lo miró.
— ¿Por qué?
Zael tardó un segundo.
No porque no supiera la respuesta sino porque era la primera vez que la decía en voz alta.
— Para no ser una carga — dijo — y para que no vuelvan a lastimarte por culpa de algo que yo no pude ver a tiempo.
El ogro no respondió de inmediato.
Siguió con la presa, los movimientos iguales a siempre, pero algo en su postura cambió levemente, ese ajuste mínimo que Zael había aprendido a leer como la versión de Durg de algo que lo había tocado más de lo que iba a admitir.
— No eres una carga — dijo finalmente.
—no aún — dijo Zael.
Volvieron a la cueva con la presa antes de que el cielo de Drakmor terminara de decidir si iba a llover o no, esa indecisión permanente que tenía el clima en ese territorio y que con el tiempo Zael había aprendido a interpretar como una advertencia general de que convenía no estar demasiado lejos de un techo cuando se resolvía.
Mientras Durg preparaba la carne Zael limpió las dagas y el arco con el trapo de cuero de siempre, ese hábito que ya no requería recordarlo porque era tan automático como respirar.
— Durg — dijo sin levantar la vista.
— Mmm.
— ¿Cuántos años tenés?
Silencio.
No el silencio de alguien que no quiere responder sino el de alguien que está calculando algo, o tal vez recordando algo que no recalculaba seguido.
— No sé exactamente — dijo Durg.
Zael levantó la vista.
— ¿No sabés?
— Los ogros no contamos los años de la misma manera que los humanos — dijo Durg — contamos las estaciones hasta que dejamos de contarlas.
Yo dejé de contarlas hace mucho.
— ¿Cuánto es mucho?
Durg miró el fuego un momento.
— Más de cuarenta — dijo — menos de sesenta.
En algún punto de ahí.
Zael lo miró.
Las cicatrices en la piel verde grisácea de Durg tenían su propia geografía, algunas antiguas y casi fundidas con la piel, otras más recientes y todavía con el relieve de algo que no terminó de borrarse del todo.
Cuarenta años de eso.
O cincuenta.
O algo entre los dos que no tenía nombre exacto.
— ¿Tuviste familia?
— dijo Zael.
Durg no respondió de inmediato.
Siguió con la carne un momento más, los movimientos iguales a siempre, como si la pregunta fuera parte del sonido del bosque afuera y no algo que requería detenerse.
— Hermanos — dijo finalmente.
— ¿Cuántos?
— Tres.
Zael esperó.
Conocía el ritmo de Durg lo suficiente para saber que empujar acortaba la conversación y esperar la extendía.
— En Drakmor — dijo Durg despacio, como alguien que saca algo de un lugar donde lleva mucho tiempo guardado — el más fuerte manda.
Eso lo sabés.
— Lo sé.
— Mis hermanos quisieron ser los más fuertes — dijo — los tres.
En momentos distintos, contra rivales distintos.
Los tres perdieron.
El fuego crepitó.
— ¿Y vos?
— dijo Zael.
— Yo no quise ser el más fuerte — dijo Durg — yo quise irme.
Zael procesó eso.
— ¿Por eso estás solo acá?
— Estoy solo acá porque en Drakmor si no peleás por territorio no tenés territorio y si no tenés territorio no tenés nada — dijo Durg — y en los otros reinos no me querían cerca.
Lo dijo sin amargura.
Era simplemente la descripción de un hecho, con la misma neutralidad con que podría describir el clima o el terreno, y eso lo hacía más pesado que si hubiera tenido rabia detrás.
Zael miró el fuego.
— Sus hermanos — dijo, y esta vez no era una pregunta sino algo que estaba acomodando en algún lugar — murieron peleando por ser los más fuertes.
— Sí.
— ¿Y vos no quisiste pelear por eso?
— No — dijo Durg — nunca vi el sentido.
— ¿Pero podías haberlo sido?
Durg lo miró.
No respondió.
Y en ese silencio específico, en esa manera de no responder que era diferente a todas las otras maneras de no responder que Zael conocía de él, había algo que era más respuesta que cualquier palabra que hubiera podido decir.
Zael no preguntó más.
Guardó eso en el mismo lugar donde guardaba todas las cosas que Durg no decía y que de todas formas llegaban, y volvió a las dagas y al trapo de cuero y al sonido del bosque afuera que seguía siendo lo que siempre había sido.
Afuera el cielo de Drakmor finalmente se decidió.
Empezó a llover.
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