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El legado de los caidos - Capítulo 17

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17: nuevas habilidades 17: nuevas habilidades El problema con moverse rápido en el bosque de Drakmor era el terreno.

No era como correr en campo abierto donde el suelo era predecible y los pies sabían lo que iban a encontrar antes de llegar.

En Drakmor el suelo cambiaba a cada paso, roca volcánica, raíces que emergían sin aviso, charcos que parecían superficiales y no lo eran, grietas cubiertas de vegetación que esperaban el pie mal puesto con la paciencia de algo que no tiene apuro porque siempre gana.

Zael lo había aprendido a los golpes en los primeros años.

Ahora lo había aprendido de otra manera.

Empezó sin darse cuenta, como empiezan las cosas que el cuerpo descubre antes que la mente.

Una mañana persiguiendo una presa que era más rápida que cualquier cosa que había cazado hasta entonces, una bestia de pelaje oscuro con cuatro patas que parecían resortes y que cambiaba de dirección con una velocidad que hacía que el terreno dejara de importar porque cuando llegabas donde había estado ya no estaba ahí.

Zael la había perdido tres veces en diez minutos.

En la cuarta la frustración hizo algo que la técnica no había hecho, lo soltó.

Dejó de calcular el terreno y empezó a moverse encima de él en lugar de a través de él, los pies encontrando ramas y rocas y raíces no como obstáculos sino como puntos de impulso, el cuerpo ajustando solo con una velocidad que no venía de pensar sino de algo más profundo que el pensamiento.

Y en algún punto de esa persecución, sin que hubiera un momento claro en que pasara, el aire empezó a empujar.

Eso era la única manera en que Zael podía describirlo internamente.

Como si el aire delante de él se comprimiera levemente con cada zancada y esa compresión lo devolviera hacia adelante, no mucho, no de manera obvia, pero suficiente para que cada impulso llegara un poco más lejos de lo que debería haber llegado con la fuerza que había puesto.

Atrapó la presa.

Después se quedó quieto en el claro donde la había alcanzado con la respiración acelerada y los pies en el suelo y pensó en lo que había pasado con esa concentración fría y analítica que aplicaba a todo.

Concluyó que había pateado el aire.

Que la velocidad de sus piernas era tal que al empujar hacia atrás con suficiente fuerza el aire resistía y esa resistencia se convertía en impulso adicional.

Era una explicación física, mecánica, sin nada que no pudiera entenderse con lo que sabía del mundo.

La practicó.

Durante semanas la practicó en silencio, solo, en las mañanas que Durg salía a recolectar hierbas o a explorar el perímetro del territorio.

La practicó contra árboles, entre árboles, sobre roca, sobre tierra blanda, hasta que dejó de ser algo que pasaba solo y se convirtió en algo que podía activar con intención, un ajuste en la manera de mover los pies y las piernas que encendía esa compresión de aire y lo lanzaba hacia adelante con una velocidad que ya no era solo física.

Durg lo notó una mañana sin decir nada.

Lo vio cruzar el claro de práctica en el tiempo que tardaba en cruzarlo antes y algo en sus ojos cambió brevemente, una evaluación que no llegó a ser pregunta, como alguien que ve algo que reconoce aunque no pueda nombrarlo exactamente.

No dijo nada.

Zael tampoco.

Esa tarde Durg le puso un nombre sin querer.

Estaban volviendo de cazar por el sector norte cuando Zael usó el desplazamiento para rodear un árbol caído que bloqueaba el camino, tres pasos rápidos sobre el tronco y una zancada larga que lo depositó al otro lado sin perder el ritmo, y Durg que venía detrás lo miró con esa expresión que tenía cuando algo le resultaba difícil de clasificar.

— Eso no es solo velocidad — dijo.

— Es la técnica de los pies — dijo Zael — el aire empuja si lo pateas bien.

Durg lo miró un momento más.

— El aire no empuja — dijo.

— A mí sí.

— He visto ogros más grandes y más fuertes que yo intentar mover el aire a golpes — dijo Durg — el aire no se mueve así.

Zael lo miró.

— ¿Entonces qué es?

Durg no respondió de inmediato.

Siguió caminando y Zael lo siguió y durante un rato el único sonido fue el bosque de Drakmor siendo lo que siempre era, ruidoso e indiferente.

— No lo sé — dijo Durg finalmente — pero no es lo que crees que es.

Zael procesó eso mientras caminaba.

No cambió su conclusión porque la conclusión funcionaba y lo que funcionaba no necesitaba reemplazarse por algo que no tenía forma todavía.

Pero guardó lo que Durg había dicho en algún lugar y siguió caminando.

Practicaron duelos esa tarde en el claro grande.

No con armas sino a mano limpia, que era como Durg prefería los entrenamientos de combate cuerpo a cuerpo porque decía que las armas enseñaban a depender de las armas y el cuerpo sin armas era lo único que siempre estaba disponible.

Zael no podía ganarle a Durg.

Eso no había cambiado y probablemente no cambiaría en mucho tiempo porque la diferencia de masa y fuerza bruta entre un ogro adulto y un niño de ocho años era del tipo que no se cierra con técnica sola.

Pero lo que sí había cambiado era el tiempo que Durg tardaba en terminarlo, que en los primeros meses había sido inmediato y que ahora era algo que requería esfuerzo real de su parte.

Esa tarde Zael usó el desplazamiento en el duelo por primera vez.

No fue planeado.

Fue que Durg lo arrinconó contra el borde del claro y la única salida que tuvo fue hacia arriba y hacia el costado, tres pasos rápidos sobre una raíz elevada con el aire empujando desde abajo y una zancada que lo depositó detrás de Durg antes de que el ogro terminara de procesar adónde había ido.

Durg se dio vuelta.

Zael estaba detrás de él con la mano extendida hacia su espalda, el gesto que en los duelos de práctica significaba golpe limpio.

Los dos se quedaron quietos un momento.

— Bien — dijo Durg.

Solo eso.

Zael bajó la mano.

Era la primera vez en nueve meses de duelos que Durg decía eso y las dos palabras ocuparon el claro entero de una manera que ninguna celebración hubiera podido igualar.

Volvieron a la posición de inicio.

Siguieron.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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