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El legado de los caidos - Capítulo 18

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18: lo que dejó la guerra 18: lo que dejó la guerra El territorio había cambiado.

No de manera drástica sino de la manera en que cambian las cosas que se conocen bien, en los detalles, en los pequeños desplazamientos que solo se notan cuando uno lleva suficiente tiempo mirando el mismo lugar.

Una grieta nueva en el sector oeste que no estaba el mes anterior.

Un grupo de hongos gigantes que había migrado hacia el sur dejando atrás una zona de tierra quemada y vapor denso.

Las rutas de caza que funcionaban en invierno dejando de funcionar cuando las criaturas ajustaban sus patrones al cambio de estación.

Zael lo había mapeado todo.

No en papel porque no tenía papel, sino en la cabeza, con esa memoria visual que había desarrollado sin proponérselo durante años de moverse por el mismo bosque con atención suficiente como para que cada árbol tuviera un lugar fijo en algún lugar detrás de los ojos.

Durg lo sabía y no lo sabía al mismo tiempo.

Sabía que Zael conocía el territorio porque lo veía moverse en él, pero no sabía exactamente cuánto hasta la mañana en que le pidió que lo llevara al punto de agua del sector este por una ruta que evitara las grietas nuevas del oeste y Zael lo hizo sin dudar, sin consultar, con la naturalidad de alguien que está caminando por su propia casa.

Durg no dijo nada.

Pero caminó detrás de él esa mañana en lugar de adelante, y eso era suficiente.

Habían ampliado la zona de caza.

No por necesidad sino porque Zael lo había propuesto tres semanas atrás con argumentos que Durg no pudo refutar, si siempre cazamos en el mismo radio acabamos con las criaturas de esa zona y entonces tenemos que movernos de todas formas pero sin conocer el terreno nuevo, es mejor explorar ahora que tenemos tiempo que después cuando no lo tengamos.

Durg lo había mirado durante un momento.

— Tienes razón — había dicho, con el mismo tono con que decía todo, sin énfasis, sin el peso adicional que hubiera convertido esas dos palabras en algo más grande de lo que eran.

Pero Zael tenía nueve años y llevaba uno entero practicando en silencio para no ser una carga y escuchando las cosas que Durg no decía con la misma atención con que escuchaba las que sí decía, y sabía exactamente lo que esas dos palabras pesaban viniendo de donde venían.

La zona nueva estaba al noreste, más allá del límite que habían mantenido durante años, donde la vegetación cambiaba de carácter y los árboles retorcidos de Drakmor empezaban a espaciarse y entre ellos aparecían formaciones de roca volcánica que el viento había erosionado en formas que no correspondían a ninguna geometría natural.

Las criaturas que vivían ahí eran distintas a las del territorio conocido.

Más grandes algunas, más rápidas otras, con comportamientos que Zael no podía predecir todavía porque no tenía suficientes observaciones acumuladas.

Lo cual significaba que cada salida al noreste era también una sesión de aprendizaje, registrar patrones, tiempos de actividad, zonas de descanso, rutas de desplazamiento.

Durg cazaba.

Zael cazaba y observaba al mismo tiempo.

Esa mañana encontraron algo que ninguno de los dos había visto antes en el noreste.

Un nido, si podía llamarse así, de una criatura que usaba las formaciones de roca volcánica para construir algo parecido a una guarida colectiva, docenas de criaturas del tamaño de un perro grande con escamas negras y brillantes y una velocidad en espacios cerrados que hacía que el arco fuera inútil en esas condiciones.

Zael lo evaluó desde la distancia.

— No hoy — dijo.

Durg lo miró.

— Necesito más observaciones — dijo Zael — no sé cómo se mueven todavía.

— Son pequeñas — dijo Durg.

— Son rápidas y hay muchas — dijo Zael — y no sabemos si tienen veneno.

No hoy.

Durg miró el nido.

Luego miró a Zael.

— Está bien — dijo.

Se retiraron en silencio y buscaron otra presa en el sector conocido, y mientras lo hacían Zael procesaba las escamas negras y la velocidad en espacios cerrados y la estructura colectiva del nido con esa concentración fría que aplicaba a los problemas que no estaban listos para resolverse todavía pero que iba a resolver eventualmente.

Esa noche junto al fuego Durg habló sin que Zael preguntara.

No era habitual.

Durg respondía cuando le preguntaban y a veces ofrecía información cuando consideraba que era necesaria, pero hablar sin que hubiera una pregunta previa era suficientemente raro como para que Zael dejara de afilar la daga que tenía en las manos y prestara atención.

— Cuando era joven — dijo Durg, mirando el fuego — Drakmor era más grande.

Zael esperó.

— No en tamaño — dijo Durg — en lo que había en él.

Más criaturas, más territorios, más clanes.

Los ogros teníamos tres zonas grandes en el norte que ahora están vacías.

— ¿Qué pasó?

— La guerra — dijo Durg — hace mucho.

Cuando los reinos pelearon entre ellos Drakmor también peleó, y después de la guerra lo que quedó era menos que lo que había antes.

— ¿Peleaste en la guerra?

— Era muy joven — dijo Durg — pero la vi.

Vi lo que hizo.

— ¿Qué hizo?

Durg tardó.

— Convenció a mucha gente de que el problema eran los demás — dijo — cuando el problema siempre fue el poder y quién lo tenía.

La guerra terminó y el poder siguió en los mismos lugares de siempre y los que pelearon por cambiarlo quedaron en el suelo.

Zael miró el fuego.

— ¿Por eso odias a los humanos y a los elfos?

— No los odio — dijo Durg, y lo dijo con una precisión que sugería que había pensado en esa distinción antes — los desconfío.

Hay diferencia.

— ¿Cuál?

— El odio no necesita razón — dijo Durg — la desconfianza sí.

Yo tengo razones.

Zael pensó en el guerrero élfico.

En la espada en la espalda de Durg.

En las dos elfas en el borde del bosque y en lo que había sentido mirándolas.

— Yo los odio — dijo.

Durg lo miró.

— Lo sé — dijo — pero todavía eres joven.

— ¿Eso cambia algo?

— Cambia que todavía tienes tiempo de decidir si el odio te sirve o te pesa — dijo Durg — yo tardé mucho en aprenderlo.

Tú puedes tardar menos.

El fuego crepitó.

Zael no respondió.

Guardó eso también, en el mismo lugar donde guardaba todo lo que Durg decía que no encajaba todavía con lo que sentía pero que sabía que tenía peso de todas formas.

Afuera Drakmor seguía siendo lo que siempre era.

Adentro el fuego bajó despacio hasta quedar en brasas y los dos se durmieron con el sonido del bosque como fondo, cada uno con sus propios pensamientos que no necesitaban compartirse para existir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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