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El legado de los caidos - Capítulo 19

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19: la verdadera fuerza de mi padre 19: la verdadera fuerza de mi padre El noreste ya no era territorio desconocido.

Zael lo había recorrido suficientes veces como para que cada formación de roca volcánica tuviera un lugar fijo en su cabeza, cada ruta de desplazamiento de cada criatura que había observado y registrado durante meses de salidas sistemáticas.

Conocía los horarios de actividad de las criaturas de escamas negras que habían evitado el primer día, sabía que no tenían veneno sino una mordida que infectaba si no se trataba a tiempo, sabía que en grupo eran peligrosas pero que solas perdían la mitad de su efectividad porque dependían de la coordinación colectiva para cazar.

Las había cazado cuatro veces en el último mes.

Solo.

Durg lo sabía y no había dicho nada, que en él era una forma de aprobación tan válida como cualquier otra.

Zael había llegado las cuatro veces con las presas limpias y las dagas sin daño significativo y eso era suficiente argumento para no intervenir.

Lo que Durg no sabía era que las cuatro veces Zael había usado el desplazamiento de una manera que hacía tres meses hubiera sido imposible.

El control había llegado gradualmente, como llegaban todas las cosas que valían la pena, sin un momento claro de antes y después sino con una acumulación de pequeñas mejoras que un día sumaron algo diferente a lo que había antes.

Ya no era solo velocidad en línea recta.

Era velocidad con dirección, con cambios que podía ejecutar en medio del desplazamiento sin perder el impulso, giros que el cuerpo hacía antes de que la mente terminara de ordenarlos porque el cuerpo ya sabía lo que la mente todavía estaba procesando.

Y algo más.

En las últimas semanas había notado que si concentraba el desplazamiento en los brazos en lugar de las piernas el golpe que llegaba al final tenía un peso que no correspondía a su tamaño.

No mucho más, no todavía, pero suficiente para que la diferencia fuera medible en los resultados.

Una criatura que antes requería tres golpes limpios para terminar el combate ahora requería dos.

Lo practicó sin decírselo a Durg.

No por ocultarlo sino porque todavía estaba entendiéndolo y Zael no hablaba de las cosas que no entendía todavía, ese era un hábito tan antiguo que ya no lo pensaba como hábito sino como parte de cómo funcionaba.

La mañana empezó como la mayoría en el noreste, con el cielo gris de Drakmor sobre las formaciones de roca volcánica y el vapor de las grietas cercanas subiendo en columnas delgadas que el viento dispersaba antes de que llegaran demasiado alto.

Salieron juntos, Durg con su paso de siempre, lento y pesado y completamente despreocupado, y Zael al lado con el arco en la espalda y las dagas en el cinturón y esa atención dividida que ya era tan automática como respirar.

Encontraron la presa a media mañana.

Un jabalí de grieta, no joven como el que había atacado a Durg meses atrás sino adulto, de los grandes, con los colmillos curvados hacia arriba que en esa especie específica podían abrir una armadura de placas si el ángulo era el correcto.

Estaba solo, lo cual era inusual porque los jabalíes de grieta tendían a moverse en grupos pequeños, y esa soledad debería haber sido una señal que Zael registró y procesó y descartó demasiado rápido.

Decidió cazarlo solo.

No lo anunció.

Simplemente le indicó a Durg con un gesto que se quedara donde estaba y empezó a moverse hacia el jabalí con el desplazamiento activo, rápido y silencioso, cubriendo la distancia en menos tiempo del que el animal tardó en registrar que algo se aproximaba.

Cuando lo registró ya era tarde para huir.

Zael entró con las dos dagas, el primer golpe hacia el cuello que era donde la piel era menos gruesa en esa especie, y el jabalí giró con una velocidad que no esperaba de algo de ese tamaño y el primer golpe no llegó al cuello sino al hombro, deslizándose sobre el pelaje grueso y duro sin penetrar lo suficiente para ser decisivo.

El jabalí contraatacó.

No huyendo sino embistiendo, que era lo que hacían los adultos cuando se sentían acorralados, y la embestida llegó con un peso que el desplazamiento de Zael no alcanzó a esquivar del todo, el hombro del animal conecto con su costado izquierdo y lo lanzo dos metros hacia la izquierda donde una formación de roca volcánica lo detuvo con un golpe seco que le sacó el aire de los pulmones de golpe.

Zael cayó al suelo.

El jabalí se reposicionó.

En el segundo que Zael tardó en recuperar el aire y empezar a levantarse el animal ya estaba girando hacia él con los colmillos bajos y la velocidad de algo que había decidido que esto terminaba ahora, y Zael calculó el tiempo que tenía para ponerse de pie y esquivar y llegó a la conclusión de que no era suficiente.

Entonces Durg estuvo ahí.

No llegó.

Estuvo ahí, que era la única manera de describir algo que no tuvo etapas visibles, que no tuvo el sonido de pasos acercándose ni el tiempo de procesar un desplazamiento, simplemente un momento en que no estaba y el siguiente en que estaba, entre Zael y el jabalí, Cuando el jabalí estaba lo suficientemente cerca Durg conectó un golpe en el lateral de su cabeza, un impacto que no sonó como lo que era sino como algo mucho más grande, el tipo de sonido que hace algo muy grande cuando encuentra algo que no puede moverse.

El jabalí salió despedido hacia la derecha.

No cayó de inmediato.

Dio tres pasos laterales con las patas que no coordinaban bien y luego las patas delanteras cedieron y el animal quedó en el suelo sin levantarse.

Silencio.

Zael miraba desde el suelo donde seguía, el aire volviendo despacio a sus pulmones, la mano todavía en la daga que no había llegado a usar en la segunda entrada.

Durg se dio vuelta.

Lo miró.

No con enojo.

No con la expresión de quien va a decir algo que ya estaba preparado para decir.

Con esa evaluación fría y directa que era peor que el enojo porque no tenía temperatura, era simplemente la descripción de lo que había pasado puesta en una mirada.

Zael se levantó solo.

— Me confié — dijo, antes de que Durg dijera nada.

— Sí — dijo Durg.

— No volverá a pasar.

— No — dijo Durg — no volverá a pasar.

No como confirmación de lo que Zael había dicho sino como algo diferente, más pesado, la versión de Durg de asegurarse de que una lección entrara de verdad y no solo como palabras.

Zael lo miró.

— ¿Cómo lo hiciste?

— dijo.

Durg no respondió de inmediato.

Fue hacia el jabalí y empezó a prepararlo con los movimientos de siempre, lentos y precisos, como si los últimos treinta segundos hubieran sido un detalle menor en una mañana normal.

— ¿Cómo hiciste eso?

— repitió Zael — ese desplazamiento.

No te vi moverse.

— Porque no hubo nada que ver — dijo Durg.

— Eso no es una respuesta.

Durg siguió con el jabalí un momento más.

Luego se detuvo y miró a Zael con esa expresión que tenía cuando iba a decir algo que no decía seguido.

— Cuando era joven podía hacerlo durante mucho tiempo — dijo — ahora puedo hacerlo durante poco.

Por eso camino lento.

Zael procesó eso.

— ¿Guardas la energía?

— La guardo — dijo Durg — porque no es infinita y porque gastarla cuando no hace falta es desperdiciarla para cuando sí lo es.

— ¿Cuánto tiempo puedes mantenerlo ahora?

Durg consideró la pregunta.

— Minutos — dijo — pocos.

Cuando era joven eran horas.

Zael miró las manos de Durg, las cicatrices en los nudillos, el tamaño de los dedos que habían detenido a un jabalí adulto en plena embestida con un solo golpe lateral.

Pensó en lo que hubiera sido ese mismo golpe décadas atrás, con horas de ese desplazamiento disponibles en lugar de minutos, con la fuerza de alguien en su pico en lugar de alguien que guardaba lo que le quedaba para los momentos que lo requerían.

Pensó en las tres zonas del norte que Durg había mencionado una vez, los territorios de los ogros que la guerra había vaciado, y en los hermanos que habían querido ser los más fuertes y habían perdido, y en Durg que no había querido serlo y que de todas formas era lo que era.

— ¿Por qué nunca me lo dijiste?

— dijo Zael.

— Porque no era necesario hasta ahora — dijo Durg — y porque las cosas que no son necesarias todavía no ayudan, solo distraen.

Zael miró el bosque noreste, las formaciones de roca volcánica, el vapor de las grietas, el jabalí en el suelo que había subestimado por confiar demasiado en algo que todavía no controlaba del todo.

— Entiendo — dijo.

— Bien — dijo Durg, y volvió a la presa.

Trabajaron en silencio durante un rato, los dos con sus propios pensamientos, y el bosque de Drakmor siguió siendo lo que siempre había sido, indiferente y ruidoso y completamente ajeno a las conclusiones que se sacaban dentro de él.

Cuando terminaron y empezaron a volver hacia la cueva Zael caminó al lado de Durg en lugar de adelante, y Durg no lo señaló ni lo comentó pero ajustó el paso levemente de una manera que hacía más fácil caminar juntos.

Era suficiente.

Esa tarde Zael practicó el desplazamiento durante tres horas sin parar.

No la velocidad sino el control, los cambios de dirección, la manera de distribuir la energía para que durara más sin perder efectividad.

Pensó en lo que Durg había dicho, que caminaba despacio para guardar lo que le quedaba, y pensó en cómo aplicar esa misma lógica a lo suyo, que todavía no tenía límite conocido pero que probablemente lo tenía aunque no lo hubiera encontrado todavía.

Encontró algo esa tarde que no esperaba encontrar.

Cuando usaba el desplazamiento de manera continua durante mucho tiempo había un punto en que el esfuerzo cambiaba de carácter, no se volvía más difícil físicamente sino diferente, como si algo dentro de él estuviera trabajando de una manera que los músculos no eran del todo responsables.

Era una sensación nueva que no sabía cómo clasificar y que por lo tanto anotó mentalmente como variable desconocida y siguió practicando.

Lo pensaría después.

Ahora había cosas más importantes que entender.

Como por ejemplo que había subestimado a un jabalí adulto porque confiaba demasiado en una habilidad que todavía no dominaba del todo, y que esa clase de error en el lugar equivocado contra el rival equivocado no terminaba con Durg llegando a tiempo.

Terminaba de otra manera.

Practicó hasta que el cielo de Drakmor pasó del gris claro al gris oscuro y las antorchas de la cueva eran la única referencia de luz disponible.

Luego entró, comió, y se durmió con esa sensación nueva todavía sin nombre flotando en algún lugar entre el cansancio y el sueño.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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