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El legado de los caidos - Capítulo 20

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20: El cazador del norte 20: El cazador del norte Llevaban tres días sin ver nada inusual en el norte.

Eso era exactamente lo que Zael no quería ver.

Desde el combate con el jabalí había aprendido a desconfiar del silencio de Drakmor, a leer lo que no estaba en lugar de solo lo que estaba, y el norte llevaba tres días siendo demasiado normal, demasiado predecible, con sus sonidos en los lugares correctos y sus criaturas moviéndose en los patrones de siempre como si nada hubiera cambiado en ese sector del bosque.

Algo había cambiado.

Lo supo la mañana del cuarto día cuando salieron a cazar y el primer kilómetro hacia el norte transcurrió sin que una sola criatura menor cruzara su camino.

No porque no hubiera criaturas, las huellas en el suelo decían que las había, sino porque algo las había movido hacia los costados del camino principal, algo que olían o sentían que les decía que este no era el momento de estar en el centro.

Zael puso la mano en la daga sin sacar la daga.

Durg caminaba a su lado con el paso de siempre, lento y pesado, pero Zael conocía ese paso lo suficiente para saber que había una diferencia entre el paso de Durg cuando estaba tranquilo y el paso de Durg cuando estaba tranquilo y alerta al mismo tiempo, y esa mañana era el segundo tipo.

— ¿Lo sientes?

— dijo Zael en voz baja.

— Desde que salimos de la cueva — dijo Durg, igual de bajo.

— ¿Cuánto falta?

— No lo sé — dijo Durg — se mueve.

Es bueno moviéndose.

Siguieron avanzando.

El bosque del norte tenía esa capa de ramas a media altura que bloqueaba la visión horizontal, y Zael la miraba cada pocos pasos con la atención de alguien que sabe que lo que busca no va a anunciarse antes de llegar.

El arco estaba en la espalda porque en un combate en ese tipo de terreno el arco era una herramienta de apertura y no de seguimiento, y las dagas en el cinturón porque en esa distancia y con esa densidad de vegetación las dagas eran lo que correspondía.

El elfo oscuro llegó desde arriba.

No desde la capa de ramas a media altura sino desde los árboles altos, mucho más arriba, y la caída que hizo no fue una caída sino algo diferente, controlada y silenciosa, el cuerpo girando en el descenso para llegar al suelo en la posición exacta que necesitaba sin el impacto que debería haber tenido desde esa altura.

Aterrizó entre ellos.

No frente a ellos ni detrás de ellos.

Entre ellos, en el espacio de dos metros que los separaba, con una daga curva apuntando hacia Durg y la otra hacia Zael al mismo tiempo, y el primer pensamiento de Zael fue que para haber calculado ese punto de aterrizaje con esa precisión el elfo oscuro había estado observándolos desde los árboles altos durante suficiente tiempo como para saber exactamente cómo se movían.

Los había estudiado.

Los ojos del elfo oscuro eran de un gris casi transparente que no tenía en ellos nada que se pareciera a la emoción.

Piel oscura, cabello blanco recogido atrás, armadura ligera de cuero oscuro con refuerzos en los puntos que importaban y sin refuerzos donde el peso hubiera afectado la velocidad.

No era grande.

Era exactamente del tamaño necesario para hacer lo que hacía, ni un kilo de más ni uno de menos.

— Territorio — dijo el elfo oscuro.

Una sola palabra en el idioma común, pronunciada con el acento específico de los elfos del pantano del sur de Aelthar.

— Nos vamos — dijo Zael.

El elfo oscuro no se movió.

— Territorio — repitió, y esta vez la palabra tenía un peso diferente, el tipo de peso que no es una explicación sino una sentencia.

Atacó a Durg primero.

La daga izquierda trazó un arco hacia el cuello del ogro con una velocidad que hizo que los dos metros entre ellos desaparecieran antes de que Zael terminara de procesar que el movimiento había empezado.

Durg giró el cuerpo y el filo pasó rozando el cuello sin penetrar, un centímetro de diferencia que en otro rival hubiera sido suerte pero en Durg era el resultado de décadas de sobrevivir en Drakmor con el cuerpo siempre ligeramente más adelante que la amenaza que llegaba.

Pero el elfo oscuro ya no estaba donde había estado.

Había usado el impulso del primer ataque para girar sobre su eje y la daga derecha venía ahora desde el otro lado, baja, hacia el costado de Durg que el giro había dejado expuesto, y esta vez Durg no llegó a tiempo y el filo abrió una línea en el costado derecho del ogro que no fue profunda pero que sangró de inmediato.

Zael entró por la derecha con el desplazamiento activo.

El elfo oscuro lo esquivó hacia atrás sin mirarlo, como si tuviera ojos en la nuca, y cuando Zael pasó por donde había estado el elfo ya estaba reposicionando frente a Durg con las dos dagas en posición de seguir.

Tres segundos.

Una herida en Durg.

Cero en el elfo.

— Es rápido — dijo Zael, reposicionando.

— Lo sé — dijo Durg.

— ¿Cuánto puedes aguantar?

— Lo suficiente — dijo Durg, y en ese lo suficiente había algo que Zael no quiso analizar demasiado en ese momento.

El elfo oscuro los miraba a los dos con esa expresión que no cambiaba.

Calculando.

No con prisa, no con la urgencia de alguien que necesita terminar esto rápido, sino con la paciencia de alguien que sabe que el tiempo trabaja para él porque cada intercambio le cuesta más al rival que a él.

Atacó de nuevo.

Esta vez la combinación fue diferente, empezando baja hacia las piernas de Durg, obligándolo a bajar la guardia, y en el momento en que la guardia bajó la daga izquierda subió hacia la cara con una velocidad que era la velocidad real del elfo oscuro, la que había estado guardando en los primeros intercambios como quien guarda lo mejor para cuando importa.

Durg echó la cabeza hacia atrás.

El filo le rozó la mandíbula dejando una línea roja que no era profunda pero que estaba demasiado cerca de cosas que importaban para ser ignorada.

Zael entró desde el flanco izquierdo con el desplazamiento concentrado en el brazo derecho, el golpe con peso adicional que había estado practicando, apuntando al hombro del elfo que era el punto menos cubierto desde ese ángulo.

El elfo oscuro giró.

Pero esta vez no esquivó completamente.

El golpe de Zael llegó al antebrazo del elfo en lugar del hombro, y el impacto fue suficiente para que la daga de ese brazo cayera al suelo de Drakmor con un sonido metálico que los tres escucharon con la misma atención aunque por razones diferentes.

El elfo oscuro miró su brazo.

Luego miró a Zael.

Y por primera vez desde que el combate había empezado algo cambió en esa expresión que no cambiaba.

No era sorpresa exactamente.

Era el reconocimiento de alguien que acaba de revisar su cálculo porque una variable resultó diferente a lo que había calculado.

— Bien — dijo el elfo oscuro, y recogió la daga del suelo sin apartar los ojos de Zael.

Durg aprovechó ese segundo.

Entró con el puño derecho desde arriba con toda la velocidad que le quedaba disponible, concentrada en ese único punto, y el elfo oscuro que estaba reposicionando de recoger la daga no terminó de completar el esquive.

El puño de Durg conectó en el hombro izquierdo del elfo con ese sonido que no correspondía a lo que se veía, y el elfo oscuro salió despedido hacia la izquierda, rodó dos veces sobre el suelo del bosque y se levantó antes de que terminara el segundo rodado.

De pie.

Reposicionado.

Con el hombro izquierdo en un ángulo que no era natural.

Pero de pie.

Y las dos dagas de vuelta en sus manos.

— Bien — repitió el elfo oscuro, y ahora la palabra tenía otro peso, el de alguien que acaba de decidir que esto ya no es trabajo sino algo diferente.

Lo que siguió fue de otra velocidad.

El elfo oscuro soltó la restricción que había estado manteniendo desde el principio y lo que salió de ese instante fue algo que Zael no había visto antes en ningún combate, una secuencia continua sin pausas entre golpes, las dos dagas moviéndose en patrones que se superponían y se alternaban sin que hubiera un momento claro de transición entre uno y el siguiente, como si los dos brazos fueran independientes y ambos estuvieran peleando al mismo tiempo contra rivales diferentes.

Durg bloqueó lo que pudo.

Recibió lo que no pudo.

Tres cortes en el antebrazo derecho, uno en el hombro izquierdo que fue más profundo que los anteriores, y uno en el costado que fue el peor de todos, en el mismo sector donde el guerrero élfico le había clavado la espada meses atrás y que aunque había cerrado bien no era el lugar más conveniente para recibir un filo.

Durg retrocedió dos pasos.

Solo dos, y los dos fueron elegidos, no forzados, pero los retrocedió.

El elfo oscuro no siguió.

Se detuvo frente a él con las dagas en posición y lo miró con esa evaluación fría que ahora tenía en ella algo adicional, no crueldad sino algo más parecido al respeto técnico, el de alguien que reconoce que lo que tiene enfrente no cayó cuando debería haber caído.

Zael entró por la derecha.

El elfo lo esquivó y contraatacó en el mismo movimiento, una daga buscando el cuello de Zael que Zael esquivó con el desplazamiento pero que llegó más cerca de lo que le gustó, y en el intercambio que siguió fueron tres golpes de Zael y tres esquives del elfo y ningún contacto de ningún lado, los dos moviéndose a una velocidad que hacía que los árboles del borde del claro fueran un fondo borroso.

— Zael — dijo Durg.

Zael se separó del elfo y miró a Durg.

El ogro estaba de pie pero el costado derecho sangraba de una manera que no era menor y el brazo derecho lo sostenía con un ángulo diferente al habitual, ese ajuste mínimo que Zael había aprendido a leer como la versión de Durg de admitir que algo no estaba bien.

— Sal del bosque — dijo Durg.

— No.

— Sal del bosque — repitió Durg, con ese tono.

El tono que no admitía discusión.

— No me voy a ir — dijo Zael.

— Zael.

— Una sola palabra.

Con todo el peso de diez años detrás.

El elfo oscuro los observaba sin intervenir, con la paciencia de alguien que puede esperar porque el tiempo sigue trabajando para él y eso no va a cambiar independientemente de lo que los dos hablen entre ellos.

Zael miró a Durg.

Las heridas, el brazo, el costado.

Luego miró al elfo oscuro.

Las dos dagas, el hombro que no estaba bien pero que no lo había ralentizado lo suficiente para importar, esa expresión que no cambiaba.

Calculó.

Y llegó a la conclusión que Durg ya había llegado antes que él.

Que en ese momento, con Durg en ese estado, el elfo oscuro podía terminar el combate cuando eligiera terminar el combate.

Que lo que Durg estaba ofreciendo no era una retirada cobarde sino la única variable que todavía podía cambiar el resultado, tiempo, y que ese tiempo Durg lo iba a comprar de la única manera disponible.

— Voy a volver — dijo Zael.

— Lo sé — dijo Durg.

Se miraron un segundo.

—Espero estar vivo cuando eso suceda—Penso.

Luego Zael activó el desplazamiento y desapareció entre los árboles del norte.

El elfo oscuro miró el punto donde Zael había estado.

Luego miró a Durg.

— Listo?

— dijo.

— Listo!

— confirmó Durg.

El elfo oscuro atacó.

Lo que siguió no fue un combate en el sentido en que los combates tienen dos partes activas.

Fue Durg sosteniéndose mientras el elfo oscuro desmontaba su defensa con una paciencia metódica y una precisión que no necesitaba prisa porque el resultado ya estaba calculado.

Cada intercambio le costaba a Durg más que el anterior, el brazo derecho respondiendo cada vez con un retraso levemente mayor, el movimiento de los pies perdiendo la fluidez que había tenido al principio, el cuerpo entero pagando la acumulación de todo lo que había recibido más lo que seguía recibiendo.

Pero seguía de pie.

El elfo oscuro ejecutó una secuencia larga, siete golpes continuos que empezaban por la izquierda y terminaban por la derecha con un cambio de dirección en el cuarto que Durg no llegó a cubrir, y el quinto golpe entró limpio en el hombro derecho del ogro con suficiente fuerza para que la rodilla derecha de Durg tocara el suelo por primera vez en el combate.

Una rodilla.

Solo una.

Durg la apoyó en el suelo y miró al elfo oscuro desde abajo con la misma expresión de siempre, neutral y directa, sin la derrota que el elfo oscuro probablemente esperaba encontrar ahí.

El elfo oscuro levantó la daga izquierda.

Zael llegó desde arriba.

No desde las ramas a media altura sino desde los árboles altos, el mismo punto desde el que el elfo oscuro había llegado al principio del combate, y la caída que hizo tampoco fue una caída sino algo diferente, el desplazamiento activo en vertical con el cuerpo girando para llegar al suelo en la posición que necesitaba, y en el descenso las dos dagas apuntaban hacia abajo con toda la velocidad y todo el peso adicional que el desplazamiento podía concentrar en un punto.

El elfo oscuro lo vio.

Giró y levantó las dagas para bloquear.

Los bloqueó.

Pero el impacto lo movió hacia atrás tres pasos que no eligió, los pies buscando el suelo con una urgencia que no había tenido en todo el combate, y en esos tres pasos Durg se levantó.

Los dos metros entre Durg y el elfo oscuro desaparecieron.

No con la velocidad de los primeros intercambios ni con la del puño al hombro de antes.

Con algo diferente, lo último que le quedaba disponible a un ogro de entre cuarenta y sesenta años que había estado guardando ese combustible para el momento en que importara más que cualquier otra cosa, y ese momento era este.

Las dos manos de Durg encontraron al elfo oscuro antes de que terminara de reposicionarse de los tres pasos involuntarios, una en el hombro que ya estaba dañado y otra en el pecho, y el movimiento que siguió no fue un golpe sino algo más parecido a una decisión, Durg descargando todo lo que tenía disponible en ese instante sin reservar nada porque ya no había nada que reservar.

El elfo oscuro salió despedido.

Esta vez no rodó.

Voló, con una trayectoria que lo llevó hasta el tronco de uno de los árboles altos del norte donde impactó con un sonido que hizo vibrar las ramas de arriba, y luego cayó al suelo y no se levantó de inmediato.

Silencio.

Zael estaba de pie con las dagas en las manos mirando al elfo oscuro en el suelo.

Durg estaba de pie también, o intentaba estarlo, porque la rodilla derecha había vuelto a bajar y esta vez la izquierda la acompañó y el ogro quedó arrodillado en la tierra de Drakmor con las manos apoyadas adelante y la respiración de alguien que acaba de gastar lo último que tenía.

El elfo oscuro se movió.

Despacio, con una lentitud que no le pertenecía, levantó el torso del suelo y miró hacia donde estaban los dos.

El hombro izquierdo no funcionaba.

Una de las dagas no estaba en su mano sino en el suelo a dos metros.

Los ojos grises seguían siendo los mismos, sin emoción, pero había en ellos algo nuevo que no había estado antes, la versión de ese elfo específico de reconocer que el cálculo había estado equivocado.

Zael dio un paso hacia él.

El elfo oscuro no se movió.

Zael se detuvo a un metro y lo miró desde arriba con las dagas en las manos y esa expresión que hacía que su cara no pareciera la de alguien de su edad, esa frialdad quieta que el bosque de Drakmor había ido instalando en él año tras año sin que nadie lo planificara.

— El norte es nuestro — dijo Zael.

El elfo oscuro lo miró.

No respondió.

Pero en el silencio que eligió en lugar de una respuesta había algo que era suficiente, la versión de ese elfo de una concesión que no iba a pronunciar en voz alta porque pronunciarla en voz alta era algo que no entraba en lo que era.

Zael se dio vuelta y fue hacia Durg.

El ogro seguía arrodillado con las manos en el suelo y la respiración lenta y pesada, y cuando Zael llegó a su lado y puso la mano en su brazo Durg levantó la vista y lo miró con esa expresión de siempre, neutral y directa, pero debajo de esa expresión había algo que Zael reconoció porque lo había visto antes, después del jabalí con la espada en la espalda, y que sabía lo que significaba.

— Necesito ayuda para levantarme — dijo Durg.

En diez años era la primera vez que lo decía.

Zael puso el hombro debajo del brazo del ogro y empujó hacia arriba con todo lo que tenía y Durg se levantó despacio, con esa lentitud que no era la de siempre sino la de algo que cuesta más de lo que debería costar, y cuando estuvo de pie se quedó quieto un momento con el peso distribuido de una manera que Zael reconoció como provisional, como alguien que está calculando cuánto puede sostener antes de que el cuerpo tome la decisión por él.

Zael miró las heridas.

El costado derecho era el que más le preocupaba, la sangre que había empapado la ropa de ese lado con una cantidad que no era inmediatamente fatal pero que tampoco era algo que las hierbas de la cueva fueran a resolver solos.

Procesó.

La cueva estaba a media hora al sur.

Las hierbas que tenían ahí eran suficientes para limpiar y cerrar heridas menores pero no para algo de este nivel.

Necesitaban algo más, alguien que supiera lo que hacía con heridas de combate reales, con el maná o los instrumentos necesarios para tratar daño interno sin que el tratamiento fuera peor que la herida.

Necesitaban a alguien que no estaba en Drakmor.

Zael miró hacia el sur, en dirección a la cueva, y luego miró a Durg que lo estaba mirando con esa expresión de siempre que ahora tenía en ella algo más, la de alguien que ya sabe lo que el otro está pensando y está esperando a ver si llega a la misma conclusión.

— Ixara — dijo Zael.

Durg no respondió de inmediato.

— Es lejos — dijo finalmente.

— Lo sé — dijo Zael — pero es lo que hay.

Durg miró el bosque norte, el tronco del árbol donde el elfo oscuro había impactado, el suelo donde había caído.

El elfo ya no estaba.

En algún momento mientras hablaban había desaparecido con la misma fluidez con que había llegado, sin sonido, sin rastro visible.

— Está bien — dijo Durg.

Empezaron a caminar hacia el sur.

Despacio, al ritmo que Durg podía sostener, que esa tarde era diferente al ritmo de siempre, y Zael caminó a su lado con la mano lista para sostener si el cuerpo del ogro decidía que ya había tenido suficiente antes de que llegaran a donde necesitaban llegar.

El bosque de Drakmor los dejó pasar en silencio.

Llegaron a la cueva cuando el cielo había pasado del gris claro al gris oscuro que en Drakmor precedía la noche.

Durg se sentó en la piedra plana de siempre con la lentitud de alguien que sabe que si se apresura algo se rompe, y Zael trabajó en las heridas con lo que tenían, limpiando, aplicando la pasta de hierbas, vendando con las tiras de cuero, sabiendo todo el tiempo que lo que hacía era insuficiente para lo que necesitaba.

Cuando terminó se quedó sentado frente a Durg con las manos en el regazo y lo miró.

Durg tenía los ojos abiertos y la respiración pareja aunque más lenta de lo normal.

Estaba consciente.

Estaba entero.

Pero había algo en su cara que Zael no había visto antes en esa magnitud, un cansancio que iba más allá del combate, más allá de las heridas, el tipo de cansancio que viene de haber dado lo último que quedaba y no saber todavía cuánto tiempo lleva recuperarlo.

— Mañana salimos — dijo Zael.

— Ixara está al otro lado del desierto — dijo Durg.

— Lo sé.

— De noche mata el frío — dijo Durg — de día mata el calor.

— Tenemos las capas — dijo Zael.

Durg lo miró.

Las capas.

Las que habían hecho con la piel de una criatura que cazaban desde hacía años con la misma facilidad con que cazaban cualquier otra cosa, sin saber que esa piel era algo que el resto del mundo no tenía acceso fácil, que regulaba la temperatura corporal de una manera que hacía que el frío extremo de la noche en Ixara y el calor extremo del día fueran variables manejables en lugar de letales.

— ¡Las capas!

— repitió Durg, con un tono que tenía en él algo parecido a lo que en él pasaba por ironía.

— Mañana salimos — dijo Zael de nuevo, y esta vez no era una propuesta sino lo que iba a pasar.

Durg no discutió.

Cerró los ojos y su respiración se fue haciendo más lenta y más pareja con el tiempo, el sonido profundo y rítmico de alguien que se entrega al sueño porque el cuerpo ya tomó esa decisión antes de que la mente terminara de procesa

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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