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El legado de los caidos - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 Los quehaceres
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3: Los quehaceres 3: Los quehaceres La mañana en el orfanato tenía su propio ritmo y ese ritmo no preguntaba si uno había dormido bien o si le dolían los brazos de un duelo de dos horas el día anterior.

Simplemente empezaba.

Auren lo descubrió cuando tenía tres años y desde entonces no había encontrado ninguna manera de cambiarlo.

El sol entraba por las ventanas del dormitorio común, los más chicos empezaban a moverse y a hacer ruido, y la hermana Maren golpeaba dos veces la puerta con los nudillos antes de abrirla.

Sin gritos, sin campanas.

Solo esos dos golpes que de alguna manera resultaban más difíciles de ignorar que cualquier otra cosa.

Los quehaceres se dividían por edad y los de Auren y Seris ese día eran los de siempre.

Auren barría el patio trasero y el pasillo de entrada mientras Seris ayudaba a la hermana Maren con los más pequeños, bañarlos, peinarlos, convencerlos de que el desayuno no era opcional.

Después rotaban.

Después había más cosas.

El orfanato era un organismo que requería mantenimiento constante y la hermana Maren era muy clara al respecto, todos ponían el cuerpo, los grandes más que los chicos, sin excepciones.

Lena y Cord no estaban.

Habían salido temprano hacia el centro de la ciudad con una lista escrita por la hermana Maren y una bolsa de monedas contadas, provisiones para el almuerzo, la merienda y la cena.

Era una tarea que a esa altura hacían casi solos, conocían los puestos, conocían los precios, sabían regatear lo suficiente para volver con el vuelto completo y a veces con algo extra.

Auren los había visto salir desde la ventana del dormitorio mientras se ataba las botas.

Lena caminaba rápido con la lista en la mano y Cord le hablaba con esa energía que últimamente no se le apagaba ni cuando dormía, gesticulando, probablemente hablando de lo mismo de lo que llevaba semanas hablando: “La orden de caballeros”.

A Lena le faltaban meses para los diecisiete.

A Cord un poco más.

Pero los dos vivían el proceso de inscripción como si ya estuvieran adentro, estudiando los requisitos, hablando con cualquiera que hubiera intentado el ingreso antes, discutiendo estrategias para las pruebas físicas con la misma intensidad con que Auren y Seris discutían sus duelos.

El orfanato en los últimos meses había absorbido esa energía de los dos mayores como una corriente que electrizaba las conversaciones de la cena y llenaba los pasillos de una expectativa que incluso los más pequeños percibían sin entender del todo qué significaba.

Auren sí entendía.

Barrió el patio con eso en la cabeza, el sonido de la escoba sobre las piedras marcando un ritmo parejo mientras los más chicos corrían alrededor suyo con la indiferencia total que tenían hacia cualquier tarea que no fuera la suya.

Un niño de cuatro años llamado Pip se cruzó en su camino tres veces seguidas y las tres veces Auren levantó la escoba para dejarlo pasar sin decir nada, aunque en la tercera estuvo cerca.

Desde adentro llegaban voces.

La hermana Maren explicándole algo a uno de los medianos con esa paciencia que tenía para los chicos más pequeños, distinta a la paciencia que tenía para Auren y Seris, más suave, como si supiera exactamente cuánta firmeza aplicar según el tamaño de la persona que tenía enfrente.

Seris respondía algo, luego una risa corta de algún niño, luego silencio.

Auren terminó el patio y pasó al pasillo de entrada.

La escoba levantaba polvo fino que la luz de la mañana convertía en oro por un segundo antes de que se dispersara.

El pasillo olía a madera y a algo floral que la hermana Maren ponía en un jarrón cerca de la puerta principal, flores silvestres que los más chicos traían a veces del parque sin que nadie se los pidiera y que ella aceptaba siempre con la misma expresión de quien recibe algo valioso.

Estaba terminando el pasillo cuando Seris apareció en el umbral de la cocina con dos de los más pequeños colgados de los brazos como si fueran fruta madura a punto de caer.

Uno en cada lado, los dos intentando arrastrarse hacia direcciones opuestas, los dos completamente convencidos de que eso era posible.

— Suéltenme — decía Seris con una calma que Auren reconoció como la calma de alguien que estaba usando toda su capacidad de cálculo para no perder la compostura.

Los dos niños no la soltaron.

Auren apoyó la escoba en la pared.

— ¿Necesitás ayuda?

— No.

Uno de los niños logró soltarse y salió corriendo hacia el patio.

Seris miró cómo se iba.

Luego miró al que le quedaba, un chico de cinco años con el cabello revuelto y una expresión de satisfacción absoluta.

— Tú — dijo ella.

El niño sonrió.

Auren recuperó la escoba antes de que lo viera reírse.

A media mañana el orfanato había encontrado su calma relativa.

Los más pequeños estaban en el cuarto de juegos bajo la supervisión de dos de los medianos, la hermana Maren revisaba las cuentas del mes en su escritorio con esa concentración cerrada que significaba no interrumpir salvo emergencia real, y Auren y Seris habían terminado sus tareas principales y estaban sentados en los escalones del patio trasero con el sol cayéndoles encima.

Seris tenía una rama en la mano y dibujaba líneas en la tierra sin un propósito claro.

Auren miraba el muro del fondo del patio.

— ¿Cuándo podemos nosotros?

— dijo él.

Seris no preguntó a qué se refería.

— En diez años — respondió.

— Nueve y medio.

— Diez.

Auren no discutió la cifra aunque le parecía excesiva.

La orden de caballeros imperiales admitía aspirantes desde los diecisiete, eso lo sabían desde siempre, desde las noches en que la hermana Maren les contaba historias antes de dormir con esa voz que tenía para esas historias, distinta a su voz del día, más tranquila, como si al contarlas también ella volviera a algún lugar.

Caballeros que cruzaban Ixara sin agua, que peleaban en las fronteras de Drakmor, que escoltaban a los mensajeros del rey por caminos que nadie más se atrevía a tomar.

Auren había escuchado esas historias tantas veces que algunas las podía repetir palabra por palabra.

Pero no era eso lo que le importaba.

Lo que le importaba era la sensación que dejaban, algo en el pecho que no tenía nombre exacto pero que se parecía bastante a saber hacia dónde ir.

— Lena va a entrar — dijo Seris, sin levantar la vista de las líneas en la tierra.

— ¿Vos creés?

— Tiene condiciones.

Y Cord también cuando le toque, si deja de hablar tanto y empieza a entrenar más.

Auren pensó en Cord y en cómo gesticulaba esa mañana al salir.

Probablemente tenía razón.

— Nosotros vamos a entrar antes que cualquiera de los dos — dijo él.

Seris levantó la vista de la tierra y lo miró.

— En ese orden de ideas — dijo — deberías trabajar el brazo izquierdo esta tarde.

Auren abrió la boca.

— Ya sé — dijo antes de que ella pudiera agregar algo más.

Seris volvió a sus líneas en la tierra.

Una curva, una recta, algo que tal vez era un mapa o tal vez no era nada.

Auren miró el muro del fondo del patio otra vez, la piedra vieja y el musgo en las juntas y el cielo azul por encima, y pensó en diez años que en realidad eran nueve y medio y que de todas formas se sentían como una eternidad y al mismo tiempo como algo que ya estaba en movimiento aunque todavía no se notara.

Desde adentro llegaron voces.

Lena y Cord de vuelta del mercado, la puerta principal abriéndose con ese crujido que era el del gozne bueno, no el del pasillo trasero, y la voz de Cord explicando algo con su entusiasmo habitual que llenó el orfanato entero en medio segundo.

— ¡Les dijeron en el puesto del herrero que este año las pruebas físicas cambiaron!

— anunció desde algún lugar del pasillo como si fuera una noticia que no podía esperar ni un segundo más.

La hermana Maren respondió algo desde su escritorio en un tono que claramente indicaba que las cuentas del mes seguían siendo más urgentes que las pruebas físicas de la orden.

Cord bajó la voz exactamente lo necesario para no recibir una segunda advertencia y siguió hablando igual.

Seris dejó la rama en el suelo.

Auren se levantó de los escalones y estiró los brazos hacia arriba hasta que algo en la espalda cedió con un chasquido satisfactorio.

El sol seguía subiendo despacio sobre el patio del orfanato, sobre el muro de piedra y el musgo y el cielo azul sin nubes, sobre los dos niños en los escalones que en diez años, o nueve y medio, iban a intentar algo que todavía era demasiado grande para caber en palabras del todo.

Por ahora había quehaceres.

Y mañana había un duelo pendiente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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