El legado de los caidos - Capítulo 21
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21: El fin que en realidad es un gran comienzo 21: El fin que en realidad es un gran comienzo Salieron de la cueva antes del amanecer.
No porque hubiera un amanecer real en Drakmor sino porque el cielo pasó del negro al gris oscuro y eso era lo más parecido a una señal de partida que ese lugar ofrecía.
Zael había pasado la noche preparando lo que podían llevar, las pieles más resistentes enrolladas y atadas a su espalda, las dagas en el cinturón, el arco cruzado encima de todo, y la bolsa con las hierbas que quedaban aunque sabía que no iban a ser suficientes para lo que Durg necesitaba.
Durg se levantó solo.
Zael lo observó hacerlo sin ofrecerle ayuda porque sabía que ofrecerla antes de que fuera necesaria era quitarle algo que Durg no iba a ceder fácilmente.
Se levantó despacio, con esa lentitud que ya no era la de siempre sino la de alguien cuyo cuerpo está calculando cada movimiento antes de ejecutarlo para no gastar lo que no tiene disponible, y cuando estuvo de pie se quedó quieto un momento con los ojos en la entrada de la cueva y la respiración de alguien que está tomando inventario interno.
— Listo — dijo.
Zael no dijo nada.
Empezaron a caminar.
El camino desde la cueva hasta el límite sur de Drakmor era de unas cuatro horas en condiciones normales.
Esa mañana tardaron siete.
No porque Zael fuera despacio sino porque el ritmo lo marcaba Durg y Durg marcaba el ritmo que su cuerpo podía sostener sin que el costado derecho dijera que ya era suficiente, y ese ritmo era considerablemente más lento que el de siempre.
Paraban cada hora, no porque ninguno de los dos lo propusiera sino porque en algún punto el cuerpo de Durg simplemente se detenía y Zael se detenía con él y esperaban lo que había que esperar sin hablar de lo que estaba pasando, por qué el hablarlo no cambiaría la situación.
Zael usaba esos descansos para revisar las vendas.
El costado derecho era lo que más le preocupaba.
La pasta de hierbas seguía haciendo algo pero lo que hacía era cada vez menos suficiente, la tela sobre la herida húmeda de una manera que no era buena señal, y en el tercer descanso Zael cambió las vendas con lo que le quedaba de material limpio y cuando terminó tiró el trapo usado lejos de donde iban a caminar porque no quería que Durg lo viera.
Durg lo había visto igual.
No dijo nada.
La vegetación de Drakmor fue cambiando a medida que avanzaban hacia el sur, los árboles retorcidos haciéndose más espaciados, la vegetación agresiva del suelo cediendo terreno a una tierra más árida y más plana que anunciaba el cambio de reino antes de que el cambio fuera visible.
En algún punto el vapor de las grietas dejó de oler a azufre y empezó a oler a nada, que en Drakmor era el olor más extraño de todos.
Cruzaron el límite sur al mediodía.
No había una marca.
No había una valla ni una señal ni nada que dijera aquí termina Drakmor.
Solo el cambio gradual del terreno y del aire, la gravedad que se aligeraba tan despacio que Zael no supo en qué momento exacto su cuerpo lo registró, solo que en algún punto entre un paso y el siguiente algo era diferente y ese algo era el peso que ya no sentía de la misma manera.
Durg lo sintió también y por un momento caminó con algo que era casi el ritmo de siempre antes de que el costado lo recordara por qué no podía.
Delante estaba Ixara.
El desierto comenzó sin aviso.
Un paso el terreno era árido pero reconocible, con algo de vegetación baja y tierra compacta, y el siguiente paso era arena.
Arena de un color entre ocre y gris que el viento movía en capas rasantes que se pegaban a la ropa y a la piel y que encontraban cada espacio entre las telas con una persistencia que no tenía nada de personal pero que lo parecía.
Zael puso la capa sobre sus hombros.
La piel de la criatura de Drakmor era gruesa y flexible al mismo tiempo, con un peso que en otro material hubiera sido incómodo pero que en esa piel específica se distribuía de una manera que hacía que uno se olvidara de que la llevaba.
El calor del cuerpo quedaba adentro.
El calor del desierto se quedaba afuera.
Era una separación tan limpia que la primera vez que Zael la había notado de manera consciente fue ese día, comparando el aire del desierto que llegaba al rostro con el interior de la capa que seguía siendo exactamente lo mismo que antes de entrar a Ixara.
Ayudó a Durg con la suya.
El ogro no protestó, lo cual decía más sobre su estado que cualquier otra cosa que hubiera podido decir.
Caminaron durante horas.
El sol de Ixara no era como el sol de Arken ni como la ausencia de sol de Drakmor.
Era otra cosa completamente, una presencia blanca y directa que no tenía temperatura dentro de la capa pero que Zael podía ver en el suelo, en la manera en que la arena brillaba con una intensidad que hacía doler los ojos si uno la miraba directamente durante demasiado tiempo.
Las ruinas aparecieron antes de que la ciudad fuera visible.
Estructuras de piedra que emergían de las dunas en ángulos imposibles, restos de edificios cuyo tamaño original solo podía intuirse por los fragmentos que quedaban sobre la arena.
Algunas tenían grabados en la piedra que el viento había erosionado hasta hacerlos irreconocibles, otras tenían formas que no correspondían a ningún estilo arquitectónico que Zael conociera de los pocos libros que habían pasado por sus manos.
Durg miró las ruinas mientras caminaban entre ellas.
— La guerra — dijo.
— Sí — dijo Zael.
No agregaron nada más porque no había nada que agregar.
Las ruinas lo decían todo solas.
La ciudad apareció cuando el sol empezaba a bajar hacia el horizonte del desierto, primero como una mancha oscura en la distancia que podía ser espejismo y que con cada kilómetro iba tomando forma y volumen hasta convertirse en algo que era innegablemente real.
Construida sobre las ruinas más grandes, con edificios que se apilaban unos sobre otros sin planificación aparente, estilos y materiales de todas las razas mezclados de una manera que en cualquier otro lugar hubiera parecido un error y que ahí parecía simplemente lo que era.
Ixara.
Durg llegó a la primera calle de la ciudad con las últimas energías que le quedaban y Zael lo sabía porque llevaba la última hora caminando a su lado con la mano lista para sostenerlo si el cuerpo del ogro decidía que ya había sido suficiente, y había habido tres momentos en esa última hora en que había estado a punto de tener que usarla.
La ciudad los recibió con indiferencia.
No con hostilidad, que era lo que Zael había esperado conociendo la manera en que el mundo trataba a los ogros, sino con algo más neutro y más extraño, la indiferencia de un lugar que había visto de todo durante suficiente tiempo como para que un ogro herido y un mestizo de aspecto indeterminado con capas de criatura desconocida no fueran suficiente novedad para interrumpir lo que fuera que cada quien estuviera haciendo.
Las calles eran estrechas y laberínticas, construidas alrededor de las ruinas que no se habían molestado en demoler sino que simplemente habían incorporado a la estructura de la ciudad como paredes o fundaciones o simplemente obstáculos que todo el mundo rodeaba sin cuestionarse por qué estaban ahí.
Había puestos de todo tipo a los costados, gente de todas las razas moviéndose con la velocidad específica de los que viven en lugares sin estaciones fijas, y el ruido era el ruido de todos los idiomas mezclados en el volumen de una conversación normal multiplicado por miles.
Zael miró alrededor y procesó.
Necesitaba encontrar a alguien que pudiera curar heridas de combate serias.
No el tipo de curación que ofrecían los puestos de remedios básicos que ya había visto en dos esquinas, sino alguien con maná real y el conocimiento de cómo usarlo en daño interno.
— Necesitamos sentarnos — dijo Zael.
Durg no protestó.
Encontraron un banco de piedra en el borde de una plaza pequeña donde una fuente que había sido elegante en algún siglo anterior seguía funcionando con el agua turbia y tibia del desierto, y Durg se sentó con esa lentitud de las últimas horas y cerró los ojos un momento.
Zael revisó las vendas una vez más.
El costado derecho necesitaba atención antes de que pasara mucho más tiempo.
Se levantó.
— Vuelvo — dijo.
Durg asintió sin abrir los ojos.
Zael preguntó en tres lugares antes de conseguir algo útil.
El primero fue un puesto de hierbas medicinales cuya dueña, una enana de edad indeterminada con más collares que cuello visible, lo miró de arriba abajo con la evaluación específica de alguien que lleva décadas midiendo la capacidad de pago de sus clientes y le dijo que para heridas de esa gravedad necesitaba a alguien con maná y que los sanadores con maná real en Ixara eran escasos y caros y que ella no sabía de ninguno porque ese tipo de competencia no era algo que le interesara facilitar.
El segundo fue un guardia de una de las plazas principales, un humano de aspecto cansado que lo miró con la misma indiferencia con que miraba todo lo demás y le dijo que no era su problema y que si quería información que fuera a una taberna porque en las tabernas siempre había alguien que sabía algo aunque lo que sabía no siempre fuera verdad.
El tercero fue la taberna.
Era un lugar bajo de techo y amplio de planta, con mesas de madera de distintos tamaños que sugerían que habían sido conseguidas en momentos distintos sin intención de que combinaran, y el ruido adentro era el ruido específico de las tabernas que Zael nunca había estado en una taberna pero que reconoció de todas formas como el sonido de gente que está usando el alcohol para hacer más llevadero lo que sea que tenga que hacer más llevadero.
Se quedó en el borde un momento evaluando.
Lo vio casi de inmediato.
Un enano solo en una mesa del fondo con una jarra que era claramente no la primera de la noche y una manera de estar sentado que era la de alguien que no tiene apuro porque no tiene ningún lugar a donde ir que sea más interesante que donde está.
No era viejo pero tampoco era joven.
Tenía en la cara esa expresión específica de alguien que ha visto suficiente como para no sorprenderse fácilmente y que ha decidido que eso era suficiente razón para beber tranquilo.
Zael fue hacia su mesa.
El enano lo vio venir y no cambió la expresión ni ajustó la postura, simplemente lo observó aproximarse con la atención desinteresada de alguien que está dispuesto a escuchar si lo que viene es suficientemente interesante.
— Necesito un sanador — dijo Zael — uno bueno.
Con maná real.
El enano lo miró.
Miró la capa.
Luego volvió a mirarlo a él.
— ¿Qué tipo de herida?
— dijo.
— Daño interno — dijo Zael — costado derecho.
Herida de filo, profunda.
Lleva más de un día sin atención adecuada.
— ¿El herido eres tú?
— No.
— ¿Quién?
— Mi padre.
El enano procesó eso con la misma expresión de siempre, sin que nada en su cara indicara lo que estaba pensando, y bebió un trago largo antes de responder.
— Hay una mujer — dijo — al norte de la plaza central.
Callejón del margen derecho, puerta azul.
Se llama Sera.
Es lo mejor que vas a encontrar en Ixara para lo que describes.
— ¿Va a aceptar?
— dijo Zael.
— Probablemente no — dijo el enano — es muy selectiva con quién atiende y más selectiva todavía con quién le abre la puerta a esta hora.
Pero es lo mejor que hay así que es tu única opción real.
— ¿Qué necesita para aceptar?
El enano lo miró de nuevo.
Esta vez la mirada fue más larga y más específica, y se detuvo otra vez en la capa con una atención que no era casual.
— Esa capa — dijo — ¿de qué está hecha?
— De una criatura de Drakmor — dijo Zael.
— ¿Qué criatura?
— Una que cazamos nosotros.
El enano bajó la jarra despacio y miró la capa con una concentración diferente a la anterior, la de alguien que está evaluando algo desde el conocimiento y no desde la curiosidad.
— ¿Sabes lo que vale esa piel?
— dijo.
— No — dijo Zael, y era verdad en ese momento aunque algo en él ya estaba empezando a sospechar que la respuesta iba a ser relevante.
El enano lo miró un momento más.
Luego señaló hacia la puerta de la taberna con la jarra.
— Ve a ver a Sera — dijo — y lleva la capa puesta.
Si es lo que creo que es no vas a necesitar nada más para que abra la puerta.
Zael asintió.
— Gracias — dijo.
El enano ya había vuelto a su jarra.
La puerta azul estaba donde el enano había dicho.
Un callejón estrecho al norte de la plaza central que en otro lugar hubiera parecido el tipo de callejón que uno evita de noche, pero que en Ixara era simplemente un callejón estrecho al norte de la plaza central.
La puerta era azul de un azul que había sido intenso en algún momento y que los años de desierto habían desteñido hasta un tono que era más el recuerdo de azul que azul propiamente dicho.
Zael había vuelto a la plaza donde Durg esperaba y lo había encontrado exactamente donde lo había dejado, en el banco de piedra con los ojos cerrados y la respiración más lenta de lo que le gustó al verla.
— Encontré a alguien — dijo Zael.
Durg abrió los ojos.
— ¿Lejos?
— dijo.
— Cerca.
Se levantaron.
El camino hasta la puerta azul fue el más corto del día y el que más costó, Durg moviéndose con una lentitud que ya no era la lentitud deliberada de quien conserva energía sino la de alguien cuyo cuerpo estaba tomando las decisiones por su cuenta, y cuando llegaron al callejón y Zael golpeó la puerta azul con los nudillos Durg estaba apoyado en la pared del callejón con el peso distribuido de la manera que menos le costaba sostener y los ojos en un punto del suelo que no era ningún punto específico.
Silencio adentro.
Zael golpeó de nuevo.
Una voz llegó desde adentro, femenina, con el tono específico de alguien a quien acaban de interrumpir algo que consideraba más importante que cualquier cosa que hubiera del otro lado de la puerta.
— Estoy ocupada.
— Necesito ayuda — dijo Zael.
— Todo el mundo necesita ayuda — dijo la voz — eso no es mi problema.
— Mi padre está herido gravemente — dijo Zael — herida de filo en el costado, daño interno, lleva más de un día.
Silencio.
— Vuelve mañana — dijo la voz.
— Para mañana puede no haber nada que hacer — dijo Zael.
Silencio más largo esta vez.
Luego el sonido de pasos al otro lado de la puerta, lentos y deliberados, que se acercaron y se detuvieron sin que la puerta se abriera, como alguien que está evaluando algo desde adentro antes de decidir.
— ¿Quién te mandó?
— dijo la voz, más cerca ahora.
— Un enano en una taberna — dijo Zael — no me dijo su nombre.
Una pausa.
— ¿Cómo llegaste a Ixara?
— dijo la voz.
Zael procesó la pregunta.
No era la pregunta que esperaba.
— Caminando — dijo — cruzamos el desierto de noche.
Silencio.
Luego el sonido de un cerrojo corriendo y la puerta azul se abrió.
La mujer que estaba del otro lado tenía unos cuarenta años o los aparentaba, con el tipo de cara que acumula expresiones en lugar de arrugas, cada línea en un lugar que contaba algo específico sobre las decisiones que había tomado.
Cabello oscuro recogido sin ceremonias, ropa práctica sin adornos, y unos ojos de un verde tan oscuro que en la poca luz del callejón podían confundirse con negro.
Los miró a los dos.
A Zael primero, de arriba abajo con una rapidez que no era superficial sino todo lo contrario, el tipo de evaluación que procesa más información en tres segundos de lo que la mayoría procesa en un minuto.
Luego a Durg, y ahí la evaluación se detuvo más tiempo, en el costado derecho, en la manera en que el ogro sostenía el cuerpo, en las vendas que asomaban por debajo de la ropa.
Luego miró la capa de Zael.
La miró de una manera diferente a como había mirado todo lo demás.
Se acercó un paso y extendió la mano hacia el borde de la capa y Zael no se movió porque algo en la manera en que lo hacía no era una amenaza sino algo más parecido a la verificación de algo que ya sospechaba.
Tocó el material con dos dedos.
Sus ojos se movieron hacia Zael.
— ¿De dónde sacaste esto?
— dijo.
— La cazamos nosotros — dijo Zael — en Drakmor.
— ¿Cuántas veces?
— Muchas — dijo Zael — es común donde vivimos.
Sera lo miró durante un momento que se estiró de una manera específica, como alguien que está recalibrando algo que calculó mal al principio.
— Entra — dijo, y se hizo a un lado.
El interior era lo opuesto al exterior.
No en decoración, que era escasa y funcional, sino en el orden.
Todo en su lugar con una precisión que no era obsesiva sino práctica, cada cosa donde estaba porque era el lugar más eficiente para estar.
Hierbas en frascos ordenados por tamaño a lo largo de una pared, instrumentos sobre una mesa de trabajo que Zael no supo nombrar todos pero que reconoció como herramientas de alguien que sabe lo que hace, y en el centro de la habitación principal una cama ancha y baja cubierta con telas limpias que estaban ahí exactamente para lo que Durg iba a necesitar.
Sera señaló hacia la cama sin decir nada.
Zael ayudó a Durg a llegar hasta ella y el ogro se sentó primero y luego se recostó con esa lentitud de las últimas horas y cuando quedó horizontal algo en su cara se relajó de una manera que Zael no había visto en todo el día, como si el cuerpo hubiera estado esperando ese permiso desde hacía mucho tiempo.
Sera se acercó y empezó a revisar las heridas con una concentración que no incluía comentarios ni expresiones que pudieran leerse de ninguna manera.
Retiró las vendas, examinó el costado, palpó en puntos específicos que hicieron que Durg cerrara los ojos con más fuerza pero no dijera nada, y cuando terminó se enderezó y miró a Zael.
— Es tratable — dijo — pero va a llevar tiempo y va a necesitar descanso real después.
No un día.
Días.
— ¿Cuántos?
— dijo Zael.
— Depende de cómo responda — dijo Sera — mínimo tres.
Probablemente más.
— ¿Puedes hacerlo?
— dijo Zael.
Sera lo miró.
— Puedo — dijo — la pregunta es el pago.
— La capa — dijo Zael.
Sera no respondió de inmediato.
Miró la capa otra vez, con esa misma atención específica de antes, y luego miró a Zael con una expresión que era la de alguien que está evaluando si lo que tiene enfrente entiende lo que está ofreciendo.
— ¿Sabes lo que vale?
— dijo.
— Me dijeron que es valiosa — dijo Zael — y entiendo que en el desierto una capa que regula la temperatura perfectamente tiene un valor que no tiene en otros lugares.
Sera lo miró durante un momento más.
— No solo en el desierto — dijo — esta piel vale lo suficiente para vivir en Ixara un año sin trabajar.
Para mí vale más que eso porque me permite salir del desierto cuando quiero sin depender de las ventanas de temperatura.
— ¿Qué ventanas?
— dijo Zael.
— De noche el frío mata en menos de una hora sin protección adecuada — dijo Sera — de día el calor hace lo mismo en menos tiempo.
Hay una ventana de dos horas al amanecer y otra al atardecer en que la temperatura es tolerable.
Fuera de esas ventanas Ixara te mata si no tienes dónde refugiarte o algo que te proteja.
— Miró la capa.
— Esta piel elimina esa restricción completamente.
Zael procesó eso.
Pensó en la cueva.
En las pilas de esa misma piel apiladas en el fondo, docenas de ellas, junto a cientos de otros objetos de cientos de otras criaturas que habían acumulado en años de caza sin darles ningún valor más allá del uso inmediato.
Pensó en Drakmor y en todo lo que había en esa cueva y en lo que significaba que algo que para ellos era tan común que nunca le habían puesto un precio que valiera lo suficiente para que una sanadora en Ixara abriera la puerta a medianoche sin necesitar más argumento.
— La capa es tuya — dijo Zael — a cambio de que lo cures.
Sera asintió.
— Hay algo más — dijo Zael.
Sera lo miró.
— Voy a necesitar volver — dijo Zael — con otras cosas.
De la misma criatura y de otras.
Quiero saber si estarías dispuesta a establecer un intercambio regular.
Sera lo miró durante un momento largo con esa manera de evaluar que no dejaba nada por fuera.
— Depende de lo que traigas — dijo finalmente.
— Traigo lo que tengo — dijo Zael — y tengo bastante.
Sera asintió una vez, despacio, con la expresión de alguien que acaba de calcular algo y el resultado le parece aceptable.
— Hablaremos cuando
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