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El legado de los caidos - Capítulo 22

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22: La idea 22: La idea La idea llegó un martes.

O al menos Auren pensó que era martes.

Los días en el orfanato tendían a parecerse suficiente entre ellos como para que el nombre que les pusieran fuera más una convención que una realidad, pero ese detalle no cambiaba el hecho de que la idea llegó y que llegó con la fuerza específica de las ideas que uno sabe desde el principio que van a ser problema y que va a intentar de todas formas.

Estaban en el claro.

Llevaban una hora y cuarto de duelo y el resultado era el de siempre, Seris con un punto de ventaja en el conteo del mes y Auren con esa expresión de alguien que está procesando cómo cerrar esa diferencia, cuando Auren bajó la espada sin que el duelo hubiera terminado y se quedó mirando el borde del bosque con una concentración que no era la del combate sino otra cosa.

Seris bajó la espada también.

— ¿Qué?

— dijo.

— El bosque — dijo Auren.

— ¿Qué tiene el bosque?

— Que nunca fuimos más allá — dijo Auren — de este claro.

Siempre el mismo radio, las mismas rutas, los mismos árboles.

Seris lo miró.

— Porque es suficiente espacio para entrenar — dijo.

— Para entrenar entre nosotros — dijo Auren — pero en el torneo vimos combate real.

Vimos cómo se pelea contra algo que no conoces, que no predices, que no te va a perdonar si cometés un error.

— Cometés — dijo Seris.

— Cometes — corrigió Auren sin pausa — el punto es que nosotros nunca peleamos contra nada así.

Siempre el uno contra el otro, siempre las mismas espadas de madera, siempre el mismo claro.

Y en siete años vamos a pararnos en esa arena con gente que sí peleó contra algo real.

Seris lo miró durante un momento.

— Estás hablando de salir del bosque — dijo.

— Estoy hablando de explorar más — dijo Auren — no de cruzar el reino.

Solo un poco más allá de donde llegamos siempre.

El bosque tiene criaturas, las hemos escuchado, nunca las buscamos.

— Porque no tiene sentido buscar algo que puede matarte cuando todavía no estás listo — dijo Seris.

— ¿Y cuándo vamos a estar listos si nunca probamos contra nada real?

Seris guardó silencio.

Ese silencio específico que Auren conocía bien, el que no era negativa sino el inicio del proceso, Seris corriendo todos los escenarios posibles con esa velocidad que tenía para hacerlo y llegando a conclusiones que él nunca hubiera llegado por el mismo camino aunque a veces llegara al mismo lugar.

— Las criaturas del bosque de Arken no son peligrosas en su mayoría — dijo Seris despacio, como alguien que está pensando en voz alta — lobos, jabalíes, algún oso en los sectores más profundos.

Nada que no pueda manejarse con cuidado y con la distancia correcta.

— Exacto — dijo Auren.

— Pero si nos adentramos demasiado la situación cambia — dijo Seris — los bosques al este de Arken tienen criaturas de rango.

No muchas pero las hay.

Si llegamos a esa zona sin estar preparados el resultado no va a ser una lastimadura.

— Por eso empezamos despacio — dijo Auren — primero lo que hay cerca.

Solo un poco más allá del claro.

Si algo no está bien volvemos.

Seris lo miró.

— Cuando dices si algo no está bien — dijo — ¿quién decide que algo no está bien?

— Los dos — dijo Auren.

— Porque si lo decides tú solo la definición de algo no está bien va a ser considerablemente más flexible de lo que me parece prudente.

Auren abrió la boca.

Cerró la boca.

— Los dos — repitió.

Seris miró el borde del bosque.

Los árboles del claro que conocían de memoria, cada uno en su lugar, cada raíz en el suelo un dato familiar que habían procesado tantas veces que ya no lo procesaban sino que simplemente estaba ahí como parte del paisaje inevitable de sus tardes.

Luego miró a Auren.

— Temprano — dijo — antes de que los demás se levanten.

Hacemos las tareas primero y salimos.

Volvemos antes de que oscurezca.

— Sí — dijo Auren.

— Y si yo digo que nos retiramos, nos retiramos — dijo Seris — sin discusión y sin el minuto más.

Auren la miró.

— Sin discusión — dijo.

Seris asintió una vez, despacio, con esa manera suya de cerrar los acuerdos que no necesitaban firma porque entre ellos los acuerdos se cerraban con esa mirada específica que los dos sabían leer.

— Mañana — dijo.

— Mañana — confirmó Auren, y algo en su cara que llevaba años siendo la expresión de alguien que tiene un objetivo lejano se asentó de una manera diferente, más inmediata, más real.

Levantaron las espadas.

Terminaron el duelo.

Seris ganó por dos puntos.

Auren no lo registró de la manera habitual porque ya estaba pensando en mañana y en el borde del bosque y en lo que había más allá del radio que habían recorrido durante tres años sin cruzar nunca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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