El legado de los caidos - Capítulo 23
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23: Las primeras salidas 23: Las primeras salidas Salieron antes de que el sol terminara de decidir si iba a salir o no.
El orfanato a esa hora tenía el silencio específico de los lugares donde mucha gente duerme al mismo tiempo, una quietud con textura propia hecha de respiraciones lentas y el crujido ocasional de una cama que alguien movía sin despertarse.
Auren y Seris se habían levantado sin alarma, sin señal acordada, simplemente con esa sincronía que se desarrolla entre dos personas que han compartido el mismo espacio durante suficientes años como para que los ritmos se alineen solos.
Las tareas del hogar primero.
Ese había sido el acuerdo y los dos lo cumplieron con una eficiencia que no era habitual en ellos individualmente pero que entre los dos producía resultados que la hermana Maren hubiera encontrado sospechosamente buenos si los hubiera visto, el patio barrido, el pasillo limpio, el desayuno de los más pequeños preparado con anticipación y dejado cubierto en la cocina para cuando se despertaran.
Salieron por la puerta trasera.
El gozne crujió.
Los dos se detuvieron.
Silencio en el orfanato.
Siguieron.
La ciudad de Arken a esa hora era otra vez la ciudad nocturna que conocían de las escapadas del toque de queda, con las calles vacías y las antorchas de las esquinas todavía encendidas aunque ya no hacían falta porque la luz del amanecer empezaba a ganar terreno desde el este.
Los guardias de la patrulla matutina cruzaban las plazas principales con el paso de quien está terminando un turno y no iniciando uno, esa fatiga específica que hace que la atención baje exactamente lo suficiente para que dos niños de diez años puedan cruzar sin ser notados si saben por dónde ir.
Sabían por dónde ir.
El camino al bosque lo habían recorrido tantas veces que los pies lo hacían solos, doblando donde había que doblar, acortando por los callejones que acortaban tiempo sin sumar riesgo, llegando al borde sur de la ciudad donde la muralla tenía la piedra floja que desde los cinco años sabían mover lo suficiente para pasar de costado.
Pasaron.
El camino al claro lo recorrieron en silencio, no el silencio incómodo sino el de siempre, ese que entre ellos no necesitaba llenarse con palabras porque el camino en sí mismo era suficiente compañía.
Los pájaros del bosque de Arken estaban empezando con sus primeros sonidos de la mañana, tentativas, como ensayando antes de comprometerse con el día, y el suelo todavía tenía la humedad de la noche que hacía que los pasos sobre las hojas fueran más silenciosos que de costumbre.
Llegaron al claro.
Se detuvieron en el borde con las espadas en la mano y miraron hacia el otro lado, hacia los árboles que estaban más allá del límite que habían mantenido durante tres años de tardes en ese lugar.
— Por ahí — dijo Seris, señalando hacia el noreste donde los árboles eran más espaciados y la visibilidad era mejor — los árboles juntos limitan el campo de visión.
Si algo viene desde los costados no lo vemos a tiempo.
— De acuerdo — dijo Auren.
Cruzaron el claro y entraron en la zona nueva.
Los primeros doscientos metros fueron decepcionantes.
No en el sentido de que Auren esperara encontrar algo extraordinario en los primeros doscientos metros, sino en el sentido de que el bosque más allá del claro era sorprendentemente parecido al bosque dentro del radio conocido.
Los mismos árboles, la misma densidad de vegetación, el mismo suelo cubierto de hojas y raíces que había que leer con los pies antes de pisarlo.
La única diferencia era que no conocían ese suelo específico, no tenían el mapa mental de cada raíz y cada charco y cada punto donde el terreno cedía levemente, y eso hacía que cada paso fuera un poco más lento y un poco más atento.
Seris iba ligeramente adelante.
No porque fuera más valiente sino porque su manera de procesar el entorno era más útil en situaciones desconocidas, esa capacidad de calcular el mejor escenario que se activaba de manera diferente cuando no había datos previos y tenía que construirlos en tiempo real.
Auren iba detrás y a la derecha, cubriendo el flanco, con la espada baja y los ojos moviéndose entre el suelo y el nivel medio de los árboles donde la mayoría de las criaturas del bosque de Arken que valiera la pena notar solía estar.
— Ahí — dijo Seris en voz baja.
Auren siguió su mirada.
A unos treinta metros, entre dos árboles grandes, había algo moviéndose en el suelo con una lentitud que no era la de un depredador sino la de algo que estaba buscando comida sin preocuparse demasiado por lo que había alrededor.
Un jabalí, mediano, con el pelaje oscuro y la cabeza baja moviéndose en arcos cortos sobre el suelo cubierto de hojas.
No era una criatura mágica.
Era un jabalí común del bosque de Arken que cualquier cazador de la ciudad hubiera identificado sin dudar y que representaba exactamente el nivel de amenaza que uno esperaría de un animal de ese tamaño que no estaba siendo molestado.
— No es lo que buscamos — dijo Auren.
— No — dijo Seris — pero fijate en cómo se mueve.
Está siguiendo un rastro de algo.
Si lo seguimos a él puede llevarnos a algo más interesante.
Auren la miró.
— Eso es buena idea — dijo, con el tono de alguien que reconoce algo sin querer admitir que no lo hubiera pensado solo.
— Lo sé — dijo Seris.
Siguieron al jabalí.
Durante veinte minutos el animal los llevó hacia el norte del bosque por un camino que no era un camino sino la ausencia de obstáculos mayores, moviéndose con esa lógica animal que encontraba siempre la ruta de menor resistencia entre dos puntos.
Auren y Seris lo siguieron a suficiente distancia para no alertarlo, ajustando el paso cuando el jabalí se detenía y acelerando cuando retomaba la marcha.
El bosque fue cambiando.
No drásticamente sino de la misma manera en que habían cambiado las cosas en los primeros doscientos metros, en los detalles.
Los árboles eran levemente más altos, la vegetación del suelo levemente más densa, la luz del amanecer que llegaba entre las ramas levemente más filtrada.
Y el sonido era diferente, no más silencioso sino diferente, con ausencias en lugares donde debería haber habido presencia y presencias en lugares donde el silencio hubiera sido más natural.
Seris lo notó.
Se detuvo.
Auren se detuvo con ella sin preguntar.
El jabalí siguió adelante sin notarlos y desapareció entre los árboles y los dos se quedaron quietos en el punto donde Seris había decidido parar, escuchando el bosque con esa atención que los años de entrenamiento habían desarrollado en ambos aunque de maneras diferentes.
— Hay algo más grande cerca — dijo Seris en voz muy baja.
— ¿Dónde?
— No sé todavía — dijo ella — pero el jabalí no lo huele porque va contra el viento.
Nosotros sí estamos en la dirección correcta.
Auren olfateó el aire.
No olía nada específico que pudiera identificar pero había algo en el aire de ese sector del bosque que era diferente al del sector que habían cruzado, algo húmedo y ligeramente denso que no correspondía a la vegetación sola.
— ¿Nos acercamos?
— dijo.
Seris pensó durante tres segundos exactos, que en ella era suficiente para correr varios escenarios completos.
— Despacio — dijo — y si yo digo que nos vamos, nos vamos.
— Sin discusión — confirmó Auren.
Avanzaron.
Lo encontraron cincuenta metros más adelante, en un claro pequeño formado naturalmente alrededor de un árbol caído que había dejado un espacio abierto entre la vegetación.
Era un lobo, pero no del tipo que uno encontraba en las afueras de cualquier ciudad del reino.
Era más grande, con el pelaje de un gris azulado que no correspondía a ninguna variedad común del bosque de Arken, y los ojos tenían en ellos algo que los ojos de los lobos normales no tenían, una luminosidad tenue que no era reflejo de la luz sino algo que venía de adentro.
Lobo de maná.
Clase E, probablemente, por el tamaño y la luminosidad que era tenue en lugar de intensa.
Una criatura mágica de rango bajo pero mágica al fin, con todo lo que eso implicaba en términos de velocidad y resistencia por encima de un animal común.
El lobo los olió antes de que lo vieran terminar de verlo a él.
Levantó la cabeza del suelo y los miró con esos ojos levemente luminosos y durante un segundo los tres se evaluaron mutuamente con la misma atención.
Luego el lobo cargó.
No con el aullido que hubiera dado un lobo común anunciando el ataque sino en silencio, cubriendo la distancia entre el árbol caído y donde estaban ellos con una velocidad que era considerablemente mayor a la de un lobo sin maná, las patas sobre el suelo del bosque sin hacer casi ruido, la trayectoria directa hacia Auren que era el más adelantado de los dos.
Auren levantó la espada.
Y en el momento en que el lobo llegó al rango de golpe Auren hizo algo que no había planificado sino que salió solo, un paso lateral rápido que sacó su cuerpo de la trayectoria del lobo mientras la espada bajaba en un arco hacia el costado del animal.
No conectó limpiamente.
El lobo era más rápido de lo que había calculado y el arco de la espada llegó al hombro del animal en lugar de al costado, un golpe que lo desvió sin detenerlo, y el lobo pasó entre los dos y se reposicionó al otro lado con una agilidad que hizo que el movimiento pareciera continuo en lugar de interrumpido.
— Derecha — dijo Seris.
Auren fue a la derecha.
El lobo atacó hacia donde había estado Auren y encontró el vacío, y en ese momento de reajuste Seris entró desde el flanco izquierdo con un golpe hacia el cuello del animal que fue más rápido y más preciso de lo que cualquiera de los dos hubiera ejecutado tres meses atrás.
El lobo esquivó hacia abajo.
Pero el golpe de Seris había cambiado su posición y Auren que ya había reposicionado desde la derecha entró con la espada hacia el costado expuesto y esta vez el golpe conectó, no profundo porque las espadas de práctica no eran espadas de verdad y esa era una de las variables que ninguno de los dos había considerado del todo al planear esto, pero suficiente para que el lobo recibiera el impacto y lo registrara.
El lobo retrocedió dos pasos.
Los miró.
Luego hizo algo que ninguno de los dos esperaba.
Se dio vuelta y se fue entre los árboles con la misma velocidad silenciosa con que había llegado, desapareciendo en la vegetación sin mirar atrás, como alguien que acaba de recalcular una situación y llegó a la conclusión de que no valía el costo.
Silencio en el claro pequeño.
Auren y Seris se quedaron quietos con las espadas levantadas durante un momento más, esperando que el lobo volviera.
No volvió.
Bajaron las espadas al mismo tiempo.
— Espadas de madera — dijo Auren.
— Sí — dijo Seris — eso es un problema.
— Necesitamos espadas reales.
— Necesitamos espadas reales — confirmó Seris, con el tono de alguien que está agregando un dato a una lista que ya estaba construyendo mentalmente — y necesitamos practicar la coordinación.
Cuando el lobo reposicionó después de tu primer golpe yo no sabía exactamente dónde ibas a estar.
— Yo tampoco sabía exactamente dónde ibas a estar vos — dijo Auren.
— Eso hay que corregirlo — dijo Seris — si vamos a hacer esto de manera regular necesitamos un sistema.
Palabras clave para la dirección, señales para cuando uno va a atacar y el otro tiene que cubrir.
Auren la miró.
— Ya pensaste todo eso — dijo.
— Empecé a pensarlo cuando el lobo cargó — dijo Seris — pero el concepto general lo tenía antes de salir de la ciudad esta mañana.
— ¿Y no me lo dijiste?
— No lo necesitabas todavía — dijo Seris — ahora sí.
Auren procesó eso con la expresión de alguien que no está del todo seguro de cómo sentirse al respecto pero que en el fondo reconoce que tiene sentido.
— ¿Volvemos?
— dijo.
Seris miró el claro pequeño, el árbol caído, la vegetación alrededor.
Luego miró en la dirección donde el lobo había desaparecido.
— Volvemos — dijo — pero mañana traemos las espadas reales y practicamos el sistema de señales en el claro antes de salir.
— ¿Las espadas reales de dónde?
— dijo Auren.
— Las mías las tengo guardadas desde hace meses — dijo Seris — las tuyas están bajo tu cama desde que la hermana Maren te las dio por tu cumpleaños y decidiste que no las ibas a usar hasta que fueras a la academia.
Auren la miró.
— ¿Cómo sabés dónde están mis espadas?
— Porque vivo en el mismo edificio que vos desde que nacimos — dijo Seris, y empezó a caminar hacia el sur sin agregar nada más.
Auren la siguió.
Volvieron por el mismo camino que habían venido, con el bosque despertando alrededor de ellos a medida que el sol terminaba de instalarse en el cielo de Arken y los sonidos de la mañana reemplazaban los del amanecer, y Auren caminó con esa sensación específica de quien acaba de hacer algo por primera vez y ya está pensando en la segunda vez antes de que la primera haya terminado del todo.
El lobo de maná había sido clase E.
El bosque tenía más niveles.
Y más allá del sector donde lo habían encontrado, en la dirección que ninguno de los dos había explorado todavía, el bosque seguía siendo bosque durante kilómetros antes de que empezara a ser otra cosa.
Tenían tiempo.
Llegaron al orfanato cuando los más chicos estaban empezando a despertarse y el olor del desayuno que habían preparado antes de salir llegaba desde la cocina con esa puntualidad involuntaria que resultó ser perfecta.
La hermana Maren estaba en su escritorio con las cuentas del mes.
No levantó la vista cuando entraron.
— Buenos días — dijo sin mirar.
— Buenos días — dijeron los dos al mismo tiempo.
Pasaron hacia el comedor.
Auren miró a Seris.
Seris no lo miró a él pero algo en la manera en que caminó hacia la cocina sugería que estaba completamente satisfecha con cómo había salido la mañana, lo cual en ella era la versión más expresiva disponible de entusiasmo.
Auren sonrió sin que nadie lo viera.
Mañana las espadas reales.
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