El legado de los caidos - Capítulo 25
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
25: La aparición de un herrero 25: La aparición de un herrero Llevaban dos semanas cazando.
No todos los días porque algunos días el bosque no daba lo que buscaban y volver con las manos vacías era parte del proceso, pero sí suficientes días como para que la bolsa que guardaban bajo la cama de Auren tuviera un peso considerable y una variedad de materiales que ninguno de los dos hubiera sabido valorar con precisión aunque ambos intuían que valían algo.
Pelajes de lobos de maná en tres tamaños distintos.
Los colmillos del jabalí luminoso.
Las garras de una criatura que había resultado ser un gato de sombra, clase D bajo, que habían encontrado en el sector este del bosque noreste y que había sido el combate más difícil hasta ese momento, cuarenta minutos de un rival que se movía entre las sombras de los árboles con una fluidez que hacía que el sistema de señales necesitara una versión completamente nueva para funcionar en condiciones de visibilidad reducida.
Lo habían desarrollado durante el combate mismo, que no era la manera ideal de desarrollar un sistema pero que resultó en algo más sólido que cualquier cosa que hubieran podido diseñar en el claro porque había sido probado en tiempo real contra algo que no perdonaba los errores.
Auren había recibido tres cortes en ese combate.
Ninguno profundo pero los tres suficientemente visibles como para requerir explicación si alguien los veía, y la explicación que habían dado cuando la hermana Maren había preguntado esa tarde, que se habían enganchado con unas ramas durante el entrenamiento en el bosque, había sido recibida con un silencio específico que ninguno de los dos había sabido leer del todo pero que tampoco había derivado en más preguntas.
Por ahora.
Esa mañana salieron hacia el sector sur del bosque, un área que habían dejado para más adelante porque la vegetación era más densa y la visibilidad más limitada, pero que según lo que habían podido observar desde el borde tenía un tipo de criatura que no habían encontrado en los otros sectores, algo que se movía en los árboles en lugar de en el suelo y que por el tamaño de las marcas en la corteza no era pequeño.
Estaban a cien metros de la entrada al sector sur cuando escucharon la voz.
— Buenos días.
Los dos se detuvieron al mismo tiempo y giraron.
El hombre estaba apoyado en el tronco de un árbol a su izquierda con los brazos cruzados y una expresión que no era amenazante sino la de alguien que lleva un rato esperando y que el tiempo transcurrido no le ha generado ninguna incomodidad particular.
Era bajo, más bajo que un humano adulto promedio pero no tan bajo como un enano puro, con los hombros anchos y las manos grandes de alguien que trabaja metal, y en la cara había esa mezcla específica de rasgos que ocurría cuando dos razas que no se parecían en nada producían un resultado que tomaba elementos de las dos sin pertenecer completamente a ninguna.
La mandíbula y la complexión eran de enano, la altura era entre enano y algo más, y los ojos tenían ese tono ligeramente dorado que en los elfos era común y que en él resultaba extraño en el contexto del resto de la cara.
El cabello era blanco.
No el blanco de alguien viejo sino el blanco específico de quien nació con ese color, y había en las líneas de su cara algo que era difícil de leer porque no correspondía a ninguna edad concreta, podía tener cuarenta años o doscientos y la diferencia no era evidente.
Las manos, cuando las separó de los brazos cruzados para apoyarlas en los costados, tenían cicatrices en los nudillos y en los dedos que no eran de combate sino del tipo que deja el trabajo con metal caliente durante mucho tiempo.
— ¿Quién eres?
— dijo Auren, con la mano en la espada pero sin sacarla.
— El herrero de la calle del mercado — dijo el hombre — el que está tres puertas al norte del carnicero Ren.
Probablemente me vieron pasar alguna vez aunque no lo recuerden.
— ¿Qué haces aquí ?
— dijo Seris.
— Lo mismo que ustedes — dijo el hombre — mirar el bosque.
Aunque por razones diferentes.
— ¿Qué razones?
— dijo Seris.
El hombre los miró a los dos con esa expresión que no había cambiado desde que habían girado hacia él, neutral y directa, con algo en ella que era evaluación pero no del tipo que busca una amenaza sino del tipo que está confirmando algo que ya sospechaba.
— Los veo salir hace semanas — dijo — temprano, antes de que la ciudad despierte.
Siempre hacia el bosque.
Siempre con bolsas que salen vacías y vuelven con peso.
— Hizo una pausa.
— Ayer por la tarde vi lo que había en la bolsa cuando se les cayó en la esquina de la muralla.
El pelaje del lobo de maná y los colmillos del jabalí luminoso.
Silencio.
Auren y Seris se miraron un segundo.
— ¿Y?
— dijo Auren.
— Y me parece interesante — dijo el hombre — que dos niños de diez años estén cazando criaturas mágicas en el bosque de Arken antes del amanecer sin que nadie lo sepa.
— No nos importa lo que le parezca interesante — dijo Auren.
— No — dijo el hombre — supongo que no.
Pero les va a importar lo que haga con esa información si decido compartirla con la persona correcta.
Otro silencio.
Este diferente al anterior.
Más pesado.
Seris procesó la situación con esa velocidad que tenía para hacerlo y llegó a la conclusión que Auren también estaba llegando aunque por un camino más emocional y más ruidoso por dentro.
— ¿Qué quiere?
— dijo Seris.
El hombre se separó del árbol y dio dos pasos hacia ellos, no amenazantes sino simplemente acortando la distancia de la conversación a algo más apropiado para lo que venía a continuación.
— Me llamo Riven — dijo — y lo que quiero es un trato.
— ¿Qué tipo de trato?
— dijo Seris.
— Ustedes me traen los materiales de las criaturas que cazan — dijo Riven — todo.
Pelajes, garras, colmillos, huesos, lo que sea que tenga valor.
A cambio yo no le digo nada a quien corresponda sobre lo que hacen todas las mañanas.
— Eso es un chantaje — dijo Auren.
— Es un intercambio — dijo Riven, con el mismo tono de siempre, sin que la palabra chantaje le generara ninguna reacción visible — uno que los beneficia a los dos.
— ¿Cómo nos beneficia a nosotros?
— dijo Auren — usted se queda con los materiales y nosotros nos quedamos con el silencio.
Eso no es un beneficio, es una amenaza.
Riven los miró.
Algo en su cara cambió levemente, no en la expresión sino en algo detrás de la expresión, como alguien que decide revelar una carta que tenía guardada porque el momento lo requiere.
— Los materiales que están juntando — dijo — valen dinero.
Bastante dinero si uno sabe a quién vendérselos y en qué forma.
Pero en bruto, como los están guardando ustedes, valen considerablemente menos de lo que podrían valer.
— Hizo una pausa.
— Yo sé trabajar esos materiales.
Sé lo que puede hacerse con el pelaje de un lobo de maná y con los colmillos de un jabalí luminoso.
Y sé que las garras de un gato de sombra, que según lo que vi en la bolsa también tienen, son uno de los materiales más difíciles de conseguir en este reino.
Seris lo miró.
— ¿Qué puede hacer con esos materiales?
— dijo.
— Armas — dijo Riven — entre otras cosas.
Armas que no se consiguen en ningún puesto del mercado de Arken ni en ninguna herrería que hayan visitado o que vayan a visitar en mucho tiempo.
— ¿Por qué nos importa eso ahora?
— dijo Auren.
— Porque en algún momento va a importarles — dijo Riven, con una certeza en la voz que no era arrogancia sino algo más parecido a la experiencia de alguien que sabe lo que está mirando — y porque si empiezan a traerme los materiales ahora, cuando llegue ese momento yo ya voy a tener suficiente acumulado para hacer lo que necesiten que haga.
Silencio.
Auren miró a Seris.
Seris miraba a Riven con esa concentración que tenía cuando estaba leyendo algo que no estaba completamente en la superficie, buscando las variables que no habían aparecido todavía en la conversación y que siempre existían.
— ¿Por qué le interesa esto?
— dijo Seris — si puede trabajar esos materiales y sabe lo que valen, ¿por qué necesita que seamos nosotros los que los cazamos?
Puede conseguirlos de otra manera.
Riven la miró.
Y por primera vez desde que había aparecido apoyado en el árbol algo en su cara cambió de manera más visible, no una sonrisa exactamente sino el gesto de alguien que acaba de encontrar lo que estaba buscando en una conversación.
— Porque los materiales que ustedes están trayendo — dijo — no son los que consigo de otra manera.
La calidad de lo que caza alguien que pelea de verdad contra la criatura es diferente a la calidad de lo que recojo de algo que ya está muerto cuando llego.
Y porque — hizo una pausa — me interesa ver hasta dónde llegan.
— ¿Por qué le interesaría eso?
— dijo Auren.
— Eso — dijo Riven — es asunto mio.
Silencio.
Auren miró la bolsa que llevaba cruzada en la espalda y pensó en el peso que tenía adentro y en lo que ese peso representaba en términos de lo que habían hecho en las últimas semanas y en lo que ese hombre acababa de decir sobre lo que podía hacerse con eso.
Luego miró a Seris.
Seris asintió una vez, tan levemente que si Riven lo vio no lo demostró.
— Los materiales son suyos — dijo Auren — a cambio de que no diga nada.
— okey — confirmó Riven y sonrió.
— Y si en algún momento lo que dijo sobre las armas resulta relevante — dijo Seris — lo discutimos en ese momento.
Riven los miró a los dos.
— De acuerdo — dijo.
Auren se sacó la bolsa de la espalda y se la extendió.
Riven la tomó sin abrirla, la sopesó una vez con la mano y asintió levemente con la cabeza con la expresión de alguien que está confirmando algo que calculó bien.
— Mañana — dijo Riven — y todos los días que traigan algo.
Me dejan la bolsa en la puerta de la herrería antes de entrar a la ciudad.
No hace falta que me vean.
— De acuerdo — dijo Seris.
Riven guardó la bolsa bajo el brazo y empezó a caminar hacia el borde del bosque con el mismo paso tranquilo con que debía caminar siempre, sin apuro, sin mirar atrás, como alguien que acaba de cerrar un negocio que le parece razonable y que ahora tiene otras cosas en las que pensar.
Auren lo miró hasta que desapareció entre los árboles.
— No me gusta — dijo.
— No tiene que gustarte — dijo Seris — tiene que ser útil.
— ¿Y es útil?
Seris miró el punto donde Riven había desaparecido.
— Todavía no lo sé — dijo — pero sé que sabe más de lo que dijo y que lo que dijo sobre los materiales es verdad.
Un herrero común no reconoce las garras de un gato de sombra a simple vista.
— ¿Qué significa eso?
— Significa que no es un herrero común — dijo Seris — y que por ahora eso es todo lo que necesitamos saber.
Auren procesó eso.
Luego miró hacia el sector sur del bosque, la vegetación densa, las marcas en la corteza de los árboles que habían venido a investigar esa mañana.
— ¿Seguimos?
— dijo.
— Si — confirmo Seris — pero sin la bolsa.
Auren miró su espalda donde la bolsa ya no estaba.
— Mañana traemos otra — dijo.
— Mañana traeremos otra mas grande — confirmó Seris, y empezaron a caminar hacia el sector sur con el bosque de Arken abriéndose delante de ellos como siempre, indiferente y lleno de cosas que todavía no habían encontrado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com