El legado de los caidos - Capítulo 4
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
4: El comienzo de la supervivencia 4: El comienzo de la supervivencia En Drakmor no había mañanas tranquilas.
Había mañanas en que las cosas que querían matarte todavía no te habían encontrado y eso era suficiente para empezar el día.
Zael lo había aprendido antes de aprender a hablar.
No como una lección sentada frente a alguien que explicaba, sino de la manera en que se aprenden las cosas importantes, viviéndolas, con el cuerpo, con el miedo primero y con la calma después cuando el miedo ya no alcanzaba para seguir siendo útil.
Se despertó antes del amanecer como siempre, en el interior de la cueva que Durg había acondicionado años atrás con una meticulosidad que contrastaba con todo lo que rodeaba ese lugar.
El suelo estaba cubierto de pieles apiladas que formaban una cama baja y firme, las paredes tenían antorchas en soportes de piedra tallados a mano, y en el fondo había una zona de almacenamiento donde Durg guardaba todo con un orden que nadie hubiera esperado de un ogro que vivía solo en el bosque de Drakmor.
Cada cosa en su lugar.
Cada cosa con un propósito.
Zael se sentó en la cama y escuchó.
Era lo primero que hacía cada mañana.
Escuchar.
Durg se lo había enseñado cuando tenía tres años, antes de salir siempre se escucha, el bosque habla si uno sabe callarse, y Zael había descubierto que era verdad.
Los sonidos del bosque de Drakmor tenían un patrón y cuando ese patrón se rompía significaba algo.
Un depredador cerca.
Una tormenta formándose en las nubes pesadas de arriba.
Criaturas moviéndose en grupo, lo cual casi siempre era peor que un depredador solo.
Esa mañana el patrón estaba intacto.
El vapor de las grietas, el viento entre la vegetación retorcida, algo pequeño moviéndose entre los hongos luminosos a unos veinte metros de la entrada.
Normal.
Se levantó.
Durg ya estaba despierto, como siempre.
Sentado cerca de la entrada de la cueva en una piedra plana que con los años había tomado la forma exacta de su peso, con un trozo de cuero en las manos que estaba cosiendo con una aguja de hueso y una concentración total.
Era enorme, como todos los ogros, la cabeza casi rozando el techo de la cueva cuando estaba de pie, la piel de un verde grisáceo oscuro cubierta de cicatrices que contaban una historia larga que Zael conocía en partes.
Manos del tamaño de la cabeza de Zael, dedos gruesos que sin embargo manejaban la aguja de hueso con una precisión que a cualquiera le hubiera costado creer si no lo veía.
— Hay algo en los hongos — dijo Zael.
— Lo sé — respondió Durg sin levantar la vista del cuero — lleva un rato.
Es pequeño.
— ¿Salimos?
Durg terminó el punto que estaba dando antes de responder.
— Después de comer.
Zael asintió y fue hacia el fondo de la cueva donde quedaban restos de la caza de la noche anterior, carne seca que Durg preparaba con una mezcla de hierbas que crecían en los bordes de las grietas y que al principio Zael había odiado y con el tiempo había dejado de notar.
Comió de pie, rápido, mirando la entrada de la cueva y el trozo de bosque que se veía desde adentro, la luz enfermiza de los hongos mezclándose con el gris perpetuo del cielo de Drakmor.
— Hoy practicamos distancia — dijo Durg.
— Ya sé disparar.
— Disparar no es lo mismo que cazar.
Hoy practicamos distancia.
Zael no discutió.
Había aprendido pronto que con Durg había dos tipos de conversaciones, las que admitían ida y vuelta y las que no, y la diferencia entre las dos era algo en el tono que ya reconocía sin esfuerzo.
Salieron cuando el cielo estaba en ese punto intermedio entre la noche y el día que en Drakmor era lo más parecido a un amanecer que existía, una claridad difusa y gris que llegaba sin calidez y sin dirección clara.
El bosque a esa hora tenía sus propios sonidos, distintos a los de la noche plena pero no necesariamente más tranquilos.
Zael cargaba el arco cruzado en la espalda y las dos dagas en el cinturón, una a cada lado.
El arco era más chico que uno adulto, Durg lo había construido específicamente para el tamaño de sus brazos y la fuerza de sus manos, y las dagas eran de metal real, no de madera como las espadas del orfanato de Arken que Zael no conocía, porque Durg consideraba que enseñar con herramientas falsas generaba reflejos falsos.
El bosque los recibió con su indiferencia habitual.
Avanzaron en silencio, Durg adelante abriendo paso entre la vegetación con la facilidad de alguien que conoce cada árbol por nombre, Zael detrás pisando exactamente donde Durg pisaba, otro hábito temprano.
En Drakmor el suelo no siempre era lo que parecía, había zonas donde la roca volcánica cedía sin aviso sobre cavidades vacías y zonas donde la vegetación cubría charcos de líquido que quemaba.
Pisar donde pisaba Durg no era cobardía, era inteligencia, y Durg se lo había dejado claro desde el principio.
Se detuvieron en un claro natural formado por la ausencia de hongos, un círculo de tierra negra y dura rodeado de vegetación que lo enmarcaba como una arena improvisada.
Durg usaba ese lugar para enseñar desde que Zael podía recordar.
— Ahí — dijo Durg, y señaló hacia los árboles del borde opuesto.
Zael miró.
Tardó un segundo en encontrarlo.
Una silueta entre las ramas, inmóvil, a unos treinta metros.
Un ave grande, de las que anidaban en los hongos gigantes y que tenían la carne más densa y nutritiva de todo lo que se podía cazar en esa zona del bosque.
Estaba quieta, mirando hacia otro lado.
Treinta metros era mucho para un niño de siete años.
Zael no lo pensó como un problema.
Lo pensó como una distancia con variables.
Viento, casi nada esa mañana.
Ángulo, ligeramente hacia arriba.
El ave orientada de perfil, blanco lateral.
Sacó el arco.
Puso la flecha.
Respiró una vez.
Durg no dijo nada.
Nunca decía nada durante el disparo.
Zael soltó.
La flecha cruzó el claro con un sonido limpio y golpeó el tronco a diez centímetros del ave, que salió volando con un escándalo de alas que levantó algo más pequeño de entre los hongos cercanos que también salió disparado en dirección opuesta.
Silencio.
Zael bajó el arco.
Miró el tronco.
Miró a Durg.
Durg lo miró de vuelta con esa cara que tenía, que no era cara de decepción sino cara de información.
— Diez centímetros — dijo.
— Lo sé.
— ¿Qué falló?
Zael pensó un segundo.
— El ángulo.
Lo calculé para tiro plano y había inclinación.
Durg asintió una vez.
— De nuevo.
Practicaron durante dos horas.
El cielo sobre Drakmor fue cambiando de gris claro a gris oscuro conforme las nubes de siempre se reorganizaban en las alturas, ese movimiento lento y pesado que a veces terminaba en tormenta y a veces solo en presión, como si el cielo amenazara sin cumplir solo para recordarle a todo lo que vivía debajo que podía hacerlo cuando quisiera.
En la séptima flecha Zael acertó.
No al centro pero sí al blanco, un trozo de corteza que Durg había marcado con una piedra afilada en el tronco de uno de los árboles del borde.
La flecha entró limpia y se quedó ahí vibrando.
No festejó.
Durg tampoco.
Esa era otra de las reglas no escritas del claro, acertar era el objetivo mínimo, no el logro máximo, y celebrar el mínimo era perder el tiempo que podía usarse en alcanzar más.
Pero cuando recogieron las flechas y empezaron a volver hacia la cueva, Durg puso una mano en su cabeza al pasar a su lado.
Un gesto breve, pesado y suave al mismo tiempo, la mano enorme descansando un segundo sobre el cabello oscuro de Zael antes de retirarse.
No dijeron nada.
No hacía falta.
A mediodía cazaron.
No el ave grande que se había escapado sino dos presas menores que Durg encontró siguiendo un rastro que Zael no hubiera visto solo.
Las trajeron de vuelta a la cueva y Durg las preparó mientras Zael limpiaba las dagas con un trapo de cuero, un hábito que Durg le había instalado desde el principio, las herramientas se cuidan antes de guardarse, siempre.
— Durg — dijo Zael sin levantar la vista de la daga.
— Mmm.
— ¿Por qué no podemos ir a la ciudad?
El silencio que siguió no fue el silencio de alguien que no quiere responder.
Fue el de alguien que está eligiendo cómo hacerlo.
— Porque en la ciudad no somos bienvenidos — dijo Durg finalmente.
— ¿Por qué?
Durg siguió trabajando con las presas, los movimientos lentos y precisos, sin apuro.
— Porque soy un ogro — dijo — y a los ogros no nos quieren cerca.
Zael pasó el trapo por el filo de la daga una vez más.
— Eso no es justo.
— No — dijo Durg — no lo es.
— ¿Y no podría ir yo solo?
Yo no soy un ogro.
Durg lo miró entonces, esa mirada larga que a veces tenía cuando Zael decía algo que tocaba algo que Durg no mostraba seguido.
— Eres diferente — dijo — y los que son diferentes tampoco la tienen fácil.
Zael no respondió.
Siguió limpiando la daga aunque ya estaba limpia, pasando el trapo una y otra vez sobre el metal, mirando su propio reflejo distorsionado en el filo.
Afuera el bosque de Drakmor seguía siendo lo que siempre era.
Ruidoso, oscuro, indiferente.
Las nubes sobre el cielo se habían oscurecido un poco más y en algún lugar lejano algo grande se movía entre los árboles con pasos que hacían vibrar el suelo apenas, lo suficiente para sentirlo en las plantas de los pies si uno estaba quieto y prestaba atención.
Zael lo sintió y guardó la daga.
— ¿Qué es?
— preguntó.
Durg ya estaba de pie.
— Algo que no debería estar tan cerca — dijo, y su voz tenía ese tono.
El tono que no era de los que admitían ida y vuelta.
— Quédate adentro.
— Puedo ayudar.
— Zael.
Se miraron.
Zael conocía esa mirada también.
Era la mirada que decía que la discusión ya había terminado antes de empezar y que lo que venía después dependía de si él elegía ser inteligente o no.
Se quedó adentro.
Escuchó a Durg salir, los pasos pesados alejándose entre la vegetación, y luego el bosque cerrándose sobre ese sonido hasta que no quedó nada.
Solo las antorchas de la cueva y el reflejo de las llamas en las paredes de piedra y los pasos lejanos de algo grande que se acercaba desde el norte.
Zael puso la mano en la daga.
Esperó.
Afuera Durg enfrentó lo que fuera que venía con la misma calma con que hacía todo, sin ruido, sin alardes, sin pedir ayuda que no iba a llegar de todas formas.
Hubo un golpe, un sonido de vegetación aplastada, un silencio corto y tenso.
Luego pasos de vuelta.
Durg entró a la cueva con una marca nueva en el antebrazo izquierdo, no profunda pero sí larga, que ya estaba limpiando con el mismo trapo de cuero que Zael había usado para las dagas.
— ¿Qué era?
— preguntó Zael.
— Un jabalí de grieta.
Joven pero grande.
— ¿Estás bien?
Durg miró el brazo, luego lo miró a él.
— Estoy bien — dijo, y volvió a las presas como si nada hubiera pasado.
Zael lo observó un momento.
La marca en el antebrazo, los movimientos tranquilos, la manera en que Durg ocupaba el espacio de la cueva como si el espacio fuera suyo no por tamaño sino por derecho propio.
Había criaturas en Drakmor que Durg no podía enfrentar solo y los dos lo sabían.
Había noches en que los sonidos del bosque eran de un tipo que hacía que Durg cerrara la entrada de la cueva con la roca grande y no saliera hasta el amanecer.
Había un equilibrio frágil entre lo que eran y lo que los rodeaba, un equilibrio que se mantenía con inteligencia y con cuidado y con la consciencia clara de los propios límites.
Se habían acostumbrado a ese ritmo.
Las mañanas de práctica, la caza, el silencio compartido que no necesitaba llenarse con palabras.
Y los gestos pequeños, una mano pesada descansando un segundo sobre su cabeza, que decían más de lo que parecían.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com