El Maldito Instructor de la Academia de Magia - Capítulo 117
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117: Luna Roja [3] 117: Luna Roja [3] A pesar de todo lo que sabía sobre este mundo —su historia, su futuro y las innumerables figuras importantes que lo habitaban—, había una verdad que no podía comprender.
Vanitas Astrea.
Nada sobre él estaba claro.
Un hecho apuntaba en una dirección, otro lo contradecía por completo.
—Uf…
Me agarré la cabeza.
Mi vida habría sido mucho más fácil si tuviera todos sus recuerdos.
Una cosa era segura.
Sus acciones no eran tan simples como pensé en un principio.
El maltrato a su hermana, el sufrimiento que causó a quienes lo rodeaban… tenía que haber algo más.
Siempre había estado abierto a diferentes perspectivas, sabiendo que toda historia tenía varias caras.
Sin embargo, en lo que respecta a Vanitas Astrea, lo había juzgado con dureza sin comprenderlo de verdad.
Quizás necesitaba reconsiderarlo.
Si de verdad quería descubrir la verdad, tenía que aceptar la posibilidad —por mucho que la odiara— de que pudiera haber alguna justificación para sus actos.
Aun así, no había una respuesta clara.
Charlotte veía a su hermano como un ser despreciable, y no podía culparla por ello.
¿Pero el propio Vanitas?
Su personaje era mucho más complejo de lo que le había atribuido.
…
Una cosa sabía con certeza.
Puede que el diario hubiera sido una invención.
Y al igual que yo… Vanitas Astrea había sido víctima de maltrato.
Una solución sencilla habría sido preguntarle a Charlotte, aunque no me gustaba la idea de obligarla a revivir su trauma.
Pero ahora que lo pensaba, ella tampoco tendría una respuesta definitiva.
Parecía como si la hubieran mantenido al margen desde el principio.
…
No, no era solo ella.
Era como si a mí también me estuvieran manteniendo al margen.
—El comandante lo ha llamado.
Giré la cabeza hacia un lado.
Clevius estaba allí, con su habitual mirada de desprecio fija en mí.
…
No me importó.
Sin decir palabra, pasé a su lado, dejándolo allí de pie y con los brazos cruzados.
Con algunas personas sencillamente no se puede razonar, por mucho que me esfuerce.
No era tan ingenuo como para intentar ganarme el favor de todo el mundo.
Esa era la realidad que había llegado a aceptar como Vanitas Astrea.
* * *
—Sabes, Charlotte —dijo Casandra mientras Charlotte dejaba su bandeja—.
¿Por qué siempre coges tanta comida pero nunca te la terminas?
—¿Ah?
—Charlotte se ajustó la falda antes de sentarse—.
Supongo que intento abrir el apetito.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Charlotte bajó la mano derecha por debajo de la mesa, ocultando la leve cicatriz de su nudillo.
Había aparecido de repente cuando era más joven.
Quizá fuera una marca dejada por sus hábitos alimenticios.
Vanitas siempre le había dicho que estaba demasiado delgada para su edad y la instaba a comer más.
Aunque ella siempre insistía en que comía lo suficiente.
Aun así, ahora estaba mejor que antes.
Al menos ya no sentía la necesidad de provocarse arcadas.
—He oído que el profesor fue desplegado para los preparativos de la Luna Roja.
¿Sabes cuándo volverá?
—preguntó Casandra.
—No sé los detalles.
Últimamente llega a casa tarde todos los días.
Y cuando lo hace, se va directo a dormir y se levanta temprano para irse de nuevo.
—Ah.
Espero que no se exija demasiado.
—Sí.
Charlotte apenas tenía ocasión de despedirlo.
Cada vez que volvía a casa, Vanitas ya se había ido.
Cuando se quedaba despierta para recibirlo, intercambiaba unas pocas palabras con ella antes de desaparecer para irse a la cama.
No, decir que se iba a la cama era una exageración.
Nunca lo hacía.
Se iba directo a su despacho y Charlotte no lo molestaba, solo para encontrarlo más tarde dormido en su escritorio.
Luego, para cuando se despertaba a la mañana siguiente, él ya se había ido.
Ñam.
Ñam.
Sabía que era un adicto al trabajo.
El antiguo Vanitas había sido así, y el nuevo no era diferente.
Pero últimamente, parecía estar esforzándose aún más.
—Sinceramente, debería tomarse un descanso.
Los otros profesores ya han vuelto.
No sé por qué él no —dijo Charlotte.
—Entonces, dejad que os diga algo.
Una voz repentina interrumpió.
Cierta rubia se ajustó la falda y se sentó junto a Charlotte, que estaba a medio bocado.
—Ah, Astrid —la saludó Charlotte.
—Oh, hola, Astrid —añadió Casandra.
—Sí, saludos, señoritas.
—Astrid les dedicó un pequeño asentimiento antes de mirar a Charlotte.
—¿Decirnos qué, exactamente?
—preguntó Charlotte.
Astrid se aclaró la garganta.
—Lo oí en el Instituto.
El profesor no volverá pronto.
—¿Qué quieres decir?
—frunció el ceño Charlotte.
—La Luna Roja.
—Astrid se inclinó ligeramente—.
Va a unirse al operativo de contención.
* * *
—¡Formación!
¡Mantened!
¡Cargad!
La orden resonó por el campo de entrenamiento mientras los caballeros avanzaban en perfecta sincronía.
Escudos trabados, lanzas al frente y pasos alineados para mantener la cohesión.
Los caballeros de primera línea absorbieron el impacto mientras sus oponentes de entrenamiento chocaban contra ellos.
¡Clang!
¡Clang!
Mientras tanto, en un rincón del campo de entrenamiento, varios caballeros participaban en combates de entrenamiento uno contra uno.
—¡Levantad los pies!
Las espadas chocaron, y el sonido del metal contra el metal resonó en el aire mientras intercambiaban golpes.
Arriba, Vanitas estaba apoyado en la barandilla, examinando el campo de entrenamiento.
—Todos están intentando adoptar la estrategia de maniobra que implementaste —dijo Margaret a su lado.
—¿Y?
—Todavía están agarrotados.
Entienden la teoría, pero les falta ejecución.
Vanitas musitó pensativo.
Era de esperar.
Aplicar la teoría al combate real nunca era instantáneo.
Abajo, los caballeros intentaban cambiar sin problemas entre posiciones ofensivas y defensivas mientras mantenían la formación.
Sin embargo, su juego de pies estaba descoordinado y su sincronización era mala.
—¿Ah, sí?
—sonrió Vanitas con suficiencia.
La estrategia que Vanitas implementó priorizaba el movimiento, el posicionamiento y las transiciones fluidas entre roles.
Cada caballero tenía que anticipar las acciones de su aliado mientras ajustaba las suyas propias.
Era algo que requería no solo habilidad, sino también confianza e instinto.
Con caballeros entrenados bajo diferentes doctrinas y trasfondos, para ellos, el problema no era la fuerza o el entrenamiento.
Era la sincronización.
…
Vanitas miró de reojo a Margaret.
Los recuerdos que había visto aún perduraban en su mente.
No sabía que Vanitas Astrea y Margaret se habían conocido de niños.
Las palabras de Vanir Astrea resonaban en sus pensamientos.
—¡¿Por qué salvaste a la Princesa de Illenia?!
Conocía el pasado de Margaret, pero descubrir que fue Vanitas Astrea quien la salvó ese día fue inesperado.
Más que eso, el verdadero enigma era el propio Vanir Astrea.
—Por tu imprudencia, el plan casi se vino abajo.
Nunca debí haberte traído conmigo.
¿Plan?
¿Qué plan?
Por el tono y la forma de expresarse, casi sonaba como si Vanir Astrea hubiera querido muerta a Margaret Illenia.
…
Si eso fuera cierto, ¿entonces Vanir Astrea tuvo algo que ver en el ataque de los demonios de aquel día?
¿Era Margaret el objetivo?
No.
Si ese fuera el caso, se habría asegurado de su muerte cuando ella y su padre emigraron a Aetherion.
Entonces… ¿el verdadero objetivo era su madre?
—¿Sí?
¿Tienes algo que decir?
—Margaret ladeó la cabeza, sacándolo de sus pensamientos.
—Ah.
No se había dado cuenta de que llevaba un rato mirándola fijamente.
—Princesa Illenia —dijo él.
…
Los ojos de Margaret se abrieron como platos, sus labios se entreabrieron ligeramente por la sorpresa.
La afirmación parecía haberla dejado realmente desconcertada.
—…
Hacía mucho que no oía eso.
—¿Cómo has estado todo este tiempo?
—preguntó Vanitas.
Margaret bajó la mirada, apoyando los brazos en la barandilla mientras se inclinaba ligeramente hacia delante.
Vanitas esperó su respuesta.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
No ha pasado ni un mes desde la última vez que nos vimos —dijo ella.
—No le estoy hablando a la caballero Margaret Illenia —aclaró Vanitas—.
Le estoy preguntando a la princesa, Margaret Illenia.
—Ah…
Margaret dudó un momento antes de responder.
—Es una forma extraña de decirlo.
Pero he estado bien.
Hay dificultades, pero me las apaño.
—Ya veo.
—Sabes, Vanitas, últimamente has estado lleno de sorpresas.
Me hace sentir un poco de envidia.
—¿Envidia?
¿De qué?
—De todos los de nuestra promoción, parece que eres al que mejor le va después de la graduación —dijo ella.
…
Vanitas no respondió de inmediato.
Eso no era exactamente cierto.
Teniendo en cuenta todo lo que sabía sobre la vida de Vanitas Astrea después de la graduación, las cosas distaban mucho de ser ideales.
—Tú también, sin embargo —dijo él—.
Los Caballeros de Illenia.
Felicidades.
Margaret se rio entre dientes.
—Ah, gracias.
Aunque no diría que nos vaya tan bien como a ti.
Vanitas negó con la cabeza.
—Crear una Orden desde cero no es poca cosa.
Deberías darte más mérito.
Margaret lo miró un momento antes de exhalar.
—Quizá.
Pero todavía siento que queda un largo camino por recorrer.
Quizás, para ella, los Caballeros de Illenia eran solo el principio.
El silencio se instaló entre ellos, roto solo por el sonido de los gruñidos y el chocar de metales del campo de entrenamiento de abajo.
Entonces, Vanitas habló.
—Margaret.
—¿Sí?
—¿Sigues en contacto con ellos?
La expresión de Margaret se tornó seria.
—¿Ellos?
—Los de aquel día.
—Tienen nombre, Vanitas.
—Sí.
Margaret lo estudió un momento antes de suspirar.
—Con algunos de ellos, sí.
No con todos.
—¿Todavía guardan resentimiento?
—preguntó Vanitas.
—Esa es una pregunta complicada.
Algunos sí.
Otros siguieron adelante.
Y unos pocos… nunca tuvieron la oportunidad.
—Me lo imaginaba.
Vanitas se apoyó en la barandilla, sus dedos tamborileando ligeramente contra la madera mientras otro silencio se apoderaba del ambiente.
Entonces, en voz baja, Margaret habló.
—¿Por qué lo preguntas?
—¿Es posible la reconciliación?
…
Las cejas de Margaret se alzaron ligeramente.
Ya había visto esa expresión antes.
La misma mirada melancólica que siempre ponía cuando creía que nadie lo veía.
La misma expresión que ella había visto en su propio reflejo después de la muerte de su madre.
La mirada de alguien herido, que anhela, que busca algo que está justo fuera de su alcance.
Una mirada que solo podría describirse como una mezcla de autocompasión y arrepentimiento.
Margaret exhaló.
—No lo sé.
Culparte por completo es injusto, sí.
Pero la gente no cambia su percepción tan fácilmente.
Dudó antes de continuar.
—Si de verdad quieres, sigo en contacto con tres de ellos.
Está Nicolas…
—No, con él no —la interrumpió Vanitas de inmediato.
Margaret hizo una pausa pero no comentó nada.
En su lugar, continuó.
—Está Merilda.
Ha sentado cabeza y se ha casado con un caballero.
Y luego está Allen.
Trabaja como contable en una empresa.
—Ya veo.
Para empezar, Vanitas no tenía intención de buscar el perdón.
La reconciliación y el perdón no eran lo mismo.
Los pecados cometidos no eran suyos, sino del Vanitas original.
Y se negaba a rebajarse y pedir la absolución por algo que no había hecho, a menos que fuera realmente necesario.
—Parece que les va bien —dijo él.
—Sí.
A su manera, han superado sus heridas.
—¿Y tú?
—preguntó él—.
Te lo volveré a preguntar.
¿Me has odiado alguna vez?
—No.
—Margaret negó con la cabeza—.
No creo que pudiera odiarte nunca.
—¿Pero por qué?
—frunció el ceño—.
¿Por qué confiarías ciegamente en un hombre rodeado de tantas señales de alarma?
La forma de pensar de Margaret era un misterio para él.
Si sus posiciones se invirtieran.
Si las acciones de alguien le hubieran llevado a perderse algo tan crucial como el funeral de Charlotte, sabía que les guardaría rencor de por vida, fuera intencionado o no.
Margaret exhaló, apoyándose en la barandilla.
—Porque no creo en juzgar a una persona por lo peor que ha hecho.
Especialmente cuando no conozco la historia completa.
—Mmm.
Era casi la misma respuesta que le había dado antes.
Margaret se volvió hacia él.
—¿Te preocupa que te odie?
¿Es por eso que lo has preguntado de nuevo?
Vanitas permaneció en silencio y se dio la vuelta.
—Espero que tu ideología se mantenga firme a pesar de todos los obstáculos que te pongan —murmuró.
Confiar ciegamente en alguien que ni siquiera podía confiar en los demás era hipócrita.
Sin embargo, Vanitas había visto de primera mano lo resistentes que eran las personas a los hechos y verdades que intentaba compartir.
Incluso cuando se les entregaba el conocimiento en bandeja de plata, se negaban a creer.
Tampoco podía culparlos.
Aun así, si alguien pudiera aferrarse a la fe a pesar de todas las contradicciones…
«El verdadero final podría ser posible».
* * *
No tardó mucho.
Todos los caballeros y magos se reunieron en lo alto de la muralla.
La luna estaba alta, un pálido resplandor que contrastaba con el cielo negro.
El aire era frío y el silencio se apoderó de todo, roto solo por el susurro de las hojas carmesí contra la brisa.
…
Pero no eran solo los árboles los que se teñían lentamente de carmesí en la estación de otoño.
—Ya está aquí.
El silencio se alargó.
Demasiado.
Algunos contenían la respiración.
Otros se quedaron helados.
Las manos se aferraban a las empuñaduras.
Los pergaminos mágicos temblaban en apretados puños.
Los caballos se inquietaron, sus cascos arañando la piedra.
—Eso es…
Las voces se superponían, solapándose en tonos de inquietud.
Las miradas iban y venían entre el cielo y las siluetas en la distancia.
La oscuridad ya no estaba vacía.
Se movía.
—…
Nunca podré acostumbrarme a ver eso.
Les devolvía la mirada.
…
Vanitas se quedó quieto con los brazos cruzados.
Su papel no estaba en el frente, sino como comandante.
No, un general.
—¡Todos, mirad arriba!
La luna.
…
Estaba sangrando.
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