El Maldito Instructor de la Academia de Magia - Capítulo 200
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200: Charlotte Astrea [1] 200: Charlotte Astrea [1] La disociación era un síntoma evidente.
Después de estar atrapado en realidades alternativas durante tanto tiempo, hasta a alguien como Vanitas le costaba asentarse por completo, creer de verdad que esta era su realidad.
—¿Charlotte ha desaparecido, eh?
—murmuró las palabras distraídamente.
Era difícil.
Tanto que, sin darse cuenta, su mano había alcanzado el revólver.
Clic…
Y ahora, el frío cañón estaba presionado contra su frente.
Como si, en el fondo, esperara que apretar el gatillo trajera de vuelta el bucle.
—¡V-Vanitas, qué estás haciendo!
—gritó Margaret.
—¡Señor Astrea!
—exclamó Evan, corriendo hacia él.
Tras apartar el revólver de su sien, ya fuera por voluntad propia o porque Margaret y Evan lo detuvieron, Vanitas se puso en pie.
No dijo ni una palabra.
Con paso pesado, salió de su habitación.
—Puede que todo el mundo esté durmiendo, pero no me importa.
Preparaos para partir.
Evan vaciló.
—¿Pero las carreteras están…
—Despierta a los caballeros.
Nos vamos en una hora.
Margaret lo siguió rápidamente.
—¿Vanitas, estás en condiciones de viajar?
—No —murmuró—.
Pero estaré en peores condiciones si me quedo.
Se puso a su altura y le habló en voz baja.
—¿No estás pensando con claridad?
Acabas de intentar…
—Cuestión de costumbre.
Margaret parpadeó.
—¿A qué te…
—No te preocupes por eso.
….
El silencio se alargó entre ellos.
Margaret parecía querer decir más, pero vaciló.
Vanitas tenía una idea de lo que estaba a punto de sacar a colación.
—Dos años —dijo él.
—¿S-sí?
—Si tus sentimientos siguen siendo los mismos dentro de dos años… —se giró para mirarla—.
Me casaré contigo.
….
Margaret dejó de caminar y sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa.
Luego, lentamente, asintió con la cabeza, una suave sonrisa floreciendo en sus labios.
Se llevó una mano al pecho, presionando suavemente el lugar donde su corazón se negaba a dejar de temblar.
Aunque Vanitas no la amara ahora, aunque su corazón fuera inalcanzable, Margaret no estaba ciega a la verdad.
No le importaba si él aún no le correspondía.
Porque en esos dos años, lo daría todo.
Demostraría su valía.
Haría que la amara, no por lástima ni por obligación, sino porque él llegaría a ver que su corazón solo latía por él.
….
Y se aseguraría de que el suyo hiciera lo mismo.
* * *
—Cálmate, hombre.
—Tsk.
En el carruaje que iba detrás del de Vanitas Astrea, Silas estaba sentado rígidamente, golpeando el suelo con el pie a toda velocidad.
Ezra, sentado frente a él, dejó escapar un suspiro mientras intentaba ofrecer una apariencia de calma.
—¡¿Cómo quieres que me calme?!
Arwen, ella… —Silas apretó los puños, con la voz cada vez más alta.
—El mayordomo dijo que estaba a salvo —le recordó Ezra.
—¡¿Y qué?!
¡Arwen es una mujer vulnerable!
¡Piensa en el desgaste mental que todo esto debe haberle causado!
Y yo… tengo miedo.
Ezra enarcó una ceja.
—¿Miedo de qué?
Silas vaciló.
—… Del profesor.
….
Siguió un largo silencio.
Ninguno de los dos habló.
Desde que Vanitas y el Gran Caballero habían regresado de aquella grieta, algo había cambiado.
El profesor parecía una persona completamente diferente.
Siempre lo habían conocido como un hombre de grandes ambiciones.
Tan motivado que, una vez que se fijaba en algo, nunca se detenía hasta conseguirlo.
Y siempre lo conseguía.
Ahora, sin embargo, sus ojos parecían inquietantemente sin vida.
Como si algo en lo más profundo de su ser hubiera muerto.
Y eso, más que cualquier otra cosa, los aterrorizaba.
—Encontraremos a Charlotte.
—¿De qué estás hablando?
No estoy preocupado por e… —empezó Silas, pero Ezra lo interrumpió de inmediato.
—El hecho de que hayas estado evitando mencionar su nombre lo dice todo.
….
Silas se estremeció, quedándose con la boca abierta un segundo antes de apartar la mirada.
—Te gusta, ¿verdad?
—preguntó Ezra.
—¿Intentas que me maten?
—replicó Silas a la provocación de Ezra, entrecerrando los ojos.
—Quizá.
—Maldito astuto.
Sus zapatos reanudaron su ansioso golpeteo contra el suelo de madera del carruaje.
Fuera, las ruedas del carruaje rodaban por el camino de tierra.
Tras un momento, Ezra volvió a hablar.
—Charlotte es lista, ¿sabes?
Si alguien pudiera salir por su cuenta, es ella.
Pero… aun así, no vamos a dejar esto al azar.
Silas no respondió de inmediato.
Luego, sin mirar a Ezra, murmuró: —Solo espero que no sea demasiado tarde.
Ezra lo miró y, por una vez, no hizo ninguna broma y simplemente asintió.
—Sí.
Yo también.
* * *
Toda la mansión estaba sumida en el caos.
Según Evan, en un momento estaba leyendo un libro en su habitación y, al siguiente, ya había anochecido.
Cuando salió, descubrió que todos los demás habían experimentado el mismo fenómeno, como si todos se hubieran despertado exactamente al mismo tiempo.
Parte del personal de la casa incluso afirmó haber recuperado la consciencia tirados en el suelo.
Y, sin embargo, a pesar de la extrañeza de todo aquello, todos y cada uno de los relatos coincidían a la perfección.
La mansión era un completo desastre en el momento en que despertaron.
Y la joven dama, que había sido vista por última vez en el salón con Arwen Ainsley, se había desvanecido sin dejar rastro.
—Jajajá…
Vanitas se limitó a reírse de lo absurdo de la situación.
Todos los miembros del personal de la casa que se habían reunido, todos los caballeros que habían prestado declaración, los que los habían seguido desde la mansión hasta Axenburg, incluso Margaret, Silas y Ezra, se giraron hacia el profesor.
….
….
….
Se reía histéricamente.
Como un hombre que hubiera perdido la cabeza.
No costó mucho atar cabos.
Desde la perspectiva de un extraño, era el crimen perfecto.
Incluso las mentes más agudas habrían tenido dificultades para encontrar una sola pista.
Pero para Vanitas, alguien que había jugado a este juego un número incontable de veces, incluso si no podía convencerse del todo de que este mundo no era real, incluso después de soportar bucle tras bucle, todavía había detalles que podía recordar.
Y, más que nada, solo hizo falta una única búsqueda con sus gafas.
En términos más sencillos, Vanitas supo exactamente quién estaba detrás de todo solo con escuchar sus relatos.
Las pruebas concluyentes eran harina de otro costal, pero en ese momento, no estaba en su sano juicio para eso.
—Profesor, ¿a dónde va?
—gritó Silas cuando Vanitas se dio la vuelta para marcharse de la mansión sin decir palabra.
—A limpiar el desastre que he provocado —replicó él secamente.
—Sabe algo, ¿verdad?
Díganoslo.
Le ayudare…
—No es alguien con quien tú, Ezra o cualquiera de los caballeros podáis lidiar.
—Entonces, ¿y yo qué?
—intervino Margaret, dando un paso al frente.
Vanitas se detuvo un breve instante antes de bufar y seguir adelante.
—Haz lo que quieras.
Margaret se apresuró a su lado.
Los dos abandonaron la finca y desaparecieron por el camino.
Detrás, Silas apretó los puños con frustración.
Arwen, de pie a su lado, le puso suavemente la mano sobre la suya, calmando su creciente angustia.
—Está bien, Silas.
Sé que quieres serle útil.
Pero… puedo sentirlo.
Sorprendentemente, Vanitas ni siquiera la había interrogado después del incidente.
Por otra parte, no era tan sorprendente.
El profesor siempre había sido amable con Arwen.
Miró en la dirección en la que él se había ido, con los ojos nublados por la preocupación.
—El profesor… su mente está agitada.
Ni siquiera puedo sentir ira en él.
Y eso es lo que es tan aterrador —susurró Arwen—.
Ahora mismo, probablemente no quiera a demasiada gente a su alrededor.
Silas apretó los puños con más fuerza.
—Claro, ¡¿así que se supone que tenemos que esperar aquí?!
—No —replicó Arwen con calma—.
Pero es mucho más seguro que te quedes aquí.
Sea lo que sea que el profesor esté planeando hacer… podrías verte envuelto en ello.
Silas apretó los dientes.
—No soy tan débil, Arwen.
—Claro que lo eres, mi querido hermano.
….
* * *
Si había algún lugar al que ir, Vanitas ya tenía una idea clara.
—¿De verdad crees que es la iglesia?
—preguntó Margaret, medio sorprendida por su destino.
—¿Por qué te sorprende?
—replicó él, con la vista fija al frente—.
Debe de haber habido casos en los bucles en los que la iglesia estaba implicada.
—Sé lo de los herejes que se disfrazan de clérigos, sí, pero… ¿cómo estás tan seguro?
No había ninguna prueba decisiva en la escena del crimen…
—Margaret.
Ella se enderezó.
—¿Sí?
—Todo lo que tienes que hacer es seguirme.
Te he traído para eso.
Harás todo lo que te diga, ¿verdad?
—… Soy tu espada.
En realidad, Vanitas había traído a Margaret como garantía.
Ya había visto uno de sus mayores secretos.
Se diera cuenta o no de todo el alcance, probablemente tenía una idea, pero nunca se había atrevido a mencionarlo.
El hecho de que podía lanzar magia instantáneamente.
Y más allá de eso, Vanitas tenía que admitirlo.
No había nadie más cercano a él ahora que Margaret Illenia.
Habían vivido bucles juntos, confinados en la misma pequeña cabaña.
Para ambos, aquellos días eran imposibles de olvidar aunque lo intentaran.
Para Margaret, fue un capítulo trágico pero sentido de su vida.
Pero para Vanitas, no fue más que una agonía.
Si alguna vez le daba la espalda por alguna estúpida razón, estaba seguro de que la mataría en el acto.
Sin decir una palabra más, los dos entraron en la iglesia.
Como siempre, estaba tenuemente iluminada.
El aire estaba cargado de incienso y el sonido de los cánticos resonaba de fondo.
Los clérigos se movían de un lado a otro, atendiendo a sus rutinas diarias, vestidos con sobrias túnicas mientras pasaban entre los bancos y los altares.
Pero hoy, algo era diferente.
En el centro del altar se erguía un hombre ataviado con túnicas de un blanco y dorado brillantes, que irradiaba una presencia que atraía todas las miradas.
Hileras y más hileras de gente llenaban los bancos, con las cabezas inclinadas en señal de reverencia.
Parecía que se estaba celebrando una santa misa.
La mirada de Vanitas se agudizó.
Reconoció al hombre.
Un clérigo tan vil que podría avergonzar incluso a Rodrigo Borgia.
Pensar que se encontraría con él aquí tan pronto.
—Cardenal Ester, ¿eh?
—murmuró Vanitas para sí.
Vanitas se apoyó en los pilares de piedra con los brazos cruzados, observando la misa en curso.
Pero Vanitas no estaba escuchando el sermón.
Estaba leyendo entre líneas.
A partir del evangelio, del tono de luto y de las expresiones de dolor, rabia y desesperación de los asistentes, ya había empezado a atar cabos.
Algo debió de ocurrir durante el tiempo que él y Margaret estuvieron fuera.
Sus ojos recorrieron los rostros de los bancos.
Madres que aferraban rosarios, padres que temblaban de furia, niños que se abrazaban en silencio.
Algunos incluso tenían quemaduras.
Otros, moratones y miembros vendados.
Y entonces ocurrió.
Una mujer cayó de rodillas y juntó las manos con fuerza mientras gemía.
—¡Ah, Padre!
¡Esta pecadora te lo suplica!
Más gente la siguió, llorando, suplicando piedad, salvación o una razón para sus desafortunadas circunstancias.
—¡Por favor!
¡Por favor, se lo ruego, devuélvanos a nuestros hijos!
Mi hija, mi pequeña, ella… ¡ella no se merecía eso!
—¡Justicia!
Habla de justicia, Cardenal, ¡¿pero dónde estaba hace dos días?!
¡¿Dónde estaba el Señor cuando el Imperio arrasó nuestros hogares?!
—¡Lo llamaron una orden de contención, pero fue una masacre!
—¡La nobleza cree que somos escoria!
¡Ni siquiera somos personas para ellos!
Lamentos resonaron desde todos los rincones de la iglesia mientras las voces se alzaban, maldiciendo a la nobleza, condenando al Emperador que había autorizado la purga.
Vanitas entrecerró los ojos.
Margaret se acercó un poco más a él, visiblemente perturbada por el murmullo de la multitud.
Esto no era una santa misa.
—¿Qué demonios hizo Franz…?
—murmuró Vanitas para sí.
Con la identidad de Vanitas, quedarse aquí sería peligroso.
Los feligreses ya estaban nerviosos.
Un movimiento en falso y toda la congregación podría convertirse en una turba.
—Vanitas, creo que es mejor si nos…
¡Tac…!
Sin embargo, el chasquido de su tacón resonó más fuerte de lo que debería, cortando las palabras de Margaret mientras Vanitas caminaba hacia el pasillo central.
Cuanto más caminaba, más cabezas se giraban.
Incluso el Cardenal y los clérigos que lo atendían parecían atónitos por su abrupta intrusión.
Vanitas se detuvo justo antes del altar.
No hizo ninguna reverencia, ni se arrodilló.
—Ester Bartholomew.
El Cardenal no respondió de inmediato.
Siguió una oleada de murmullos.
La multitud, que ya hervía de odio hacia la nobleza, veía ahora a uno de ellos interrumpir su sagrado duelo.
—Llama a Lance Ableton aquí ahora mismo, maldito sectario de mierda.
La iglesia se sumió en un silencio atónito.
Luego, jadeos.
Luego, murmullos de indignación.
—¡¿Cómo se atreve…?!
—¡Blasfemia!
—¿Acaba de…?
Margaret dio un paso al frente, con la mano aferrando por completo su espada.
Mal asunto.
No había previsto que Vanitas provocara abiertamente al Cardenal de esa manera.
Uno de los clérigos más jóvenes se adelantó, nervioso.
—S-señor, este es un lugar de culto.
Está interrumpiendo…
Vanitas se giró para mirar a la congregación, su fría mirada recorriendo los bancos.
—¿Culto?
—repitió—.
Desdichados desgraciados, os habéis reunido todos aquí simplemente para convertiros en un festín.
Murmullos de confusión se extendieron entre la multitud.
—Un festín —continuó— para este asqueroso hereje que no predica a Dios… sino al diablo en su sotana.
—¡…!
Estallaron jadeos.
Algunos se aferraron a sus rosarios.
Otros miraron a Vanitas con asco, como si él mismo fuera el verdadero hereje.
—Pero, por supuesto, no estoy aquí para convencer a ninguno de vosotros.
Creed lo que queráis.
A mí me da igual.
Su mirada se fijó en el altar.
—Solo traedme a Lance Ableton.
—Señor Vanitas Astrea.
Vanitas se giró lentamente, encontrándose con los ojos del Cardenal Ester, que ahora bajaba del estrado.
—¿Es esto una especie de broma para usted?
—preguntó el Cardenal—.
¿Es la fe un juego del que burlarse?
Levantó la mano hacia la multitud, como si los invitara a presenciar la supuesta hipocresía.
—Me llama predicador de demonios, pero mírese a sí mismo.
Irrumpe en esta casa de culto, amenaza con violencia e insulta nuestras creencias.
Es la encarnación de lo que me acusa.
Vanitas no se inmutó.
—¿Ah, sí?
—preguntó—.
Entonces preguntémosle a la gente de Vermire.
A los que todavía están enterrando los cuerpos de sus hijos gracias a una orden que pasó por las manos de su iglesia.
O a los huérfanos de la incursión de Silverpine.
O a los miles sin nombre que desaparecieron en las Provincias Orientales bajo el pretexto de una «conversión».
….
—O mejor aún, preguntemos a las quimeras.
La gente que convertiste en monstruos en nombre de la divinidad.
—¡Blasfemia!
—gritó Ester, con la voz quebrada resonando en la catedral.
Está nombrando lugares… eventos…
¿Cómo sabe todo esto?
El Cardenal era un manipulador carismático y astuto del más alto nivel.
Pero no tenía ningún poder real en lo que a fuerza se refería.
Desde su perspectiva, Vanitas no se limitaba a lanzar acusaciones.
Estaba sacando los trapos sucios.
Y Ester lo sabía.
Incluso sin pruebas fehacientes, las palabras de Vanitas no eran más que la verdad.
Crímenes en los que Ester estaba implicado.
Aterrorizaba a Ester.
Porque Vanitas Astrea lo sabía.
Lo sabía todo.
Su sola existencia era una amenaza.
En ese momento, de entre las sombras, surgieron paladines.
Margaret ya estaba preparada, lista para desenvainar su espada por Vanitas.
Sin embargo, él solo levantó la vista.
—¿Sabéis?
—empezó Vanitas—.
He llegado a comprender algo que entonces era demasiado ciego para ver.
Cerró los ojos.
—He dado demasiada importancia a establecer mi estatus, a afianzarme políticamente para asegurar que mi voz tuviera un poder real.
Cuando los abrió de nuevo, el viento empezó a unirse a su alrededor.
—Por supuesto, funcionó.
Ni siquiera los Altos Nobles podían ignorarme.
Mis palabras, mi posición, tenían influencia en todo Aetherion.
Fiuuu…
—Pero, ¿qué significa eso para la gente con poder de verdad?
¿Para aquellos que pueden hacer que toda una nación se doblegue con un solo dedo?
Sonrió con frialdad.
—No significa nada para ellos.
Creí estúpidamente que si fuera alguien de gran importancia, nadie se atrevería a atacarme tan fácilmente.
La presión del viento aumentaba.
Incluso a Margaret le costaba mantenerse en pie.
—Pero fui un ingenuo.
A la gente con verdadero poder no le importa el estatus.
Vanitas se giró, con la mirada fija en el centro de la iglesia, donde un hombre había aparecido de la nada.
—Así que he llegado a comprender una cosa.
El viento aulló con más fuerza.
—Los que están en el poder no me temen.
Así que solo tengo que mostrarles por qué deberían hacerlo.
¡…!
Avanzó.
El viento aullaba y se enfurecía a su paso.
Su presión era tan abrumadora que incluso el Cardenal Ester y todos los demás presentes habían caído de rodillas.
Solo un hombre permanecía de pie en el centro, pero ni siquiera él lo estaba pasando muy bien.
—Lance Ableton —dijo Vanitas—, ¿sabes por qué nunca fue mi ambición ocupar tu lugar como el Séptimo Gran Poder?
—… ¿Cómo sabías que era yo?
—preguntó Lance Ableton, intentando sonreír, aunque su rostro brillaba de sudor.
Pero Vanitas ignoró la pregunta.
—Porque simplemente no valía nada —dijo—.
Tú no vales nada.
Podría tomar tu posición sin siquiera intentarlo.
—… Estás buscando a tu hermana, ¿verdad?
—respondió Lance con cautela.
La voz de Vanitas bajó una octava.
—Te lo dije una vez.
No deberías sentirte amenazado por mí.
Pero parece que aún estás muy verde.
El cuerpo de Lance temblaba bajo el creciente vendaval.
—¿Cómo… cómo estás haciendo esto?
Pero Vanitas no respondió.
En su lugar, se giró, levantando un solo dedo hacia el Cardenal Ester.
—¡¿Q-qué estás haciendo?!
—gritó el Cardenal, todavía de rodillas.
¡Crac…!
Con solo bajar un dedo, Vanitas comprimió el viento.
Y el Cardenal fue aplastado.
Su cuerpo se desplomó y su cráneo fue destrozado con un sonido repugnante.
Una oleada de miedo se extendió por la catedral.
Incluso Margaret se sintió aterrorizada por Vanitas.
Con una sonrisa tranquila, Vanitas se inclinó hacia el Gran Poder, el Erudito de la Sabiduría.
—¿Lo entiendes ahora?
—preguntó.
La voz de Lance se quebró.
—¡Tu hermana está muerta, cabrón!
¡…!
Así, sin más, toda la sala se tiñó de rojo.
Todos los clérigos y paladines corrieron la misma suerte que el Cardenal Ester.
Huesos aplastados, cuerpos reventados por una presión pura que ningún hechizo ordinario podría igualar.
—¿Dónde?
—preguntó Vanitas.
—¡Estás acabado!
¡Esto… esto podría desencadenar una Guerra Santa!
—¿Dónde?
¡Zas!
Vanitas levantó una rodilla y se la clavó directamente en la cara a Lance con una fuerza brutal.
Riiin…
Ya no podía oír nada.
Solo el ensordecedor pitido en sus oídos.
Porque en ese único momento, al oír la blasfemia de que Charlotte estaba muerta, nada más importaba.
—¡¿Dónde?!
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