El Maldito Instructor de la Academia de Magia - Capítulo 24
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24: Asesino de Magos [1] 24: Asesino de Magos [1] Los artículos que había comprado en la subasta finalmente llegaron.
Dijeron que tardaría una semana, pero por alguna razón tardó dos.
Sin importarle eso, Vanitas abrió la caja rápidamente.
———「Banda Carmesí」———
◆ Encantamiento: Resistencia Menor al Fuego
◆ Efecto: Amplificación de Maná al exponerse a entornos volcánicos.
————————————
Vanitas cogió el anillo y le dio vueltas entre los dedos.
—Esto subirá de valor pronto, una vez que «eso» suceda.
Sus propiedades ocultas lo convertirían en una reliquia muy codiciada.
Lo apartó con cuidado y pasó al siguiente artículo.
Un pequeño fragmento de cristal.
———「Fragmento Etéreo」———
◆ Descripción: Un fragmento cristalino que se cree que es la punta fracturada del diente de un dragón antiguo.
◆ Efectos:
◆ Eco Resonante: Mejora la detección de maná en un radio de 500 metros.
◆ Preservación Dracónica: Restaura lentamente el maná al sostenerlo.
—Qué locura….
En el juego, era un objeto al que nadie le daba mucha importancia.
Su verdadero valor solo se revelaba al combinarlo con reliquias de nivel Soberano.
Volvió a colocar con cuidado el fragmento en su estuche protector.
Al principio del juego, los Dragones ya estaban extintos.
Pero su existencia era innegable.
Huesos.
Fósiles.
Escamas convertidas en piedra.
Y así sucesivamente.
Los hallazgos arqueológicos habían cimentado su lugar en los libros de historia del mundo.
—Y el jefe final del juego….
El Dragón Negro.
Solo había sabido de él a través de la comunidad de los foros del juego.
Sin embargo, Chae Eun-woo no había llegado ni una sola vez al final donde aparecía el Dragón Negro.
El verdadero final, donde, en última instancia, el jugador mataba al Dragón, librando al mundo de la Magia Oscura.
Para Chae Eun-woo, sus partidas siempre terminaban en finales malos, donde los personajes con nombre morían uno por uno debido a sus elecciones.
Incluso después de incontables pruebas y errores, el resultado era siempre el mismo.
Pero esta vez, estaba decidido a llegar hasta el final.
Desde una perspectiva diferente, como Vanitas Astrea, y no como un jugador, esperaba tomar las decisiones correctas.
Dejando a un lado esos pensamientos, Vanitas continuó examinando el siguiente lote de artículos.
———「Grimorio de Hoja Plateada」———
◆ Nivel: Avanzado
◆ Efecto: Acelera la recuperación de maná con el uso prolongado.
————————————
Vanitas se ajustó las gafas.
Etiquetado como de bajo grado, el grimorio era mucho más valioso de lo que parecía.
—Con suerte, esto podrá tratar mi cáncer por ahora.
Por último, sus ojos se posaron en la moneda deslustrada.
———「Moneda de Resonancia」———
◆ Descripción: Una llave forjada por antiguos alquimistas.
Permite al portador abrir las Bóvedas de Esencia, cámaras ocultas llenas de raras fórmulas de hechizos y tesoros imbuidos de maná.
◆ Estado Actual: Inactiva.
————————————
Vanitas pasó el pulgar por su superficie desgastada.
Se preguntó si siquiera tenía la precisión necesaria para usarla.
Claro, tenía las gafas, que eran como una enciclopedia.
Pero eso solo se aplicaba al conocimiento.
La experiencia práctica, sin embargo, era otra historia.
La moneda seguía inactiva.
Y él sabía que requería ingeniería alquímica para activar su potencial.
La mirada de Vanitas se detuvo en el artefacto.
Solo había una persona que realmente podía utilizar la moneda como él necesitaba.
—Roselyn Clandestine.
Era un «personaje con nombre» grabado a fuego en su memoria, una de las pocas alquimistas que podían dominar el arte de trabajar con tales reliquias.
En una de sus innumerables partidas, Vanitas había logrado salvar a Roselyn.
En esa línea temporal, ella había llegado a convertirse en la mejor alquimista de su era.
Lo que hacía al juego tan memorable eran sus tramas dinámicas, que se moldeaban enteramente por las elecciones del jugador.
Cada decisión cambiaba el camino a seguir, dando al jugador la posibilidad de alterar los aliados que podía salvar y los enemigos que enfrentaría.
Nunca era igual dos veces.
—Ja.
Vanitas se reclinó, soltando una leve risita.
Pero ahora, esto no era un juego.
No era una partida controlada con un botón de reinicio.
Y él ya no era el jugador.
Era Vanitas Astrea.
Un Profesor.
Un noble.
Un mago.
—Un personaje con nombre.
Ninguno de esos roles se alineaba con las decisiones que tomó como estudiante en sus partidas.
Reflexionó sobre la mejor manera de navegar los acontecimientos que se desarrollaban.
Las elecciones que hiciera a partir de este momento determinarían los jefes que inevitablemente enfrentaría.
Y, al igual que en el juego, dependía de él decidir quién se le opondría.
En cualquier caso, había otros artículos, pero Vanitas los dejó a un lado por el momento.
Su propósito era meramente revenderlos una vez que el precio se inflara.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en su escritorio mientras golpeaba la moneda suavemente.
—Me ocuparé de ello cuando llegue el momento adecuado.
Esperar la oportunidad adecuada para deshacerse de Claude.
Si Roselyn iba a alzarse como la mejor alquimista, Claude tenía que caer.
Y si Vanitas Astrea quería sobrevivir a esta narrativa impredecible, necesitaba empezar a mover ficha ya.
—Debería ser más fácil, considerando mi relación con él.
Pero entonces, un pensamiento repentino surgió.
—Karina ha estado trabajando hasta tarde por la noche.
Entonces eso significaba….
—Ja.
Una sonrisa ladina se dibujó en sus labios.
***
Después de un día completo de clases, Vanitas regresó a casa de inmediato y se sumergió directamente en el entrenamiento.
—102.
Su cuerpo estaba en vertical, sostenido por una sola mano mientras hacía flexiones.
Su otro brazo descansaba detrás de la espalda para mantener el equilibrio.
—103.
El sudor goteaba de su frente.
—127…
Cuando el brazo le tembló por el esfuerzo, cambió de mano y continuó.
—155…, 156…
Tras completar la serie, Vanitas se dejó caer al suelo y giró los hombros para aliviar la tensión.
Sin dudarlo, pasó a la siguiente parte de su rutina.
Calistenia.
—¡Hup!
Se agarró a una barra alta instalada en la esquina de la habitación.
Con un movimiento rápido, se impulsó hacia arriba.
Una.
Dos.
Tres.
Sus músculos ardían con cada repetición, pero no se detuvo.
Las dominadas pasaron a ser fondos, y los fondos, a «muscle-ups».
Cada ejercicio fluía sin interrupción hacia el siguiente.
Para cuando completó la calistenia, sentía la camisa pegada a la piel por el sudor acumulado.
—Jaaa…, j-jaaa…
Vanitas cogió una toalla, secándose la cara mientras recuperaba el aliento.
Pero no había terminado.
Dirigió su atención a las pesas cuidadosamente dispuestas en un soporte.
Primero, press de banca.
Con una respiración constante, levantó la barra del soporte.
El peso se hizo sentir de inmediato, pero Vanitas se mantuvo firme.
—1.
La barra descendió, y sus codos se flexionaron en un ángulo perfecto antes de que la empujara de nuevo hacia arriba.
—10…, 11…
Cada repetición le quemaba mientras su pecho y brazos se esforzaban.
En la trigésima repetición, sus músculos temblaban, pero apretó los dientes y siguió adelante.
—34…, 35…
Lo siguiente eran curls de bíceps.
Cogió un juego de mancuernas y ajustó su postura antes de levantarlas, un brazo a la vez.
—7…, 8…, 9…
El recuento de repeticiones resonaba en su mente mientras se concentraba en la técnica.
Una vez terminada la serie, dejó las mancuernas con cuidado.
Para cuando completó toda su rutina de ejercicios, sentía las piernas como plomo y su cuerpo pedía a gritos un descanso.
Se apoyó en la pared y cogió una botella de agua, dando un largo sorbo.
Una toalla descansaba sobre su torso desnudo mientras miraba la hora.
[10:30 p.
m.]
—Tengo hambre —murmuró, pasándose una mano por el pelo húmedo.
Su estómago rugió en señal de acuerdo.
Hacía cuatro días desde su último antojo de una comida de su tierra natal.
—Un tteokbokki sonaría bien —se dijo a sí mismo—.
¿O quizá algo de samgyeopsal otra vez?
Pero primero, necesitaba una ducha.
El sudor persistente de su entrenamiento se le pegaba a la piel, y la idea de salir en su estado actual era impensable.
Vanitas cogió una toalla y se dirigió al baño.
Mientras el agua fría recorría su cuerpo, su mente divagó hacia el humilde restaurante de comida coreana con el que se había topado una semana atrás.
Tras enjuagarse, se secó con la toalla.
Luego, se cambió a una sencilla sudadera con capucha negra y pantalones a juego.
Poniéndose la capucha, se miró en el espejo.
—Suficiente.
Ahora, el verdadero reto no era elegir un atuendo.
Era salir de la finca sin alertar a nadie.
Las doncellas, los sirvientes, y especialmente su chófer, Evan, estaban siempre en alerta máxima.
Eran como perros listos para servir a su amo.
Incluso si le dijera a Evan que se quedara, como si fuera instintivo, lo más probable es que Evan lo siguiera.
—Creo que sí.
A decir verdad, Vanitas tenía debilidad por las comidas humildes.
Las sentía más reconfortantes que los refinados platos preparados en la finca.
Sin embargo, como el temido y severo cabeza de los Astrea, socavaría la imagen que estaba intentando cultivar poco a poco.
Normalmente, Vanitas apreciaba su dedicación, pero esta noche era diferente.
Había perfeccionado el arte de escabullirse en los últimos meses durante sus incursiones en busca de referencias coreanas en el mundo.
Su posición como noble hacía que su vida fuera excesivamente escrutada, y lo último que quería era llamar la atención sobre sí mismo en las calles de la ciudad.
Vanitas esperó junto a su ventana, asomándose para confirmar que no había moros en la costa.
—Uf… Casi.
Esperó unos minutos más hasta que el movimiento exterior se calmó.
Cuando sintió que era el momento adecuado, se puso en marcha.
Libertad.
Vanitas salió al aire fresco de la noche y se ajustó más la capucha sobre la cara.
—…
¿Por dónde era otra vez?
***
A pesar de haber recibido un cheque del Profesor una semana atrás, Karina seguía trabajando sin descanso.
El Profesor le había dicho que no había fecha límite.
Pero Karina no podía soportar la idea de tomarse su tiempo.
Quería devolvérselo lo antes posible.
La hora punta de la tarde en el restaurante de samgyeopsal estaba en pleno apogeo.
Eran las 11:10 p.
m.
Alrededor de esta hora, los trabajadores del barrio cercano empezaban a acudir en masa al restaurante.
Karina se movía de mesa en mesa, equilibrando bandejas de carne chisporroteante, cuencos de arroz y guarniciones.
—¡Karina!
—la llamó uno de los empleados de la cocina.
Se giró mientras se limpiaba las manos en el delantal.
—La mesa siete necesita japchae, jajangmyeon, bibimbap y tteokbokki —dijeron, entregándole una bandeja cargada con los platos.
Karina enarcó una ceja.
—¿Todo esto?
¿Para una sola mesa?
El empleado se encogió de hombros.
—Sí.
Debe de estar muerto de hambre.
Soltó un pequeño bufido, levantando la bandeja con cuidado.
—Menudo zampabollos —murmuró para sus adentros mientras se acercaba a la mesa del rincón más alejado.
La figura encapuchada sentada allí estaba encorvada, jugueteando con sus palillos.
Karina dejó la bandeja en la mesa.
—Aquí tiene su pedido—
—Grac—
La figura encapuchada se quedó helada a media frase.
El reconocimiento brilló en su rostro.
Giró la cabeza ligeramente, pero evitó su mirada.
Karina parpadeó, ladeando la cabeza.
—Espere… un momento.
Me resulta familiar.
—¡Cof!
El hombre tosió con torpeza, revolviéndose en su asiento.
—¿Qué?
¿De qué habla?
—dijo él, bajando la voz a un tono mal disimulado que despertó inmediatamente las sospechas de Karina.
Karina entrecerró los ojos, inclinándose más cerca.
—No, en serio… Lo conozco de alguna parte.
El hombre encapuchado se aclaró la garganta de nuevo e hizo un gesto displicente con la mano.
—Debe de estar equivocada.
Solo soy… nadie.
Coma usted.
—Yo trabajo aquí, señor.
Karina entrecerró los ojos, y luego los abrió un poco más.
—Espere un segundo…
Se inclinó aún más, ignorando la visible incomodidad del hombre.
—Esa voz.
Ese tono.
Usted es—
—Pare —siseó él, levantando una mano—.
Está imaginando cosas.
Karina frunció el ceño y luego chasqueó los dedos.
—¿¡P-Profesor Vanitas!?
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