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El Maldito Instructor de la Academia de Magia - Capítulo 28

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28: Oposición [1] 28: Oposición [1] Entre las capas de fríos cálculos que definían el pasado de Vanitas Astrea, había grietas.

Grietas que insinuaban algo más.

Vanitas miró fijamente los documentos que había logrado conseguir.

Detallaban su antiguo examen de la Universidad: aquel en el que había sacrificado a sus compañeros de equipo, incluidos Margaret Illenia y Nicolas Maquiavelo.

El plan había sido despiadado pero efectivo, permitiéndole asegurar el primer puesto en la clasificación mientras los demás suspendían.

Vanitas tamborileó en la parte inferior del documento, donde las observaciones del examinador estaban garabateadas con tinta roja.

Toc.

Toc.

«Una decisión fría, pero interesante.

Calificación: A».

Se mofó.

—Interesante, mis cojones.

Tras el encuentro con Margaret, Vanitas sintió el impulso de volver a revisar el documento una vez más.

A juzgar por su reacción durante su reciente encuentro, la herida aún no había sanado.

Vanitas suspiró y se reclinó en su silla, mientras sus pensamientos divagaban.

—Margaret Illenia, ¿eh?

Su reciente encuentro había permanecido en su mente.

No por sus afiladas palabras, sino por una narrativa del juego.

Su exilio.

Después de que el jugador lo detuviera, fue enviado a la Orden de la Cruzada para más investigaciones.

No hace falta decir que la orden de Margaret fue la responsable de la investigación.

Al final, fue sentenciado al exilio.

—…

Vanitas rememoró el encuentro anterior.

Su tono afilado, el destello de dolor cuando él mencionó haber salvado a su asistente, la tensión en su postura.

Era como si Margaret se sintiera traicionada.

—Aunque no importa.

Porque él no era Vanitas Astrea.

—Para ser sincero, solo estoy rellenando los huecos por mi cuenta…

Vanitas se levantó y caminó hacia la ventana.

Por mucho que investigaba, no podía encontrar nada más sobre su pasada relación con Margaret.

No se la mencionaba en ninguna parte del diario, lo que le daba a entender que al anterior Vanitas no le importaba en absoluto.

Le había preguntado a Charlotte, pero ni siquiera ella sabía nada al respecto.

Todo lo que le dijo fue que Margaret y algunos de sus antiguos conocidos solían visitar la finca.

—Haaa…

La tenue luz del amanecer se derramaba por los terrenos de la finca, pintándolo todo con un suave y radiante resplandor.

Se metió las manos en los bolsillos mientras su aguda mirada escrutaba el horizonte, despejando de su mente los pensamientos sobre Margaret.

Contemplando la vista, sus pensamientos se desviaron hacia el Asesino de Magos, Aldred.

—Con esto, he cimentado definitivamente cómo se desarrollará esta ruta.

Toc.

Toc.

Toc.

Sus dedos tamborileaban rítmicamente contra el marco con un tempo calculado que igualaba a sus pensamientos.

Vanitas empezó a recordar los sucesos del juego tras la captura de Aldred.

—No va a hablar de mi estigma.

Sus labios se curvaron en una leve sonrisa socarrona, aunque esta no le llegó a los ojos.

—Porque no tendrá la oportunidad de hacerlo.

Vanitas se dio la vuelta, caminó hasta su escritorio y hojeó los documentos.

—Intentarán interrogarlo —dijo—.

Pero Aldred no se despertará.

Los documentos no tenían nada que ver.

Solo su clase de hoy.

Los ojos amatista de Vanitas brillaron con frialdad mientras los ojeaba.

—Al darse cuenta de que llevará un tiempo, lo dejarán a su suerte y volverán al cabo de unas horas, quizá mañana.

Metió la mano en el bolsillo y sacó su reloj con un chasquido.

Tic…

Tac.

El tictac del segundero llenó la habitación.

—Las siete de la mañana.

Su tono bajó, como el cerrarse de un libro pesado.

—La Orden de la Cruzada empieza su turno a las cuatro.

Guardó el reloj de nuevo en su bolsillo.

—Así que mañana es hoy.

El más leve atisbo de una sonrisa cruzó sus labios y luego se desvaneció.

—Volverán a su celda, solo para encontrarlo muerto.

Pero la verdad es que fue silenciado.

La voz de Vanitas se volvió más suave, pero más fría, su mirada distante mientras encajaba las piezas del puzle.

—Ese momento desencadenará algo más grande.

Algo que acecha bajo la superficie.

Se volvió de nuevo hacia la ventana, su silueta nítida contra la luz.

—La Cruzada entrará en caos.

El brillo de sus ojos amatista se intensificó, reflejando algo indescifrable.

—Este suceso los obligará a reconocer el peligro que acecha no fuera de sus muros, sino dentro.

Después de todo, era una narrativa, una ramificación del acto-evento del Asesino de Magos.

Entonces, Vanitas exhaló lentamente, como si pusiera las piezas en movimiento.

—Ya que fui yo quien lo detuvo…

La sonrisa socarrona regresó.

—Probablemente ya están de camino mientras hablam…

Toc, toc.

El fuerte golpe resonó por la habitación.

—¿Oh?

Parece que ya están aquí.

—Vanitas desvió la mirada hacia la puerta.

—Mi Señor, la Orden de la Cruzada está fuera de la puerta.

Solicitan su presencia.

La voz de Evan resonó desde detrás de la puerta y Vanitas se puso en pie.

Su postura permanecía tranquila, pero el ambiente cambió.

Se ajustó los puños de la camisa y caminó hacia la puerta.

***
La mirada de Margaret se demoraba fuera de la ventanilla del coche, sus dedos tamborileando contra el borde de la puerta.

Su mente iba a toda velocidad, intentando reconstruir lo que había ocurrido.

Aldred estaba muerto.

Dentro del propio departamento de la Orden de la Cruzada, nada menos.

Su agarre se hizo más fuerte.

«¿Por qué?».

Su comportamiento, normalmente sereno, se resquebrajó mientras la frustración se filtraba.

No se suponía que esto ocurriera.

No bajo su vigilancia.

—Ya hemos llegado, Señora Margaret —dijo su subordinado, Clevius—.

Pero no veo la necesidad de que venga a verlo personalmente.

Habría bastado con un mensajero.

—Está bien, Clevius.

—La mano de Margaret se posó en la manija—.

Es mucho más seguro así.

—…

Clevius guardó silencio y Margaret salió del coche.

Tac.

Tac.

Sus botas resonaron contra el pavimento, mientras contemplaba la familiar vista de la finca Astrea.

Había estado aquí antes junto con su grupo de amigos en el pasado.

Recuerdos enterrados en lo profundo de su corazón.

A decir verdad, no quería estar aquí.

Y tampoco quería verle la cara.

Pero no tenía elección.

Aldred Haide había sido asesinado, y sentía que Vanitas podría saber algo.

Tras informar a los sirvientes de los Astrea de su propósito, momentos después, apareció Vanitas.

Estaba al otro lado de la verja de hierro, impecablemente sereno como siempre.

Su fría mirada se encontró con la de ella, pero la expresión de Margaret no cambió.

—Margaret —dijo—.

¿A qué debo esta visita?

—Tenemos que hablar.

Margaret lo miró fijamente, esperando que Vanitas captara la seriedad de su tono sin que ella necesitara dar más detalles.

Después de todo, el caso aún era privado, y su sirviente estaba de pie justo a su lado.

—Muy bien —respondió él—.

Entra.

Las verjas se abrieron con un crujido y Margaret entró.

Vanitas la condujo hacia el estudio.

No se intercambió ni una palabra hasta que llegaron a su destino.

Le hizo un gesto para que se sentara, pero ella permaneció de pie.

—Seré breve —empezó Margaret—.

Aldred Haide fue asesinado bajo nuestra custodia.

Fuiste tú quien lo derrotó.

¿Tienes alguna idea sobre el asunto?

—Mmm.

—Vanitas reflexionó, frotándose la barbilla.

Margaret esperó, observando como si él estuviera encajando alguna pieza.

Finalmente, habló: —No.

—¿Tienes alguna idea de quién podría ser?

—preguntó Margaret con sinceridad.

Otra pausa.

—No.

—…

—Pero tú sí —dijo Vanitas con suavidad—.

¿Verdad, Margaret?

Contuvo el aliento.

—¿Qué?

—Me has oído.

—Su mirada amatista la taladró—.

Ya tienes una idea, ¿no es así?

Margaret se quedó helada.

Tenía razón.

Ella ya tenía sus propias sospechas, pero había apartado esos pensamientos, esperando otra cosa.

Desvió la mirada.

—Es absurdo.

—¿Lo es?

Margaret se acercó un paso, su voz se suavizó a pesar de la tonalidad de sus palabras.

—Si sabes algo, dilo y ya.

—¿Quién más podría ser sino la Orden de la Cruzada?

—…

Hizo una pausa.

El pensamiento le había cruzado la mente más de una vez.

Pero expresarlo —admitirlo— era algo para lo que no estaba preparada.

…

El silencio de Margaret fue más elocuente que las palabras.

Apretó la mandíbula, pero no podía negar lo que ya sabía.

—Me voy.

La voz de Margaret fue seca mientras se dirigía a la puerta.

Quería preguntar algo completamente distinto después de informarle de la muerte de Aldred.

Pero no pudo encontrar el valor para hacerlo.

Especialmente cuando los motivos de él se hicieron evidentes, conociendo su personalidad.

Igual que en el pasado.

Margaret pensó que su sola sospecha pretendía destrozar su Orden de la Cruzada.

No quería creer que hubiera un traidor en la Orden de la Cruzada: la gente con la que había luchado codo con codo, en la que había confiado y con la que había soportado incontables penalidades durante cinco años.

Pero las palabras de Vanitas se aferraban a ella, obligándola a confrontar pensamientos que había enterrado profundamente.

No quería sospechar de su propia gente.

Destrozaría la familia que tanto le había costado construir.

…

La Orden de la Cruzada no era una entidad singular.

Era un colectivo de grupos independientes unidos bajo un mismo estandarte.

La Cruzada de las Mesas Redondas.

Para Margaret, su propia Orden no era solo una parte del colectivo.

Era suya.

Una familia que había fundado, cuidado y cultivado hasta convertirla en algo de lo que podía estar orgullosa.

—Sigue mi consejo, Margaret.

Deshazte de ellos antes de que te arrepientas —la voz de Vanitas resonó a su espalda.

Pero entonces, un pensamiento surgió, haciendo que Margaret se quedara helada justo cuando alcanzaba el pomo de la puerta.

No había visto a Vanitas en más de seis años.

Desde aquella noche.

No necesitaba una disculpa ni una explicación.

Todo lo que necesitaba era que él apareciera.

Solo una vez.

Solo con su disculpa habría bastado, y entonces lo habría perdonado sin cuestionar jamás sus acciones.

Pero no lo hizo.

Y cuando los acontecimientos que siguieron se intensificaron, Margaret no tuvo el coraje de volver a enfrentarse a él.

No hasta que finalmente se reunió con él la noche anterior.

—Oye —dijo, volviéndose para mirarlo.

Vanitas le sostuvo la mirada.

—¿Mmm?

Su despreocupación solo la irritó más.

—¿Te arrepientes?

—preguntó ella.

Él enarcó una ceja.

—¿Arrepentirme de qué?

—…

Margaret se mordió el labio.

—…Olvídalo —masculló, dándose la vuelta antes de que él pudiera insistir.

Su agarre en el pomo se hizo más fuerte y, sin otra palabra, salió de la habitación.

Vanitas se quedó en silencio mientras miraba el lugar donde Margaret había estado.

—¿Arrepentirme?

—masculló en voz baja.

No estaba seguro de qué había pasado exactamente en el pasado entre Vanitas y Margaret.

Pero por las sutiles indirectas que ella dejaba caer, había llegado a una conclusión.

—Sigue colgada de eso, ¿verdad?

***
Charlotte estaba sentada en la primera fila del auditorio, tomando notas con atención.

El tema era complejo pero interesante.

Magia Espiritual, con énfasis en las esencias centradas en el Éter.

La Profesora, una mujer alta, señaló el diagrama escrito en la pizarra.

—¿Qué factores determinan la fuerza y la estabilidad de un contrato espíritu-Éter?

La mano de Charlotte se disparó hacia arriba.

—¿Sí, Charlotte?

—la llamó la Profesora.

—La resonancia del espíritu con el flujo de maná del invocador, la claridad de la intención del invocador y el equilibrio de sus circuitos de Éter.

Creo que esos tres son los principales factores cruciales.

La Profesora asintió.

—Correcto.

Ahora, ¿cuál de estos crees que es el más difícil de mantener?

Charlotte dudó brevemente y luego respondió: —El equilibrio de los circuitos de Éter.

—¿Y por qué?

—Porque incluso fluctuaciones menores pueden perturbar la resonancia.

Podría llevar a la inestabilidad o, peor aún, al rechazo del contrato.

Los labios de la Profesora se curvaron en una sonrisa.

—Puede sentarse.

Charlotte volvió a sentarse, su pluma ya se movía para añadir la conversación a sus notas.

La Profesora se volvió hacia la pizarra, golpeando el diagrama con su tiza.

—Esto es particularmente importante al contratar con espíritus de nivel superior.

Su densidad de maná requiere una alineación casi perfecta.

Incluso un invocador hábil puede fallar si descuida la estabilidad de su circuito.

Mientras la clase continuaba, Charlotte escuchaba atentamente las impecables explicaciones de la Profesora.

Ignoró las miradas ocasionales que le lanzaban sus compañeros.

Había sido así durante las últimas tres semanas.

A pesar de sus esfuerzos, la distancia entre ella y sus compañeros de clase parecía insuperable.

Su apellido no ayudaba.

Astrea.

Hacer amigos era más difícil de lo que había previsto.

De hecho, hasta ahora solo había hecho una.

Una chica alegre de pelo y ojos violetas.

Cassandra Myne.

Su compañera de cuarto, nada menos.

Cuando terminó su última clase, Charlotte se dirigió a la librería de la ciudad para echar un vistazo a un libro recién publicado.

—Ahí está.

Alcanzó el lomo del libro.

[Innovaciones en los Circuitos Mágicos: Edición 2022].

[70 000 Rend]
Contuvo ligeramente el aliento.

Era bastante caro.

Por suerte, Vanitas le había dado una generosa asignación durante su primer mes en la Universidad.

Charlotte sonrió suavemente mientras abrazaba el libro contra su pecho como si fuera un preciado oso de peluche.

Dirigiéndose al mostrador, lo dejó con cuidado.

La dependienta, una mujer de mediana edad con una cálida sonrisa, echó un vistazo al libro.

—Este ha sido popular entre los estudiantes de la Universidad —dijo la mujer.

Charlotte asintió con una sonrisa mientras buscaba en su bolso su bolsa de Rends.

La transacción se realizó sin problemas, y la dependienta le entregó el libro envuelto en papel protector.

—Que lo disfrutes.

—Gracias.

Tras su compra, Charlotte regresó a los dormitorios de la Universidad.

…

Sus pasos vacilaron cuando su mirada se posó en su puerta.

La puerta estaba cubierta de grafitis.

Había viles palabras garabateadas por todas partes.

[Puta.]
[Princesita del nepotismo.]
[¡La manzana podrida no cae lejos del puto árbol!]
Y así sucesivamente.

El mezquino acoso había ido en aumento.

Había esperado que ignorándolo se detuviera.

—¡Dios!

¿Es que nunca se cansan?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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