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EL ODIO DIVINO - Capítulo 17

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  3. Capítulo 17 - 17 Capítulo 17 Maeriel
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17: Capítulo 17 : Maeriel 17: Capítulo 17 : Maeriel En el mundo divino viven Wen y Tuff, dos lobos humanoides.

Son criaturas aventureras y urbanas; nunca se quedan en algún lugar.

El amor hacia la aventura y la exploración los unió, y Wen quedó embarazada.

Eso hace que sus aventuras se detengan, porque Wen está a punto de dar a luz.

Tuff está muy emocionado.

Era su primer hijo o hija.

Él recolectaba muchísimas piedras; no tuvo otra opción que venderlas para hacerse una casa.

Vendiendo todas las piedras pudo construirla y comprar todo lo que hacía falta en un hogar.

Así, en unas semanas, Wen tuvo a su hija.

Tuff, emocionado, preguntó: —¿Ya puedo pasar, señor?

El señor que estaba encargado del parto de Wen respondió: —Señor, tienes que esperar.

Así, al cabo de unos minutos, Wen tuvo a su hija.

Cuando Wen vio a su hija, quedó traumada.

Era un ser sin pelo; el único pelo que tenía era en la cabeza, largo y de color carmesí.

—Este no puede ser mi hijo…

Dijo Wen llorando mientras abrazaba a su hija.

El doctor dijo: —Esto es un caso extremo de anomalía existencial.

Anomalía existencial: es un caso de uno en un millón, donde nace una nueva criatura única en su especie.

En pocas palabras, una nueva especie de criaturas en el mundo divino.

Tuff quedó devastado cuando vio a su hija.

—No puede ser…

una anomalía nueva.

Maeriel, desde pequeña, vio el raro rechazo de su padre.

Su madre, sin embargo, siempre fue muy amable y amorosa.

A sus diez años, Maeriel ya crecía casi la mitad que sus padres.

—Hija…

hija, ¿dónde estás?

Maeriel corrió hacia ella.

—¿Qué pasó, mamá?

Wen abrazó a Maeriel.

—Hija, pronto irás a la academia de espíritus.

Academia de espíritus: es una escuela que se especializa en controlar el espíritu y volverse más fuerte.

Allí enseñan combate cuerpo a cuerpo y uso de armas.

Maeriel frunció el ceño.

—Mami…

en la escuela me van a ver igual que papá.

Wen la miró.

—¿Qué?

¿Cómo que te van a ver como papá?

Maeriel, con tono triste, dijo: —¿Papi me odia, mamá?

—Hija, papi no te odia.

Él solo te ve rara.

Recuerda, eres una anomalía, una nueva especie…

eres hermosa.

—¿En qué momento empiezo?

Wen la miró y comenzó a llorar.

—Sabes, hija…

cuando entres allí vas a estudiar mucho tiempo.

Nosotros nos iremos.

Somos criaturas urbanas, no estamos hechos para quedarnos en un lugar.

Es nuestro instinto…

perdón, hija.

Maeriel, confundida, preguntó: —¿Cómo?

¿Me dejarán?

¿Por qué no me llevan?

—Mi amor, tú no puedes ir.

Tú corres en dos patas, nosotros en cuatro.

Tenemos súper oídos y tú no.

Nuestros ojos ven en la noche y los tuyos no.

Eres completamente diferente.

Maeriel empezó a llorar.

—Mami…

no me quiero quedar.

No me dejes.

En un lado de la puerta, Tuff escuchaba todo, mordiéndose los labios.

El día llegó.

Maeriel tenía que ir a la academia de espíritus.

Wen le preparó todo y le regaló unos guantes.

En su maleta también colocó el collar de Tuff.

—Hija…

ven.

Pronto vendrá la carroza.

—Ahí voy, mami.

Tuff, con una mirada triste, dijo: —Hija, ¿dónde estás?

—Acá estoy, papá.

Maeriel salió de su cuarto.

—¿Qué pasó, papá?

¿Por qué estás raro?

—Sabes, hija…

lo siento mucho.

Maeriel frunció el ceño.

—¿Por qué, papá?

—Siempre fui frío contigo.

Me costó mucho aceptar lo que eras.

La verdad…

no fui un buen padre.

Maeriel abrazó a su padre.

—Eres un buen padre.

Nunca olvidaré cuando nos cantabas a mamá y a mí.

Tuviste que vender todas tus piedras preciosas para comprar la casa.

Me enseñaste jardinería.

No hablabas mucho, pero no importa.

—Gracias, Maeriel.

Te visitaremos cuando estemos cerca.

Te lo prometo.

Tuff y Wen se tomaron de los hombros y se despidieron de Maeriel.

Maeriel los miró y gritó fuerte: —¡Los quiero mucho, papá!

¡Mamá!

Pasaron los años y Maeriel se adaptó a la academia.

Cuando ingresó por primera vez, notó lo mismo que hacía su padre: todos la miraban.

Nadie se acercaba a ella.

No sabían cómo actuar con alguien que, con solo diez años, ya era más alta que todos.

Maeriel se sentía muy sola.

Todos los días.

Excepto uno.

Un día al año les permitían salir.

Maeriel aprovechaba ese tiempo para ir a su casa y mejorar el jardín de sus padres.

Cada año el jardín era más hermoso y más grande.

Y Maeriel crecía.

A sus veinte años medía un metro noventa.

Pero su soledad seguía igual.

No tenía a nadie.

Siempre sola.

Pasaron los años.

Maeriel se volvió la mejor de la academia: en combate, en armas y en control espiritual.

A pesar de su tristeza y su soledad, siempre fue fuerte.

Cuando salió de la academia, las criaturas la miraban.

Sus tres metros de altura eran imponentes.

Parecía una mujer muy ruda, pero solo era un caparazón.

Salió de la academia a los doscientos años, más fortalecida que nunca.

Se fue a su casa, que estaba muy lejos de la ciudad.

Arregló el jardín y esperó que algún día fuera completamente feliz.

Presente —Jajaja…

No, Ariel.

No es así, solo concéntrate.

Ariel, sudando, respondió: —Ahhhhh…

estoy muy cansado.

¿Comemos algo?

Maeriel frunció el ceño.

—Solo si me ayudas con el jardín.

—Ahhhhh…

otra vez…

Mmmm.

Bueno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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