El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 39
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Capítulo 39: Capítulo Treinta y nueve
El agradable momento continuó todo el resto de la tarde. Comieron los Hot Dogs de Egon y aunque él insistió de que no sabían bien, Elara le dio la negativa, puesto que a ella le parecieron estupendos.
En la noche, Egon y Jaques se pusieron a repasar los últimos pendientes antes de que el viaje a Linz se llevara a cabo al amanecer.
—No quiero que le vayas a comentar absolutamente nada a nadie de mi viaje a Linz—. Le recordó Egon a Jaques.
—¿Ni siquiera al joven Falk?
—Ni siquiera a él—. Reiteró Egon—. Y no es porque no quiera que lo sepa, simplemente quiero estar en paz con Elara. Tú eres el único que sabrá mi ubicación en tiempo real por si necesito de ti, ¿de acuerdo? Confío en ti, Jaques, no me decepciones.
—Entendido, joven Schreitz, seré una tumba—. Prometió.
Cuando fue el momento de dormir, Elara no quería hacerlo sola y tampoco deseaba que Egon pensara que ella estaba urgida por tener sexo con él, pero no sabía cómo externarle su sentir sin que se malinterpretaran las cosas, puesto que, una cosa era que Egon decidiera dormir a su lado por cuenta propia y otra muy diferente que ella se lo exigiera.
—Mañana vendré a despertarte para irnos a Linz—. Le avisó Egon debajo del umbral de la puerta y deslizó su mirada a su tobillo vendado—. Por lo visto ya casi no te duele, así que sirvió de algo el reposo, ¿verdad?
—Eso creo…
—Estupendo, entonces… hasta mañana—. Dijo con suavidad y apagó la luz, sin dejar de mirarla.
A simple vista se apreciaba que él tampoco quería irse y dejarla ahí, pero respetaba su intimidad.
—Egon.
La voz de Elara sonó más a un graznido y se ruborizó.
Egon se detuvo al agarrar el pomo de la puerta en la tenue oscuridad.
—¿Sí?
—¿Podrías quedarte conmigo otra vez? —preguntó torpemente—. Es decir, a dormir, me refiero.
—Estaba esperando a que me lo pidieras—. Añadió él, y aunque estaban casi a oscuras, ella advirtió que Egon había sonreído.
El joven capo cerró la puerta y Elara encendió la lámpara del buró para que no tropezara al recostarse.
—Hemos dormido así varias veces—. Convino ella, riéndose cuando lo vio tropezar con los pies de la cama a pesar de que había luz.
Egon tenía esbozada una sonrisa de oreja a oreja, incapaz de deshacerla y se lanzó a la cama, haciendo que Elara saltara un poco sobre su sitio y lo observó acostarse boca abajo y con los pies moviéndolos en el aire, flexionando sus rodillas hacia atrás como niño pequeño.
—Tengo tantas ganas de que ya sea mañana.
Ella suspiró e imitó su pose, siendo cuidadosa con su tobillo y recargó la mejilla en su puño tras recargar su peso en el codo sobre la cama.
—¿Estás ansioso porque vas a darle una paliza a mi ex o porque vas a enseñarme ese lugar y estaremos por fin solos?
—Te mentiría si te dijera que es solamente porque vamos a estar solos, pero mi imaginación vuela alto al instante de recrear los distintos escenarios de la deliciosa paliza que pienso darle a ese bastardo, sin mencionar que voy a presumirte como no te lo puedes imaginar—. Respondió, excitado. Sus ojos parecían dos esferas negras brillantes en vez de grises en la breve oscuridad del dormitorio y su sonrisa más ancha.
—Promete que no vas a asesinarlo, Egon—. Murmuró ella, preocupada, pero sin dejar de sonreír.
—Te iba a decir que no soy un asesino, pero lo soy, aunque te doy mi palabra de que haré mi mayor esfuerzo para no matarlo—. Bromeó con diversión.
—¡Egon! —lo reprendió ella con un golpecito juguetón en el brazo.
Él estalló en risas, encogiéndose de hombros. Elara volvió a golpearlo y Egon le detuvo la mano, tirando de ella con fuerza y arremetió en hacerle cosquillas en el estómago y parte de sus costillas, haciéndola reír.
—¡Basta! —chilló ella, risueña.
—Es tu castigo por golpear al Lobo de Hielo—gruñó, divertido, sin dejar de hacerle cosquillas y ella se retorcía sin dejar de reír.
Elara se retorció lo suficiente hasta rodar hacia el lado contrario, pero él no la soltó y la atrapó en sus fueres brazos, evitando que huyera, moviéndola fácilmente sobre su pecho, quedando ella encima.
—¡Eres demasiado fuerte! —se quejó, entre risas, con el rostro en su pecho.
—Más de lo que te imaginas…
Y para cuando ella quiso volver a intentar zafarse, sintió la mano de Egon deslizarse en su mejilla y ahí fue en donde sus miradas se encontraron. Ambos tenían la respiración acelerada por haber reído y forcejeado.
—Elara… eres muy hermosa, ¿lo sabías? —dijo él, acariciando su mejilla con el
pulgar. Ella se estremeció.
—¿Lo dices en serio?
—Muy en serio—. Afirmó, esbozando una sonrisa torcida y sus ojos grises se desviaron a sus labios—. Y no tienes idea de cuánto deseo borrar esta distancia entre nosotros.
—Quizá no quiero que sigas manteniendo esa distancia… —su voz sonó tentadora y él se mordió el labio inferior sin dejar de mirarla a los ojos y después a sus labios.
—No hoy… —murmuró, levantando un poco la cabeza y rozando apenas sus labios—. Quiero que tu primera vez sea imposible de olvidar, Elara… que tu cuerpo me reconozca incluso antes de que te toque.
—Entonces… asegúrate de que valga la pena recordarlo—. Repuso ella, teniendo el valor suficiente sin avergonzarse, ya que estaban hablando de algo muy íntimo.
Elara no apartó la mirada. Su voz había salido más firme de lo que se sentía, pero sus manos… sus manos la traicionaron, ligeramente tensas sobre el pecho de Egon Schreitz.
Por un instante, el mundo pareció reducirse a la distancia mínima entre ambos. Él no respondió de inmediato. Solo la observó.
Sus ojos grises descendieron con lentitud a sus labios, como si memorizaran cada curva, cada pequeña vacilación en su respiración. Y entonces… sonrió apenas. No era una sonrisa amplia, ni cálida del todo. Era algo más controlado y peligroso.
—Siempre lo hago —murmuró.
Su mano volvió a elevarse, pero esta vez no tocó su mejilla. Dudó. Apenas un segundo. Como si incluso ese gesto fuera cruzar una línea que había decidido no romper esa noche.
Elara sintió el impulso de inclinarse hacia él. Fue leve, casi imperceptible… pero suficiente para que ambos lo notaran. El aire entre ellos se tensó.
Él exhaló con suavidad, desviando el rostro apenas, como si necesitara recuperar el control que estaba a punto de perder.
—Deberíamos descansar —dijo al final, en un tono bajo, pero firme—. Mañana será un día largo.
No era una sugerencia. Era una decisión. Y aun así… no se movió. Elara tampoco.
—Claro… —respondió ella, aunque su cuerpo no parecía dispuesto a obedecer.
Un silencio cálido, cargado, se instaló entre ambos. Entonces él hizo algo pequeño… pero devastador. Se inclinó apenas hacia ella, lo suficiente para que su nariz rozara la suya. No fue un beso. No fue un abrazo. Fue peor. Más íntimo.
Elara cerró los ojos por reflejo.
—Duerme —susurró él, moviéndola suavemente hacia la cama—. Te necesito descansada.
Esa última frase no sonó como una orden. Sonó como una promesa envuelta en calma. Cuando finalmente se separó, lo hizo despacio, como si cada centímetro de distancia costara más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Él se movió hacia un lado, rompiendo el hechizo.
Elara tardó un par de segundos en reaccionar. Su respiración seguía irregular, y por un momento, solo se quedó ahí, tratando de recomponerse.
—Buenas noches, Egon… —dijo finalmente, más suave de lo habitual. Él asintió, sin dejar de mirarla.
—Buenas noches, Elara.
Había algo distinto en la forma en que dijo su nombre esta vez. Más profundo. Más… suyo.
Ella se giró antes de que sus pensamientos la traicionaran más de la cuenta y alargó el brazo para apagar la lámpara. Cada movimiento se sentía extraño, como si aún estuviera flotando en ese espacio que él había dejado atrás.
Cuando se acomodó, dándole la espalda, soltó el aire. Lentamente.
Llevó una mano a sus labios, como si aún pudiera sentir la cercanía de los suyos… aunque nunca hubieran llegado a tocarse de verdad.
“No hoy…”
Las palabras resonaron en su mente. Y, por primera vez en mucho tiempo… la espera no se sintió como algo incierto. Se sintió como algo inevitable.
Elara abrazó su almohada, mirando al techo y con el corazón latiendo más rápido de lo que quería admitir.
Mañana.
Cerró los ojos. Y por más que lo intentó… no pudo dejar de pensar en él, aunque estuviera a unos centímetros de distancia.
Y su mente no podía dejar de pensar en la forma en que había decidido no tocarla porque mañana sería ese gran día y no quería arruinarlo.
Y lo sabía.
Sabía que si él hubiera cruzado esa mínima distancia… nada los habría detenido.
Elara Moreau sonrió entre dientes y comenzó a quedarse dormida, no obstante, al cabo de algunos minutos, sintió el brazo de Egon Schreitz rodear su cintura y su cálido aliento le provocó cosquillas en el cuello cuando él la atrajo hacia su masculino cuerpo para dormir, en el sentido más inocente de la palabra.
Al menos, por esa noche.
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