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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 40

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Capítulo 40: Capítulo Cuarenta

Egon despertó muy temprano, incluso antes de que el sol saliera.

Bostezó perezosamente y su mirada recayó en Elara Moreau, quien dormía tranquilamente del otro lado de la cama. Verla de esa manera lo motivó a apresurarse para que cuando ella despertara, todo estuviera listo y simplemente se arreglara para marcharse.

Se deslizó fuera de la cama y la cubrió con la sábana antes de salir de la recámara.

Le pareció cómico que, ni en un millón de años habría hecho ese gesto con Viktoria o cualquier otra chica, pero con ella, incluso su instinto protector se desbordaba por sus poros y no entendía por qué. Le gustaba esa fémina, claro que le gustaba y lo ponía duro como una roca, pero no soportaba la idea de que alguien pudiera dañarla y no poder evitarlo; y eso era algo más que solo hormonal.

Al salir de la habitación, se encontró a Jaques despierto mirando por la ventana con mucha atención.

—Buen día, Jaques.

—Buen día, joven Schreitz, preparé café, ¿gusta un poco? —se volvió para verlo. El hombre sostenía una taza de café a medio terminar con una leve sonrisa.

—Claro, ponle dos cucharas de azúcar, por favor.

—Muy bien—. Acotó Jaques y se giró en dirección a la cocina—. Por cierto, el Lexus gris lo acaban de traer hace quince minutos, joven Schreitz y van a mantenerlo encendido para que el motor no se congele hasta que se marche usted y la señorita Elara.

—Gracias. Y una cosa más, se me pasó decirte que quiero que mandes a pedir que alguien del hotel se haga cargo de comprarle ropa a Elara, ¿de acuerdo? Tanto como ropa normal, ya sabes, abrigos, pantalones, calzados, gorros, todo para que no pase frío y también ropa interior, además de maquillaje, lo que una mujer usa. Quiero que lo especifiques bien, ¿ok? Deseo que ella tenga todo lo que necesita y más. Y para mí lo de siempre.

—Por supuesto.

Jaques le sirvió café en otra taza y se la entregó, para después retirarse a hacer una llamada y a pesar de que eran las cinco de la mañana, sabía que el personal de aquel hotel donde ya tenían las reservaciones, se encargaría de cumplir sus caprichos a cambio de una perfecta suma de dinero.

Por alguna razón, a Egon le entró una sensación de desasosiego con respecto a su mejor amigo, Hagen Falk, quien, desde que comenzó a tratar con Elara Moreau, una alerta inconsciente saltaba cada que lo tenía cerca y no sabía por qué. Tal vez era porque el rubio no estaba de acuerdo con continuar con la venganza y tenía razón, el mismo Egon dudaba sobre ello, especialmente porque esa chica era perfecta en todos los sentidos y lo que su padre había hecho, no tenía nada que ver con ella.

Pero cada que pensaba en desistir, el recuerdo del cadáver de su madre a mitad de la sala le hervía la sangre y una rabia insoportable le taladraba los huesos.

Terminó de beber el café y se puso en marcha para dejar todo en orden con los miembros de la organización y no lo molestaran en esos días que iba a estar fuera.

Cuando dieron las siete de la mañana, les marcó a cada uno de ellos, menos a Hagen. La alerta nuevamente se activó en él y optó por no decirle nada sobre su viaje, aunque ya se lo había comentado, no le dio el nombre de la ciudad ni cuando se iría, por lo que estaba a salvo, ya que les ordenó a todos los miembros de que fueran discretos con la información a medias porque tampoco les contó todo, únicamente sabían que saldría de viaje y punto y que ni siquiera su padre debía saber que había salido fuera.

A las siete y media, Elara despertó.

Él se había quedado absorto en el teléfono que no la escuchó acercarse por detrás y dio un respingo cuando ella lo abrazó por la espalda en el sillón.

—Buen día, Egon—. Lo saludó cariñosamente, dándole un beso en la mejilla.

—Buen día, ¿dormiste bien? —sacudió la cabeza y le envió una sonrisa pícara, dejando a un lado su teléfono para enforcarse en ella.

—Muy bien, gracias, ¿a qué hora nos vamos? Para que comience a alistarme, aunque no tengo una maleta como tal ni suficiente ropa—dijo, frotándose un ojo, aun adormilada.

—De eso no tienes por qué preocuparte, ¿sí? Ya me hice cargo de eso—. Le guiñó el ojo sin dejar de sonreír.

—¡El desayuno va a enfriarse, joven Schreitz! —exclamó Jaques desde la cocina—. Acabo de volver a calentarlo.

A las nueve de la mañana, ya estaban listos.

Elara estaba impresionada con el vehículo que Egon había mandado a traer y se aventuró a deslizarse al interior mientras él terminaba de dar indicaciones a Jaques, bajo el escrutinio del resto de hombres armados que custodiaban toda la casa.

El olor del coche era delicioso, olía a madera y una pizca de menta gracias al aromatizante.

Los asientos eran de piel y tenía toda la tecnología que un coche podría tener en la actualidad y ella podía tener el honor de tocar.

Le pareció curioso que fuera absolutamente nuevo, como si jamás lo hubieran utilizado y se preguntó si tal vez Egon lo había mandado a comprar exclusivamente para ese viaje y de solo pensarlo, se estremeció.

En verdad Egon Schreitz, el famoso Lobo de Hielo y heredero de la gran mafia austríaca, ¿estaba interesado en ella como para poner todo a sus pies a cambio de solamente amor?

Negó con la cabeza, ahuyentando los pensamientos negativos para no atormentarse y pasar un mal momento de camino a Linz.

Se tomó el tiempo para observarlo desde el interior del coche y se estremeció.

Maldita sea.

¿Por qué tenía que ser tan malditamente atractivo? Ni en sus mejores sueños demenciales habría imaginado que un hombre como él se hubiera fijado en ella, especialmente tras conocerla en un bar una noche cualquiera.

Para cuando Egon estuvo de vuelta, se sintió cohibida por su presencia.

De verdad era muy guapo y atractivo.

Él se colocó detrás del volante y se abrochó el cinturón sin darse cuenta de la mirada de ella, pero al advertirla, le guiñó el ojo y le regaló una sonrisa torcida.

—Vaya, ¿estoy muy guapo o me quedó pasta de dientes en la boca?

Ella negó con la cabeza y se aventuró a darle un beso en la mejilla, tomándolo desprevenido.

—¿He de morir pronto o porque una mujer tan bella ha decidido atacarme con sus deliciosos besos? —bromeó.

Elara, que aún lo tenía agarrado de las mejillas y volvió a darle un beso, pero esta vez en la frente, nariz y en cada una de sus cejas.

—Te hizo falta uno.

—¿En dónde? —sonrió ella, ladeando la cabeza.

—Déjame guiarte—. Añadió él, con voz pícara.

Deslizó su mano hasta la barbilla de ella y le movió sutilmente el rostro hasta quedar frente a frente, entonces él acortó la leve distancia y la besó en los labios. Primero fue un inocente roce, pero después Egon atacó su lengua con la suya, dejándola sin aliento. Se enfrascaron en un profundo y apasionado beso que tuvieron que apartarse para no incomodar a Jaques y al resto de hombres que yacían afuera, mirándolos y también para respirar.

Ruborizada, ocultó su rostro cuando Egon se despidió de ellos con la mano antes de poner en marcha el Lexus, riéndose.

—Jaques va a pensar que somos unos degenerados—rio ella.

Egon se encogió de hombros, sin dejar de sonreír.

—Le agradas. Eso le suma puntos a tu favor—. Replicó—. Porque Jaques odia a morir a Viktoria, y no es el único.

—Evitemos hablar de ella, ¿sí? Este viaje debe ser extraordinario, no deprimente—. Añadió, arrugando la nariz.

Él asintió.

—¿Quieres poner música? Tengo mi Spotify vinculado si quieres, ya que el viaje solo durará dos horas, pero quiero que vayas cómoda.

Elara asintió, animada y encendió la pantalla del tablero y entró a Spotify.

—¿Puedo crear una nueva lista?

—Es todo tuyo.

Egon la observó por el rabillo del ojo mientras conducía y se sintió relajado de verla emocionada y feliz eligiendo canciones para escucharlas en el trayecto.

De pronto comenzó a sonar I Thought I Saw Your Face Today de She & Him.

—¿Te gusta esa canción? —le preguntó él, arqueando una ceja.

—Me ayudó mucho a superar a Jakob y ahora siento que puedo escucharla sin sentir pena ni culpa. Es más, siento que es liberador—. Respondió Elara, con una enorme sonrisa en los labios.

—Trata exactamente de que no has olvidado a alguien—. Le recordó Egon, perplejo.

—Sí, pero esta es la prueba que te estoy dando para que te des cuenta que he superado a ese idiota—. Lo miró y le robó un beso la comisura de sus labios, haciéndolo sonreír—. Antes no toleraba escucharla ni dos segundos. Ahora hasta puedo cantarla tranquilamente.

—¿Sabes cantar? Me encantaría escucharte.

—Oh, no realmente, pero…

—Canta para mí, Trouble, me encantaría de verdad escucharte.

Ella lo miró y él volteó a verla fugazmente con sus hermosos ojos grises que habían dejado de ser problemáticos para convertirse en dulzura total al mirarla.

Elara se aclaró la garganta porque era obvio que ya no podía negarle nada a ese joven mafioso que le había robado el corazón.

Repitió la canción y comenzó a cantar, intentando igualar el tono.

—I thought I saw your face today, But I just turned my head away Your face against the trees, But I just see the memories, as they come As they come, And I couldn’t help but fall in love again. No, I couldn’t help but fall in love again… I saw it glitter as I grew And loved it, boy, I never knew I thought this place was heaven-sent But now, it’s just a monument in my mind In my mind And I couldn’t help but fall in love again. No, I couldn’t help but fall in love again. The cars and freeways implore me to stay away out of this place. My mother said, “Just keep your head, and play it as it lays” —se sintió cohibida porque Egon había aminorado la velocidad para poder verla mientras conducía—. The cars and freeways implore me to stay away out of this place. My mother said, “Just keep your head, and play it as it lays” I somehow see what’s beautiful In things that are ephemeral I’m my only friend of mine And love is just a piece of time in the world In the world And I couldn’t help but fall in love again. No, I couldn’t help but fall in love again. No, I couldn’t help, but fall in love again. No, I couldn’t help but fall in love again. No, I couldn’t help…

La canción terminó y se sintió muy nerviosa porque le daba vergüenza cantar y mucho menos enfrente de los demás.

Y como Egon se quedó en silencio, se animó a mirarlo y se sorprendió al ver que él la estaba mirando con una enorme sonrisa.

—Cantas incluso mejor que la cantante, ¡Te lo juro! ¡Eres impresionante! ¿Qué más sabes hacer? ¿Volar? —exclamó, sonriendo.

—Ay, no es necesario mentir para convivir, Egon—bromeó ella, ruborizada mientras la canción de Héroes de David Bowie se reproducía.

—No estoy mintiendo. Tienes muchas cualidades y me encanta mucho descubrirlas.

—¿Y tú sabes cantar?

—¿En la ducha cuenta? —rio.

—No, en la ducha cantamos todos—. Ella le dio un golpecito juguetón en la pierna y él rio más.

—Entonces no. No canto.

El resto del camino fue divertido. Ambos decidieron cantar las canciones que se sabían de memoria para no aburrirse y fue interesante porque el trayecto pareció acortarse milagrosamente. Las dos horas pasaron demasiado rápido y Elara se estremeció al ver el enorme letrero anunciando que ya estaban en Linz y que Viena había quedado atrás.

—¿Cuál es la dirección de Jakob Severin? —preguntó Egon de pronto.

Toda la felicidad y euforia que Elara había sentido se esfumó cuando él mencionó aquel nombre.

—¿En serio será lo primero que haremos aquí? ¿Visitar al idiota de mi ex novio? —lo miró con desdén.

Él asintió con seriedad y fue aminorando el paso para aparcar en una acera.

—Ya habíamos hablado de esto. Dime donde vive ese idiota.

—¿Prometes no matarlo? —titubeó.

—Haré mi mayor esfuerzo. Y tiene que agradecer que no traje a Jaques conmigo—esbozó una sonrisa lobuna—. Puesto que, si él supiera de la existencia de este tipo, habría venido solo a darle un escarmiento porque no tolera que la gente que le agrada le hagan daño.

Elara se mordió los labios, insegura.

—De acuerdo. Solo porque quiero venganza.

La fémina le dio la dirección y Egon la anotó en el GPS del coche para que los dirigiera directamente a él.

—Espero que esté despierto a estas horas porque solía desvelarse el muy imbécil y despertar hasta muy tarde gracias a los videojuegos.

—Ahora entiendo más su forma de ser—. Siseó Egon—. Esos juegos le frieron el cerebro por completo.

—No podemos esperar nada bueno de un tipo que ama los videojuegos, el hentai, especialmente de mujeres siendo violadas y en grupo—. Elara sacudió la cabeza ante el recuerdo de aquella confesión y le dio escalofríos—. Cuando me lo contó, me quedé en shock.

—Hay que agradecer que el anime pornográfico saciaba su mente depravada y no mujeres de la vida real—. Convino Egon, asqueado, comenzando a conducir de nuevo—. Y con ese dato más, me lleva a entender mejor por qué se fijó en esa mujer de cuerpo lascivo, Trouble. Porque las porquerías que suele ver en internet, le quemaron las neuronas y busca en su realidad algo que el hentai le da y no lo va a conseguir, a menos que sea a la fuerza. Y no sabes cuan agradecido estoy de que te dejara en libertad.

—¿En serio? ¿por qué?

—Porque gracias a su asquerosa lujuria y depravación mental en su máxima potencia, estás ahora conmigo. Jamás te tocó ni te mancilló con sus sucias manos como para haberte dejado marcada de por vida con sus perversiones. Y me siento incluso en deuda con él porque si no se hubiera dejado llevar por su mente sucia, aun estarías a su lado y yo no habría podido conocerte.

—Creo que de todos modos yo no seguiría con él, especialmente por la diferencia de edades.

—Para ser diez años menor que tú, su cabeza es una asquerosidad.

Elara asintió, asqueada.

Pronto estuvieron cerca y ella sintió vértigo. Conocía la casa de él gracias a Google Maps, y porque le había enviado un regalo por paquetería, pero fuera de ello, desconocía todo alrededor.

De pronto, Egon aparcó justo enfrente de la casa de Jakob Severin.

—Hoy es lunes, y han pasado casi tres años desde que todo acabó, así que no sé si sigue estudiando de tarde o de mañana—. Dijo ella, preocupada.

—No importa, lo vamos a esperar.

—¿Todo el día?

—Si es necesario, sí. Pero de qué voy a sorprenderlo, lo haré—. Su voz era oscura y algo intimidante.

No obstante, se escuchó el ruido de llaves en el interior y a continuación, la puerta se abrió y salió un sujeto vestido de mujer, y sí, era un hombre porque su cara tosca lo delataba.

Lo observaron en silencio hasta que desapareció en una esquina con su vestido arcaico, estilo rococó.

—¿Es él? —preguntó Egon, haciendo una mueca de desagrado.

—No. Él es su hermano mayor, Georgie. Es transgénero.

Egon volteó a verla y ella se empezó a reír al ver su expresión de desasosiego.

—¿Con qué clase de gente viniste a involucrarte? En esa casa hay un degenerado sexual y un travesti, por Dios, Elara.

—¡En mi defensa, yo no sabía! Fue después que Jakob me lo comentó, y he de decir que es mejor persona Georgie que él. Siempre me decía por teléfono que no le creyera nada a su hermano y debí hacerle caso.

Egon sacudió la cabeza con mucho asco y se frotó el rostro con frustración.

—Si el hermano es horrible, no me quiero imaginar cómo es tu ex novio.

Elara estaba por replicar, cuando sin previo aviso, salió el padre de ellos, muy afligido. Se acercó a la camioneta que estaba aparcada afuera y se fue de ahí a toda velocidad.

—Tal parece que no hay nadie en casa, ¿por qué no nos vamos…?

Egon no esperó más y se deslizó fuera del coche. Ella frunció el ceño y bajó también, corriendo detrás de él.

—¿Qué haces? —lo detuvo del brazo.

—El padre se largó, es nuestra oportunidad, Elara.

—No estarás pensando en entrar, ¿verdad? —su corazón comenzó a latir desenfrenadamente.

Pero Egon asintió, avanzando sin esperarla.

—Nos van a descubrir—. Chilló en voz baja.

—Tranquila, he hecho esto muchas veces y no pasará nada, confía en mí. Solo vigila que no venga nadie, ¿sí?

Elara asintió, nerviosa y se colocó justo en la acera, en donde tenía mejor visión. El aire helado la empezó a congelar, pero era soportable. Ese vecindario era de los mejores en la ciudad y muy tranquilo.

El sonido de la puerta cediendo la hizo respingar.

—Vamos—. Le instó Egon.

Elara sintió que iba a vomitar.

Estaba allanando la casa de su ex novio para darle un escarmiento con ayuda de Egon Schreitz.

El Lobo de Hielo la tomó de la mano con firmeza y la dirigió hasta el interior de aquella casa, cerrando la puerta detrás de sí.

—No creo que haya nadie aquí—. Afirmó ella.

—No importa, podemos esperarlo en su dormitorio—. La tranquilizó.

El silencio era escalofriante y recordaba con vaguedad algunos puntos de la estancia en la que Jakob le había enseñado a través de la pantalla cuando hacían videollamadas, como la cocina y el patio donde había un enorme árbol, que vio desde la ventana.

—Esperemos que la perrita esté en alguna habitación para que no haga ruido si nos ve—. Murmuró ella.

—En ese caso, déjame buscar algún bocadillo para sobornar a esa pequeña bestia.

Egon se movió hacia la cocina mientras que ella siguió caminando con cautela, y se quedó de pie al inicio de la escalera en donde seguramente estaba su ex novio, al que jamás había visto en persona y ahora, gracias a su nuevo novio, le había hecho una visita para que recibiera la paliza que merecía.

Como estaba segura de que no había nadie, se atrevió a subir los escalones, uno a uno, con lentitud, con los oídos agudizados, por si escuchaba algo, pero nada.

Todo en completo silencio.

Llegó al segundo piso y se asomó en las habitaciones que sabía que eran de su padre y hermano, e incluso pensó en husmear en la de huéspedes, pero declinó la idea.

Así que la única que quedaba era la habitación de Jakob, la cual la puerta estaba entreabierta y su corazón parecía a punto de estallar dentro de sus costillas.

Se asomó lo suficiente para darse cuenta que su cama estaba vacía. No había nadie y eso la alivió, así que empujó la puerta y entró.

El interior estaba totalmente diferente a como lo recordaba, pero seguía siendo un desastre. La cama no estaba hecha, había ropa tirada y olía a sudor y a otras cosas que prefería no pensar.

Años atrás había fantaseado con pisar esa recámara y ahora estaba ahí, sin ningún tipo de aprecio por él, sino simplemente rechazo y sed de venganza.

Echó un vistazo a la cama más de cerca y encontró las mismas figuras de Star Wars que le enseñó por videollamada, legos, películas y más cosas de frikis, y se estremeció.

Se sintió también aliviada porque no encontró a la vista el peluche que ella le había regalado en su cumpleaños, una semana antes de terminarle para siempre y comprendió que él también la había superado y había seguido con su vida como ella.

No obstante, su mirada recayó en su armario, y la comezón de la curiosidad fue más fuerte y se animó a husmear un poco.

Encontró ropa negra. Él seguía estando en su moda dark. Vaya. Después de copiarle el estilo de playera, jeans y tenis, le copió el estilo dark a la chica lasciva y de ahí no se salió jamás.

Vaya imbécil.

Y cuando Elara soltó una de las prendas oscuras, tiró sin querer dos cosas que habían estado hasta el fondo de toda la ropa y rodaron hasta sus pies.

Apurada, se inclinó a levantarlo y se encontró con el peluche de gatito con un helado y el libro erótico que ella le regaló.

Enseguida sintió un escalofrío terrible que se fue alojando en su columna vertebral hasta dejarla fría de la impresión.

Si Jakob Severin ya la había superado, ¿Qué hacía ese peluche y libro ahí? ¿Por qué no los tiró?

Abrumada, volvió a meterlos como pudo y cerró el armario.

Sacudió la cabeza y se dirigió a la puerta para marcharse, porque no soportaba estar un momento más ahí, además de que abajo escuchó la voz de Egon, seguramente la perrita había aparecido y él la estaba sobornando.

Elara salió de la recámara y antes de bajar, se asomó a la de huéspedes. Entró hasta llegar al tocador y frunció el ceño al ver que la cama estaba destendida y la TV conectada, pero apagada. Había frituras, varias cajas de pizza y sodas en el suelo.

Tragó saliva y tras girar sobre sus talones, se encontró a Jakob Severin, que seguía igual a como lo recordaba en su IG, pero con el cabello más largo, más ojeroso, vestido de negro y una mirada fría, nada que ver con aquel chico que conoció y a más chicos con él y ella reconoció a cada uno de ellos.

Eran los amigos de infancia de Jakob, quienes supieron de su noviazgo con ella. El que se encargó de meterle cizaña para que todo se fuera más a la mierda, fue el que cerró la puerta con una sonrisa lunática en los labios.

—¿Se puede saber qué están haciendo? ¡Abran esa maldita puerta! —espetó Elara, a la defensiva.

—Entraste por tu cuenta sin ser invitada—. Dijo el que cerró la puerta y el que Elara más odiaba.

—Escucha, Friede, siempre me caíste muy mal y no voy a pasar la ocasión de hacerte pagar por toda la mierda que le metiste en la cabeza a Jakob, aunque él también tuvo la culpa por dejarse llevar por un idiota que no era capaz de conseguir novia—. Masculló ella con desprecio.

De pronto, todos ellos se desconcertaron al ver que ella los conocía.

—¿Cómo es que me conoces, perra? —bramó Friede, interesado y haciéndose pasar como todo un casanova, pero se miraba ridículo.

—Y sigues igual de ridículo y patético—. Se burló ella, pero eso ocasionó que ese cretino se le fuera encima y la quisiera someter en la cama, pero Elara fue más lista y le propició un golpe en la nariz que lo aturdió lo suficiente para ahogar un grito y miles de maldiciones.

—¿Quién eres tú? —quiso saber Jakob, ignorando a su amigo agonizando de dolor.

Elara parpadeó, confundida. ¿Acaso no la reconocía o solo estaba fingiendo no conocerla?

—¿Eres o te haces? —lo miró con arrogancia.

—Te me haces familiar, pero es imposible. Esa persona no conoce mi casa y ya es alguien del pasado que no tiene nada que ver conmigo ni me interesa—. Reconoció, con un dejo de burla.

—No eres un idiota, de eso estoy segura, pero si un imbécil—. Le dijo, sonriendo cínicamente y rodeó a Friede con el resto de sus amigos para acercarse a la puerta—. Creo que ni siquiera mereció la pena venir hasta acá. Ya me cercioré de lo obvio, adiós, Jakob. Espero jamás volver a ver tu patética cara ni tu diente frontal inexistente. Pensé que ibas a crecer un poco, pero parece que has encogido. Pobre idiota…

Y aquellas palabras fueron las que provocaron algún tipo de choque eléctrico en su cabeza porque no dejó que Elara alcanzara la puerta. La embistió con su cuerpo y la derribó hacia atrás, sometiéndola con su peso.

Ella se contorsionó, pero no gritó, porque si lo hacía, Egon subiría corriendo y asesinaría a esa bola de frikis.

—Suéltame, Jakob.

—Eres tú… ¿verdad? Eres Elara Moreau, mi primer amor.

La fémina se quedó quieta cuando lo escuchó hablar. Rebobinó involuntariamente los momentos en los que él le enviaba audios tiernos o las llamadas de horas o videollamadas, donde le juraba amor eterno y le daba su palabra de que siempre la amaría y estarían juntos por toda la eternidad.

Evocó recuerdos hermosos y dolorosos; y al encontrarse con sus ojos oscuros, comprendió que él también los había recordado por completo.

Todas aquellas promesas rotas y vacías.

Ella parpadeó para alejar las lágrimas, pero él no.

La tenía sometida de las manos y él estaba a horcajadas de ella para que no huyera, sin dejar de mirarla a los ojos con intensidad, y poco a poco se le fueron llenando de lágrimas.

—¿Qué haces aquí? ¿Por qué viniste? ¿Qué buscas? —le preguntó con la voz ahogada.

Jakob Severin siempre había sido sensible solo con ella. Con nadie más.

—Si me liberas, te haré el favor de no saber a qué he venido—. Logró decir voz ronca—. Pero si me tienes aquí, sabrás la razón y no te gustará.

Jakob parpadeó y ella sintió las lágrimas de él cayendo en su rostro. Elara habría dado todo hacía varios años por estar así con él, viendo sus preciosos ojos en persona, pero ahora eran simples ojos oscuros que alguna vez la miraron con amor y que ella amó con toda su alma.

Ahora Elara amaba unos ojos grises que la miraban como la mujer más bella del universo.

—No sé a qué has venido y no me importa—susurró—, solo déjame cumplir ese sueño frustrado que jamás pude, por favor, Elara. Prometo que te liberaré después de eso.

—¿Qué crees que haces? ¡Dale una bofetada! —gruñó Friede junto a él.

—Ella es Elara Moreau, idiota. Jamás le pondría una mano encima a pesar de que me rompió el corazón.

Elara usó ese momento de vulnerabilidad para zafarse de él y se arrinconó junto a la puerta.

—Yo no te rompí el corazón, ¡Fuiste tú! —gritó Elara, encolerizada y giró el pomo, abriendo lentamente—. Te fijaste en esa asquerosa chica de enormes pechos y fingiste aun amarme cuando ya te la querías coger, Jakob.

—¡Eso no es verdad! ¡Te expliqué es de mis mejores amigas y además tenía novio! —intentó excusarse, pero Elara simplemente se encogió de hombros.

—Así que tú eres la famosa Elara Moreau, eh. Por tu estúpida culpa, Jakob no puede ser feliz—. La acusó Friede—. Cuando se le presenta la oportunidad de conseguir novia, él solo se sabotea porque tu maldito recuerdo lo atormenta.

—Que se le venga a la mente Elara, no significa que ella tenga la culpa, idiota—. Añadió Dante sabiamente. Él siempre había sido el único normal de todos sus amigos.

—Gracias, Dante—. Le agradeció ella y el chico le sonrió en complicidad.

—No creas que vas a salirte con la tuya. Estás aquí y vas a cumplirle la fantasía a mi amigo—. Aseveró Friede con tono lascivo.

Elara comprendió tardíamente a qué se refería cuando Friede y otros más la agarraron con fuerza y ella entornó los ojos al ver a Jakob cerrar la puerta con pestillo.

—¡Egon, ayúdame! —gritó con todas sus fuerzas.

—Nadie va a escucharte y si lo hacen, no podrán entrar—. Le aseguró Jakob.

Su semblante de inocencia había cambiado, ahora volvía a ser aquel con quien había discutido en redes sociales después de terminar, el que tenía la mirada oscura y despreciable, e irreconocible.

Había mostrado su verdadera cara, la que siempre ocultó cuando estaban juntos.

—No estarán pensando en abusar de ella, ¿verdad? Porque no lo voy a…

Elara gritó aún más cuando Friede golpeó a Dante hasta dejarlo inconsciente sobre la cama.

—¡Egon! ¡Auxilio! ¡No me toquen! —gritó ella con horror.

Afuera se escucharon paso acelerados subir por la escalera y todos se miraron entre sí.

—¡Aquí, Egon! —volvió a gritar ella, pero Friede le dio una patada en la cara, reventándole el labio.

Ella escupió sangre y aun así, no se rindió pese a tener las manos de cuatro hombres encima y ser observada por Jakob desde arriba.

—¡Abran esa maldita puerta o la derribaré! —vociferó Egon Schreitz desde afuera.

Jakob comenzó a desabrocharse el cinturón con rabia y tiró del cabello de Elara para levantarle la cabeza.

—¿Quién es ese sujeto de afuera? —le ladró. Jamás lo había visto tan molesto.

Ella sonrió y le escupió sangre a la cara.

—Tu peor pesadilla si no me dejas ir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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